Portaaviones, los nuevos leviatanes (I).

Actualmente los portaaviones son las naves capitanas de cualquier flota de guerra que se precie. Son el centro de cualquier fuerza de invasión y su poderío y magnitud se hace evidente al comprobar que hay menos de una treintena en servicio en el mundo. Cuesta mucho imaginar la guerra de este siglo sin estos colosos del mar, pero su evolución fue lenta y conoció su punto de inflexión al principio de la Segunda Guerra Mundial. Tras este momento quedó claro que este matrimonio entre el cielo y el océano era la clave para ganar conflictos en lugares como el Pacífico. La guerra naval y, por tanto, la guerra en general  cambiarían para siempre.

El 14 de Noviembre de 1910 el piloto Eugene Ely conseguía despegar desde la cubierta de un barco con su rudimentario biplano. Solo habían pasado siete años desde que los hermanos Wright realizaran con éxito el primero vuelo. Aunque todavía no se había demostrado militarmente en un conflicto abierto, todos los altos mandos del mundo eran conscientes de la importancia que iba a tener la aviación en una guerra que ya se veía segura. La forma y el papel de la aviación estaban aún por decidir, pero su uso sería esencial.

Pero pronto, aún antes de su adaptación efectiva al mundo militar, apareció un problema evidente: la capacidad de vuelo de los primeros aparatos era muy reducida y necesitaban de bases muy cercanas para aterrizar y repostar, de manera que su efectividad se veía mermada. Contar con bases de tierra era peligroso, por la posibilidad de que cayeran en manos enemigas o fueran destruidos con un solo ataque aéreo, y además eran muy poco flexibles. La respuesta, como a tantos otros problemas en la historia, estaba en el mar.

No solo se trata de que gran parte del planeta esté cubierto por mares, sino que las grandes potencias a principios del siglo XX eran imperios marítimos y sus flotas la base de su poder. Así pues, el portaaviones no es más que la solución lógica a un problema existente. Mantener grandes barcos con capacidad para transportar, lanzar y recoger aviones dota a las marinas de aeropuertos móviles que pueden alcanzar cualquier punto del planeta. En un principio se optó por no construir estas pistas de aterrizaje flotantes desde cero, sino que se transformaron otros barcos, adaptando sus cubiertas y bodegas a la nueva labor de portaaviones.

Esta decisión planteó un nuevo problema: los sistemas de aterrizaje. El aterrizaje con un tren como el que actualmente usan los aviones es muy peligroso, dado que se produce una gran fricción, y mucho más en un barco que en tierra. El barco tiene que estar en movimiento y la pista es necesariamente más corta. Así, ya antes de la Primera Guerra Mundial se optó por utilizar hidroaviones. Estos aparatos equipados con flotadores en lugar del tren de aterrizaje eran bajados al agua desde el barco con una grúa y recogidos después de la misma forma. El proceso era mucho más lento y caro, pero sin duda más seguro, aunque el tiempo demostró que era la decisión errónea.

DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL A LA SEGUNDA

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue el conflicto que cambió todo. Social, económica y culturalmente hay un mundo antes y después de la Gran Guerra, pero si en algo se notó la fractura ocasionada por este conflicto fue, comprensiblemente, en lo militar. La tecnología sufrió una revolución acelerada para responder a los nuevos desafíos de los campos de batalla y las dos armas que desde entonces prevalecen en los ejércitos, el carro de combate y la aviación, son hijos de esta guerra.

De cualquier forma, este conflicto comenzó con una aplicación a rajatabla de las doctrinas anteriores, por lo que estos cambios tardaron en llegar. La aviación era un arma de reconocimiento, de observación de artillería y solo con el paso de los años iría aumentando su capacidad de bombardeo y los cielos se cubrirían con los enfrentamientos entre veloces cazas. Esta mayor importancia que iría cobrando la aviación hizo que esos primeros y rudimentarios portaaviones fueran mejorándose y creciendo. La Royal Navy, la marina británica, la mayor y más moderna del mundo fue la primera en transformar petroleros y cruceros en pistas de aterrizaje flotantes.

Sin embargo, pronto quedó claro que la idea de los hidroaviones era un error. La experiencia demostró que las batallas aéreas las ganaba el bando que pudiera poner más aparatos en el aire en menor tiempo. Para ello, los aviones tenían que ser lanzados con una frecuencia muy elevada y el sistema de grúas para bajar y subir los hidroaviones era lentísimo. Se optó por el sistema de trenes de aterrizaje y las pistas fueron equipadas con unos ganchos de frenada para ralentizar el avión al tocar pista. Se realizaron antes del fin de la guerra misiones de bombardeo desde portaaviones y los japoneses los utilizaron en su campaña contra las posesiones alemanas en el Pacífico. Aún así, las novedades llegaron demasiado tarde y no tuvieron un impacto definitivo en la guerra.

Pero la lección había quedado clara, la aviación era el arma del futuro. Los nuevos aparatos, más grandes y con más capacidad de carga podrían reducir ciudades a escombros y machacar ejércitos desde la seguridad de las alturas. Aún así nadie imaginaba el impacto que los aviones iban a tener en la guerra naval. Lo que si sabían todas las marinas es que poseer estos aeropuertos navales podía ser la clave de una victoria.

Al terminar la Primera Guerra Mundial se impusieron sanciones y se firmaron acuerdos para impedir un nuevo baño de sangre como el que se había vivido. Uno de estos acuerdos atajaba la carrera armamentística entre las naciones, limitando la cantidad y el tamaño de los barcos que se podían construir. Este Tratado Naval de Washington, firmado en 1922, especificaba así mismo el número y tamaño de los portaviones, lo que lastró su evolución. Los nuevos colosos no reinaban todavía en los mares, pues el acorazado seguía con su viejo dominio basado en la artillería de gran calibre, pero EE.UU, Gran Bretaña, Francia y Japón continuaron con las reconversiones de barcos para adaptarlos a portaaviones, la más famosa de ellas es la creación de la clase Lexington estadounidense, el más grande de su momento y que volveremos a encontrarnos más tarde.

Japón, una nación-isla, que dependía mucho del mar para su abastecimiento y logística militar, puso más recursos en la construcción de portaaviones y en el desarrollo de los aviones que estos transportaban. Esta situación es la clave de las victorias japonesas en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, pues los nipones fueron los primeros en comprender que la época de los acorazados estaba terminando, mientras naciones como Alemania y Gran Bretaña se empeñaban en la construcción de estos barcos que apenas servirían de nada en la guerra naval que se avecinaba.

Otras de las principales innovaciones de este periodo de entreguerras son la invención de la catapulta de despegue y del submarino portaaviones. La catapulta de despegue es una especie de grúa con un carril recorrido por un sistema de cables de acero tensados. El avión se colocaba en la misma y los cables lo lanzaban, acelerándolo en pocos segundos a velocidad óptima para iniciar el vuelo. Era peligroso, pero barato y funcional, aunque tenía el inconveniente de que después los aviones no podían aterrizar en ninguna parte y los pilotos amerizaban con la esperanza de que los recogiera un amigo. El submarino portaaviones fue un buen intento imaginativo para lanzar ataques sorpresa con aviones, pero estos tampoco podían volver a aterrizar y al poder llevar solo uno o dos aviones en cada buque submarino el impacto de los mismos no era muy grande.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: EL MAR DEL CORAL Y MIDWAY.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se vivió en Europa con la invasión de Polonia por parte de las fuerzas alemanas y soviéticas en septiembre de 1939. Sin embargo, en Asia, el conflicto fue la ampliación de una guerra que ya duraba años entre Japón y China. Japón había pasado en menos de un siglo de estado medieval a potencia industrial de primer orden y creía que le correspondía el gobierno y dirección de toda Asía. Para lograrlo crearon un moderno ejército imbuido por una adaptación del bushido de los samuráis y una fuerza aérea moderna y eficaz que actuaba (por el carácter geográfico del Pacífico) en gran conjunción con la marina.

Japón necesitaba de forma acuciante de las reservas petrolíferas y de materiales estratégicos de regiones del Pacífico que no controlaba, por lo que en diciembre 1941 lanzó una gran ofensiva contra las posesiones holandesas, francesas, inglesas y estadounidenses en Nueva Guinea, Indochina, China, las Islas Solomón… y Hawaii. El ataque a Pearl Harbor sigue siendo motivo de discusión, pero parece que la necesidad de golpear primero y con fuerza al enemigo más poderoso está detrás de este ataque de Japón que introdujo a los Estados Unidos en la Guerra.

El gigante americano no estaba preparado para este conflicto y aún tardaría en movilizar todo su potencial productivo, por lo que hasta el verano de 1942 se centró en retiradas tácticas y en dar apoyo a los australianos y neozelandeses, intentado que las rutas entre estos y Estados Unidos no quedaran cortadas. Este conflicto, de aquí en adelante, será prácticamente naval, pero con un carácter muy diferente a lo visto hasta entonces.

El 10 de diciembre de 1941 el acorazado Prince of Wales, la joya de la corona británica y uno de los acorazados más grandes jamás construidos resultó hundido en las aguas de Singapur. Su asesino no había sido otro acorazado ni un submarino, sino un ataque aéreo japonés que usó aviones torpederos, muy difíciles de esquivar y letales para los barcos grandes. Aunque estos aviones fueron lanzados desde una base en tierra, dieron fin a la era de los acorazados.

A la altura de mayo de 1942, el Imperio Japonés continuaba invicto y su próximo objetivo era invadir el Pacífico sur para aislar Australia y quizás invadir Nueva Zelanda. Los Estados Unidos no podían permitir esto y una flota de emergencia fue destinada a la zona entre Nueva Guinea y las Islas Solomón para impedirlo. Contaba con dos portaaviones como naves más importantes. La antesala de la invasión japonesa, una flota de avanzada con otros dos portaaviones se encontraba en la zona y durante días las dos flotas se enzarzaron en un complicado baile evitándose y lanzando sus aviones de reconocimiento para intentar descubrir los barcos del enemigo en un momento de debilidad.

-Bibliografía:

-CHESNAU Roger, Aircraft Carriers of the World, 1914 to the Present. An Illustrated Encyclopedia. Annapolis, Maryland: Naval Institute Press.

-DIEZ Octavio y BUSQUETS Camil,  Buques, submarinos y portaaviones. Cultural, Madrid: 2015

-PARKER, Geoffrey, Historia de la Guerra. Akal, Madrid: 2010

Redactor: Guillermo Rubio Martín

Editor de Historia Contemporánea. Licenciado en Historia por la universidad de Granada. Máster en Docencia. Intereses en historia contemporánea, historia de los conflictos e historia de la mujer en guerra. Asesor de género en operaciones.

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