La madrastra y el bastardo: la Regencia de Carlos II de España

Cuando Carlos II nació en 1661, las cosas no andaban demasiado bien en aquella Corte española. La familia real vivía días inciertos y oscuros. Felipe IV, su anciano padre, se consumía poco a poco. Después de haber delegado el poder en aquella figura difusa que era el Conde-Duque de Olivares, ahora sentía que su fin estaba cerca. Junto a él, la madre de Carlos era todavía una reina joven. Mariana de Austria había llegado a España únicamente para cumplir su deber de dar un príncipe al trono. ¿Qué sabía de gobernar? ¿Qué se esperaba de ella? Por si esto no fuera suficiente, todos miraban hacia el joven príncipe con preocupación. Aquel niño desgarbado y pálido casi no sabía andar con cuatro años. Balbuceaba más que hablaba, y caía enfermo con frecuencia. ¿Iba a poder sobrevivir cuando todos sus hermanos mayores habían muerto? Todo indicaba que no. Así que cuando Felipe IV enfermó gravemente en 1665, la misma idea revoloteó por las cortes de toda Europa: ¿quién iba a ser el nuevo rey?, ¿sería Carlos?, y en caso de que así fuera, ¿quién iba a administrar la corona hasta que ese niño fuese mayor?

Carlos II siendo todavía pequeño. Fuente.

Carlos II siendo todavía pequeño. Fuente

Antes de morir, Felipe IV dejó establecido que su esposa sería la regente y estaría asistida por una Junta de gobierno formada por los hombres más representativos de la Monarquía. Ahora Mariana de Austria, una mujer que no sabía gobernar ni tampoco lo deseaba, tenía las riendas del poder en sus manos. Y para afianzar ese poder, necesitaba que su hijo siguiera con vida. Por eso mismo, desde que Carlos II nació, su destino estuvo siempre en manos de sus familiares. Su madre se apropió de él y lo aisló en sus aposentos. Traumatizada por la muerte de sus otros hijos, la reina viuda hizo lo imposible para que aquel niño raquítico sobreviviera. La camarera mayor lo entretenía y mimaba, las criadas vigilaban sus caprichos y su madre se aseguraba de que su salud no se resintiera demasiado. Más aún cuando, fuera de palacio, había una figura que continuamente la atormentaba.

Hacía algunos años, Felipe IV había tenido un hijo bastardo con una famosa actriz de teatro. Juan José era un joven guapo, atlético y fuerte. Todo un orgullo para un padre que veía cómo sus hijos legítimos morían uno tras otro. Por eso mismo, antes de su muerte, Felipe IV reconoció a su hijo, que pasó a ser llamado Juan José de Austria. Pero eso no bastaba para la reina. Mariana de Austria aborrecía a aquel muchacho, que únicamente le recordaba los deslices de su marido. Mientras ella fuese reina, el bastardo no sería un miembro más de la familia real. Pero Juan José era ambicioso, enérgico y se creía con derechos para exigir formar parte de la dinastía. A fin de cuentas, aunque ilegítimo, era el hermano mayor del joven rey. De modo que aquellos dos personajes, que tanto se odiaron y despreciaron, tuvieron a Carlos II como su centro de gravedad. Y en muchos sentidos, le utilizaron para hacerse daño mutuamente.

Mariana de Austria como regente, vestida con el hábito de monja. Fuente.

Mariana de Austria como regente, vestida con el hábito de monja. Fuente

Los meses pasaban, y Mariana de Austria se sentía sola. No podía confiar en nadie y no estaba preparada para gobernar aquellos vastos territorios. Pero tenía a su querido Nithard con ella. Su confesor, el hombre que la había acompañado desde Viena siendo una niña, jamás se había separado de su lado. Él le daba consejo, la apoyaba y, aún más importante, sabía ser su mejor guía político. Así que la regente hizo lo imposible para elevar a Nithard y darle plenos poderes. ¿Estaba volviendo la oscura figura de un valido? Cuando quedó vacante la plaza de inquisidor general, que además era un miembro de la Junta de Gobierno, la reina no tuvo dudas: Nithard sería inquisidor general y, por lo mismo, parte de aquella Junta de incorregibles personajes que se empañaban en compartir el poder con ella. Valiéndose de mil estratagemas, consiguió sus objetivos. Ahora la Junta tenía entre sus miembros a la mano derecha de la reina. El escándalo estaba servido, y ya no hubo mejor oportunidad para que el ambicioso don Juan de Austria interviniera. Mientras Carlos II crecía aislado de todos estos problemas, siempre bajo las faldas de su madre, su hermanastro se rodeaba de enemigos de Nithard y planificaba la expulsión del confesor de palacio, ¿y quizás también la de su madrastra?

Mariana y Nithard intentaron librarse de don Juan, por supuesto. Excusándose en que le necesitaban en Flandes, donde las cenizas de la guerra nunca se habían apagado del todo, ordenaron su marcha inmediata. Pero el bastardo tenía otros planes. Don Juan permaneció en Cataluña a la espera, preparando su asalto al poder. Entonces, lanzó su ataque. A caballo, y marchando triunfal hacia Madrid, amenazó a la reina con lo siguiente: o Nithard salía por la mañana, o él lo sacaría por la ventana. El caos se apoderó del alcázar de Madrid. Carlos II pudo ver a su madre angustiada y desolada, obligada a despedirse del que había sido su amigo y confesor, así como su mano derecha y el único en quien podía confiar. Así caía el jesuita Nithard, pero aquello no dio el triunfo a Juan José. Había ganado una batalla, pero Mariana de Austria no pensaba renunciar. De hecho, la regencia continuó intacta y don Juan se vio obligado a interrumpir sus planes, si bien ahora había ejercido una derrota colosal a su madrastra.

Retrato de Juan José de Austria. Fuente.

Retrato de Juan José de Austria. Fuente

Pasaron algunos años, y la reina se había aislado todavía más en aquella corte. ¿En quién podía confiar ahora? El desprecio que sentía por todos era enorme. Pero entonces apareció él. Fernando de Valenzuela, el marido de una de sus criadas, era un personaje que fascinaba a la reina. En la soledad de su vida, Valenzuela conseguía divertirla con su conversación y era, además, un fiel aliado. De hecho, el hábil Fernando sabía lo que tenía que hacer para granjearse el favor regio. Pronto empezó a organizar fastuosas fiestas y celebraciones en Palacio que deleitaban a Carlos II y a su madre. Cada día le apreciaban más, y todo indicaba que las recompensas estaban muy cerca. Y en efecto, la regente catapultó la carrera de aquel hombre sin grandeza: Valenzuela se convirtió en primer ministro. Pero el gran insulto llegó poco tiempo después. En mitad de una cacería, Carlos II disparó su arma, con tan mala suerte que dio a Valenzuela en el rostro, dejándole casi ciego de un ojo. El rey se sintió tan apesadumbrado por la idea de perderle, que le ordenó que se pusiese el gorro. Solo los Grandes de España podían llevar la cabeza cubierta en presencia del rey. Caballerizo mayor, primer ministro, marqués de Villasierra y ahora Grande de España. Ya había ingredientes más que suficientes para que se urdiera una conspiración contra el protegido de la reina.

Los grandes nobles se rodearon muy pronto en torno a don Juan. Él era la única salida a aquella regencia, y en especial a la presencia de Valenzuela en la Corte. El bastardo ya no podía ocultar su ira y desprecio hacia su madrastra y su círculo. Sus ambiciones le empujaban a actuar, y eso fue precisamente lo que hizo. Además, la minoría de edad de su hermano había llegado a su fin, y el rey debía gobernar solo… O por lo menos sin su madre. Así que, en los meses siguientes a la mayoría de edad, los aliados de don Juan en la Corte comenzaron a susurrar al oído del rey. ¿Por qué no llamaba a su hermano?, ¿qué podía temer Su Majestad del que, sin duda, era el más fiel de sus súbditos? Carlos II, un joven tan aislado y manipulable, sentía admiración por Juan José, y pronto le envió un mensaje secreto: le quería a su lado. Aquello marcó el rumbo de los acontecimientos. Apostando el todo por el todo, Juan José preparó a sus tropas y se lanzó una vez más hacia Madrid. Esta era su última batalla contra la reina madre.

Las semanas siguientes, Fernando de Valenzuela huyó de la Corte y se ocultó en el Palacio del Escorial. Mariana de Austria estaba ahora sola, y para empeorar todavía más las cosas, veía lo ansioso que estaba el rey por recibir al “traidor”. Ahora la reina sabía que había perdido no solo la regencia, sino también a su hijo. Además, mientras preparaba sus bártulos para retirarse de la escena, un grupo de nobles asaltó el Escorial, violando el espacio sagrado y apoderándose de Fernando de Valenzuela, que fue hecho preso. Finalmente, en enero de 1677, Juan José de Austria llegaba a Palacio y se arrodillaba ante aquel rey-niño, que había cambiado la sumisión hacia su madre por la de su hermano. A partir de entonces, don Juan José se hizo con el poder en palacio, se convirtió en primer ministro y dirigió la alta política durante algunos años más. Y en cuanto a la reina madre, aquella mujer que le había despreciado desde que él era solo un muchacho, Juan José de Austria se ocupó de que se mantuviera expulsada en Toledo, y especialmente alejada de la quebradiza mente del rey. Los días de Mariana de Austria habían terminado, o eso era lo que él creía…

Bibliografía|

CONTRERAS CONTRERAS, JAIME, “Carlos II el hechizado: poder y melancolía en la Corte del último Austria”, Madrid: Temas de Hoy, 2003.

GRAF, ALBRETCH, “Juan José de Austria en la España de Carlos II”, Lleida: Milenio, 2001.

LÓPEZ ALONSO, ANTONIO, “Carlos II: el hechizado”, Madrid: S.L. Ediciones Irreverentes, 2003.

RUBIO, MARÍA JOSÉ, “Reinas de España: las Austrias”, Madrid: La Esfera de los Libros, 2015. 

Redactor: Francisco José García Pérez

Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Hispánicos en la Modernidad (IEHM).

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