Los tres veces muertos. Las momias de los pantanos

«[…] aquí el antiguo terror y la santa ignorancia respecto de aquello que sólo ven los que al punto han de morir».

Germania (40, 2-5), Tácito

Tranquila jornada de trabajo la que se esperaba en la turbera de Silkeborg (Dinamarca) aquella mañana de mayo de 1950. Nada hacía sospechar que lo que iban a extraer esa mañana distaba mucho de ser la turba habitual: el cuerpo sin vida de un hombre. Alarmados por lo que parecía un crimen reciente, los trabajadores llamaron a la policía. Cuál sería su sorpresa cuando vieron que el caso fue derivado, no a homicidios, si no al Museo Nacional de Dinamarca.

Ilustración que recrea el transporte del hombre de Tollund al sacarlo de la turbera de Silkeborg. Fuente

Así vio la luz el llamado Hombre de Tollund, uno de los más de 2.000 cuerpos momificados que han sido hallados desde el siglo XIX en turberas y pantanos de la Europa húmeda. El error de estos trabajadores no fue un caso aislado, pues hay registros de iglesias en los que han quedado documentados funerales cristianos de otros cuerpos encontrados en similares circunstancias.

Pocos son los pantanos que reúnen las condiciones necesarias para que un cuerpo sea conservado. Las bajas temperaturas, la ausencia de oxígeno y el ácido húmico, son claves para que estos cuerpos se hayan podido preservar. El ácido húmico impidió que las bacterias actuaran y pudrieran la piel, y dio a estas momias su característico color oscuro, como si de cuero curtido se tratara. Es más, su buen estado de conservación ha permitido que conozcamos incluso la última comida que ingirieron.

Chica de Windeby. Fuente

Chica de Windeby. Fuente

Pero, ¿por qué se han hallado más de 2.000 cuerpos momificados en pantanos y turberas? Hombres, mujeres y a veces niños han sido encontrados. Los análisis antropológicos y paleopatológicos de estos cuerpos han arrojado luz sobre esta pregunta, pues han determinado que sufrieron muertes violentas. A partir de las heridas perimortem y postmortem sabemos que muchos de ellos fueron colgados, desangrados y ahogados. A otros también les rompieron alguna extremidad, o les aplastaron la cabeza. El hombre de Tollund, el hombre de Grauballe, la chica de Windeby o «Franz el pelirrojo», son algunos ejemplos con nombre propio de estas violentas muertes.

Así, sabemos que el hombre de Tollund fue asfixiado al ser colgado de un árbol, pero no se le llegó a romper el cuello. Todavía conserva alrededor del cuello la trenzada cuerda con la que fuese ahorcado. Tuvieron cuidado al depositarlo tras su muerte, cerrando sus ojos y su boca, y colocándolo como si estuviese durmiendo. Aún hoy continúa durmiendo plácidamente en su sueño eterno.

Hombre de Tollund. Vista completa. Fuente

Hombre de Tollund. Vista completa. Fuente

Al hombre de Grauballe le cortaron el cuello de oreja a oreja, un profundo corte que llegó a las vértebras. Además, tiene fracturas craneales y en la tibia izquierda, ocasionadas por golpes con un objeto contundente. La descalcificación que sufrieron sus huesos tras su depósito hizo que se aplanaran y doblaran, hecho que se nota sobre todo en el cráneo, deformado por el peso del suelo que le cubría.

Hombre de Grauballe. Detalle de la cabeza. Fuente

Hombre de Grauballe. Detalle de la cabeza. Fuente

Ante estos hechos, lo primero que pensaríamos es que probablemente se tratase de criminales ajusticiados, con métodos acordes a los crímenes cometidos. Sin embargo, hay dos datos que chirrían en esta teoría: sus uñas y su estómago. Si observamos las uñas de, por ejemplo, el hombre de Grauballe (cuyas manos están muy bien conservadas), veremos que son unas manos muy cuidadas, que no muestran signos de haber realizado duros trabajos manuales. Esto nos lleva a pensar que podría tratarse de una persona de clase alta (incluso se conservan restos de laca de uñas en algunas de estas momias). En cuanto al contenido del estómago, tanto los hombres de Tollund y Grauballe como el de Borremose, consumieron diferentes tipos de trigo, centeno y avena chamuscados, plantas que podían ser conservadas de una cosecha a otra.  En algunos también se observaron semillas silvestres y, en alguna rara ocasión, restos de carne. No son alimentos que se vinculen a una dieta anual, por lo que se ha pensado que pudieron haber sido sacrificados ritualmente, siendo ésta su última cena, y por tanto tuviese un carácter especial. En algunos casos se ha determinado su muerte cerca del solsticio de invierno, por lo que podría tratarse de un sacrificio propiciatorio para asegurar la fertilidad de los campos. Esta teoría se ve apoyada por los restos de una torta hecha a base de varios cereales y frutos de muérdago, una planta sagrada para los celtas, según nos relata Plinio en su Historia Natural, y confirmaría su sacrificio ritual de tradición céltica.

Detalle de las uñas del hombre de Cashel. Fuente

Detalle de las uñas del hombre de Cashel. Fuente

«No debemos olvidar, a propósito del múerdago, la admiración que sienten los galos por esta planta. Para los druidas (es así como llaman a sus magos) no hay nada más sagrado que el muérdago y el árbol que lo lleva, si se trata de un roble. […]Un sacerdote, vestido de blanco, trepa al árbol y corta el múerdago con un hocino de oro. […]. Se cree que el muérdago, tomado en bebida, da fecundidad a los animales estériles, y que es un remedio contra todos los venenos».

Historia Natural (XVI, 95)

 

También se han encontrado hongos del cornezuelo del centeno (Claviceps pupurea), una planta alucinógena. Esto, unido a la arriba indicada posición en que se encontró al hombre de Tollund, nos lleva a pensar que se trató de un sacrificio voluntario, pues fue narcotizado antes de morir.

Estos sacrificios se han atribuido a los ritos de la diosa Nertho, la Madre Tierra, relatados por Tácito en su Germania:

«Instantes después se lavan en un lago retirado el vehículo, el velo y, si se quiere creer, la misma divinidad. Cooperan unos esclavos, a los que engulle inmediatamente el mismo lago. De aquí el antiguo terror y la santa ignorancia respecto de aquello que sólo ven los que al punto han de morir».

Germania (40, 2-5)

 

Tácito nos hablaría así de sacrificios humanos en honor a esta diosa, pero no entra a relatar cómo se producían dichos sacrificios.

Sin embargo, es otro el ritual que encajaría con estas momias de los pantanos: el rito de la «triple muerte» o «threefold death». Fue Lucano en su Farsalia  el que en el siglo I d. C. nos habló de este ritual. Tres siglos más tarde, la “triple muerte” sería mucho más explícitamente comentada por los escoliastas de Berna en sus Commenta Bernensia, hablándonos de un ritual de origen indoeuropeo consistente en ahogar a la víctima, colgarla y quemarla. Se considera un ritual característico del mundo celta, pero que también lo encontramos documentado, tanto literaria como arqueológicamente, en pueblos germanos del norte de Europa, eslavos, griegos, anatolios y persas (aunque en ocasiones con variantes).

Hombre de Tollund. Detalle de la cara. Fuente

Hombre de Tollund. Detalle de la cara. Fuente

Este ritual se ha documentado en un largo periodo de tiempo, pues fue practicado desde la Edad del Hierro hasta la Edad Media. Durante este tiempo dejó huella en el imaginario popular y en sus narraciones: la Cronica de Enrique de Livonia, la Crónica de Néstor, De Bello Gothico de Procopio, Agamenón de Esquilo o el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita.

Los Commenta Bernensia nos concreta a qué dioses iban dedicados estos sacrificios y el tipo de sacrificio para cada dios. Tres eran los dioses honrados y tres eran los rituales llevados a cabo: para Teutates, dios de la unidad tribal, se ahogaba a un hombre sumergiéndolo en una tinaja; para Esus, divinidad de la naturaleza, se colgaba a la víctima de un árbol y se la desangraba; y para Taranis, dios del trueno, la luz y el cielo, la víctima era quemada viva, encerrada en una estructura en forma de maniquí.

"Franz el pelirrojo". Fuente

«Franz el pelirrojo». Fuente

Encontramos variantes de estos rituales, pues la víctima debía morir ahogada o envenenada, colgada de un árbol o estrangulada y degollada, herida por arma cortante o quemada por fuego. Así, el rito ha sido interpretado de dos formas:

- tres muertes sucesivas, con rituales diferentes

- una sola muerte, con tres métodos distintos

Este rito fue relacionado con la ideología tripartita indoeuropea por el historiador francés Dumézil, al atribuirlo a divinidades del cielo, la guerra y la fecundidad. Se trataría de un sacrificio expiatorio por haber ofendido a estas divinidades, y los lugares escogidos (turberas y pantanos), sitios de paso al Otro Mundo. Se trataría pues, ante dicha ofensa, de los máximos tipos de pena capital.

¿Continuarán apareciendo cuerpos en pantanos y turberas? Podemos augurar que sí, y seguro arrojarán luz sobre las sombras que encierran sus historias.

 

 

Bibliografía

ALMAGRO-GORBEA, MARTÍN, “El rito de la “triple muerte” en la Hispania céltica De Lucano al Libro del Buen Amor”, ‘Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones. Nº 17, 2012.

GRILLETTO, RENATO, “Las momias. Desde las pirámides hasta las criptas de los santuarios, desde las turberas de Dinamarca hasta los despachos de los científicos, un fascinante viaje a través del tiempo y del espacio”, Milán: Colección Clío, 1989.

HAYWOOD, JOHN, “Los hombres del norte. La saga vikinga (793-1241)”, Editorial Ariel, 2016.

PALAO PONS, PEDRO, “El libro de los celtas. La historia, la magia, los ritos, las tradiciones y el significado del druidismo celta hasta la actualidad”, Editorial ROBINBOOK, 2001.

RENFREW, COLIN y BAHN, PAUL, “Arqueología. Teorías, Métodos y Práctica”, Madrid: Ediciones Akal, S.A., 2007.

TÁCITO, CORNELIO, “Agrícola. Germania. Diálogo sobre los oradores”, Madrid: Biblioteca Clásica de Gredos, S.A., 1999.

VELASCO, MANUEL, “Breve historia de los celtas”, Editorial NOWTILUS, 2005.

VVAA, “Arqueología. Los yacimientos arqueológicos y los tesoros culturales más importantes del mundo”, Barcelona: BLUME, 2009.

Redactor: Claudia Martínez Blanco

Licenciada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Antropología Física por las Universidades Autónoma de Madrid, Complutense de Madrid y Alcalá de Henares. Especialista en Antropología Forense por la Escuela de Medicina Legal y Forense de Madrid. Actualmente doctoranda en "Doctorado en Historia y Arqueología" por la Universidad Complutense de Madrid.

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