La extinción de la megafauna a finales del Pleistoceno Superior

Existe una creciente preocupación en la sociedad por la responsabilidad que tenemos los humanos en la extinción de numerosas especies a través de la caza o indirectamente con el tan traído y llevado calentamiento global y su consecuente cambio en los ecosistemas. Como reflejo de ese interés, los prehistoriadores y paleontólogos han volcado parte su interés en conocer los motivos que hay detrás de la desaparición de otros animales. Para el gran público, el evento más conocido probablemente sea la extinción de los dinosaurios hace aproximadamente unos 65 millones de años. Sin embargo, también hay otros episodios masivos más recientes en los que del mismo modo no se tiene claro qué pudo haber ocurrido para que animales de enorme tamaño sucumbiesen a manos de la selección natural.

En estas líneas queremos poner el foco de atención en las extinciones de finales del Pleistoceno y comienzos del Holoceno. Para quien no esté familiarizado con la terminología, los especialistas han venido dividiendo el Cuaternario, período en el que nos encontramos, en dos épocas: el Pleistoceno, para el que se ha aceptado un comienzo hace 2,58 millones de años (m.a.) y el Holoceno, que sigue a éste y que arrancó hace unos 12.000 años (0,0117 m.a.). Fue precisamente en la transición entre ambos cuando numerosos mamíferos de gran tamaño perecieron. Igualmente, los investigadores han acordado englobar dentro de la categoría de fauna de gran tamaño a aquella cuyos individuos pesan más de 44 kg. Bajo este paraguas, se incluyen animales como el mamut, el rinoceronte lanudo, el oso cavernario, el megalocero; e incluso autores como Stewart han incluido en este proceso a Homo neanderthalensis, en un tiempo que oscila desde el 40.000 antes del presente (AP) hasta el 6.000 AP, cuyo ritmo se aceleró en torno al 15.000 AP.

Si estuviésemos hablando de la extinción de unas pocas especies en un mismo ecosistema con unas características geográficas concretas, las explicaciones particularistas podrían tener cabida como forma de entender qué pudo haber pasado. Sin embargo, estamos hablando de más de un centenar de especies repartidas por todos los continentes, por lo que los investigadores han tratado de dar respuesta a este interrogante con soluciones globales.

Evolución del poblamiento de varias especies a lo largo de los últimos 42.000 años. Fuente

Evolución del poblamiento de varias especies a lo largo de los últimos 42.000 años. Fuente

Una propuesta que cobra especial relevancia también para las extinciones actuales es la excesiva caza de los homínidos, lo que en terminología acuñada por Paul Martin se ha venido denominando Blitzkrieg (guerra relámpago). Con Homo sapiens poblando casi la totalidad de la Tierra, a partir de los años setenta se interpretó que nuestra especie pudo haber actuado como un depredador fuertemente competitivo por los nichos ecológicos. Esta hipótesis se basa en cinco premisas: (i) la megafauna de los últimos 60.000 años se ha extinguido con más intensidad en aquellos lugares donde el género homo ha estado presente; (ii) el registro paleontológico demuestra que las islas donde los homínidos no han llegado hasta épocas más recientes han sufrido menos extinciones; (iii) los paralelos etnográficos muestran que los grupos de cazadores-recolectores prefieren piezas de gran tamaño por su aporte proteínico y graso; (iv) las especies extinguidas durante ese tiempo han sido predominantemente grandes mamíferos; (v) han existido fluctuaciones climáticas parecidas en otros períodos y no se han producido extinciones tan masivas como la que aquí nos ocupa.

Reflejo de esto sería que en lugares donde la megafauna ha convivido durante largo tiempo con los homínidos, caso de África, habría estado ya acostumbrada a estos predadores y habrían conseguido generación tras generación estrategias anti-cazadores lo suficientemente buenas para no acabarse extinguiendo, cosa que no habrían podido experimentar aquellas grandes especies que habrían habitado en las nuevas áreas a las que Homo sapiens habría accedido en tiempos más recientes, como América del Norte, América del Sur, Australia, Nueva Zelanda o Madagascar, entre otros ejemplos.

En su contra, los críticos argumentan que no existe prácticamente evidencia de una ‹‹sobreexplotación›› de la megafauna. En Norteamérica, lugares de caza y despiece con numerosos restos óseos de grandes mamíferos son escasísimos, y cuando aparecen sin ninguna duda, tan sólo muestran una preferencia por Mammuthus columbia y Mammuthus americanum. También investigadores como Berger han demostrado que ante la llegada de nuevos predadores carnívoros, los animales sociales aprenden y transmiten nuevas formas de evitar ser cazados en sólo una generación.

Ejemplo de megafauna del Pleistoceno. Fuente

Ejemplo de megafauna del Pleistoceno. Fuente

Otra posible explicación pondría el énfasis en las causas climáticas. Lejos de visiones estáticas de la climatología, la deriva continental a nivel geológico o los ciclos de Milankovitch a nivel astronómico muestran claramente la importancia de factores extrahumanos como motor del cambio climático. Estas modificaciones habrían tenido su impacto en la megafauna. Sus premisas se basan en: (i) los paralelos paleontológicos muestran una correlación entre grandes extinciones y mamíferos de gran tamaño en épocas en las que no existían homínidos; (ii) el mayor impacto ocurrió en las áreas cercanas a los casquetes polares, mientras que en África, donde se habría acusado menos el cambio climático y el deshielo polar, su efecto fue menor; (iii) los procesos de extinción ocupan grandes lapsos de tiempo y los restos de individuos de cada una de las especies más recientes hallados han sido excavados más cerca de los polos que sus antecesores, lo que cuadra con el progresivo deshielo y la búsqueda de nichos ecológicos propicios para sus hábitos; (iv) la dificultad de los animales de gran tamaño para adaptarse a rápidos cambios climáticos y sus estrategias reproductivas concuerda con los datos visibles en el registro paleontológico y con los paralelos etológicos visibles a día de hoy en numerosas especies.

En términos biológicos, las pautas reproductivas de los animales han venido dividiéndose entre las estrategias K y las r. Bajo estas últimas, hay animales, especialmente los de pequeño tamaño, que tienen una alta tasa de reproducción, es decir, son especialmente fecundos. Esta estrategia reproductiva contrarresta su escaso tiempo de vida y sus problemas para adaptarse a fuertes cambios climáticos, por lo que al tener una gran cantidad de descendencia, es altamente probable que individuos de nuevas generaciones nazcan con las modificaciones genéticas oportunas para sobrevivir a los cambios sobrevenidos. Frente a esta estrategia reproductiva, otros animales, especialmente los de gran tamaño, tienen pocas crías, pero en cambio invierten muchas energías en sacarlas adelante. Así, aunque su tasa de reproducción sea más lenta, este hecho se ve compensado por los esfuerzos empleados en llevar a edad reproductiva a su descendencia. No obstante, rápidos cambios en sus ecosistemas harían más difícil la adaptación de este tipo de animales a las nuevas condiciones impuestas.

Disminución del tamaño de varias especies a lo largo de los milenios. Fuente

Disminución del tamaño de varias especies a lo largo de los milenios. Fuente

En su contra, son varios los investigadores que han criticado que eventos anteriores, cambios climáticos de similar importancia, no produjeron extinciones tan masivas.

Ante los problemas que plantean medir el impacto humano y el extrahumano en términos numéricos sobre la extinción de la megafauna, también se han propuesto soluciones de compromiso multicausales que tratan de aunar ambas propuestas. Es esta la vía adoptada por un grupo interdisciplinar liderado por Eline Lorenzen en el que se barajan ambas opciones como causantes de este suceso. El gran tamaño de estas especies habría jugado en su contra, observándose cómo los caballos o los bisontes que se observan en el registro fósil fueron disminuyendo su tamaño en un proceso de selección natural que favoreció a los ejemplares más pequeños.

 

Bibliografía|

KOCH, P. L.; BARNOSKY, A. D., 2006, “Late Quaternary Extinctions: State of the Debate”, Annual Review of Ecology, Evolution and Systematics 37, 215-250.

LORENZEN, E. D. et al., 2011, “Species-specific responses of Late Quaternary megafauna to climate and humans”, Nature 479, 359-364.

MARTIN, P. S.; KLEIN, R. G., “Quaternary extinctions: a prehistoric revolution“, Arizona: University of Arizona Press, 1984.

WROE, S.; FIELD, J.; FULLAGAR, R.; JERMIN, L. S., 2004, “Megafaunal extinction in the late Quaternary and the global overkill hypothesis”, Alcheringa: An Australasian Journal of Palaeontology 28, 1, 291-331.

Redactor: Álvaro Gómez Peña

Licenciado en Historia en la Universidad de Sevilla. Actualmente soy investigador predoctoral del Departamento de Prehistoria y Arqueología de dicha institución. Miembro del Grupo de Investigación 'TELLUS. Prehistoria y Arqueología en el Sur de Iberia (HUM-949)'. En él desarrollo mi trabajo centrado en el conocimiento y divulgación de la religión y la historiografía de la Prehistoria Reciente.

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2 Comments

  1. lo leeré con detenimiento, así de rapidez me parece interesantísimo. gracias

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  2. Hola Álvaro, te escribo desde Algeciras. Es posible que me toque asesorar un Centro de Visitantes sobre el Pleistoceno en Atacama, Chile. ¿Me podrías recomendar algún documento en línea para hacerme una idea del Pleistoceno en el norte de Chile?
    Aunque vivo 37 años en España, soy chileno y ya he trabajado en la zona (en divulgación/interpretación del patrimonio)

    Muchas gracias por tu interesante artículo.
    Jorge

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