Las mil y una vidas de la falange hoplítica.

La magnitud que alcanzó Macedonia de la mano de Filipo II y su sucesor Alejandro III el Magno es a todas voces conocida, alcanzando a su paso el territorio asiático, un hito sin precedentes en la historia helena. Sin embargo, sería en el siglo II a. C. cuando otro imperio (todavía en crecimiento) como el Imperio Romano, se interpondría en su camino. Roma infligió constantes derrotas a unas falanges macedonias que una y otra vez iban cayendo derrotadas a manos de los romanos, ante los que acabaron sucumbiendo. Pero esta derrota no supuso el fin de la falange macedónica. En un momento dado de la historia de Roma, ésta adoptó para sí la formación que tantos éxitos le había dado al gran Alejandro, la falange hoplita[1]. Ésta, a todas luces, debió haber sido introducida en territorio itálico a manos de los colonizadores helenos (Goldsworthy, 2005, p. 21). Aunque el ejército romano fue evolucionando y la falange como tal cayó en desuso, Roma volvió a echar mano de ella siglos después ya en tiempos del emperador Caracalla, que rescató a la falange del olvido en el siglo III d.C. (Quesada, 2008, p. 131). No obstante, esta recuperación fue meramente testimonial, y no podemos por ello hablar de un uso generalizado de la falange, que iba a continuar en la sombra hasta bien entrada la Edad Media.

            Fue, pues, en el siglo XIV cuando la falange, con el papel fundamental de la pica, experimentó un verdadero renacer de la mano de los suizos, que tomando para sí la exitosa formación que un día había dado parte del mundo a Alejandro Magno, lograron derrotar uno a uno a sus enemigos: primero en la batalla de Laupen (1339) y después en la de Sempach (1386), sorprendiendo a Europa y venciendo a austriacos, borgoñeses y franceses. El éxito que habían tenido los suizos en todos sus combates no pasó desapercibido para el poderoso Imperio Español, que en los siglos XVI y XVII adoptaría, a su vez, dicha falange para sus Tercios (Quesada, 2008, p. 132).

            Vemos, por tanto, que la falange hoplita nunca llegó a desaparecer del todo. Por el contrario, estuvo siempre presente, aunque en la sombra, siempre esperando a que algún poderoso Estado requiriese sus servicios. Los españoles tomaron la falange de los suizos del mismo modo que los romanos lo habían tomado de los griegos, pero todo remite a un mismo origen anclado en la Antigüedad.

            En la falange, los hombres formaban hombro con hombro dentro de unas masas bien compactas, dejando el mínimo hueco posible entre los componentes de la misma. El soldado de la falange (hablamos en este caso de la griega) iba debidamente protegido para aguantar la embestida del ejército contrincante. En movimiento, decía Tucídides, la falange tendía a desplazarse hacia la derecha de forma y manera que los hombres buscaban la protección que le proporcionaría el escudo del compañero más cercano (Keegan, 2014, p. 336). Mantener la formación era vital para el resultado final de la contienda. La primera de las dos filas de la falange debía proyectar sus armas de manera que éstas quedasen por delante de la línea de escudos, actuando tal y como decía el historiador griego Polibio, al modo de un gran erizo, formando las lanzas (llamadas sarissas por los griegos) un muro infranqueable. Visualmente, la formación sería similar a la siguiente imagen:

Falange macedonia en formación. Fuente.

Falange macedonia en formación. Fuente.

En época Moderna, ya en tiempos de los Tercios, la Falange tenía su esencia en la pica, empleada para frenar a la caballería acorazada enemiga. La formación de combate de los Tercios recibía el nombre de Escuadrón, y en ella, a imitación de la falange hoplita macedonia, los piqueros constituían las primeras filas de la formación. El procedimiento era el siguiente, y el resultado final, visualmente, sería idéntico al caso griego:

A un toque de caja (tambor) y pífanos, los piqueros abatían las picas que habían mantenido enhiestas, hincaban firmemente el regatón (cantera) en el suelo y las inclinaban de modo que las puntas quedaran a la altura del cuello y los ojos de los caballos enemigos. (Martínez y Sánchez, 2006, p. 76)

Aunque no tenemos un manual predeterminado que nos hable de las técnicas y estrategias que llevaron a cabo los romanos en batalla, sí sabemos que Arriano, en tiempos del emperador Adriano, usó la formación que acabamos de describir para enfrentarse a la caballería alana en la Capadocia, famosa por su fuerza y técnica militar (Goldsworthy, 2005, p. 179). Así, desde las primeras filas hasta la octava línea de batalla, los soldados no se armaron con el pilum (arma que generalmente solía emplearse de manera arrojadiza), sino con una especie de jabalina o lancea que emplearon de la misma manera que los griegos habían hecho en sus falanges y que, siglos más tarde, españoles y suizos repetirían en el campo de batalla.

La infantería romana de Arriano contra la caballería alana.  Fuente.

La infantería romana de Arriano contra la caballería alana. Fuente.

Así pues, los Tercios españoles imitaron a los ejércitos antiguos alineándose en sus correspondientes formaciones de manera que no dejaban expuestos sus flancos ante el embate enemigo. De igual modo que antes habían hecho los macedonios y después los romanos, detrás de la primera línea de combatientes de los Tercios, se situaba una segunda línea de individuos preparados para sustituirlos (Martínez y Sánchez, 2006, p. 90). Con esta formación, lo que se pretendía era compatibilizar y sacar el mayor rendimiento posible por un lado a la protección y, por el otro, la capacidad ofensiva de las armas.

Dentro de dicha formación, los piqueros se agrupaban en filas muy compactas y apretadas de modo que daban lugar a un cuadrado del que sobresalían las picas como si fuera un gigantesco erizo. Esta última afirmación (Rodríguez, 2015, p. 105), nos remite de manera directa e inequívoca al caso griego del que siglos atrás se hacía eco el historiador, también heleno, Polibio.

Conforme la pólvora y, junto a ella, la artillería, fueron abriéndose paso en el terreno militar, esta formación empezó a perder su efectividad, pues la infantería quedaba expuesta por completo y sus indumentarias defensivas no resultaban suficientes como para sortear el impacto de la metralla. La falange tenía su esencia en la pica, considerada siglos después por los españoles como reyna y senhora de las armas (Quesada, 2008, p. 129), hasta tal punto que la disolución de los Tercios vino a coincidir con la desaparición de ésta y su sustitución por el fusil armado de bayoneta (Martínez y Sánchez, 2006, p. 77).

Piqueros de los Tercios en posición de ataque. Fuente.

Piqueros de los Tercios en posición de ataque. Fuente.


[1] Esto no es un acontecimiento único en la Historia de Roma, en la cual resultó habitual la imitación de aquellas armas o tácticas enemigas que resultaban útiles y efectivas. No solamente Roma adoptó la falange como formación (aunque exista un debate abierto acerca de si hubo realmente tal adopción), sino que famosas son otras imitaciones como es, sin ir más lejos, el caso del gladius hispaniensis, los puñales celtíberos o las embarcaciones cartaginesas, entre otros muchos ejemplos.

Bibliografía:

BARREIRO RUBIN, V, “La guerra en el Mundo Antiguo”, Madrid: Almena ediciones, 2008.

DANDO-COLLINS, S, “Legiones de Roma: La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas”, Madrid: La esfera de los libros, 2012.

GOLDSWORTHY, A., “El ejército romano”, Madrid: Akal, 2005.

KEEGAN, J,  “Historia de la Guerra”, Madrd: Turner Noema, 2014.

LE BOHEC, Y, “El ejército romano”, Barcelona:  Ariel, 2013.

MARTÍNEZ LAINEZ, F. y SÁNCHEZ DE TOCA, J. M,  “Tercios de España. La infantería legendaria”, Madrid: Edaf, 2006.

QUESADA SANZ, F, “Armas de Grecia y Roma. Forjaron la Historia de la Antigüedad Clásica”, Madrid: La esfera de los libros, 2008.

RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, A. J, “Breve historia de los Tercios de Flandes”, Nowtilius, 2015.

Redactor: Naiara Lombao Abelleira

Licenciada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela especializada en Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua; Máster en Formación de profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato e Idiomas por la especialidad de Geografía e Historia por la Universidad de Granada y Máster Interuniversitario en Historia y Ciencias de la Antigüedad (Universidad Complutense de Madrid y Universidad Autónoma de Madrid).

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