La última utopía del Siglo de las Luces: La “caza” de pobres y las casas de Misericordia

Durante toda la Edad Moderna, las ciudades españolas estuvieron repletas de pordioseros y mendigos. Vestidos con harapos, presentando muchas veces deformidades, o viéndose incapacitados, estos hijos de la miseria recorrían las calles pidiendo limosna. Solo así aseguraban su supervivencia durante un día más. Son muchas las escenas que nos han llegado de estos grupos marginales. La repulsión y la lástima se mezclaban a la hora de contemplarlos. Por eso, los poderosos eran caritativos al darles limosnas, pero se aseguraban de tenerlos bien lejos, para no tener que soportar su pestilente aroma. Asimismo, la Iglesia fue, durante siglos, su gran fuente de limosnas. Como el mismo Cristo había ofrecido en vida esta imagen humilde y misericordiosa, los pobres se identificaban con él. Por ello, no fueron pocos los obispos famosos por su caridad.

Grupo de indifentes a las puertas de un edificio pidiendo limosna. Fuente.

Grupo de indigentes a las puertas de un edificio pidiendo limosna. Fuente

El día a día de estos pobres era toda una odisea. Sometidos a la difícil vida en las calles, y expuestos a las inclemencias del tiempo, no sabían si llegarían al final de la jornada. Sin embargo, la mayoría de ellos conocían un lugar donde poder recogerse si se veían muy desesperados: el hospicio. Allí siempre disponían de un sitio donde cobijarse. Pero tampoco se engañaban demasiado, porque de sobra era conocido que aquellos hospicios ocultaban una cara mucho más sombría. Mientras reyes y poderosos veían estos centros como símbolos de la caridad, para los pobres eran cárceles. De hecho, era fácil entrar en un hospicio, pero abandonarlo no siempre era tarea sencilla. Precisamente porque estos tenían una función más siniestra a ojos de cualquiera: mientras los pobres estuviesen allí, no se pasearían por las calles pidiendo limosna. Y llegando el siglo XVIII, eso fue lo que muchos reyes empezaron a tener claro. Fue así como florecieron las famosas casas de Misericordia.

¿Qué era una casa de Misericordia? Se trataba de hospicios donde se recogía a las gentes pobres y se les ofrecía la oportunidad de una vida mejor. Allí tenían comida, cama y se les enseñaba un oficio. Los niños, siempre indefensos y desamparados, aprendían a leer y a escribir. Las mujeres eran incitadas a tener una vida virtuosa. Y todos aquellos considerados “inútiles” al Estado, es decir, discapacitados o ancianos, molestarían menos allí que en las calles. Así de crudo era el pensamiento del Siglo de las Luces. En aquel momento, lo bueno siempre era aquello útil. Y un hombre o mujer que no trabajaban, eran simplemente desechos sociales de los que apiadarse. No se les podía encerrar en prisión, porque no habían cometido delito alguno, pero tampoco era recomendable dejarlos sueltos por las calles. De modo que una solución práctica era inducirlos a entrar a vivir en aquellas casas de Misericordia.

Casa de Misericordia de Pamplona. Fuente.

Casa de Misericordia de Pamplona. Fuente

Es precisamente el monarca español Carlos III quien se preocupa de renovar esta red de hospicios. Entre 1770 y 1800, la mayoría de ciudades empiezan a contar con casas de Misericordia, y las que ya existían sufren una transformación vigorosa. Se amplía su edificio, se construyen más habitaciones, se vigila con mayor celo la higiene interior. Estos hospicios los dirigen ahora los hombres más influyentes de entre los estamentos. Cada casa de Misericordia tiene una junta de gobierno que vigila el día a día del edificio. Y para asegurarse de que todo funcione como ellos esperan, cuentan con una figura oscura, una especie de carcelero que tiene en su poder el gobierno interno. El prior o capellán es el verdadero guardián del buen orden. Él supervisa el día a día en el hospicio, celebra misa, confiesa a los pobres, regula la entrega diaria de pan… y castiga a los infractores. Las casas de Misericordia no eran prisiones, pero nunca consiguieron ocultar cierto aire de presidio. Por eso mismo, todos los que alteraban la buena marcha del centro, podían ser severamente amonestados. A algunos se les encerrada en salas de aislamiento, otros vivían varios días sin comida y, a veces, las cosas se ponían incluso más serias. Con esto se daba ejemplo a los demás.

Mantener estas casas de Misericordia era un gran problema, así que pronto empezaron a buscarse vías para financiarlas. Las limosnas se convirtieron, de hecho, en la llave predilecta. Para conseguirlas, se convence al público de las ventajas de mantener estos hospicios abiertos. ¿Acaso no estarán las calles libres de pordioseros mientras estos lugares funcionen? Así que pronto se organizan juntas o diputaciones. Su función es simple: recaudar dinero suficiente para costear el mantenimiento del edificio, la comida de los pobres, o el sueldo de los empleados. Sin limosnas, no hay casa de Misericordia. Y sin casa de Misericordia, volverán los días barrocos de los pícaros y los miserables. Esa es la idea que se pretende infiltrar en la conciencia colectiva. Ahora bien, si algo se necesita realmente para que el hospicio funcione, son pobres que lo habiten. Y así comienza la cacería.

Conforme avanza el siglo XVIII, la idea de “limpiar” las calles de pobres coge fuerza. Son muchos los que piensan que es posible ver una ciudad donde no haya mendigos pidiendo limosna, recorriendo las calles y, en fin, convirtiéndose en un peligro para la seguridad ciudadana. De hecho, se oye con voz cada vez más fuerte la idea de encerrar a todos los pobres en las casas de Misericordia. Por su bien, y por el bien público… o eso dicen. Allí los malos vicios podrán ser purgados con disciplina. Y se les ayudará a volver al sistema, lo que supone una auténtica utopía que para muchos es más que viable.

En ayuda de las casas de Misericordia llega la Corona. Distintas Reales Órdenes pretenden limpiar las calles de marginales. Los conocidos como “vagos”, y que se nieguen a trabajar, serán enviados a ofrecer un servicio mejor al rey: quizás en el ejército. Las prostitutas vivirán encerradas en casas de recogimiento, donde se les enseñará, con los medios más atroces, a vivir una vida decorosa. ¿Y los pobres? ¿Qué hacer con ellos? Todos los pobres deberán pasar a vivir en las casas de Misericordia. Así comienza una verdadera cacería de pobres. Las juntas de gobierno de estos hospicios se aseguran de que las órdenes se cumplan, y para tal fin envían alguaciles para que recorran las calles en busca de mendigos que atrapar. Incluso se les pagará una cantidad específica por cada pobre que traigan a la casa de Misericordia.

El miedo se apodera de estos desgraciados. Son muchos los que disfrutan de su libertad, incapaces de vivir el mundo que se tiene preparado para ellos. Pronto llegan los primeros problemas, pues parece que la cacería no está siendo tan eficaz como se pensaba. Como por el día las calles están constantemente vigiladas por alguaciles, muchos mendigos se arropan en la noche, abrazándose a la oscuridad para no ser atrapados. Asimismo, todavía hay quien da limosnas por su cuenta. Incluso cuando el rey lo prohíbe, algunos nobles quieren limpiar su conciencia repartiendo limosnas a las puertas de sus palacios. Y por si esto no fuera suficiente, en las juntas de caridad, pronto empiezan los problemas: el dinero que llega no es suficiente, y otras veces los fondos se malversan. En voz baja se susurra la misma pregunta: ¿Acaso sirven de algo estos hospicios? ¿Están dando frutos? Y si es que no, ¿por qué perder el tiempo?

Fachada de la casa de Misericordia de Palma de Mallorca. Fuente.

Fachada de la casa de Misericordia de Palma de Mallorca. Fuente

Mientras tanto, la vida dentro de la Misericordia tampoco es fácil. Son muchos los pobres que han pasado a vivir allí, unos por su cuenta y otros forzados a ello. Cada día se les obliga a ir a misa, se les alinea para coger su porción de pan, y se les instruye en algún trabajo. El prior vigila a cada uno de los allí residentes. Los niños deben esforzarse en aprender, y las mujeres mantener una conducta honesta. Pero bajo aquella fachada de virtuosismo, los excesos que se vivían en las calles, parecen haber entrado también en la Misericordia. En muchas ocasiones, la mala distribución de las habitaciones impide vigilar los movimientos de los internos. Las violaciones no siempre son fáciles de evitar. Unas veces, es una muchacha a la que tres jóvenes han conseguido apresar. Otras, un niño indefenso. Asimismo, el alcoholismo es otro gran problema difícil de resolver. A menudo, el prior encuentra algún pobre borracho que provoca peleas o se propasa con un compañero. O quizás una mujer bebida insulta o lanza amenazas si no se la deja en libertad.

Cuando se desvanece el siglo XVIII, las casas de la Misericordia continúan en funcionamiento, pero poco a poco, se evidencian los grandes problemas que acompañan a estos hospicios. La “caza” de pobres no ha sido finalmente un éxito, y las ciudades continúan repletas de pordioseros. Las limosnas destinadas a las casas de Misericordia suelen ser siempre insuficientes. Las autoridades civiles, muchas veces cansadas de prestar tantos esfuerzos, simplemente prefieren cerrar los ojos a esta realidad y centrarse en otras cuestiones más importantes. Y mientras tanto, aquellos hospicios perviven con el paso del tiempo, arrastrando luces y sombras, ilusiones y decepciones, convirtiéndose en símbolos de grandes ambiciones que finalmente terminaron en meras utopías.

Bibliografía|

ABREU, L. (ed.), “Asistencia y caridad como estrategias de intervención social: Iglesia, Estado y Comunidad (s. XV-XX)”, Guipuzkoa: Universidad del País Vasco, 2007.

FOUCAULT, M., “Vigilar y castigar: el nacimiento de la prisión”, Madrid: Biblioteca Nueva, 2012.

MAZA ZORRILLA, E., “Pobre y asistencia social en España. Siglos XVI al XX”, Valladolid: Universidad de Valladolid, 1987.

WOOLF, S., “Los pobres en la Europa Moderna”, Barcelona: Crítica, 1986.

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

Comparte este artículo

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current ye@r *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR