Hermenegildo. La rebelión de un hijo.

En el invierno del año 584, el rey visigodo Leovigildo se encontraba finalmente cara a cara con su enemigo en Toledo derrotado y arrodillado ante sus pies. Tras aproximadamente cuatro años de guerra, ésta había concluido con un casi lógico resultado, teniendo en cuenta la gran fama que tenía el anciano monarca de gran guerrero y experimentado estratega. Pero quizá, el desenlace de esta rebelión supuso la más amarga de las victorias para un rey al que apenas le quedaban dos años de vida. Y es que en el ocaso de su existencia, el enemigo que se encontraba arrodillado ante él en aquel frío día de febrero no era otro que su hijo primogénito, Hermenegildo.

Grabado con representación idealizada del rey Leovigildo y su hijo Hermenegildo. Fuente.

Grabado con representación idealizada del rey Leovigildo y su hijo Hermenegildo. Fuente.

El reinado de Leovigildo supuso el gobierno de un monarca que, como escribió el gran especialista en historia de la Hispania visigoda E.A. Thompson, ‹‹fue el más notable de los reyes arrianos de España››. Procedente de la Galia Narbonense, fue asociado en el año 569 al trono por su hermano Liuva I tras ser elegido éste por la nobleza visigoda como sucesor del fallecido rey Atanagildo, muerto en 567. Al final de sus días, Leovigildo había unificado toda la península bajo el mandato del Reino de Toledo, exceptuando los dominios bizantinos del sudeste. Incluso introdujo elementos del Imperio Romano de Oriente vinculados a la corona, algo que ya formaría parte de la corte visigoda hasta su fin en el 711 (ropajes regios, un trono, etc). A la muerte de su hermano en el año 572, Leovigildo quedó como único monarca, si bien no tardó en seguir la trayectoria que ya fijó Liuva I y cuyo fin no era otro que forjar una dinastía de reyes bajo una misma línea de sangre. Es por esto que asoció al trono a sus hijos Hermenegildo y Recaredo, además de contraer matrimonio en segundas nupcias con la viuda del rey Atanagildo, Gosvinta, a través del cual buscó ganarse la confianza de la nobleza visigoda.

En el año 579, Leovigildo casó a su primogénito, Hermenegildo, de quince años, con la princesa franca Ingunda, una joven de tan sólo doce, hija de Sigeberto I de Austrasia y Brunequilda, que era hija a su vez de Gosvinta y Atanagildo. Por tanto, Ingunda era nieta de la reina de los visigodos. Con esta enrevesada política matrimonial Hermenegildo, y por ende la familia del mismo Leovigildo, pasaría a emparentar con la familia real austrasiana. Pese a todo ello, el matrimonio trajo consigo una polémica de índole religiosa: Ingunda, al igual que el resto de la familia franca, era católica, mientras que Hermenegildo, como la mayor parte de los visigodos, profesaba la fe arriana (una doctrina del cristianismo la cuál reconocía a Cristo como hijo de Dios, pero no como Dios mismo). ¿Pudo una joven princesa franca como Ingunda sentar las bases de lo que sería más tarde una guerra civil? Se sabe a través de fuentes contemporáneas a los hechos, tanto hispanas como extranjeras, que Ingunda llegó a su nuevo hogar con la clara idea de no ceder ante las insistencias de dejarse bautizar en la fe arriana. Cuentan las crónicas de la época que su abuela Gosvinta, que se había decidido a convertir a su nieta al arrianismo, no aguantó la obstinación de la joven y que llegó al punto de propinarle una paliza para, a continuación, ordenar desvestirla y sumergirla en una piscina. Y aún así, Ingunda jamás cedió a los designios de su abuela. Gregorio de Tours sostenía que este episodio supuso el comienzo de la guerra civil. Otros, como Juan de Bíclaro, llegan a postular que la propia reina Gosvinta estaba detrás de la rebelión de Hermenegildo, a razón de sus propios intereses familiares.

Poco se sabe de la reacción de Leovigildo, pero no debió ser muy severa, pues envió a Hermenegildo como gobernador de la provincia que le correspondía (presumiblemente la Bética), por lo que el primogénito del rey marchó junto a su esposa a Sevilla, donde Ingunda, con la ayuda de Leandro, obispo de la ciudad, intentó atraer a su esposo a la fe católica. Finalmente, éste cedió, adoptando el nombre de Juan. Esto se entendió como una traición directa al rey. Aún así, Leovigildo estuvo dispuesto a dialogar con su hijo, pues la guerra era lo último que el viejo rey quería. La negativa de Hermenegildo a parlamentar marcó el principio de la contienda e hizo que el monarca le confiscara sus bienes y el mando político que por su cargo le correspondía. Tras esto, Hermenegildo intentó pactar con los bizantinos, razón por la que Leandro de Sevilla viajó hasta Constantinopla para convencer al emperador Tiberio II. Los bizantinos se comprometieron a ayudar al príncipe en el campo de batalla, probablemente por sus propios intereses en el sur de la Península, donde tenían unas posesiones que ocupaban toda la franja costera al sudeste y al sur, que iban desde la actual Denia hasta Cádiz, incluyendo las Islas Baleares. Esta guerra fue, esencialmente, una disputa de godos contra godos; unos defendiendo a un monarca arriano y otros a un monarca católico, pues Hermenegildo se había proclamado rey en Sevilla y llegó a acuñar moneda con su nombre.

Moneda de Hermenegildo. Fuente.

Moneda de Hermenegildo. Fuente.

El final de la contienda empezó a vislumbrarse en el año 582 con la caída de Mérida, lo que convertía ahora la Andalucía visigoda en el único lugar posible de resistencia para Hermenegildo. Fue en el año 583 cuando se produjo el sitio de Sevilla por parte del ejército de Leovigildo (que además había tomado Itálica), donde se encontraban Hermenegildo, Ingundis y el hijo de ambos, el pequeño Atanagildo. El rey suevo Miro, que también había pactado la ayuda militar con Hermenegildo, acudió con su ejército en ayuda de éste, pero Leovigildo los sitió y a eso se redujo su colaboración con la rebelión de Hermenegildo. Además de Sevilla e Itálica, Leovigildo se hizo también con el castro de Osset (San Juan de Aznalfarache). Fue entonces, con el cerco a Sevilla tan avanzado y sumando a esto las grandes penalidades que sufrieron los asediados, cuando Hermenegildo pidió ayuda a los bizantinos. Leovigildo se enteró del arreglo y compró rápidamente la neutralidad de éstos. Así, Hermenegildo se encontró sin el apoyo bizantino ante el poderío bélico de su padre, el gran guerrero y portentoso estratega. Abandonado por sus aliados en el mismo campo de batalla, Hermenegildo huyó a Córdoba,  dejando a Ingunda y al pequeño Atanagildo en manos de los bizantinos. Sobre sus destinos poco se sabe. Se cree que Ingunda murió en África durante el viaje y que Atanagildo llegó hasta Constantinopla, del que hay noticias por un intercambio de cartas entre los reyes de ésta y los de Austrasia, pero poco más.

Hermenegildo se resguardó en un templo cordobés, donde acudió su hermano Recaredo que consiguió, no se sabe bien cómo, que se entregara y que lo acompañara ante la presencia del rey en Toledo, donde el primogénito se arrodilló, arrepentido, ante su padre. Se cuenta que el rey incluso llegó a besarle para, a continuación, despojarlo de sus ropajes regios y desterrarlo a Valencia. Lo siguiente que se sabe de Hermenegildo es que fue asesinado en el año 585 en Tarragona por un hombre llamado Sisberto, a los veintiún años de edad. Sobre quién lo urdió, poco se puede decir. Las pocas voces que hablaron al respecto hacen responsables tanto al rey Leovigildo como a su hijo Recaredo.

Mapa de la Pen. Ibérica antes y después de las conquistas de Leovigildo. Fuente.

Mapa de la Pen. Ibérica antes y después de las conquistas de Leovigildo. Fuente.

Tras la muerte de Leovigildo, Recaredo accedió al trono y se convirtió al catolicismo en el año 587, convirtiendo a Hermenegildo en el recuerdo de un rebelde que había llevado a los godos a matarse entre ellos. Nada les haría pensar entonces que mil años después, en el año 1585, Hermenegildo sería canonizado como mártir de la Iglesia Católica.

BIBLIOGRAFÍA:

THOMPSON, EDWARD ARTHUR, “Los Godos En España“, Madrid: Alianza Editorial, 1971.

CASTELLANOS, SANTIAGO, “Los Godos Y La Cruz“, Madrid: Alianza Editorial, 2007.

SANZ SERRANO, ROSA, “Historia De Los Godos“, Madrid: Editorial La Esfera De Los Libros, 2009.

GARCÍA MORENO, LUIS A., “Historia de España Visigoda“, Madrid: Editorial Cátedra, 1998.

COLLINS, ROGER, “La España Visigoda“, Barcelona: Editorial Crítica, 2005.

 

 

 

 

 

Redactor: Jaime Ladrón de Guevara Lozano

Me llamo Jaime Ladrón de Guevara Lozano. Soy (casi) licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, además de músico y escritor el resto del tiempo que me queda libre. Siento gran predilección por aquellos siglos inmediatos que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente, especialmente por la Hispania visigoda.

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