La construcción de la sociedad capitalista (II)

Continuamos nuestra historia de la sociedad capitalista haciendo un pequeño alto en el camino, hoy trataremos de un capítulo tan importante para este proceso que merece un apartado propio: la banca privada y las finanzas. Pero… ¿realmente sabemos qué son estos conceptos? Día a día, desde los telediarios y las tertulias, campo abonado para la proliferación de opinólogos profesionales, nos bombardean con noticias sobre las subidas o bajadas de las distintas bolsas mundiales, las primas de riesgo, la deuda pública y un largo etcétera de datos que muchas veces no comprendemos. Oímos hablar de la libertad de mercado, de la especulación o de que la mayor parte del dinero que circula por los circuitos financieros ni siquiera existe, pero muchos de nosotros no entendemos muy bien de qué va todo esto. Por ejemplo ¿cómo puede ser que el dinero no exista pero sí exista a la vez, en una especie de versión económica del gato de Schrodinger? En estas líneas no pretendemos dar una clase rápida de economía, ni tampoco tratar de explicar los entresijos financieros del siglo XXI, entre otras cosas porque el que suscribe carece de los conocimientos necesarios que requerirían un artículo así. Por el contrario, a continuación vamos a hacer un repaso rápido a los primeros pasos de la banca privada, la especulación y el capitalismo financiero –aunque aquí tan solo tendremos espacio para comentar dos casos en particular–, algo igualmente necesario para comprender cómo se construyó un sistema económico que hoy parece seguir enfermo y que, en muchos casos, es algo más que confuso.

John_LawNos ubicamos en el siglo XVII, en una Europa estaba que consolidaba unas inercias empezadas bastante tiempo atrás. Los pesos del poder y el capital pasaban del eje mediterráneo al mundo atlántico, con todo lo que eso significaba para el continente; la Reforma y la Contrarreforma habían dado paso a nuevas formas de gobierno más refinadas, donde el Estado imponía su poder de manera cada vez más absoluta y centralizada; la ciencia ganaba cada vez mayor prestigio en muchas naciones europeas, modificando campos tan dispares como la agricultura o la ingeniería; los viajes iniciados por los exploradores ibéricos habían sido continuados por holandeses, ingleses o alemanes, entre otros, haciendo que el mundo pareciese más pequeño. Por su parte, las grandes capitales europeas eran un hervidero de personas, mercancías y capitales, catapultando a algunas ciudades atlánticas europeas hacia una hegemonía planetaria que aún tardaría en hacerse efectiva. A nivel interno, con mayor o mayor homogeneidad, la economía de Europa aceleró su proceso de cambio desde un sistema que se fundamentaba en la propiedad de la tierra hasta otro que se basaba en la propiedad de dinero y crédito. La burguesía mercantil se hacía cada vez con mayor porción del pastel económico, adelantando a una nobleza que se aferraba a unas tradiciones y formas de vida totalmente obsoletas (sobre todo en el mundo protestante). Así, el capitalismo financiero y el relato del interés individual comenzaron a moldear a las naciones y la mecánicas de poder, colocando las bases del mundo que hoy conocemos.

 La ruta seguida por la expedición de Magallanes, que terminó por globalizar el mundo. Fuente

La ruta seguida por la expedición de Magallanes, que terminó por globalizar el mundo. Fuente

Magallanes EditPero esta inmensa maquinaria financiera no había surgido de la noche a la mañana, ya desde la Edad Media habían comenzado a aparecer las letras de cambio, los prestamos o las compañías de seguros, asociadas ineludiblemente al comercio marítimo y las grandes ferias europeas. La banca pública había evolucionado más allá de los Montes de Piedad, instituciones de crédito a bajo interés, cuya finalidad era más paliar la pobreza que hacer negocio y que estaban rigurosamente controladas por la Iglesia, que prevenía las prácticas usureras. Por otra parte, ante las nuevas necesidades creadas por las nacientes compañías comerciales, como la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), en 1612, o la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, en 1623, surgían nuevos modelos societarios. En la primera se introdujo la innovación de un sistema de acciones negociables en bolsa para dotarla de mayor estabilidad, que fue un éxito y no tardó en ser imitado por sus competidoras. También encontramos el Banco de Amsterdam, como ejemplo de banca puramente de depósito y cambio. Y por último, observamos el primer episodio de debacle especulativa en la burbuja de los tulipanes, que arrasó Holanda en la década de 1630 y hundió en la miseria a muchas de las personas que se habían enriquecido con aquella fiebre de especulación.

Sin embargo, aún faltaba algo para la consolidación total y absoluta del capitalismo financiero tal y como lo entendemos hoy en día. Fue en el año 1694 cuando la Corona Británica convenció a sus acreedores de que se uniesen y formasen una corporación, cediendo al Estado el montante de su deuda pública –1.200.000 libras esterlinas– a cambio de un interés anual del 8%, un plus de 4.000 libras esterlinas para gastos administrativos, derecho a lanzar obligaciones –promissory notes o billetes bancarios– por valor de la deuda y derecho a lanzar obligaciones suplementarias garantizadas con los propios capitales. Al mando de esta ambiciosa operación para subsanar la deuda de la Corona, Guillermo III puso al frente a Charles Montagu, su propio Ministro del Tesoro y, desde ese momento, fundador del Banco de Inglaterra.

Pero todo esto, ¿qué quiere decir? Muy sencillo. Existía una creciente deuda pública, de 1.200.000 libras esterlinas que lastraban la economía; una deuda que, por otra parte, no se esperaba saldar a corto plazo. Así que cogió a sus acreedores, los unió en una sociedad que contaba con toda la cantidad a deber como único capital y puso al frente a su Ministro del Tesoro. Es decir, convirtió los pasivos en activos, a cambio de un 8% anual de intereses y unos promissory notes que los acreedores podían vender en cualquier momento. Era dinero que realmente, no existía excepto sobre la hoja en la que estaba escrito; esta idea no era nueva, pero nunca se había llevado a cabo de manera tan grande ni audaz. Cualquiera de los individuos a los que el Estado debía dinero podía vender una fracción de su parte de la deuda –es importante insistir en que no era capital real– y ese mismo Estado avalaba su venta como si de moneda contante y sonante se tratase. Al final, gracias a esta “jugada”, la economía británica pasó de tener un pasivo de 1.200.000 libras esterlinas a poseer esa misma cantidad en papel moneda con el que, además, se podían pagar impuestos u obtener más de ese mismo papel moneda. Es decir, era dinero que tan solo existía porque se había llegado a un pacto –entre deudor, acreedores y el resto de la sociedad– por el que se aceptaba como manera válida de intercambio, incluso para hacer frente a las obligaciones para con el Estado.

Y sin embargo este no es el fin de nuestro recorrido, ya que si bien un truco de prestidigitación financiera podía convertirse en un éxito tan rotundo como fue el realizado por Guillermo III, también podía ser un auténtico desastre, como lo fue el Banque Royale francés. La historia comienza el año 1715 en Francia, cuando esta se encontraba al borde de la bancarrota. La deuda pública ascendía a los 3.000.000 de libras tornesas, lo que –para ayudar a entender la magnitud del asunto– diremos que equivalía a unas 37.500 toneladas de plata, cantidad que se traducía en unos 125 años de explotación minera en las Indias. El Estado llevó a cabo una serie de medidas, como la amortización de parte de la deuda, una devaluación monetaria a través de la reacuñación de las monedas de plata y oro, el procesamiento de defraudadores, etc. Dos años después, la deuda pública se había reducido hasta los 2.168 millones de libras tornesas, situación que daba un breve respiro a las arcas del reino. Sin embargo, en medio de este proceso se llevó a cabo otra iniciativa que es la que vamos a examinar a continuación.

En Mayo de 1716 se autorizó a John Law a abrir un Banco por acciones con un capital nominal de seis millones de libras tornesas; la entidad podría realizar todo tipo de acciones, desde ejercer de depósito y canjear letras de cambio hasta emitir deuda en forma de billetes bancarios. Y he aquí el problema, ya que se comprometía a pagar estos billetes en moneda de plata por un total equivalente a lo que valía en su fecha de suscripción, para evitar así el impacto de una posible devaluación de la moneda. La banca de Law prosperó y empezaron a abrirse sucursales en todo el reino, lo que hizo pensar al regente que sería una buena idea lanzar una OPA sobre ella y convertirla en Banque Royale. En la práctica, esa decisión hizo que Law dirigiese las finanzas de toda Francia, a través del sistema de emisión de deuda en billetes bancarios. En esos años, Law constituyó paralelamente una compañía que se hizo con el monopolio del comercio internacional francés fuera de Europa, a través de la creación y compra de las Compañías de Misisipi, Senegal, China y la gestión del monopolio del tabaco; propiciando una espiral especulativa que multiplicó por 15 el valor nominal de sus acciones.

La realidad era que el Banque Royale estaba lanzando deuda por un valor mucho mayor al que podía respaldar en moneda; es decir, estaba emitiendo dinero ficticio por encima de sus posibilidades, empujado por una borrachera especulativa que en pleno siglo XXI nos suena de algo. Por si fuese poco, en 1719, se autorizó al Banco a recaudar algunos de los impuestos más importantes. La burbuja estalló el 17 de julio de 1720, cuando el Príncipe de Conti pidió cambiar todos sus billetes por plata, algo que las arcas de la entidad no tenían capacidad para hacer. El pánico cundió entre aquellas personas que tenían sus ahorros en el Banco y entre quienes se habían lanzado a aquella vorágine especulativa; que quisieron, de manera simultanea, convertir en efectivo la cifra que aparecía en sus cuentas y billetes bancarios. En Diciembre de 1720 Law huía de Francia.

Hemos puesto nuestro objetivo sobre dos casos paradigmáticos, ambos ocurridos en los albores del capitalismo financiero europeo, como ejemplo de la naturaleza del actual sistema económico imperante; aunque aún son muchos los ejemplos que deberíamos poner para realizar un cuadro completo de estos procesos. En estas líneas no pretendemos extraer una conclusión sobre el capitalismo financiero o sobre los peligros de que la banca entre en los inciertos juegos de la especulación, es probable que la situación que hemos vivido durante los últimos nueve años hable sobre eso mucho mejor que lo aquí hayamos podido explicar. Este artículo tan solo pretende arrojar algo de luz a ese mundo tan complejo –el del capital y las finanzas–, pero que tanto influye en nuestras vidas, con la esperanza de mostrar que no es tan complicado de entender como muchas veces se pretende.

Bibliografía|

FLORISTÁN, A., “Historia Moderna Universal”, Barcelona: Ariel, 2002.

KENNETH GALBRAITH, J., “Breve historia de la euforia financiera”, Barcelona: Ariel, 1991.

OCAMPO SUAREZ-VALDES, J., “Manual de historia económica mundial”, Gijón: Trea, 2011.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

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