¿Retorno del positivismo?

carlos barros

Ilustración original de Fran Pulido para Témpora Magazine. CC.

Carlos Barros es Licenciado en Geografía e Historia (especialidad Historia Medieval) por la Universidad de Santiago (19 de diciembre de 1986) cuya  memoria de licenciatura es: “Xusticia e Santa Irmandade. Mentalidades colectivas e conflictos sociais na Galicia baixomedieval”. También es  Doctor en Historia por la Universidad de Santiago (14 de septiembre de 1988) con una Tesis doctoral sobre: “Mentalidad y revuelta en la Galicia irmandiña: favorables y contrarios”. Actualmente es Profesor Titular de Historia Medieval de la Universidad de Santiago de Compostela. También es Responsable del Grupo/Red de Investigaciones Historiográficas de la USC. El Dr. Barros fue Directeur d’études associé de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris (1996-1997) y Doctor vinculado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento”, 1996-2003) y Coordinador de la red temática Historia a Debate desde su fundación en 1993. Director del Posgrado de Historia, Teoría y Método de Humanidades y Ciencias Sociales de la USC (2006-2014)

 

Veinte y cuatro años después de la caída del muro de Berlín la historia continúa aceleradamente. El mundo está inmerso en una crisis peor que la que generó, durante la década posterior a 1929, el fascismo y la II Guerra Mundial. No sucede lo mismo en el siglo XXI, estamos en otro contexto. No pasará en cualquier caso: del siglo XX heredamos lo malo pero también lo bueno, hemos aprendido, y los actuales ciudadanos y sus movimientos sociales quieren más democracia, no menos.

Sabemos de dónde venimos históricamente pero no adónde vamos, aunque barruntamos adónde nos quieren llevar. En esta tesitura de gran calado histórico: ¿cuál es la situación de la historia que escribimos? De modo más general: ¿cuál es el futuro de la universidad y de la educación pública?  Parte importante de los derechos sociales y humanos que tanto sudor y sangre costó conquistar en el siglo XX. En suma, ¿cómo debe ser la escritura de la historia y su enseñanza en este nuevo siglo?

        Por un lado, detectamos un acusado retraimiento de bastantes colegas hacia las certezas positivistas como si el positivismo de raíz alemana del siglo XIX fuese la “última fortaleza” donde ha de refugiarse nuestra disciplina, después de la caída del marxismo y Annales. Repliegue espoleado, todo hay que decirlo, por una epistemología posmoderna que equipara (en su versión más radical, filosófica) historia con ficción, pretendiendo que retrocedamos todavía más atrás que Ranke, a la etapa pre-paradigmática de nuestra disciplina, en el lenguaje histórico-científico de Thomas S. Kuhn.

        Paralelamente a esta marcha atrás  estamos inmersos en un movimiento hacia un nuevo paradigma (entendido como nuevo consenso) del que Historia a Debate forma parte de manera consciente y global como sector organizado de una academia historiográfica internacional que busca, y encuentra de varias formas, una síntesis coherente y articulada, con la mirada hacia adelante, entre la historiografía rompedora del siglo XX y la nueva historiografía que nace con este nuevo siglo, dentro y fuera de Internet. Venimos modelando y pensando el presente y futuro historiográfico alrededor de dos ejes: a) asunción y reformulación autocrítica de las aportaciones esenciales de las vanguardias historiográficas del pasado siglo; b) nuevas preguntas y nuevas respuestas, tanto teóricas como aplicadas, para la historia que estamos escribiendo en este siglo, y no me refiero solamente al paradigma digital, el reto más evidente.

        En el tránsito del siglo XX al siglo XXI sufrimos un doble proceso crítico (sin cerrar): crisis de la historia y crisis de la historiografía, ambas relacionadas estrechamente. Se explican mutuamente y encontrarán salida juntas si somos inteligentes y sabemos leer historiográficamente la historia más inmediata y sus efectos, deseados e indeseados, sobre la historia académica.

        En la segunda década de este nuevo milenio la universidad y la investigación están en el ojo del huracán, son presas fáciles de las políticas neoliberales, más aún los que laboramos, enseñamos e investigamos encuadrados en ciencias humanas y sociales que no se rigen por la “lógica” del mercado que prefiere más una historia erudita, academicista y por lo tanto marginal que una historia renovadora, crítica y social. Con todo, el relativo pero llamativo auge del positivismo clásico  también se explica, especialmente entre las nuevas generaciones, por un “nuevo pesimismo” sobre el presente y el futuro de la historia como disciplina científica y crítica, que no tiene sólo como portadores los historiadores tradicionales de toda la vida sino también a historiadores progresistas decepcionados  de la escuela de Annales, el materialismo histórico y el neopositivismo cuantitativista e hipotético-deductivo de los años 70 . Desencanto que estos profesores transmiten, voluntaria o involuntariamente a unos alumnos que captan de sus enseñanzas que lo único “sólido” desde el punto de vista de la escritura de la historia es aquello de que la “historia se hace con documentos” y punto: aserto que tanto y tan justamente criticaron Marc Bloch y Lucien Febvre en la primera mitad del siglo XX .  Ni se les ocurre pensar a estos  alumnos, con independencia de su nivel de compromiso social o ideología política, que es posible y necesaria una renovación historiográfica del siglo XXI bajo la inspiración de los movimientos sociales indignados , del mismo modo que en el siglo XX las vanguardias historiográficas se inspiraron en el movimiento obrero, estudiantil, feminista y/o ecologista.

En el II Congreso de Historia a Debate (1999) hablé ya (hoy se puede decir que precozmente) sobre el “retorno de la historia” , revelando que había una doble vuelta a la historia: de un lado, un mayor interés de la sociedad, la cultura (empezando por los escritores de ficción) y la política  por la historia, que continúa en el presente; del otro, un regreso, que se fue haciendo más evidente con los años, a los temas tradicionales (biografías de “grandes hombres”, historia acontecimental, militar, institucional, etc.) y, lo que es peor, a las metodologías objetivistas del viejo positivismo que el marxismo y Annales creyeron haber derrocado en las décadas centrales del pasado siglo .

        Partiendo de la experiencia de Historia a Debate como plataforma internacional para el examen de la evolución de nuestra disciplina, constatamos pues en esta segunda década un claro repliegue de bastantes colegas , incluidos protagonistas de la revolución historiográfica del siglo XX , acogidos ahora a la certeza final de la historia “tal como fue”. Noción objetivista “total” que resulta bien ajena a lo que se entiende hoy en día por método científico, viene ser más bien lo que en los años 70 solíamos tildar (peyorativamente) de “cientificismo”. Hablamos de un positivismo científicamente retrasado que restringe y limita la investigación a una empiria elemental: uso de fuentes como único criterio para definir una actividad como científica. Hiperobjetivismo que contradice la no menos demostrable, empíricamente, intrusión del sujeto cognoscente en la investigación, generalmente para bien, desde la selección del tema a las conclusiones, pasando por las hipótesis y demás fases del proceso de la investigación, cuya verdad resultante viene a ser consecuencia de la paciente y creativa (re) construcción del objeto por parte del investigador .

Revival historiográfico iniciado en los años 90 que suele pasar desapercibido para el historiador pragmático: urge sacarlo a la luz y combatirlo con argumentos . Involución que suele pasar inadvertida justamente porque el positivismo genuino se caracteriza por desvalorizar la historiografía, el debate y la reflexión de los historiadores: táctica perfecta para cambiar (los temas a estudiar, por ejemplo) sin que nada cambie (el concepto básico de historia). El positivismo es una suerte de paradigma o consenso pasivo, usualmente no organizado pero real y efectivo, aunque potencialmente reversible toda vez que empuja “hacia atrás” cuando la historia se mueve como nunca “hacia adelante”. Lo que es seguro es que las primaveras que la historia como oficio, y más aún como presencia inmediata, requiere en este nuevo siglo no vendrán de este comprensible pero rocambolesco y pernicioso giro ultraconservador hacia los orígenes de la historia como disciplina profesional.

El mundo actual exige de la ciencia mucho más que un positivismo simplista. Para responder a esta demanda se precisa una metodología científica más compleja y actual, esto es, más global. Si bien una evolución paradójica, que estimula la fragmentación y la ultraespecialización de las disciplinas académicas, beneficia en primera instancia el reduccionismo decimonónico de la historia al uso de fuentes para la recogida de datos y fechas, nombres y lugares, con el aplauso insonorizado de un posmodernismo que en su afán trivializador  teoriza como “excelente” el paradigma de la segmentación y la relatividad absoluta -idealista- del saber histórico.

Algunos os estaréis preguntando si esta retirada, tan desordenada como decidida, de un sector de la historia académica a los cuarteles de invierno es definitiva, tiene futuro. Esperemos que no: estaría presagiando la decadencia de la historia como ciencia social en la sociedad de la información. Dijo un célebre filósofo político ruso de principios del siglo XX  que, en ocasiones, conviene dar un paso atrás para avanzar dos pasos adelante. Pueda que, finalmente, no haya mal que por bien no venga. Estamos luchando porque así sea, de forma que aclaradas las consecuencias negativas del retorno a la historia según Ranke, el debate se salde con un reforzamiento epistemológico y metodológico de los avances historiográficos. Previa toma de conciencia de que no estamos en el siglo XIX, ni siquiera en el fabuloso siglo XX, sino en un nuevo siglo global y complejo, sujeto a un intenso cambio histórico que también está impulsando una escritura diferente de la historia, pensada hacia adelante, empeñada en derivar hacia los márgenes a los empecinados en mirar hacia atrás como la mujer de Lot.

Si no queremos que los sectores retardatarios, internos y externos, que venimos criticando arrastren al conjunto de nuestra disciplina, aprovechando la inercia y pasividad de muchos, apremia generar conciencia sobre el silencioso retroceso que se está dando en la historia que se hace en la academia de forma “inconsciente”: en los dos sentidos del término, ignorancia e irresponsabilidad.

Para convencer a dudosos e informar a quienes están alejados de este tipo de reflexiones, vamos a detallar y examinar una serie de palabras y frases, argumentos y hábitos que se vienen transmitiendo y repitiendo acríticamente en despachos y pasillos, en conversaciones informales entre colegas y también en las aulas, ante los alumnos, incluso por escrito. Identificareis los signos indiciarios, el fenómeno es universal. Síntomas y pruebas de cierto repliegue historiográfico en el siglo XXI que son, en realidad, señales de alarma para una disciplina donde muchos de sus componente semejan no saber, o no querer saber, adónde vamos y adónde nos quieren llevar. “Neutrales” en apariencia, como dicta el positivismo, representan sectores que miran provocativamente hacia atrás, “saltándose” el siglo XX , para imponer sus propios intereses , en contraposición con sectores críticos, menos o nada vinculados al poder académico, mediático, económico y/o político, que miran por vocación profesional y provecho social hacia un presente y un futuro alternativos .

Empecemos por analizar qué significa cuando a menudo se dice ser buen historiador  o hacer buena historia. Es sencillo, trabajar con fuentes. La “historia se hace con documentos” (Langlois y Seignobos): lo demás es secundario, aun perjudicial, piensan muchos . Un rebrote, luego, de la “idolatría de las fuentes” que denunció hace setenta años Marc Bloch en Métier d’historien (publicado en español como “Introducción a la Historia” en 1952), caído por desgracia en los últimos años en el olvido . Yo sigo aconsejando a mis alumnos que para aprender el oficio lean tres breves obras fundamentales del siglo XX: la citada “Introducción a la historia” (1941-1943)  de Marc Bloch; “Combates por la historia” (1952, francés; 1970, español) de su compañero Lucien Febvre y “¿Qué es la historia?” (1961, inglés; 1983, español) del marxista E. H. Carr. Pertenecen, ciertamente, a otro tiempo histórico e historiográfico, pero recobran actualidad cuando unos adversarios que parecían derrotados, nos quieren hacer retroceder ahora a su vetusta manera de hacer la historia. Las críticas al positivismo del siglo XIX por parte de los fundadores de Annales y del marxismo historiográfico de Past and Present, están tanto o más vigentes en el siglo XXI que en la primera mitad del siglo XX, por mucho que debamos autocríticamente asumir todo lo que fracasó de las nuevas historias, adaptando en general el métier al contexto histórico de la era global.

        Con lo anterior vuelve el mito positivista de la neutralidad o imparcialidad del historiador, signo asimismo de una supuesta buena historia. Eco anacrónico de la ya citada y harto divulgada frase de Leopold von Ranke: la historia es conocer el pasado “tal como fue”, como si tal cosa fuese posible… Concepto absoluto de la verdad histórica más propio, según ya dijimos, de una religión cientifista  que de una historia científica, La propia práctica historiográfica, individual y colectiva, demuestra cotidianamente que la verdad empírica que descubrimos es inseparable del propio historiador, de sus competencias y sus valores . Mal asunto que determinados historiadores no sepan (los más jóvenes) o no quieran (los más desencantados) distinguir el mito de la realidad en las propias definiciones de nuestra disciplina, alimentando un imaginario hiperobjetivista que nos hace perder credibilidad conforme nuestro público se amplia y deviene, gracias a la sociedad de la información y el conocimiento, más culto, más crítico, más exigente.

Redactor: Témpora Mágazine

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1 Comentario

  1. El “retorno” o más bien refugio para en el “positivismo” que lo vemos en gran número de historiadores en América Latina, bajo diversos signos, se funda sobre la falsa idea que la historia (en cuanto episteme) es separable del historiador, y en la reducción de la historia al modelo científico dominante el siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, que reduce la ciencia histórica solo al ámbito de la explicación causal según el modelo de las ciencias naturales (Naturwissenchaften), es la lógica en Francia de Langlois, Seignobos o Gabriel Mondo.
    La historia es inseparable del historiador, un “mixto indisoluble” entre dos planos de humanidad como lo recordara el gran Henri Irénee Marrou (De la connaissance historique), entre el presente del historiador y el pasado humano que éste considera en el contexto de su contemporaneidad. No es la relación sujeto versus objeto (positivismo), sino el “diálogo” entre sujeto y sujeto, lo que la filosofía crítica alemana (de Dilthey a Weber), llamará de un modo notable, la comprehensión.
    Felicito al autor por colocar la urgencia del tema y por sus siempre agudas reflexiones, las cuales suscribo con agrado, pero también con tristeza, al ver tanto investigador joven, transformarse en un “cronógrafo” ahí donde debería ser historiador.

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