La idea de Europa

Últimamente, en los informativos, los debates televisivos y en los discursos políticos escuchamos mucho la palabra “Europa”, ya no solo como sinónimo de la Unión Europea o de los recortes, sino como símbolo primario de nuestra cultura. Sin embargo, ¿qué es Europa? —y aquí no hablamos del continente, sino de la idea que representa. Pero antes de intentar dar una solución al enigma, primero debemos preguntarnos ¿dónde nace esa idea? En este sentido, la respuesta es clara: en el Mediterráneo. ¿Y cuándo? En la Edad Antigua, con Grecia y Roma, las dos grandes civilizaciones europeas de este mar encerrado entre tres continentes; cuyo legado cayó en el olvido con las invasiones germanas y resurgió entre la baja Edad Media y el Renacimiento. Para entonces, dos grandes religiones la cristiana y la musulmana pugnaban por el dominio del antiguo mare nostrum. En la mayoría de los casos la explicación terminaría aquí: dos culturas la europea y la arabigo-africana que se enfrentan en el Mar Mediterráneo y las tierras de frontera entre ambas realidades. Las olas como una tierra de nadie sobre la que triunfaron unos Estados europeos cristianos bien definidos, preámbulo de nuestro mundo contemporáneo. Por eso, siempre se entiende el mundo mediterráneo como un lienzo de blancos y negros, donde existían claras líneas fronterizas que separaban limpiamente a una facción de las otras. Sin embargo, esta percepción no puede estar más alejada de la realidad, ya que si la caída del Imperio Romano de occidental provocó la desaparición de un poder político centralizado en su mar interior, dejó tras de sí una cultura que heredáron prácticamente todos y cada uno de los contendientes que pugnarían en el futuro por replicarlo, y del cual nace esa idea de Europa de la que hablamos. Allí donde terminaban las diferencias religiosas empezaban las igualdades de las culturas genuinamente marítimas, con una geografía similar, una economía idéntica e incluso una lengua franca de marineros y pescadores. Esa es la razón por la que todas ellas se enfrentaban con herramientas y usos prácticamente idénticos, tal y como describímos hace unos meses al hablar de la lucha por el Mediterráneo.

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Un puerto europeo cualquiera. Fuente

Las razzias de uno y otro bando provocaron la aparición de un buen número de corsarios, que se convertían en piratas en cuanto el conflicto remitía, tanto a un lado como al otro del antiguo mar de los romanos; pero también de unos relatos compartidos y de un sustrato cultural común que se manifestaba en cada detalle. Puede que la idea de Europa naciese de los mitos griegos y el Estado romano, pero fueron el mar y las guerras los que la forjaron. El ejemplo más evidente de esta realidad se encuentra en la abrumadora cantidad de piratas y corsarios que combatieron, bajo una bandera u otra, sobre las olas del Mediterráneo. Sin embargo, corremos el peligro de imaginarnos a estos corsarios como delincuentes o soldados dedicados en cuerpo y alma al saqueo y la violencia, algo muy en la línea de la imágen cinematográfica del pirata que tanto se nos ha inculcado. Pero la realidad es que la delgada línea entre mercader y corsario era, por lo general, increíblemente difusa. Creo importante ejemplificarlo con el caso de Pere d´Espina, marinero que arribó a Túnez para comerciar y rescatar cautivos cristianos pero que al llegar a puerto fue hecho prisionero junto con su tripulación y su barco; un año después, conseguía ser puesto en libertad a cambio de un rescate de seiscientos ducados que le dejaba en la más absoluta ruina. Pero a su vuelta a Valencia, en Octubre de 1520, tuvo noticia de que su antiguo carcelero era pasajero de una galera veneciana como procurador del Sultán de Túnez. Así, d´Espina consiguió armar un bergantín y asaltar la barcaza en la que iba el tunecino junto con su cargamento de sedas. El Baile General ordenó su captura por esta acción, pero el valenciano se acogió a la Justicia Real y convenció al monarca con su historia, que ordenó absolverle de los cargos de piratería. Dos años más tarde, paradójicamente, el mismo Baile General, le ordenó hacerse a la mar para asaltar navíos cargados de trigo con el que reabastecer a la ciudad de Valencia, en momentos de gran carestía.

Vemos, pues, como la Europa mediterránea es un universo donde tan solo están claras las líneas que separan a ricos de pobres. En muchas ocasiones, ni siquiera eran nítidas las fronteras establecidas entre las dos grandes religiones que pugnaban por el mar de los romanos; en los reinos hispánicos existía una desconfianza absoluta hacia el morisco, que bien podía haberse convertido al cristianismo por interés, de corazón o, como sucedió en las Germanías, por la fuerza. Con razón o sin razón, a estas comunidades moriscas se las acusaba de connivencia con los piratas del norte de África, así como de toda una lista de crímenes reales o imagnarios, convirtiéndolos en chivos expiatorios de una parte de las frustraciones plebeyas. De la misma manera, muchos de estos hombres y mujeres que sí habían colaborado con los berberiscos, descubrieron tras su expulsión que no era fácil adaptarse a una sociedad plénamente musulmana y que la religiosidad de los “moros españoles” era mucho menos hortodoxa que la que se vivía en África. Tampoco debemos olvidar que, bajo el nombre árabe de muchos piratas turcos y berberiscos, se escondían hombres nacidos en todos los rincones de la cristiandad: españoles, italianos, franceses, húngaros, etc. En cada uno de estos casos, nos encontramos con gente desarraigada, ya sean inocentes a los que se estigmatiza y persigue por profesar otra religión, civiles que hartos del maltrato de los cristianos confraternizan con los piratas para luego descubrir que sus “hermanos de credo” no los consideran mejores que los cristianos o, por último, delincuentes que huyen de la justicia de sus respectivos reyes uniéndose a los corsarios a los que antes se enfrentaban. De nuevo, y como siempre, nos encontramos un lienzo confuso, heterogéneo y plagado de múltiples tonalidades grises que impiden realizar un juicio absoluto y rotundo sobre esta época.

Estamos pues ante una era fascinante porque, precisamente, no se parece en nada a la concepción común que se tiene de ella y que suele estar interpretada desde visiones más o menos reduccionistas e interesadas. La interpretación académica, social, cultural y política que nació junto a los estados-nación y que promovió la aparición de la primera Cátedra de Historia, siempre buscó la simplificación de la realidad. Es decir, un mundo dividido con límpios cortes sociales, culturales, políticos y fronterizos; una visión interesada, que buscaba dar a entender que el mundo hace quinientos años ya era prácticamente igual al que hoy conocemos. Sin embargo, la Europa mediterránea moderna es el universo de lo barroco, de lo complicado, de lo confuso y de las contradicciones. En estos siglos, encontramos a la Inquisición conviviendo con científicos como Galileo, a reinos católicos alinéandose junto a protestantes en una de las mayores guerras del periodo, a las primeras cargas de caballería que fueron repelidas por cañones, a los privilegios feudales luchando contra el empuje de los comerciantes burgueses, a Nicolás Maquiavelo debatiendo con Tomás Moro, a emperadores rivalizando con pontífices… es una era de ambigüedad, contradicción, mestizaje y cambio, que tuvo como crisol el propio mar Mediterráneo.

Será el mare nostrum, ese espacio simbólico, sobre el que se alzará gran parte de la construcción mental europea del Renacimiento. Colocando al Derecho Romano como piedra angular sobre la que se legitimarán las monarquías del hoy llamado Antiguo Régimen; serán los rescoldos de aquella filosofía clásica, sobre la que arderán la ciencia y la técnica europeas; serán los textos de Platón, Aristóteles o Séneca quienes inspirarán los primeros tratados de política moderna; será la idea greco-romana de ciudadanía, la que llevará a la aparición de las repúblicas mercantiles y, algún día, de las revoluciones liberales… será ese Mediterráneo simbólico, a veces más ficticio que real, con el que justificarán parte de su discurso cultural las naciones atlánticas, cuando la hegemonía bascule hacia las orillas de los mares del Norte. Y de esa reinterpretación, génesis de la ideología burguesa y la ilustración, nacería Europa tal y como hoy la conocemos.

Hasta aquí hemos presentado un sucinto resumen del nacimiento de la cultura europea desde el Mediterráneo, centrándonos en el reciclado de los valores y la simbología greco-romana que se llevó a cabo a partir del Renacimiento. Sin embargo, como hemos señalado, hubo un momento en que los centros de poder continentales pasaron de las repúblicas marítimas mediterráneas a las naciones marítimas atlánticas y, con ellos, el relevo en la construcción ideológica de casi todo el continente. Es cierto que, como señaló Carl Schmitt, las diferencias entre el mundo católico y el protestante a grandes rasgos, lo que hoy entendemos como las europas del Norte y del Sur continuaron siendo notables, pero tampoco es menos cierto que aquí las divisiones tampoco fueron tajántes ni limpias. Puede que el liberalismo, tal y como se concivió, solamente podía ser alumbrado en el seno de la sociedad protestante, pero no debemos olvidar que la burguesía mercantil holandesa no era más que una reinterpretación de las élites de muchas ciudades italianas, con las mismas inquietudes y ambiciones.

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La Europa de los Estados-Nación. Fuente

Así, al final, volvemos sobre la pregunta que hemos lanzado en un primer momento: ¿qué es Europa? Y aquí es donde debemos responder que no existe una respuesta para esa pregunta. Europa es una idea y, como toda idea, es diferente para cada persona que piensa en ella. Podríamos decir que la identidad del continente reside en su base cultural greco-latina, o en el mestizaje que tanto a caracterizado siempre al Mediterráneo, o en el librecambismo, o en el cristianismo, o en las fronteras de los estados-nación o en el predominio de la raza caucásica, o en el estado del bienestar… ninguna de estas respuestas nos daría una imágen aproximada de Europa, pero tampoco nos mentiría. Tal vez, quien decida indagar un poco sobre la idea del Viejo Continente en estos tiempos donde todos los referentes identitarios parecen tambalearse, deba aproximarse primero a todas estas realidades. Lo que sí es cierto es que, en estos momentos, existen muchos discursos muy diferentes que utilizan la identidad europea y su cultura como estandarte de batalla, pero como ya hemos dicho sus imágenes del continente suelen ser simplistas e interesadas. Tal vez, la moraleja de estas páginas sea que no deberíamos preguntarnos tanto ¿qué es Europa?, sino ¿qué queremos que sea Europa?

BIBLIOGRAFÍA

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Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

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