Los pecados de Katherine Howard

Cuánto disfrutaba la joven Katherine Howard de aquellos bailes en la Corte. Seguramente nunca había tenido tantos vestidos antes. Las habitaciones que le habían asignado eran envidiables, y además contaba con el apoyo de sus amigas como sus damas de compañía. Sin lugar a dudas, ser la reina de Inglaterra era una vida apasionante. Incluso estando casada con aquel hombre. Porque, en 1540, Enrique VIII, soberano de Inglaterra, no era ya un hombre joven y atractivo. Todo lo contrario, aquel titán obeso y calvo era la antítesis de lo que había sido en un pasado ya muy lejano, más aún cuando este era su quinto matrimonio. El destino de sus esposas, bueno, mejor olvidarlo. Lo importante para Katherine era vivir aquella vida de ensueño. Poco imaginaba aquella muchacha que su destino iba a ser igual de trágico que el de algunas de sus predecesoras.

Katherine Howard nació aproximadamente en 1522, y aunque tenía un apellido ilustre, su vida jamás había sido envidiable. Su padre, siempre endeudado, se la había cedido a su abuela, la anciana viuda Howard, Agnes Tilney, que por aquel entonces regentaba una casa donde vivían jovencitas de buena familia, pero que no podían ser mantenidas. Allí, Katherine se crio con otras niñas en un ambiente donde la rigidez brillaba por su ausencia. La anciana Howard prefería ignorar los desmanes de aquellas desvergonzadas señoritas, que jugueteaban entre ellas y tonteaban con muchachos sin linaje. La propia Katherine tuvo relaciones con dos muchachos: su apuesto profesor de música, Henry Manox, y un joven secretario llamado Francis Deheram. Aquello solo fueron travesuras, por supuesto. Todas las muchachas jugaban. ¿Por qué no iba a hacerlo ella?

 Howard modificada

Retrato de Katherine Howard. Fuente.

Retrato de Katherine Howard. Fuente

Mientras se divertía, seguramente pensaba poco en lo que ocurría en la lejana Corte de Westminster. Enrique VIII se había enamorado de un ambiciosa y astuta joven de ojos negros y había jugado todas sus cartas para divorciarse de la reina Catalina de Aragón, hasta el punto de romper con el papa de Roma, que no aprobaba la separación. Mientras la seductora Ana Bolena hechizaba de amor al rey, y su familia se apoderaba de los puestos más elevados alrededor del trono, Inglaterra sucumbía a una auténtica revolución religiosa. Una nueva Iglesia se alzaba, y todo vestigio de la vieja religión pasaba a ser perseguido. Enrique y Ana consumaban su amor, Catalina de Aragón agonizaba y los símbolos del catolicismo eran lanzados al fuego. Y mientras tanto, la joven Katherine saboreaba las mieles del placer y la vida, sin imaginar que el destino le tenía reservado un papel importante en aquel tablero de ajedrez. De hecho, aquella niña era prima hermana de Ana Bolena, pero una Howard venida a menos no podía ofrecer ningún servicio en la Corte Tudor.

Susurros de brujería, traición, incesto con su hermano y la sombra de una nueva favorita revolotearon sobre Ana Bolena, que en 1536 acabó en el cadalso. Enrique VIII ejecutaba a su segunda esposa y veía morir a la tercera tras un difícil parto que le había dado, por fin, un hijo varón. Pero debía volverse a casar. Y esta vez miró hacia Europa. Una nueva reina se ponía en camino, y eran necesarias damas para su compañía. Así que, en 1539, la familia Howard, después del tremendo fracaso que supuso la incontrolable Ana Bolena, necesitaba una nueva pieza en aquel tablero, y la más útil era precisamente Katherine, una niña engreída e infantil que no sobrepasaba los veinte años. El duque de Norfolk, líder del clan de los Howard, se hizo con su sobrina y la preparó para una misión especial: debía convertirse en los ojos y oídos del duque en los aposentos de la nueva reina. A ella todo aquello le pareció un juego muy divertido, y, de hecho, se ocupó de cumplirlo a la perfección.

La nueva reina de Inglaterra, Ana de Cleves, había sido educada en la rigurosa etiqueta protestante. Era, en esencia, una mujer más que virtuosa, mojigata y que no sabía nada de los placeres que tanto deleitaban a Enrique VIII. De hecho, aquel fue un matrimonio realmente desastroso. Enrique aborreció a su prometida nada más verla, pero las razones de Estado pesaron demasiado. Incluso en el lecho las cosas no funcionaban bien. Se decía entre bastidores que el rey no quería consumar la unión y culpaba de ello a su mujer. De todo ello se hizo eco Katherine, cuyo infantilismo e inocencia traían algo de felicidad a la desdichada Ana de Cleves en sus tristes días en la Corte Tudor. Pero entonces ocurrió algo que pocos esperaban. Enrique VIII se fijó en Katherine Howard. La joven, siempre bella y resplandeciente, juguetona y divertida, conseguía trasladar al rey a sus días de juventud. Mientras Ana de Cleves le aburría, Katherine encarnaba el deseo más delicioso.

Los Howard se pusieron manos a la obra y prepararon a Katherine para convertirse en la nueva reina Inglaterra. De pronto, esta niña de veinte años se imaginó un mundo de ensueño a su alrededor, sintiéndose la protagonista por primera vez en su vida. Y mientras el rey se ocupaba de repudiar a Ana de Cleves, conservándole intacta la cabeza y regalándole propiedades y una pensión siempre que aceptara el divorcio, Katherine se trasladaba a palacio. ¡Reina de Inglaterra! Por primera vez en años, Enrique parecía volver a sentir el flechazo del amor en sus entrañas. No solo organizó la boda y la coronación de la nueva reina lo antes posible, sino que la cubrió de joyas y vestidos, mimándola y haciendo lo imposible para que fuese feliz. Pronto la bautizó como su “Rosa sin espinas”, la razón de su existencia y la más perfecta de cuantas esposas había tenido. Pero incluso Katherine vio que las cosas no eran tan idílicas como ella había imaginado.

Retrato de Katherine Howard siendo reina de inglaterra. Fuente.

Retrato de Katherine Howard siendo reina de inglaterra. Fuente

Katherine Howard se había casado con un anciano, obeso y calvo. Enrique VIII era famoso por su mal carácter y su furia, especialmente en los días en los que padecía sus recurrentes dolores. Desde hacía años, Enrique tenía una herida en la pierna que nunca había conseguido sanar. Con frecuencia se infectaba y supuraba pus, desprendiendo un olor insoportable para todos los que estaban cerca. Por supuesto el sexo con el rey no debía ser tampoco maravilloso. Enrique ya no era el apuesto caballero renacentista que había conquistado a innumerables damas, mientras que Katherine era todavía una joven de gran belleza, entusiasta y deseosa de saborear cada recodo de vida. Su existencia al lado del anciano rey Tudor se reducía, en muchos sentidos, a ser su enfermera. Pero entonces apareció el apuesto Thomas Culpeper. Tan solo un año después de su matrimonio, la reina sintió que le robaban el corazón, y este no pertenecía al rey.

En aquella época, Thomas Culpeper era uno de los criados favoritos de Enrique VIII. Su belleza deleitaba a cualquiera que lo contemplase y su conversación resultaba deliciosa. Pronto aquellos jóvenes cayeron fascinados el uno por el otro. Quizás ninguno era verdaderamente consciente de los terribles peligros que implicaban sus juegos. Abrazándose en la noche, Katherine y Thomas consumaban su amor prohibido a espaldas del rey. Ella volvía a sentir la vida abrazada al bello Thomas, y aquel joven ambicioso lo arriesgaba todo por la niña de cabellos pelirrojos, quien podría convertirse en viuda pronto y también en reina madre del heredero. Además, los amantes contaban con una confidente. Como dama de compañía, Katherine tenía a su lado a lady Jane Rochford, que algunos años atrás había sido la esposa del hermano de Ana Bolena, y por lo tanto conocía a la perfección los entresijos de la Corte. De hecho, Jane ayudaba a los amantes en sus escarceos sexuales, aunque no se sabe a ciencia cierta cuales eran los motivos que la llevaban a tolerar aquel romance prohibido. Seguramente pensaba, al igual que muchos otros, que los días de Enrique VIII estaban contados, y que Katherine podría jugar un papel importante, aunque simbólico, en la nueva Corte.

Sin embargo, todo empezó a complicarse a ritmos agigantados. Un día, aparecieron en la Corte los antiguos amantes de Katherine buscando trabajo. Henry Manox y Francis Deheram, los jóvenes que habían compartido su lecho algunos años atrás, chantajearon a la reina con provocar un escándalo si no se les admitía en el servicio real. Por supuesto ella aceptó, firmando así su condena. Porque en aquella Corte no se podían ocultar secretos, y menos para los más poderosos. Katherine estaba ahora en el punto de mira del resto de facciones, como sobrina del duque de Norfolk, y, por lo tanto, como bandera de los Howard. Además, Thomas Culpeper empezó a sentirse celoso con la presencia de aquellos jóvenes, antiguos amantes de su querida reina. Y por si esto no fuese suficiente, las amigas de Katherine, niñas ignorantes y malcriadas que veían su vida en la Corte como una sucesión de diversiones sin fin, chismorreaban sin recato. Como era de esperar, el rumor de que la reina no había llegado virgen al matrimonio llegó hasta los mismos oídos del rey. Enrique VIII vio resurgir la sombra de una nueva Ana Bolena, la mujer que todavía le perseguía en sueños, y decidió abrir una investigación. El arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer, estuvo al frente.

Manox y Deheram fueron arrestados y sometidos a un intenso interrogatorio. A continuación, le tocó el turno a las damas de la reina y, en especial, a lady Jane Rochford. Finalmente, la verdad más temida salió a la luz: la reina Katherine no solo no había llegado virgen al matrimonio, sino que, en aquel mismo momento, tenía un amante en la Corte. Y nada más y nada menos que se trataba de Culpeper, el adonis del rey. Como era de esperar, los enemigos de los Howard vieron aquel escándalo como una oportunidad maestra para acabar con ellos y colocar en el tablero a una nueva reina. Y en cuanto a Katherine, terminó comprendiendo las consecuencias de su peligroso juego. Mientras Thomas Culpeper era enviado a la Torre de Londres para ser interrogado y torturado, la reina fue puesta bajo arresto domiciliario y sometida a la escrupulosa mirada de Thomas Crammer. Vencida ante las duras palabras del arzobispo, Katherine se desmoronó y confesó sus pecados, confiando, quizás ingenuamente, que el rey tendría piedad de ella y le perdonaría la vida. A esas alturas solo se conformaba con una vida en el campo, alejada de la Corte y en paz con Dios. Pero demasiados precedentes jugaban en su contra, con una reina ajusticiada y dos más repudiadas. Lo cierto es que Katherine no tenía ninguna oportunidad. Y, de hecho, Enrique VIII firmó su sentencia de muerte sin que le temblase el pulso.

La Torre de Londres, fortaleza donde fue ejecutada Katherine Howard. Fuente.

La Torre de Londres, fortaleza donde fue ejecutada Katherine Howard. Fuente

Cuentas las leyendas que la dulce Katherine pidió como último deseo que le trajesen la banqueta donde iba a colocar la cabeza para poder practicar su ejecución. Sea como fuere, su vida finalmente se desvaneció: sus antiguos amantes fueron ejecutados, Thomas Culpeper fue sometido a una muerte atroz, sus amigas quedaron despedidas de la Corte y en cuanto a ella, se le reservó el mismo destino que había tenido su prima Ana Bolena en 1536. Katherine Howard perdió su cabeza, y su figura quedó finalmente convertida en la de una reina sin importancia para la historia inglesa. Pero quizás de lo que se trataba era de una víctima más en la despiadada política inglesa. Una niña infantil y necesitada de cariño que había querido jugar al juego más peligroso de todos: ser la reina de Inglaterra.

Bibliografía|

DUNN, S., “The confession of Katherine Howard”, Londres: William Collins, 2011.

FRASER, A., “Las seis esposas de Enrique VIII”, Barcelona: Ediciones B, 2007.

HACKETT, F., “Enrique VIII y sus seis mujeres”, Barcelona: Juventud, 2008.

WEIR, A., “Enrique VIII y la corte de los Tudor”, Barcelona: Ariel, 2010.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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