Sila (II): El primer romano en conquistar Roma.

En el último artículo vimos la primera parte de la vida de Sila, desde su juventud a sus primeros años entre soldados. Sería entre éstos últimos donde encontraría su lugar y donde podría llevar a cabo todas sus ambiciones. Si recordamos, dejamos a nuestro protagonista recién huido de Roma debido a su enfrentamiento con los populares, donde el Senado y Mario intentaban arrebatarle el mando de la campaña militar contra el reino del Ponto. Esta situación empujó a Sila a reunirse con su ejército en Capua, donde dirigiéndose a sus hombres y exponiéndoles lo sucedido, en lo que tuvo que ser un gran ejercicio de retórica, consiguió que fueran ellos mismos, sus legionarios, quienes le alentaran a dirigirse contra Roma.

Nos encontramos una situación en la cual Roma se estaba desintegrando desde dentro, con una facción personificada por Mario y los populares, frente a otra formada por la aristocracia, los optimates, donde Sila se presentaría como el paladín que podría llevarles a una victoria. Pero es curioso que Sila, que en teoría pretendía salvar Roma, estaba dirigiéndose contra ella con un ejército. La llave para sus planes, el mando de sus legiones, le había sido entregado por sus enemigos, puesto que sería la reforma de Mario quien pondría la lealtad de los legionarios en sus generales, y no bajo la del Senado. Este cambio de lealtades pondría en manos de gente con grandes ambiciones la posibilidad de llevarlas a cabo sin cortapisas, y como veremos, este bien podría ser el principio del fin de la República Romana.

Cuando Sila y sus hombres estaban de camino a Roma, les enviaron emisarios para intentar detenerlos. Entre estos emisarios estuvieron dos pretores, Bruto y Servilio, quienes nada pudieron hacer para intentar detenerlos. Plutarco cuenta que los hombres de Sila avanzaron para matarlos, pero al final los detuvieron, y únicamente les increparon y les arrebataron sus insignias, los fasces de sus lictores y su manto púrpura. Los mandaron de vuelta a Roma, no solo humillados, sino también con el claro mensaje de que no era posible detenerlos.

Antes de llegar a Roma muchos de sus oficiales abandonaron a Sila, puesto que veían el atentado contra la tradición que éste llevaba a cabo, aunque también tuvo quienes se le unieron, entre los que cabe señalar a Pompeyo. Éste se le unió en el campo de Marte y quedaría ligado a Sila hasta la muerte del dictador, siendo a la sombra de éste donde se haría un personaje de peso en Roma. Para entrar en la capital se llevó a cabo un asalto, puesto que el Senado presentó cuantos hombres pudo reunir. En este asalto, como en todo combate que transmiten las fuentes para darle énfasis heroico, nuestro protagonista estuvo a punto de ser derrotado, hasta que él mismo dirigió el asalto desde la primera línea portando el águila de Júpiter. Apiano nos lo cuenta del siguiente modo:

‹‹Y por primera vez en Roma, tuvo lugar un combate entre enemigos, no bajo el aspecto de una sedición sino al son de las trompas y con enseñas, según la costumbre de la guerra. A tal extremo de peligro arrojó a los romanos la falta de solución en sus luchas intestinas. Puestos en fuga los soldados de Sila, este último arrebató un estandarte y arrostró el peligro en primera fila para hacerles cambiar de actitud por vergüenza hacia su general y por temor a la deshonra de perder la enseña si le abandonaban››

(Apiano, Guerras Civilies I. 58)

Sila llevando a cabo el asalto a Roma. Fuente

Sila llevando a cabo el asalto a Roma. Fuente

Tras el combate Roma fue saqueada por los soldados de Sila, quienes tras conseguir semejante victoria y enaltecidos por el triunfo no pudieron ser controlados por sus mandos. Sila, tras conseguir imponer el orden, anuló todas las leyes de Sulpicio, decretando que a partir de ese momento todo proyecto presentado por la plebe debería de ser antes aceptado por el Senado. Dentro de este nuevo orden, presidido por Sila, se llevó a cabo una ‹‹limpieza›› de todos sus enemigos políticos, quienes fueron nombrados prófugos y debieron de exiliarse, como fue el caso de Mario, que huyó a África. No corrió la misma suerte Sulpicio Rufo, quien tras ser capturado fue ejecutado.

Sila no pudo asegurar su posición en Roma, puesto que tanto a él como a sus legionarios les quedaba pendiente la campaña contra Mitrídates VI, peligro que no se podía posponer, y menos tras la muerte de ochenta mil romanos e itálicos durante su avance por Asia. Este atentado contra Roma hizo que Sila partiera hacia Oriente, volviendo a dejar la capital en manos de sus enemigos y embarcando para enfrentarse a quien fue seguramente uno de los mayores adversarios de Roma, sin ayuda del Senado ni refuerzos, en una campaña en la que se encontraría solo en terreno enemigo.

Busto de Mitridates VI expuesto en el Louvre

Busto de Mitridates VI expuesto en el Louvre. Fuente

Mitrídates, dentro de la expansión que realizó el Ponto, que ya ocupaba casi la totalidad del Mar Negro, ocupó la provincia romana de Asia y cruzó el Helesponto, para entrar en Grecia y ser tomado como un libertador. Esto hizo que Sila, al desembarcar en Épiro, se encontrara un paisaje hostil hacia Roma. Avanzó hacia el Ática, donde la ciudad de Atenas, gobernada por el tirano Aristión, se había preparado con grandes defensas. Esto hizo plantear a los romanos un largo asedio para el que Sila no tenía ni medios ni financiación. Además, Atenas contaba con los ‹‹muros largos››, que la unían al puerto de El Pireo y que ya contra Esparta demostraron que la hacían capaz de alargar un asedio hasta lo inimaginable.

Ilustración de las defensas de Atenas, aunque de la Guerra del Peloponeso, esta ilustración de Peter Connolly nos ilustra la unión de Atenas al Pireo.

Ilustración del sistema defensivo de Atenas, aunque de la Guerra del Peloponeso, muestra la unión de Atenas y El Pireo. Fuente: Peter Connolly “Los ejercitos griegos“, Madrid, Espasa-Calpe, 1981.

Sila buscará en las proximidades un medio para solucionar todas las carencias que tenía. Para realizar maquinaria de asedio taló los arboles de la Academia, y para buscar dinero saqueó los santuarios de Apolo en Delfos, el de Zeus en Olimpia y el de Asclepio en Epidauro, en teoría bajo la promesa de devolver lo incautado. El siguiente movimiento fue centrarse en El Pireo para evitar así la llegada de avituallamiento a Atenas. Al final, y no sin esfuerzo ni pérdidas, consiguió destruir los largos muros con la maquinaria de asedio, usando las propias piedras para levantar un terraplén por el que ascendieran sus hombres.

Tras la caída de El Pireo atacó Atenas, donde la población ya sufría el hambre provocada por el asedio. Aristión envió algunos hombres para conseguir una solución diplomática, pero de nada sirvió, puesto que Sila los mandó de vuelta a la ciudad. Finalmente, en un asalto nocturno en febrero del 86 a.C., las tropas romanas consiguen entrar en la ciudad de Atenas, donde se perderá parte de la gloria que esta ciudad trajo al mundo antiguo, sufriendo un saqueo que cerca estuvo de reducirla a las cenizas. La Acrópolis se preservó gracias a que Aristión se refugió allí con sus últimos hombres, viendo desde primera fila el expolio de la ciudad. Poco tiempo después se les acabó el agua y el tirano se entregó y fue ejecutado. Atenas perdió un diez por ciento de su población y los soldados de Sila recibieron no solo un buen botín, sino también un aporte de moral indispensable para proseguir la campaña contra unos enemigos que les triplicaban en número.

Durante la primavera y el otoño del 86 a.C. Sila se enfrenta a dos ejércitos pónticos muy superiores en número, pero no así en organización, donde las tácticas defensivas, la superioridad de las legiones y el terreno favorable suplementado con trincheras y terraplenes les darán la victoria tanto en Queronea como en Orcómenos. Durante estas batallas, al igual que en las anteriores, Sila no dudó en entrar a combatir en primera línea según las fuentes, haciendo gala de un valor, o de una temeridad, incalculables.

‹‹Entonces el propio Sila bajó del caballo, cogió una insignia y, pasando a través de los que huían, echó a correr en dirección a los enemigos gritando a voces: “Vale romanos, no me importa morir aquí. Vosotros, cuando os pregunten dónde abandonasteis a vuestro general, no olvidéis decirles que en Orcómeno.”››

(Plutarco, Vidas Paralelas. 21, 2. Repetido con gran similitud en Apiano. Sobre Mitrídates. 49)

Tras estas dos victorias se consigue una paz con Mitrídates, la Paz de Dardanelos, en el 85 a.C. Según esta, el monarca póntico volvería a sus fronteras anteriores a la guerra, pagaría a Roma dos mil talentos y entregaría 50 naves de guerra, además de reconocer a los reyes que Roma puso en Bitinia y Paflagonia, mientras que Roma tomaría a Mitrídates como amigo y aliado. Sila se quedó un año más ordenando las provincias de Asia Menor y Grecia, a la vez que compensaba a las ciudades que se resistieron al Ponto y sancionaba económicamente a las que le concedieron ayuda. Aunque parezca que se solucionaba el problema, el rey Mitrídates siguió desestabilizando políticamente a Roma hasta su muerte en el 63 a.C.

Una vez terminada la campaña por Grecia, Sila volvía su vista hacia Italia, desde donde llegaban dramáticas noticias. Sus propiedades habían sido saqueadas, sus partidarios asesinados o huidos. Lucio Cornelio Cinna había sido nombrado cónsul en cinco ocasiones y había restablecido un gobierno que le era hostil Sila contando con todos los enemigos que éste había exiliado. Después de todo, sus enemigos habían vuelto a controlar Roma y a su vuelta, lo que encontraría no serían precisamente las ceremonias de un triunfo. Debería de volver a marchar contra la capital y llevar la guerra hasta sus puertas.

 Bibliografía|

APIANO, “Guerras Civiles“, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 1985.

CHRIST, K., “Sila” ,Barcelona: Herder, 2006.

MOMMSEN, T., “Historia de Roma. Libro V. Fundación de la monarquía militar”, Madrid: Turner, 2003.

SALUSTIO, “La Guerra de Yugurta”, Madrid: Biblioteca clásica Gredos, 1997.

PLUTARCO, “Vidas paralelas V”, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 2007.

Redactor: Mikel López Aurrecoechea

Licenciado en Historia por la Universidad de Murcia, especializado en Historia Antigua, y arqueología. Intereses en Historia de Grecia y Roma, arquitectura naval e historia militar.

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