Pena capital: la literatura en la lucha por la abolición de la pena de muerte

«Es mejor y más satisfactorio liberar a mil culpables que sentenciar a muerte a un solo inocente.»

(Maimónides)

«Lavarse las manos está bien, impedir que la sangre corra estaría mejor.»

(Victor Hugo)

«Generaciones de niños han lanzado gritos de terror y de encanto delante del guiñol, cuando veían aparecer al títere verdugo. Podría creerse que hay algo risible en ese procedimiento, como si la víctima que patalea en el extremo de la cuerda no fuera un ser humano, sino un maniquí de carnaval.»

(Arthur Koestler)

«Cuando la suprema justicia hace vomitar al hombre honrado al que supuestamente debe proteger, parece difícil sostener que cumple su función de introducir paz y orden en la sociedad.»

 (Albert Camus)

 

Podría seguir regalándoos citas, que las hay por docenas, pero mejor parar aquí, y empezar a meternos de lleno en la cuestión. Comencemos por donde toca: en el ámbito jurídico encontramos que la pena de muerte, «también llamada pena capital o pena de la vida, consiste en la privación de la vida o existencia física para el reo» y que «los ordenamientos legales que la incluyen suelen reservarla para los delitos de asesinato, traición, rebelión, magnicidio, parricidio, violación, etc.».

A favor de su aplicación se ha esgrimido siempre una razón que podría resumirse como una versión en términos modernos de la Ley del Talión (la del “ojo por ojo…”) que ya encontrábamos en el Código de Hammurabi, allá por el siglo XVIII a.C., es decir, que la pena de muerte no implica más que la debida compensación hacia la víctima por medio de la retribución al autor del delito de una pena equivalente a la de la falta cometida. Por extensión, sería una forma de aplicación por parte del Estado del derecho de legítima defensa, que la víctima (presumiblemente cadáver) no habría podido ejercer.

Pero no tenemos que elevarnos a tales complejidades: mucho más han contado históricamente razones como la intimidación y la acción disuasoria, la prevención de posibles reincidencias y la evasión de los costos del mantenimiento de los reos.

Más sencillo parece hoy encontrar las razones por las cuales podemos considerar la pena de muerte como moral y legalmente inaceptable. En primer lugar, estaríamos sumando al mal del delito, el mal de la condena, mal que además implica rebajar la ley humana a los principios del instinto, donde sólo prima la venganza. Por otro lado, no es definitiva la consideración de que sirve como ejemplo disuasorio, y sin embargo, supone un castigo irreversible, que siempre ha de registrar casos en los que la justicia haya errado. Podríamos suponer que la mera posibilidad de acabar con un inocente es razón suficiente para no legalizar la pena capital.

Métodos de ejecución. Fuente.

Métodos de ejecución. Fuente.

En cualquier caso, la pena de muerte ha sido contemplada con naturalidad a lo largo de los siglos, desde que tenemos constancia de un sentido de la justicia en las sociedades. Ya en la Antigüedad el catálogo de fórmulas de ejecución era muy variado, desde el estrangulamiento al degüello, pasando por la lapidación, la crucifixión, el enterramiento en vida o la mutilación. Los griegos animaban al suministro de venenos, los egipcios se decantaban por el empalamiento y los romanos practicaban el despeñamiento desde la famosa roca Tarpeya.

Avanzarían la Edad Media y la Modernidad sin que la pena de muerte dejase de contemplarse como algo completamente común. Un ahorcamiento o una muerte en la hoguera podían ser excusa para un jolgorio generalizado, y aun cuando ya empezaban a alzarse las primeras voces en contra de esta práctica, habría que esperar varios siglos hasta que un movimiento abolicionista de la pena de muerte tomase cuerpo.

Tenemos que esperar, de hecho, hasta el siglo XIX para encontrar un verdadero cuestionamiento del tema. Sin embargo, antes pasaríamos por varias etapas: como todo, se trata de un proceso lento que viene desencadenado por muchos y muy distintos acontecimientos.

A finales del siglo XVIII la Revolución Francesa traería consigo muchas ideas nuevas, pero la que nos interesa a nosotros en este caso tiene que ver con la implantación de una forma de ejecución que asegure una muerte rápida e indolora para el castigado. La sumisión de los reos a tortura era algo que venía cuestionándose desde tiempo atrás, y el reconocimiento de los derechos universales del hombre, con la consiguiente puesta en valor de la vida, no haría sino que acentuar esta idea de que la muerte consentida por el Estado no ha de convertirse en ensañamiento. En este contexto sería inventada la guillotina, para dar solución al problema. Encontramos los precedentes de una postura abolicionista, pero sin llegar aún demasiado lejos. De entre los personajes emblemáticos del momento en esta cuestión, cabe destacar al señor Robespierre, que se posicionaría abiertamente en contra de la pena de muerte para luego, durante los años del Terror, aprobar la ejecución de miles de personas.

¿Y qué pretenden enseñar con su ejemplo? Que no hay que matar. ¿Y cómo enseñan que no hay que matar? Matando“.

Por eso no es de extrañar que sea en el seno del conflicto revolucionario francés cuando surge una de las mayores voces en la lucha contra la pena de muerte. Victor Hugo nos lega éste y muchos otros testimonios. Gracias a su posición como escritor pudo servirse de la palabra para ejercer su lucha política, y éste de la pena de muerte fue uno de los frentes en los que más arduamente se empleó. Desde este momento, comprobamos que la literatura se convierte en un campo perfecto sobre el que cimentar los argumentos abolicionistas contra la pena de muerte. Victor Hugo sólo será uno de tantos.

Y además, ¿están seguros, de que no se sufre? ¿Quién se lo ha dicho? ¿Se ha sabido de alguna vez que una cabeza cortada se haya levantado sangrando sobre el cesto, y haya dicho al pueblo: esto no duele?”.

Estas palabras se extraen de su obra Último día de un condenado a muerte, en la que Monsieur Hugo pretende poner en valor no ya la vida de uno u otro condenado, sino el concepto de vida humana en sí mismo. Fueron muchos los guillotinados que vieron su final en la Plaza de la Revolución, hoy rebautizada como Plaza de la Concordia. Pero Victor Hugo no da nombres, no se refiere a ningún reo en concreto en su obra, sino que nos deja la estampa del pensamiento de un hombre cualquiera, un anónimo en el que cualquiera puede verse reflejado, o por el que toda persona puede sentirse conmovido. No tenemos referencias del crimen cometido por este condenado, porque no es eso lo que importa: no hay crimen, sacaríamos en claro de las reflexiones del autor, que pueda justificar el asesinato legal cometido por el Estado y, por ende, por toda la sociedad.

Ejecución de Luis XVI en la Plaza de la Concordia. Fuente

Ejecución de Luis XVI en la Plaza de la Concordia. Fuente

Es el inicio de un debate que habría de durar aún más de un siglo. Victor Hugo no vio abolida la pena de muerte en Francia o Europa, así que no es de extrañar que en otros lugares, otras voces se alzaran clamando ante la sociedad y la justicia por los mismos motivos. Así habla Dostoievski en su obra, El idiota:

El condenado era un hombre inteligente, sereno, fuerte, entrado en años, de apellido Legros. Y lo que le digo a usted, créalo o no, es que lloraba cuando subía al patíbulo y estaba blanco como el papel. ¿Es posible tal cosa? ¿No es eso horrible? A ver, ¿quién llora de terror? Yo nunca hubiera creído que un hombre hecho y derecho pudiera llorar de terror; y no digo un niño, sino un hombre que nunca antes había llorado, un hombre de cuarenta y cinco años. ¿Qué le sucede en ese momento al alma? ¿A qué convulsiones llega? ¡Es un insulto al alma, ni más ni menos! Está escrito: «No matarás». ¿Quiere eso decir que porque ha matado hay que matarle a él? No; eso no está permitido.

Él mismo fue condenado a muerte en el año 1849 por formar parte de un grupo de conspiracionistas contra el zar Nicolás, aunque estando ya frente al pelotón de fusilamiento, la pena le iba a ser conmutada por trabajos forzados. Es de suponer que el escritor tuvo tiempo de sobra para plantearse la cuestión de la legitimidad de la pena de muerte, así que no extraña a nadie que en sus posteriores obras se refiera al tema en más de una ocasión.

La preocupación por la pena de muerte iba a aparecer, también desde el siglo XIX, en la literatura española. Mariano José de Larra nos lega su aportación en su artículo Un reo de muerte. Fueron muchas las realidades de su época que Larra criticó a través de sus artículos, y la pena capital no se libró de su revisión.

En él podemos encontrar una pregunta no formulada acerca de cómo debe ser para el condenado la comprobación, desde el amarecer del día de su muerte, de que la vida sigue sin que a nadie le importe lo más mínimo lo que va a suceder: “No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible a sus oídos el último grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando las calles a su lado”.

Entrado el siglo XX, muchos más entrarían a defender la abolición de la pena de muerte, y entre ellos cabe destacar a Albert Camus. En sus Reflexiones sobre la guillotina, una imagen que trasciende es aquella en la que nos cuenta cómo su padre, un hombre recto y sencillo, acudió a una ejecución de un reo que había matado a sangre fría a una familia de agricultores. Acudió allí porque, sin duda alguna, ese hombre merecía morir. Volvió con el rostro desencajado y se pudo a vomitar. En palabras de Camus, una acción que provoca eso en un hombre honesto, no puede ser considerada justa.

“La pena capital es la forma más premeditada de asesinato, con la que ningún acto criminal se puede comparar, por muy calculado que éste sea. Para que existiera un equivalente, la pena de muerte debería castigar a un criminal que hubiera avisado a su víctima de la fecha en la que le provocaría una muerte horrible y que, desde ese momento, la hubiera mantenido confinada durante meses a su merced. Un monstruo así no se encuentra en la vida real.”

A fin de cuentas, asumir la pena capital como castigo implica, por un lado, negar toda posibilidad de reinserción, al tiempo que se buscan toda clase de atenuantes para no tener que decir que lo que se está cometiendo no es ni más ni menos que un asesinato regulado y contemplado por el Estado.

Países que contemplan la pena de muerte en la actualidad

Países que contemplan la pena de muerte en la actualidad. Fuente

En Europa y América del Sur la pena de muerte está casi extinta, con la excepción de Bielorrusia, que la sigue aplicando, y algunos países como Brasil o Chile que, aunque la contemplan en su legislación, ya no la aplican. Sin embargo, sigue vigente en casi toda Asia, Oriente Próximo y Estados Unidos. En éste país, quince reos han sido ejecutados en lo que va de año.

Camus nos dice que no se debe asumir el Estado como un valor absoluto, poniendo en sus manos la capacidad de “legislar de forma definitiva” o de “producir lo irreparable”, y el hecho de que aún haya más de 80 países en el mundo que contemplan la aplicación de la pena capital nos habla de hasta qué punto son actuales estas palabras.

Bibliografía

HUGO, V. (1832), Último día de un condenado a muerte, Espasa (Barcelona), 2016.

DOSTOIEVSKI, F. (1869), El idiota, Alianza Editorial (Madrid), 2012.

LARRA, M., (1835), Un reo de muerte, Revista Mensajero, nº 30.

CAMUS, A. y KOESTLER, A. (2011), Reflexiones sobre la pena de muerte, Capitán Swing Libros (Madrid).

Redactor: Sara Esturillo Reyes

Licenciada en Historia y Máster en Estudios Literarios por la Universidad de Granada. Intereses en teoría de la Historia y de la Literatura, y en las relaciones que se establecen entre ambas disciplinas.

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