María Tudor. El camino hacia el trono

El nombre de María Tudor todavía levanta ampollas en algunos círculos historiográficos. La reina católica que llenó Londres con hogueras donde agonizaban “herejes” y reinstauró el viejo orden en la Inglaterra protestante heredada de su padre y su hermano, sigue siendo recordada con recelo. Sin embargo, muchos ignoran los trances que marcaron su vida hasta que se ciñó la corona en 1553. Desde joven conoció en sus carnes un creciente universo de tensiones, soledad y miedo que quedaron grabados en su rostro. Víctima de constantes depresiones, y con una salud precaria, pocos pensaban que llegase a la edad adulta. La difícil situación que vivió durante su adolescencia, hacía presagiar a muchos que esta princesa perdería, literalmente, la cabeza.

María Tudor nació en el Palacio de Greenwich en 1516. Hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, llegaba a sus padres como un regalo. Después de algunos abortos que sumieron a la pareja real en el desconsuelo, María traía algo de felicidad a la corte Tudor. No era el ansiado varón que tanto esperaba el rey, pero este la quiso desde el primer momento, llegando a llamarla “la perla del mundo”. Desde pequeña, la joven princesa fue instruida como digna hija de reyes. Inteligente y despierta, María intentaba siempre complacer en todo, especialmente a la reina Catalina, por quien sintió una sincera devoción desde pequeña. De hecho, madre e hija estaban muy unidas y se profesaban un cariño y amor que jamás iba a poder romperse, pese a los cataclismos que se avecinaban para ambas.

María Tudor adolescente. Fuente.

María Tudor adolescente. Fuente.

Con nueve años, Enrique VIII consideró que ya era el momento de que María asumiese sus deberes como princesa de Gales. Pese a las protestas iniciales de su madre, la niña pasó a residir en el castillo de Ludlow, en Gales, donde debía administrar dichos territorios. Fue precisamente allí donde empezaron sus padecimientos. Después de un gran número de amantes, Enrique VIII se había enamorado de nuevo. En la corte, había hecho acto de presencia una joven de seductores ojos negros y largos cabellos oscuros. Ana Bolena estaba conquistando el corazón del monarca, y se negaba a cumplir el tradicional papel de amante. Fue así como el rey Enrique inició un proceso que no pretendía otra cosa que divorciarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana. Sin contar con el beneplácito de Roma –asediada siempre por la sombra del sobrino de Catalina, el emperador Carlos V de Alemania–, el monarca inglés puso en marcha un proyecto de reforma religiosa, capaz de derrocar todos los obstáculos que se le pusiesen por delante.

Con el beneplácito de los más altos obispos de Inglaterra, se recabaron pruebas que demostrasen que el matrimonio real era nulo. Ninguno de los argumentos de la reina sirvió en su defensa. Ni siquiera la llegada de un legado papal consiguió reconciliar a los reyes. Y mientras la pareja real se sumía en aquellas disputas legales, la influencia de Ana Bolena continuaba creciendo. Viendo que las presiones del emperador Carlos entorpecían cualquier avance, y con el Papado negándose a claudicar, Enrique VIII tomó una decisión que iba a marcar el curso de la historia religiosa de Inglaterra. Por lo pronto, se separó de la cuna del Catolicismo, la Santa Sede, y construyó una nueva Iglesia que se ajustara a sus necesidades; lo que, en aquel momento, se reducía a legalizar el divorcio y volverse a casar.

Mientras la nueva Iglesia Anglicana emergía imparable, y un círculo de protestantes afectos a los Bolena rodeaba al rey, la desdicha se apoderó de la princesa María. Una vez que la reina Catalina fue obligada a abandonar la corte, Ana Bolena hizo todo lo posible para mitigar el cariño que Enrique VIII sentía por su hija. No podía ser de otro modo, teniendo en cuenta que la amante del rey estaba embarazada. Como María se negaba a aceptar el nuevo matrimonio de su padre, este procedió a castigarla por su osadía. De modo que cuando Ana Bolena parió a una niña, Isabel, Enrique VIII declaró a su primogénita como hija ilegítima, y por lo tanto la privó de sus derechos sucesorios a la corona. A continuación, María fue obligada a entrar en el servicio de Isabel, siempre bajo la atenta mirada de su nueva madrastra. Sometida a vejaciones, desplantes y confinada en la peor de las habitaciones, María se entregó a la oración, velando por su madre.

En 1535, la reina Catalina de Aragón expiró. Enferma y sola, murió perdonando de todos sus supuestos errores a Enrique VIII. Curiosamente, la muerte de Catalina no sirvió de nada a Ana Bolena, ya que la nueva reina era incapaz de proporcionar un heredero varón al rey. Además, sus continuos celos y desplantes ante la corte, cansaban cada vez más al monarca. Únicamente hizo falta un nuevo romance para acabar con aquella situación. La aparición en escena de Jane Seymour terminó de decidir a Enrique VIII, que inició un proceso judicial para condenar a Ana por supuestos delitos de brujería e incesto con su propio hermano. El 19 de mayo de 1536, Ana Bolena era decapitada y Enrique VIII volvía a casarse por tercera vez. A partir de ese momento, la situación para María empezó a mejorar, pues la nueva reina era una abnegada católica, que seguía en secreto la vieja religión. Integrada como dama de honor en palacio, la princesa se reconcilió con su padre y vivió con más tranquilidad. Sin embargo, la sombra de su antigua madrastra seguía estando muy presente.

Retrato de Ana Bolena. María Tudor vivió el resto de su vida marcada por el recuerdo de su madrastra. Fuente.

Retrato de Ana Bolena. María Tudor vivió el resto de su vida marcada por el recuerdo de su madrastra. Fuente.

Jane Seymour murió en 1537 después de dar a luz un varón, Eduardo. Los años siguientes fueron realmente convulsos en la vida de la familia real inglesa. Para Enrique VIII se sucedieron tres matrimonios infructuosos, mientras su carácter se volvía cada vez más huraño y cambiante. La reforma protestante avanzaba inexorable, siempre al amparo del arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer, que pretendía sepultar todo vestigio de la antigua religión. Sin detenimiento, los monasterios fueron saqueados, los iconos religiosos destruidos y todo vestigio del viejo orden aniquilado. Y conforme todo aquello ocurría, la princesa María continuaba siendo una declarada católica. Manteniéndose en un segundo plano, dedicó los últimos años en vida de su padre a ejercer sus funciones como princesa y proteger a sus hermanos pequeños –especialmente a Isabel–. Su salud nunca volvió a recuperarse. Dolores estomacales, jaquecas y periodos en cama se repitieron intermitentemente. Además, siempre se sintió frustrada por no poder cumplir su deseo de casarse.

El 28 de enero de 1547, moría Enrique VIII. Ahora el trono pasaba a un niño pequeño. Eduardo VI tenía diez años cuando se ciñó la corona, por lo que su padre había establecido un Consejo de Regencia para que velase por la seguridad del trono. Bajo la sombra de su tío, Edward Seymour, el nuevo rey-niño siguió la política religiosa heredada, incentivando más si cabe la expansión de la Iglesia Anglicana en todos los rincones de Inglaterra. Y mientras las disputas entre los regentes erosionaban la estabilidad del trono, María se retiró a una villa privada, donde seguían oficiándose misas católicas. Como era de esperar, se convirtió muy pronto en un auténtico peligro para los intereses de los sectores más radicales de la Reforma. Seymour y sus aliados temían a la princesa por varias razones. En primer lugar, aquella adolescente despertaba un amor sincero entre el pueblo. Fiel reflejo de su madre, los vítores y vivas cuando ella aparecía eran sobradamente conocidos. Además, contaba, por otro lado, con el apoyo que le brindaba su primo, Carlos V. De hecho, desde los días del Divorcio Real, el emperador había velado por ella a través de sus embajadores. Y ahora que Enrique VIII había muerto, la preocupación por aquella princesa sin fortuna únicamente había aumentado. No sorprende que el Consejo de Regencia presionase continuamente al joven rey para que aleccionase a su hermana. Pero las dificultades para María solo podían aumentar.

Si continuamente se temía por su vida, la situación llegó a un punto de no retorno cuando en 1550, uno de los miembros del Consejo, John Dudley, consiguió liderar una conspiración y derrocó al tío del rey, asumiendo él mismo el título de Lord Protector. Desde el primer momento, Dudley –ahora convertido en duque de Northumberland– vigiló estrechamente al joven rey e hizo avanzar la reforma protestante hasta límites insospechados. Pero si se propuso algo, fue someter a aquella joven princesa, que se estaba convirtiendo en el estandarte del viejo orden. De hecho, no era un secreto que continuaba celebrando misas católicas en su capilla privada, que su servicio doméstico era fiel a la antigua religión y que la joven se negaba rotundamente a abjurar de sus devociones.

Entonces ocurrió lo inesperado. La salud de Eduardo, siempre precaria, empeoró. La misma pregunta empezó a escucharse por todo Londres: ¿Quién heredaría el trono? ¿La princesa Isabel, que parecía congraciarse con la nueva Iglesia? ¿O aquella princesa católica, que desafiaba abiertamente los principios de la Reforma Anglicana? Dudley no esperó demasiado para averiguarlo y preparó el camino para que María jamás llegase a convertirse en reina. Con este fin, utilizó a otro miembro de la familia real, una joven llamada Jane Grey. Prima de María e Isabel, esta muchacha se convirtió en un títere a merced de los intereses del Lord Protector. La idea era muy sencilla: como María Tudor se negaba a jurar los principios de la Iglesia de Inglaterra, no tenía derecho alguno a heredar el trono. Más bien, debía ser condenada por alta traición.

Fue así como el Lord Protector urdió una pantomima para continuar administrando el poder, como llevaba haciendo desde hacía años. Cuando Eduardo VI murió el 6 de junio de 1553, Jane Grey fue enviada a la Torre de Londres para ceñirse la corona. Pero cuando las tropas reales llegaron a la villa donde vivía María con la intención de apresarla, se la encontraron vacía. María Tudor se había adelantado y había preparado el camino más difícil para ella: el trono. En su ayuda contaba con el favor del pueblo inglés, que la había llegado a amar sinceramente. Por lo mismo, muchos nobles estaban desencantados con la ambición desmesurada de John Dudley y sus aliados. Y finalmente, la princesa tenía a su lado la imponente sombra de su lejano primo, el emperador Carlos.

La ejecución de lady Jane Grey, por Paul Delaroche. 1834. Fuente.

La ejecución de lady Jane Grey, por Paul Delaroche. 1834. Fuente.

El plan de Northumberland fracasó antes de haber empezado. Nueve días después de aquella improvisada coronación, se produjeron deserciones masivas entre las tropas de Northumberland. A continuación, Jane Grey fue detenida, junto con John Dudley y todos sus aliados. Mientras tanto, María hacía su entrada oficial en la ciudad de Londres como nueva reina de Inglaterra. El 1 de octubre de 1553, se proclamaba oficialmente el reinado de María I, y comenzaba así un nuevo período en la historia Tudor. Sin embargo, el gran acontecimiento que marcó el inicio de esta nueva época fue la ejecución de Jane Grey en la Torre de Londres, considerada por todos una víctima de las maquinaciones de Northumberland.

Lo más importante, a fin de cuentas, es que María Tudor consiguió finalmente sentarse en el trono de Inglaterra y, como nadie dudaba ya, puso todas sus energías en traer la fe que había heredado de su madre. Daba comienzo el último intento serio de devolver el catolicismo a Inglaterra, y también el calvario de María Tudor, llamada -con razón o no- la Sanguinaria.

Bibliografía

PÉREZ MARTÍN, MARÍA JESÚS, “María Tudor: la gran reina desconocida”, Madrid: Rialp, 2012.

TREMLETT, GILES, “Catalina de Aragón”, Barcelona: Crítica, 2013.

VILLACORTA, ANTONIO, “Las cuatro esposas de Felipe II”, Madrid: Rialp, 2011.

WEIR, ALISON, “Enrique VIII y la corte de los Tudor”, Barcelona: Ariel, 2010.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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3 Comments

  1. Un buen artículo, muy bien escrito; me ha gustado mucho el contenido y lo rápido que me ha absorvido este, gracias a tu manera de redactarlo! Felicidades!!

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  2. Fantástico artículo que consigue, en apenas unas páginas, hacernos participes de la vida tan dura que le toco llevar a María Tudor y que hizo de ella la mujer y la reina que fue. Enhorabuena!

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