Namban, los bárbaros de Occidente

En los siglos XV y XVI se produce en Occidente la  exploración y colonización de otros continentes, pero mientras que  portugueses, españoles, holandeses, franceses e ingleses se repartían el gran pastel americano, ¿qué ocurría en el otro extremo del mundo?

Cipango (Japón), el mítico lugar de especias al que Colón quiso arribar y al que nunca pudo llegar, se desgarraba en una larga y cruenta guerra civil que enfrentaba a los dirigentes nobles (daimio) por familias y facciones. Este belicoso período de la historia de Japón se denomina era Sengoku  Jidai  o Período de las Naciones en Guerra, que para cuando se produjo el primer contacto estaba a punto de finalizar para dejar paso a la era Momoyama, época igualmente caracterizada por las continuas luchas internas de poder entre los señores feudales. No obstante, en este convulso tiempo, se produjo la aparición de grandes genios militares y políticos de la historia de Japón. Hablamos de personalidades como Oda Nobunaga, Hideyoshi o Tokugawa Ieyasu, que tuvieron una gran importancia histórica no sólo en el campo de batalla, sino en la interacción con los primeros extranjeros en tierra nipona.

Muchos han calificado de hecho fortuito  que los primeros barcos de occidentales divisaran las costas japonesas en este contexto tan poco favorable para los locales y tan propicio para los mercaderes extranjeros, y fruto de ello se cambiara para siempre la cosmovisión de ambas culturas.

Sería en el año 1543 cuando tendría lugar el primer encuentro entre los nanban (bárbaros del sur u occidentales) y los habitantes de este país, y como bien señala Rossella Mennegazzo, este episodio histórico influyó de manera importante en la sociedad japonesa, tanto desde el punto de vista práctico, como en la cotidianidad de las costumbres, en la filosofía, la cultura o el arte, de hecho, fruto de ese contacto y de la influencia extranjera nacería el llamado arte Nanban. Este arte refleja como ningún testimonio el impacto de la llegada de los europeos, con maravillosos ejemplos como los biombos que rememoran el desembarco de las naves portuguesas en Nagasaki, donde se destaca de manera exagerada los exóticos rasgos occidentales de los nuevos visitantes.

Desembarco de Nagasaki. Fuente

Desembarco de Nagasaki. Fuente

Como decíamos, el primer contacto entre las dos culturas se produciría en pleno siglo XVI, cuando casi milagrosamente llegaron a las costas niponas las naves de los mercaderes y misioneros portugueses que buscaban nuevas rutas comerciales con el Extremo Oriente que conectaran su factoría en Macao, China, con las demás vías comerciales.La presencia portuguesa en Japón estuvo fuertemente marcada por los intereses comerciales de esta corona. Por un lado se pretendía la introducción de nuevas mercancías occidentales en la nueva tierra como por ejemplo los mosquetes, lo que significaría un drástico cambio en el arte de la guerra de este pueblo, y por otro lado estaba la codiciada plata japonesa, el intercambio de alimentos y especias como el arroz, el salitre y las delicadas prendas de seda. En este sentido, la introducción del cristianismo a cargo del Jesuita Francisco Javier que llegaría a Japón en 1549, fue una consecuencia irremediable en este intercambio comercial y cultural.

La llegada de esta nueva religión se viviría de formas muy dispares por parte de la sociedad y las esferas políticas japonesas, según el historiador Kikiso Hane, los daimios de  la región de Kyushu recibieron abiertamente a los misioneros porque creían que este contacto les facilitaría el comercio con los países occidentales. Este fue el caso de algunos dirigentes como Oda Nobunaga, que por aquel entonces había consolidado su poder tras poner fin a las disputas familiares,  y que optó por una actitud favorable hacia la labor de los misioneros debido al interés político que suponía librarse de las facciones budistas que se oponían a su gobierno, en concreto hablamos de los monjes guerreros del monte Heiei, el cual arrasaría pasando apoyar al catolicismo que claramente le garantizaba el contacto con los mercaderes portugueses y los mosquetes.

Precisamente, el uso de las armas de fuego, pese a que los japoneses ya conocían la pólvora, supuso un antes y un después en la guerra. Como bien sabemos, la clase guerrera samurái, encargada de las batallas y de servir y proteger a su señor feudal, se pertrechaba de un equipo compuesto por armadura, katana o espada, lanza, arco y flechas y las tácticas estaban basadas en ataques combinados entre caballería e infantería de unidades más bien reducidas, sin embargo, la llegada de estos nuevos artefactos cambiaron la composición de la estrategia e incluso de los sistemas defensivos, dando lugar arquitectónicamente hablando, a grandes fortalezas y castillos amurallados, y trastocando el rígido sistema social de clases o castas por la necesidad de integrar a más infantería ligera (levas) con el fin de contrarrestar los ataques con armas de fuego. La consecuencia de estos cambios sociales según Ainhoa Reyes Manzano, de la Universidad de la Rioja, fue la devaluación de la  clase samurái que

Batalla de Nagashino. Fuente.

Batalla de Nagashino. Fuente

quedó, ante las nuevas tecnologías, como mero testimonio de las tradiciones ancestrales de este país. Un gran ejemplo de esta brutal confrontación entre el poder de los nuevos mosquetes y las estrategias de guerra tradicionales fue protagonizada por nuestro ya conocido Oda Nobunaga, que derrotaría a uno de sus rivales, el clan Takeda, en la batalla de Nagasahino (1575) mediante el empleo de arcabuces. Se trataba de una batalla de caballería contra arcabuceros por lo que el resultado fue desastroso para la familia Takeda y su ejército que fue masacrado.

Por otra parte, y siguiendo a esta autora, los predicadores y misioneros cristianos llegaron a convertirse en valiosos intermediarios entre los daimios y los comerciantes por dos motivos fundamentales, el conocimiento del idioma japonés, y por su contacto con gente poderosa. Precisamente, el auge político de aquellos daimios que apoyaban al cristianismo como Nobunaga o su sucesor Toyotomi Hideyoshi (aunque luego cambiaría su postura), fue paralelo al aumento de cristianos en Japón y al aumento de poder e influencia de los misioneros, hecho que se demuestra cuando en 1580 un daimio cristiano llamado Omura Sumitada, otorga a la Compañía de Jesús la ciudad de Nagasaki.

De este modo, el aumento de los cristianos conversos en Japón fue creciendo  exponencialmente, de manera que en 1582, según el historiador Mikiso Hane, en su libro “Breve historia de Japón”, establece que las cifras se aproximarían a los 150.000 conversos, siendo en 1614 unos 300.000. Durante este período se consolida no sólo el poder de la Compañía de Jesús o de los franciscanos llegados desde España, sino que la influencia occidental se había afianzado hasta el punto de que en 1576 se construyó en Kioto una iglesia jesuita y en 1583 el pintor jesuita italiano Giovanni Niccolo impartiría clases de escultura y pintura  occidental en su “Seminario de Pintores”.  Esta época dio lugar a una gran producción de imaginería y arte religioso importado y realizado por los propios pintores locales de gran valor histórico y cultural, sin embargo, la mayoría de ellos no se han conservado debido a que en la época Edo, período de represión del cristianismo y de aislamiento con el exterior, muchos fueron quemados y destruidos.

Precisamente con el paso de los años el cambio de perspectiva ente esta religión extranjera se fue haciendo patente.  Si para Nobunaga y compañía el cristianismo había sido la puerta de enlace a lo occidental y a su provechoso comercio, los nuevos dirigentes lo miraron con recelo y  desconfianza. El motivo, según Mikiso Hane, recae en que la fidelidad indiscutible de los súbditos hacia su dirigente, si que se ponía en cuestión en el caso de los cristianos, pues su obediencia debía rendir pleitesía a un poder superior a cualquier daimio o shogun. El mismo Hideyoshi, general que subió al mando tras el asesinato de Oda Nobunaga, y que en un principio se había mostrado tan generoso con los cristianos, más tarde  promulgaría ya un edicto en 1587 por el que se les ordenaba a los misioneros abandonar el país llegado al extremo de la crucifixión  de 26 misioneros y conversos japoneses en 1596. Otros gobernantes japoneses seguirían su ejemplo como Ieyasu , que pese haber sido tolerantes en un principio, luego  optaron por la represión y la persecución (edicto de  1614 por la que prohíbe el cristianismo y oficializa la religión budista).

Como bien menciona Hane, desde este momento, el cambio de mentalidad fruto de los avatares políticos y los intereses comerciales, produjeron que el cristianismo y las órdenes mendicantes pasaran a la clandestinidad. Se realizaron purgas, se obligó a los daimios a investigar a sus siervos y se culminaría con expulsiones y ajusticiamientos. Claro ejemplo de ello es el Bakufu Iemistu Tokugawa, totalmente a favor de torturar a los cristianos para hacerles apostatar. En definitiva este clima de persecución y represión acabaría por nutrir numerosas rebeliones e insurgencias como las de la isla de Amakusa que desembocarían en más masacres y más ajusticiamientos.

En definitiva, las consecuencias de este choque de civilizaciones fueron bastante relevantes para ambas culturas: las rutas comerciales dieron paso a los futuros imperios colonizadores y a la globalización del comercio, la estabilidad política del país nipón pasó por fortalecerse y resguardarse de la presencia extranjera para luego oscilar a períodos más permisivos con el comercio de sus puertos, pero, atendiendo a los valores culturales o la mismísima concepción del mundo, estas consecuencias fueron más allá. Si bien los occidentales reconocieron a una cultura sofisticada, tradicional, muy jerarquizada y disciplinada, los japoneses vivieron profundos cambios sociales, políticos, culturales y artísticos que dejarían huella en su historia, la cual siempre ha estado caracterizada por una profunda dicotomía entre la tradición y la innovación.

Bibliografía|

HANE, MIKISO, “Breve historia de Japón”, Madrid: Alianza Editorial, 2000.

MENEGAZZO, ROSELLA, ”Grandes civilizaciones. Japón”, Milán: Ed. Mondadori Electa, 2007.

PALACIOS, HÉCTOR, “Los primeros contactos entre el Japón y los españoles: 1543-1612”, en Análisis, Vol. 11, nº 31, Guadalajara: Universidad de Guadalajara (México), 2008.

REYES MANZANO, AINHOA, “La introducción de las armas de fuego en Japón”, en Brocar, nº 33, Logroño: Universidad de La Rioja, 2009.

Redactor: Victoria Hermosilla Romero

Licenciada en Historia por la Universidad de Murcia, especializada en Historia Moderna, Contemporánea y América Latina. Mis principales intereses se centran en Historia de la conquista y colonización de América y la Historia Moderna de España.

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