Omnibus mors instat: la muerte en el mundo romano

A lo largo de la historia, la muerte ha sido uno de los grandes misterios a los que el ser humano se ha enfrentado y ha intentado dar explicación o consuelo. En el caso de Roma, muchos fueron los planteamientos ante el fin  de la vida y así se hace notar a través del registro arqueológico. Lo que se mantuvo inalterable y así se nos transmite 2000 años después, es un sentimiento de respeto, de esperanza y de fe, desde una posición de absoluta fidelidad a los valores tradicionales, como es característico de la sociedad romana para todos los aspectos de la vida. Cabe decir  que en las próximas líneas me centraré en el período republicano y alto imperial, sin entrar en las influencias del cristianismo, las cuales implantaron otros posicionamientos filosóficos derivados de los nuevos planteamientos religiosos que dibujaban una vida en el más allá.

Para el romano la muerte es siempre una desgracia, máxime cuando se trata del fallecimiento de niños o personas jóvenes. Ello es así porque entendían que la muerte era una mala acción del destino, aunque fuera un trance que todo ser humano debía pasar y superar. Un tránsito que era visto con temor, porque como seres humanos, tenían miedo a lo desconocido y que, aunque fuera irrenunciable, era trágico.

Historiadores como P. Veyne han señalado la aparente incredulidad de los romanos en el más allá. Según este historiador, algunos por incredulidad y otros por falta de reflexión, imaginaron la muerte como la nada, sin que detrás de ella hubiera algo. Resulta muy difícil seguir esta teoría cuando a través del registro arqueológico y de las fuentes literarias vemos cómo de manera mayoritaria  pensaron que los difuntos seguían viviendo en la tumba, donde permanecía el alma para el resto de la eternidad. Es posible que, ocasionalmente, el sentimiento de escepticismo apareciera, pero aun siendo un espacio del que a veces se tiene dudas, no se debían correr riesgos, de ahí que mundo funerario y religión vayan unidos de la mano.

Recreación de la exposición del difunto en su casa. Fuente.

Recreación de la exposición del difunto en su casa. Fuente.

El viaje hacia el otro lado pasaba a través de un tránsito que había que superar y para el que se debía contar con protección humana o divina. Se daba así todo un ritual que servía para evitar que el individuo tuviera una existencia angustiosa en el más allá. Conocemos las referencias a los funerales y a las prácticas relacionadas con ellos, además de por la arqueología, por autores de los siglos I antes y después de Cristo como Marcial, Ovidio, Cicerón o Virgilio.

Gracias a estos autores sabemos en qué consistían las prácticas funerarias: Una vez fallecida la persona y frío el cadáver, la familia o individuos especializados, en el caso de los más ricos, lo lavaban, lo perfumaban, lo envolvían en una toga y le colocaban una corona en la cabeza u otros ornamentos que el difunto hubiera llevado en vida. También se le ponía una moneda en la boca para que pagara al barquero Caronte.

Relieve en el que se representa al difunto expuesto en el hogar con plañideras y músico. Fuente.

Relieve en el que se representa al difunto expuesto en el hogar con plañideras y músico. Fuente.

Una vez preparado el cadáver, se exponía para que los familiares lo visitaran. Normalmente se mostraba en el atrium o vestibulum, y si el difunto pertenecía a un grupo social acomodado, la exposición podía durar varios días. La música, presente en este ritual, también tenía su papel. Así, los familiares entonaban las neniae, que eran cantos fúnebres y que según Cicerón existían desde el primer momento en Roma. En el caso de los magistrados romanos, sus imagines eran conducidas al foro donde se pronunciaba una laudatio funebris  u oración fúnebre en honor al fallecido.

En segundo lugar se daba el traslado del difunto al recinto funerario. Se solía celebrar de noche, excepto para los niños y los pobres. En este cortejo participaban los familiares y libertos del difunto. Además, en muchas ocasiones se transportaba una máscara de cera que previamente se había aplicado sobre el rostro del difunto y que consistía en un retrato muy realista del mismo. Como es sabido, estas máscaras se conservaban luego en la casa, con el resto de otros familiares fallecidos.

Recreación del cortejo fúnebre. Fuente.

Recreación del cortejo fúnebre. Fuente.

Con respecto al enterramiento, si se trataba de una inhumación, el cuerpo se colocaba en un féretro o sarcófago, en un nicho en la roca, o si no tenían posibilidades para ello, se enterraban simplemente bajo una capa de tierra. Si por el contrario se trataba de una incineración, el cadáver podía ser quemado in situ (bustum) o en un lugar aparte (ustrinum). El cuerpo se quemaba en una pira rectangular (rogus), donde se le abría los ojos al cadáver y las cenizas y los huesos se depositaban en diferentes tipos de recipientes según el deseo de la familia y del difunto.

En Roma coexistieron los rituales de inhumación y de incineración, aunque el predominio de uno u otro varió según el momento. A comienzos de la república el rito más frecuente fue el de la inhumación; solo a finales de este periodo y principios del imperio se dio la primacía de las incineraciones, aunque en el s. II d. C., a partir sobre todo de época adrianea, se extendió de nuevo la inhumación, algo que está íntimamente relacionado con la expansión del cristianismo, mucho más preocupado por mantener la integridad del cuerpo para la vida en el más allá y sobre todo para la resurrección.

Recreación de una pira con la cremación del difunto. Fuente.

Recreación de una pira con la cremación del difunto. Fuente.

Tras el funeral tenía lugar otro rito de purificación con agua y fuego (suffitio), dando lugar a una serie de ceremonias en honor al difunto que incluían banquetes. Aparte de fiestas específicas, se les hacían sencillas ofrendas de vino, miel, leche y flores.

Una vez pasado todo este tránsito, el alma  pasaba a formar parte de los dioses manes, que eran los espíritus familiares, los Dei parentes et manes. De esta manera el difunto pasaba a formar parte de las divinidades en el plano familiar, recibiendo culto como hemos dicho por parte del paterfamilias. Para ello tenían que pasar todo el rito anteriormente descrito. De lo contrario, se convertía en un alma errante sin descanso.

Con respecto a la tumba y los lugares destinados para albergar los enterramientos, estaban regulados por la legislación y no quedaban al arbitrio de la población. Las más antiguas disposiciones legales se encuentran en las Leyes de las XII Tablas (mediados del S. V a.C.), de las cuales, la X, prohibía inhumar o incinerar dentro de la ciudad, algo que se daba con bastante asiduidad antes del surgimiento de estas leyes. Las razones podían ser higiénicas, pero también otras como evitar la propagación de incendios a causa de las piras funerarias. También se prohibió la construcción de monumentos funerarios para evitar que dentro del ámbito urbano se realizaran las prácticas relacionadas con el homenaje al difunto, como eran los sacrificios. Ni que decir tiene que estas medidas no siempre eran respetadas. El ejemplo más significativo es el de Trajano, quien mandó construir una gran columna en el gran foro que llevaba su nombre para que sirviera como depósito de sus cenizas al mismo tiempo que rememoraba sus victorias en Dacia.

escultura conocida como Brutus Barberini, que es la representación de un patricio llevando dos bustos de sus antepasados en la procesión. Fuente.

Escultura conocida como Brutus Barberini, que es la representación de un patricio llevando dos bustos de sus antepasados en la procesión. Fuente.

Por otra parte existía la prohibición de vender tumbas. Los romanos entendían que éste era un espacio individual y familiar y por ello su uso no pasaba a los descendientes. La familia era la titular de la tumba y la responsable de velar por ella, por el difunto allí enterrado y de respetar la voluntad testamentaria que, como vemos en muchas ocasiones, en caso de no respetarse, podía ser penalizada con fuertes sanciones, muchas de ellas maldiciones en caso de que se violara, se deteriorara la tumba o se enterrara a alguien a quien no le correspondía por derecho. También había leyes que preveían la imposición de multas.

Los enterramientos se hacían en las afueras de las ciudades, normalmente en las vías de salida y de entrada. El tipo de enterramiento variaba en función del grupo social al que perteneciera el difunto y sus posibilidades, dándose desde tumbas que estaban ajardinadas y con vallas, hasta otras con una simple lápida que indicaba el nombre del difunto y la edad. Muchas de ellas utilizan fórmulas que llaman la atención al caminante y le piden que se lamenten por la suerte del difunto; en otras se hace referencia a las dimensiones de la tumba, se dejaron elogios fúnebres que realzaban las virtudes del difunto y el lamento de sus allegados, etc., conformando así unos espacios que no se diferenciarían tanto de nuestros cementerios de hoy en día.

Bibliografía|

ABASCAL PALAZÓN, JUAN MANUEL “La muerte en Roma: Fuentes, legislación y evidencias arqueológicas”  en Arqueología de la muerte: metodología y perspectivas actuales. Córdoba, 1990.

SALAÑER PITILLAS, EDUARDO, “Epigrafía romana funeraria: creencias religiosas y expresión del dolor ante la muerte. Alguna cuestión en torno a la esperanza de vida” em Historia Antigua XXV,2001,pp. 279-294.

VAQUERIZO GIL, DESIDERIO “La muerte en la Hispania Romana. Ideología y prácticas” en Enfermedad, muerte y cultura en las sociedades del pasado. Importancia de la contextualización de los estudios paleopatológicos.Cáceres, 2005, pp. 135-158.

PASTOR MUÑOZ, MAURICIO “Los dioses manes en la epigrafía funeraria bética”en Mainake, nº26,2004. pp. 381-394.

Redactor: Marta Álvaro Bernal

Lda. en Historia por la Universidad de Sevilla, actualmente cursando el máster de Estudios Históricos Avanzados en su especialidad de Historia Antigua. Interesada en el mundo romano en general y en sus dinámicas sociales en particular. He sido becaria de colaboración y alumna interna en el dpto. de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla.

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