Una catedral para Carlomagno. La Capilla Palatina de Aquisgrán

“…vueltos los tiempos al espíritu antiguo, Roma volverá a la tierra en una nueva Edad de Oro”

Modoin d’Autun [1]

Imitación, emulación, fascinación, deslumbramiento o ambición, quizás un conjunto de todas ellas o simplemente, un excepcional interés por la cultura y una extremada obsesión por la religión condujeron a Carlomagno (¿748? – 814)  a convertirse en el nuevo gran mecenas de las artes, las letras y la religión, en el promotor del llamado Renacimiento Carolingio, en el impulsor de una renovatio y no de una simple copia. El rey de los francos manifestó desde sus primeros años al frente del reino, su deseo de emular todo aquello que el Imperio Romano de Occidente había conllevado hasta su desintegración en el año 476. Su empeño fue tal que no sólo se tradujo en una renovación de la cultura franca “a la romana”, sino también en que Carlos I el Grande fue coronado emperador de Occidente en la Navidad del 800, momento en el que vería la luz el Imperio Carolingio.

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Interior de la Capilla Palatina. Fuente

Interior de la Capilla Palatina. Fuente

Pues bien, Carlomagno encauzó dicho deseo de “imitación” hacia un período muy concreto de la historia de Roma, el gobierno del primer emperador cristiano Constantino comprendido entre los años 306 y 337. Esta fue una elección de gran simbología, sobre todo teniendo en cuenta que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio bajo el gobierno de Constantino. Qué mejor manera de conducir a su pueblo hacia una vida digna y conforme a los cánones de la religión católica, que volviendo su mirada hacia el gran reconocedor de la misma. Y es que, para el monarca franco, no existía mayor obligación que vivir una vida acorde a las enseñanzas cristianas; sólo así podría servir de justo modelo a su reino y sólo así se puede entender hasta qué punto concedió importancia a la arquitectura y las artes plásticas como soporte ideal a su misión como rey. Para llevar a cabo tan notable misión, no sólo instó a los artistas a que se instruyesen en las formas romanas, sino que redactó dos importantes textos considerados en la actualidad la base del renacimiento carolingio. El primero de ellos, la Admonitio generalis (789), persigue reconducir al pueblo de Dios a la correcta vida cristiana, para lo cual Carlomagno recoge las principales ideas que los grandes concilios celebrados hasta el momento – Nicea o Antioquía – establecían para una adecuada vida religiosa. El segundo de estos textos, la Epistola de litteris colendis (c. 794 – 797), es en realidad una carta dirigida al Abad Baugulf de Fulda, en la que subraya sus intenciones de llevar a cabo una profunda reforma cultural a través de la educación del clero en términos tanto litúrgicos como humanísticos.

Si la palabra escrita constituyó una valiosa herramienta para llevar a cabo la renovatio planteada por el monarca, también lo fueron los diferentes artistas y arquitectos que la trasladaron a la práctica. De este modo, los que en un principio pudieron considerarse simples copistas de las formas romanas, fueron poco a poco convirtiéndose en grandes teóricos encargados de reinterpretar las teorías constructivas y artísticas constantinianas, para así adaptarlas a las nuevas necesidades carolingias. Basta con saber que todos estos virtuosos trabajaron de manera exclusiva para el emperador o para sus abades y obispos y que pertenecieron a su corte, para darse cuenta hasta qué punto Carlomagno concedió importancia a las artes.

De entre todos los artistas que rodearon al emperador Carlomagno, hay uno que ha quedado vinculado de especial manera a su persona, a una construcción y a una ciudad. Odo de Metz – también conocido como Odón o Eudes de Metz – fue el encargado de dar forma a lo que a lo largo de la Historia del Arte ha sido considerado ejemplo paradigmático de las formas artísticas carolingias, el conjunto palatino de Aquisgrán. Poco se sabe de la vida de este maestro franco, salvo que llegó a dicha ciudad en el año 784 acompañando al obispo Angilram de Metz (768 – 791), que se formó junto a Eginardo – biógrafo del emperador – y que es considerado el primer arquitecto europeo de nombre conocido. Los objetivos de Carlomagno se personificaron en la figura de Odo de Metz, del que se dice, dio forma monumental a las reformas religiosas y culturales divulgadas por el monarca. Se ha discutido mucho acerca de si el propio Carlomagno asesoró al maestro en la construcción del conjunto palatino; fuese o no de este modo, el hecho es que Odo de Metz estaba estrechamente vinculado a los círculos artísticos y personales de la corte imperial, por lo que no es de extrañar que conociese en detalle los deseos del emperador y los llevase a cabo con tal perfección y armonía.  Pero no vamos a restarle la importancia que se merece a la función que en una obra de tal envergadura tuvo Carlomagno; y es que él fue quien trasladó a una ciudad situada en el valle del Rin y de nombre Aquisgrán (Aachen en alemán), su residencia real, ya fuera movido por sus características termales – la zona era conocida por el nombre de Aqua Granni –, por cuestiones geopolíticas o por el hecho de que su padre, Pipino el Breve, trasladase a dicha ciudad algunas valiosas reliquias de la corona.

Plano del conjunto palatino de Aquisgrán. Fuente

Plano del conjunto palatino de Aquisgrán. Fuente

Fueran cuales fuesen los motivos, el hecho es que Carlomagno escogió esta ciudad como la sede del renacer carolingio y en ella levantó uno de los conjuntos arquitectónicos más espectaculares del prerrománico europeo. El simbolismo y significado de la construcción se llevó a tal extremo que, tal y como nos recuerda en una carta Alcuino de York [2], se trasladaron columnas desde Italia para así levantar una segunda Roma para los francos. Además, Odo de Metz cuidó meticulosamente que todo el conjunto palaciego guardase una extremada geometría, pues esta era una de las características más señeras del urbanismo y la arquitectura romanas.  Siguiendo, precisamente, el urbanismo itálico, la ciudad palatina disponía de dos vías principales orientadas perfectamente hacia los cuatro puntos cardinales, como si del cardum  y el decumanum romanos se tratasen. En el cruce de estas dos vías se levantó la puerta principal (1), la capilla palatina (2) y el aula regia (3) ocuparían los extremos meridional y septentrional. A pesar de su importancia, Aquisgrán no fue la única ciudad que vio levantar un gran conjunto palatino, puesto que Carlomagno mandó construir otras residencias de estas características por todo su imperio. La mejor conocida, gracias a las excavaciones realizadas, es la de Ingelheim, una ciudad situada en las orillas del río Rin y muy cercana a Maguncia; data del último tercio del siglo VIII y tal y como quedó establecido en Aquisgrán, este palacio también siguió muy de cerca las formas romanas al reproducir de manera muy característica una villa.

Pero Ingelheim no poseyó una edificación similar a lo que se ha convertido, sin lugar a dudas, en el símbolo del arte carolingio, la Capilla Palatina de Aquisgrán. Esta construcción de planta octogonal, consagrada entre los años 802 y 805 por el papa León III bajo la advocación de Santa María, estuvo destinada la exaltación del culto mariano y Cristo Redentor, convirtiéndose más tarde en mausoleo real, pues allí fue enterrado Carlomagno tras su muerte en 814, algo en lo que profundizaré más adelante. Pero, partiendo del nombre que se le otorga, esto es, “capilla” y no “catedral”, hay que apuntar que la tradición carolingia habla de que sus monarcas conservaban entre sus reliquias más estimadas una parte de la capa de San Martín a la que llamaban la capella. Tan importante fue esta reliquia, que a partir de ese momento todos los edificios religiosos destinados a albergar objetos de similar valor recibieron el nombre de capilla y, teniendo en cuenta que la práctica totalidad de dichas reliquias y los edificios que las albergaban eran promocionado por los príncipes y nobles carolingios, sus templos privados de culto también recibieron la misma denominación. También para esta acción encontramos paralelismos en la tradición constantiniana, pues con la oficialidad del cristianismo en Roma, llegó también la necesidad de encontrar un lugar en el que venerar a las nuevos “héroes” cristianos. De esto modo, los romanos reaprovecharon los edificios funerarios que contaban con una planta centralizada y que estaban dedicados a los antiguos héroes clásicos, para cumplir ahora la función de relicario monumental. Las edificaciones de este tipo que se construyeron por primera vez de nueva planta, lo hicieron en los lugares sagrados del cristianismo, como Jerusalén, recibiendo el nombre de martyrium y sirviendo de modelo a dos tipologías medievales: la iglesia funeraria y la capilla palatina.

Vista general de la cúpula de la Capilla Palatina. Fuente.

Vista general de la cúpula de la Capilla Palatina. Fuente

Capilla Palatina, catedral, relicario o martyrium, el edificio levantado por Odo de Metz y morada de la religiosidad de Carlomagno y clérigos de su corte, es tanto una vuelta a los primitivos cánones de la arquitectura cristiana, como la formulación de un arte nuevo, renacido, propio de un renovado imperio. La construcción parte de un octógono central de 48 pies de diámetro (casi 15 metros) articulado en dos grandes cuerpos, con arcos de medio punto en el primero y de medio punto peraltados en el segundo que, en un primer momento pueden recordarnos a la bizantina San Vital de Rávena, pero que en la obra carolingia están tratados de manera más pesada y tosca. Todo este cuerpo central se encuentra rodeado de un abovedado deambulatorio que cuenta con 16 lados, esto es, el doble que el espacio central. Todo el espacio está cubierto de suntuosos mármoles de colores, bronces, mosaicos y decoración en estuco. Precisamente, las piezas de mármol empleadas en muros y decoración fueron traídas hasta Aquisgrán desde lugares tan simbólicos como Roma, Rávena o la cercana Trier – más conocida como Tréveris y antigua ciudad constantiniana – a lo largo de toda la vida del emperador Carlomagno. La decoración se completa con las dobles columnas que entre cada gran arcada del segundo piso se intercalan y que, aunque no lo parezca a primera vista, juegan un papel fundamental en la sostenibilidad del edificio; esto se comprobó durante la Revolución Francesa, cuando las originales fueron expoliadas desencadenando importantes problemas estructurales en la construcción. Desgraciadamente, ninguno de sus capiteles pudo recuperarse, siendo una copia fiel los que encontramos en la actualidad. El marmóreo trono de Carlomagno sigue emplazado en su lugar original, un simbólico espacio desde el cual el emperador tenía una visión directa del altar, del ábside y de la magnífica cúpula cubierta de mosaicos que coronaba el octógono central. Esta cúpula recoge la imagen de los veinticuatro Ancianos del Apocalipsis ofreciendo sus coronas, en modo de adoración, a Cristo en Majestad rodeado por el Tetramorfos. El efecto lumínico, suave y difuso, que se expande por todo el interior de la capilla y que completa el aspecto de suntuosidad de la misma, hace que el contraste con el exterior sea aún mayor. La imagen externa se presenta al espectador ordenadamente estructurada gracias al minucioso trabajo de los detalles arquitectónicos.

Pero más allá de los aspectos puramente constructivos y decorativos, la Capilla Palatina no fue únicamente símbolo de la religiosidad carolingia, sino que sirvió también como lugar de coronación de los emperadores del futuro Sacro Imperio Romano Germánico desde Luis el Piadoso, sucesor de Carlomagno en el año 814, hasta Fernando I en 1531. No obstante, el más simbólico y a la vez enigmático uso que a esta edificación se le otorgó bajo el reinado de Carlomagno, fue albergar su sepultura tras su muerte en el citado año 814. Las más tempranas referencias que encontramos sobre el entierro del emperador, pertenecen a su biógrafo Eginardo; en su Vita Karoli, escrita entre los años 829 y 836, relata que el cuerpo de Carlomagno fue lavado y preparado para su sepultura siguiendo el común ritual y entre las lamentaciones de su pueblo. Tras este testimonio, nada más se sabe de la tumba del emperador hasta que en torno al año 1000, Otón III (996 – 1002) encuentre o invente la ubicación de la tumba de su ilustrado antecesor. Este hecho se vincula directamente con el que había sido para Carlomagno modelo a seguir durante toda su vida, Constantino; y es que, si atendemos al final de la vida de este emperador romano, veremos cómo, siguiendo las indicaciones que su madre, Santa Helena, había tenido en un sueño, Constantino “descubre” o “inventa” el lugar en el que se encontraba la tumba de Jesucristo en Jerusalén. De este modo, Otón III, que se declaró a sí mismo sucesor directo de Carlomagno, intentó recrear uno de los pasajes más conocidos de la vida del emperador romano. Además, Otón III aumentó el simbolismo de su acción al elegir como fecha de la misma Pentecostés, día en el que en el año 337 moría Constantino el Grande.

Trono de Carlomagno en el interior de la Capilla Palatina. Fuente

Trono de Carlomagno en el interior de la Capilla Palatina. Fuente

Toda esta historia aparece recogida en el llamado Chronicon Novanlicense, en la que se incluía el testimonio de Otón de Lomello, conde palatino de Pavía, que acompañó a Otón III durante esta acción en la catedral de Aquisgrán.  Y aunque el monarca fue criticado de haber llevado a cabo un sacrilegio contra la figura de Carlomagno y, se dice, castigado por ello con una temprana muerte, el hecho de que encontraran al gran emperador sentado, no tumbado, y luciendo una corona de oro y un cetro entre sus manos, nos traslada más bien hacia una representación hagiográfica con la que se pretendió iniciar la canonización de Carlomagno. Esta llegaría, finalmente, en el año 1165 como Sanctus Karolus, siendo oficiada por el antipapa Pascual III.

[1] Modoin fue un poeta y hombre eclesiástico contemporáneo de Carlomagno y Luis el Piadoso. Es considerado partícipe del Renacimiento Carolingio y fue obispo de la ciudad de Autum desde el 815 hasta su muerte en el año 840.

[2] Alcuino de York es recordado por ser Maestro de la Escuela de Palacio de Carlomagno, que la mayor parte del tiempo, estuvo ubicada en Aquisgrán, de ahí los numerosos testimonios que ha dejado en torno a la construcción de la Capilla Palatina. Aunque procedente de Northumbria, conoció a Carlomagno en el año 781 tras un encuentro en Parma, siendo convencido por el emperador para que se trasladase a su corte.

Bibliografía|

GARCÍA DE CORTÁZAR, JOSÉ ÁNGEL, Los protagonistas del año 1000, Aguilar de Campoo: Fundación Santa María la Real, 2000.

KLEINBAUER, EUGENE W., “Charlemagne’s Palace Chapel at Aachen and Its Copies”, Gesta, Vol. 4. Chicago: The University of Chicago Press, 1965. pp. 2-11.

MARTÍNEZ SOPENA, PASCUAL Y RODRÍGUEZ ANA (Ed.), La construcción medieval de la memoria regia, Valencia: Servicio de Publicaciones, 2011.

MOFFIT, JOHN F., “Karlsgrab: The Site and Significance of Charlemagne’s Sepulcher in Aachen”, Quidditas, Nº30, 2009.

RAMÍREZ, JUAN ANTONIO (Dir.), Historia del Arte. La Edad Media, Madrid: Alianza Editorial, 2008.

Redactor: Alejandra Hernández Plaza

Graduada en Historia del Arte, Medievalista y con Máster en Formación del Profesorado (Geografía e Historia) por la Universidad de Murcia. Actualmente, preparando oposiciones al Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria y Bachillerato por la especialidad de Geografía e Historia; presidenta de la Asociación de Historiadores del Arte de la Región de Murcia y miembro de la Plataforma en defensa del Patrimonio de Murcia.

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