La festividad de los Lupercos o Lupercalia

El calendario de festividades romanas es muy extenso, los romanos contaban con numerosas celebraciones a lo largo de todo el año, festividades dedicadas a los dioses, como las Saturnalia o las Neptunalia. Las fiestas tenían un carácter religioso, se organizaban unos impresionantes cortejos que bien podrían recorrer buena parte de la ciudad de Roma. Hubo algunas que fueron prohibidas por el Senado —como las Bacanales en el año 186 a.C.—, pero la cultura popular la siguió manteniendo hasta bien entrada la época imperial.

Ovidio, poeta romano, escribió un calendario de estas festividades conocido como Fastos, donde se dedica a describir cada fiesta y explicar las leyendas vinculadas a las mismas. Se supone que escribió un libro por cada mes, es decir, un total de 12, pero actualmente solamente se conservan 6 de ellos (enero-junio) [1].

En esta ocasión nos vamos a centrar en la festividad de los Lupercos o Lupercalia, festividad del mes de febrero. Dicha festividad está explicada básicamente por dos autores clásicos: Plutarco y Ovidio. Estos son los que más hablan y mejor describen esta festividad. También disponemos de varias menciones en la obra de Dión Casio (Historia de Roma, libros XLIV y XLV), en otra de Virgilio (Eneida, libro VIII) y en otra de Cicerón (Filípicas, Libro XII).

Cuadro de Adrea Camassei (1602-1649) que representa las Lupercalia. Museo del Prado. Fuente

Cuadro de Adrea Camassei (1602-1649) que representa las Lupercalia. Museo del Prado. Fuente

Según Ovidio se celebraban el día 15 del mes de febrero, tras «la tercera aurora después de los Idus». Estas fiestas, según Plutarco en sus Vidas paralelas —concretamente en la de Rómulo—, son ritos de purificación y, efectivamente, se celebran en días nefastos[2] del mes de febrero. Este mes puede interpretarse como «purificador», y a este día lo llamaban antiguamente februate.

Plutarco nos dice que el nombre de esta fiesta en griego es Lícayas[3] y por eso parece que esta fiesta es muy antigua, herencia de las fiestas árcades que luego instituyó Evandro, personaje de la mitología romana y rey de los arcadios, asentado en el Lacio.

La relación de esta fiesta con la mitología romana sigue al enlazarse con la historia de los gemelos amamantados por una loba, es decir, Rómulo y Remo, ya que tanto Ovidio como Plutarco coinciden en que los dos jóvenes que participaban en el rito evocaban a estos dos hermanos. Plutarco incluso dice que el rito inicial se realizaba donde fueron amamantados por dicha loba, en la gruta del Lupercal, en el monte Palatino.

El ritual de la festividad comenzaba con el sacrificio de algunas cabras y un perro. Estos sacerdotes pasaban por la frente de dos jóvenes nobles romanos el cuchillo empapado en la sangre de los animales sacrificados para inmediatamente pasarles un trozo de algodón bañado en leche, tras lo cual los dos jóvenes debían reír, una carcajada ritual. Como hemos dicho, la fiesta estaba vinculada a Rómulo y Remo, que vivieron en una época convulsa y la sangre viene a significar eso, el peligro y la matanza que ocurrían durante su época, y la leche simbolizaba la crianza de estos dos hermanos por parte de la loba.

lupercales1

Lupercos con las februa. Fuente.

Al finalizar esta primera parte del rito, los dos jóvenes cortaban la piel de la cabra en tiras, llamadas februa (probablemente venga de estas tiras de piel de cabra el nombre del mes), y se lanzaban a la carrera totalmente desnudos[4], golpeando con estas tiras de piel a toda persona que se pusiera por delante. Plutarco nos explica el porqué de correr desnudos y volvemos a la relación con los dos hermanos, ya que cuando el ganado de Rómulo y Remo desapareció, estos suplicaron a Fauno y después corrieron desnudos en busca de su ganado para así no ser molestados por el sudor, ya que la ropa se les pegaría al cuerpo si iban sudando.

Cuando los jóvenes pasaban golpeando a todo aquel que se interpusiera en su camino durante la carrera, las mujeres no se apartaban, ya que pensaban que esto ayudaría en su embarazo o les proporcionaría fecundidad. Según Ovidio, este ritual se inicia cuando tras haber llegado Rómulo con las sabinas (después de haberlas raptado) a los pies del monte Esquilino, junto a un bosque con el antiguo nombre de la diosa Juno (Lucina), la diosa dijo: «Que un macho cabrío sagrado penetre a las madres itálicas», un augur lo identificó con que debía sacrificar a un macho cabrío y las mujeres debían ofrecer su espalda para ser flageladas con las tiras de piel sacadas del mismo. Tras esto, las mujeres flageladas dieron a luz, por lo que quedaron muy agradecidas a la diosa Lucina.

Los lupercos estaban englobados dentro de los sodalitates, un colegio sacerdotal de la antigua Roma. Cicerón nos describe a los lupercos como «cofradía salvaje y agreste, de hermanos en figuras de lobos la unión silvestre de los cuales se estableció antes que la civilización y las leyes». Por lo que podemos pensar que estos sacerdotes eran en un principio pastores, pero al institucionalizarse después el sacerdocio pasarían a ser nobles romanos. Estos lupercos estaban divididos en Luperci Fabiani y Luperci Quinctiales; observamos así que estas divisiones tenían el nombre de dos familias nobles, ampliándose en época de César con el Luperci Iulii.

El líder de esta nueva división fue Marco Antonio, el cual al llegar al foro tras realizar la carrera como luperco le entregó a César una diadema de laurel, el cual la rechazó dos veces, siendo esto utilizado por los detractores de César para decir que aunque lo había rechazado, deseaba con todas sus ganas ser coronado rey, ya que la corona de laurel solamente la llevaban los reyes.

Como vemos, la fiesta de los Lupercos fue evolucionando con el tiempo y también perdiendo popularidad, por episodios como el de Marco Antonio, descrito por Cicerón en  sus Filipícas (XII,5) como «desnudo, ungido, ebrio». Teniendo en cuenta que en ese año Marco Antonio era cónsul, su cargo se vio muy perjudicado por este episodio. Otro de los factores de pérdida de popularidad es que, como hemos mencionado antes, la fiesta era primitiva, de costumbres antiguas, por lo que conforme Roma fue evolucionando, y con ella la cultura y la sociedad, esta festividad perdió su esencia inicial, ya que no tenía sentido una celebración tan agreste en una civilización tan urbana como lo era Roma.

Finalmente, en el año 392, Teodosio declaró ilegal el paganismo, por lo que esta festividad no tenía cabida ya en la sociedad romana, desapareciendo así el colegio de los Lupercos y el sentido religioso de la fiesta. El papa Gelasio I (492-496) publicó un decreto en contra de esta pagana festividad, la cual prohibió y acabó instituyendo la fiesta de San Valentín, ya que lo que intentó este papa fue cristianizar la fiesta, y aprovechando que Valentín fue martirizado en torno al 270 d.C., posiblemente el día 14 de febrero, trasladó las Lupercalia un día antes y se convertirían en el día de San Valentín, actualmente el día de los enamorados.

Imagen de San Valentín. Fuente

Imagen de San Valentín. Fuente


[1] Esto se menciona en la introducción realizada por Bartolomé Segura Ramos en el libro de  P. Ovidio Nasón “Fastos”, Biblioteca Clásica Gredos, 1988.

[2] Los días nefastos fueron ya establecidos por el rey Numa Pompilio, en total en el calendario romano había 109 días nefastos, estos días estaban señalados por una N y eran los días dedicados a los dioses, por lo que toda la actividad humana cesaba, menos la religiosa.

[3] Viene del griego lýkos “lobo”. El Lícayon era una montaña de Arcadia donde recibía culto Zeus Lícayo y se celebraban las Lícayas, fiesta en la que tenía un papel importante el dios Pan.

[4] Augusto decidió vestir a los lupercos por decencia y a partir de esta época irían vestidos.


Bibliografía|

CICERÓN, “Filípicas“, Biblioteca Clásica Gredos, 2006.

LÓPEZ-CUERVO, M., Una carta del papa Gelasio (492-496) contra una fiesta popular, en Gazeta de Antropología. Número 11. Granada, 1995.

PLUTARCO, “Vidas paralelas: Rómulo“, Biblioteca Clásica Gredos, 1985. pp. 249-251.

PLUTARCO, “Vidas paralelas: Julio César“, Biblioteca Clásica Gredos, 2007. pp. 198-199.

OVIDIO, “Fastos“, Biblioteca Clásica Gredos 1988. pp. 72-79.

DION CASIO, “Historia Romana“, Biblioteca Clásica Gredos, 2004. pp. 386-387, 444-445

VIRGILIO, “Eneida, Biblioteca Clásica Gredos, 1992. pp. 384-386.

Redactor: Daniel Pérez García

Licenciado en Historia con especialidad en Historia Antigua y Arqueología por la Universidad de Murcia. Máster en formación del profesorado de Educación Secundaria Obligatoria por la Universidad Miguel Hernández de Elche.

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