El Más Allá en Roma (I): principales concepciones sobre el destino del difunto

<<(la muerte) es sólo un azar más, el último, de aquí que de la forma de afrontarla dependa la  gloria o el demérito último>> (Séneca el viejo).

La muerte siempre provoca más o menos miedo y  se enfrenta con menor o mayor serenidad o confianza, pero en todos los casos es un hecho traumático que causa la ruptura de una familia o de un grupo social según el grado de popularidad del fallecido. En el último caso, su trascendencia o importancia social se medirá en función al trauma que supone su propia muerte, por lo que muchos de ellos, tanto en la Antigüedad como en la actualidad dejan indicadas todas las disposiciones para que el funeral muestre su posición social, su capacidad adquisitiva o su prestigio.

En este artículo intentaremos abordar los ritos y ceremonias ligadas a la ideología funeraria romana, así como analizar esta misma en los diferentes periodos que se suceden en el tiempo y sobre todo las principales concepciones existentes a lo largo de toda la trayectoria de esta cultura de la Antigüedad sobre el destino del difunto, plasmado tanto en obras literarias tan bien conocidas como La Eneida como en monumentos fúnebres varios.

ritual funerario

Escena de pompa funebre romana. Procesión con difunto acompañado de plañideras, músicos y familiares. Fuente.

Por su puesto en Roma, como en otras muchas culturas que le precedieron y muchas posteriores, existieron varios posicionamientos, más o menos filosóficos, frente a cómo afrontar el fin de la vida. Es cierto que los ritos y ceremonias cambiaron a lo largo del tiempo pero el romano de cualquier época siempre tenía una idea clara: la necesidad de morir con dignidad y de expresar gran respeto y miedo por sus difuntos.

En la edad más arcaica de la historia romana se creía en una vida terrestre después de la muerte, es decir, el difunto restaba en su propia tumba que se convertía así en su hogar. La familia del fallecido mantenía una relación directa con el muerto, iban a visitarlo a la tumba periódicamente y hacían ofrendas y libaciones de comida. En esta misma línea resulta curiosa la comparación de estas prácticas con nuestro actual 1 de noviembre, en el que tradicionalmente los familiares se acercan al cementerio a limpiar las tumbas de sus difuntos y dejan flores como <<ofrendas>>.

En esta misma época arcaica y con esta concepción los difuntos eran considerados una colectividad de <<seres divinos>> con poder para provocar en los humanos fortuna o calamidad, transformándose en dioses protectores o en seres nocivos. De hecho, estos difuntos transformados en <<seres divinos>> serán posteriormente (en torno al siglo I a.C.) los dioses Manes a los que en tantos epitafios se les convoca.

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Ara romana. Epitafio consagrado a los dioses manes D.M.S. (Dis Manibus Sacrum) Fuente.

Durante el periodo republicano, siempre prevaleció la idea de que tras la muerte daba comienzo para el alma una nueva vida. Las influencias griegas y etruscas pudieron haber sido determinantes para que se produjera tal transformación, aunque las concepciones de la muerte, el alma y el Más Allá en la cultura romana son sumamente diversas y todas oscilan entre visiones que pueden ir desde la concepción griega (cuerpo, alma y sombra) a la más pura indiferencia, sin dejar nunca los ritos funerarios, pero sí la suficiente como para no afirmar ni negar la inmortalidad del alma.

En lo que respecta a la localización del Más Allá, pronto existieron diferencias; Virgilio fue el primero en teorizar el mundo de ultratumba, distinguiendo entre Limbo, Infierno y Paraiso, en su libro VI de La Eneida, pero para la mayor parte de los antiguos romanos, es decir, el pueblo llano, esta creencia nunca llegó a calar y la concepción de que el inframundo se encontraba en las profundidades de la tierra prevaleció en la mayoría de ellos, como así confirman los monumentos funerarios dedicados a los dioses Manes ya en los siglos después de Cristo. En esta misma línea destaca en el foro de todas las ciudades el llamado <<mundus>>, una fosa subterránea que ponía en contacto con los infiernos y los Manes. Por ello, Virgilio hace de la Catábasis (o <<descenso a los infiernos>>) de Eneas uno de los momentos culminantes del poema. En el Averno se encontraban hasta cinco tipos de residencias para las almas de los muertos. A este lado de la laguna Estigia, permanecían durante cien años los insepulti y los suicidas en espera de que Caronte les pasara en barca:

<<Toda esta muchedumbre que ves, es una pobre gente sin sepultura; aquél, el barquero Caronte; éstos, a los que lleva el agua los sepultados. Que no se permite cruzar las orillas horrendas y las rocas corrientes sino a aquel cuyos huesos descansan debidamente. Vagan cien años y dan vueltas alrededor de estas playas; sólo entonces se les admite y llegan a ver las ansiadas aguas>> (Virgilio, Eneida VI, 325-330).

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Cuadro: Virgilio y Dante contemplan el paso de Caronte. Alexander Litovchenko, 1861. Fuente.

Al otro lado de la laguna, custodiado por el gigante Cerbero, existe una especie de <<Limbo>> donde permanecían aquellos cuya vida se había interrumpido prematuramente:

<<De pronto se escucharon voces y un gran gemido y ánimas de niños llorando, en el umbral justo, a quienes, sin gozar de la dulce vida y arrancados del seno los robó un negro día y los sepultó en amarga muerte; junto a ellos los condenados a muerte sin motivo>> (VI, 426-430).

Y posteriormente, el camino se bifurcaba hacia el Tártaro y hacia los Campos Elíseos:

<<Éste es el lugar donde el camino se parte en dos direcciones: la derecha lleva al pie de las murallas del gran Dite, ésta será nuestra ruta al Elisio; la izquierda, sin embargo, castigo procura a las culpas y manda al Tártaro impío>> (VI, 540-543).

En la ideología funeraria romana no existió desde los primeros tiempos un concepto de sanción (es decir, de recompensa o de castigo) en el Más Allá; pero con la influencia del Orfismo[1] comenzó a producirse una distinción entre buenos y malos y, consiguientemente, entre premios y suplicios en el Hades para unos y para otros.

Paralelamente, a finales de la República, comenzó a extenderse la creencia, por influencia de otra doctrina filosófica, el Pitagorismo, de que el alma se elevaba hacia el cielo llegando a transformarse en astro o habitando en sus proximidades. La literatura latina insiste en que ese es, al menos, el destino de los grandes hombres, como Pompeyo o César.

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Retratos del panadero Paquio Próculo y su esposa en Pompeya. Epitafio. Fuente.

La actitud escéptica ante la vida del Más Allá debió de quedar reservada, sobre todo, para los espíritus cultivados. Pero aun no siendo muchas las inscripciones conservadas de este periodo, algunas de ellas ni afirman ni rechazan la inmortalidad del alma e incluso llegan a expresar abiertamente la duda. Con el tiempo, sobre todo ya en el Imperio, irá ganando terreno la idea de la inmortalidad terrestre, como con frecuencia atestiguan varias fórmulas epigráficas (como: memoriae eternae, etc.). El muerto así sobrevivía en la memoria o en el recuerdo de los vivos y por ello se le representaba sobre la tumba en sus quehaceres cotidianos.

En cuanto a la importancia de los ritos y ceremonias ligadas a esta ideología funeraria, los romanos enterraban en el interior de sus propias casas a los difuntos, realizando en ellas los rituales de libaciones y ofrendas propios de la concepción más arcaica mencionada anteriormente por la cual se creía que el difunto quedaba ligado a la tumba. Tras la publicación de la Ley de las Doce Tablas (siglo V a.C.) se prohibió dar sepultura intramuros en cualquier ciudad, por lo que empezaron a concebirse áreas cementeriales situadas siempre al exterior del pomerium, es decir, extramuros, dando lugar a verdaderas necrópolis o “ciudades de los muertos”. Estas necrópolis, sin embargo, no nacían como lugares aislados, sino siempre ligadas a vías principales de acceso o a lugares inmediatos a la muralla o a campos destinados a la agricultura. De hecho, los lugares más disputados eran los más próximos a las puertas de la ciudad, los cruces de las vías más frecuentadas o los próximos a los centros de espectáculos. Esto era así porque se aseguraba, desde el punto de vista más vanidoso, la proximidad de la tumba a la vida cotidiana de los conciudadanos y a las visitas frecuentes.

Por último, era de máxima importancia el ritual funerario, el funus, ya fuese por cremación (símbolo de la purificación por el fuego) o inhumación (retorno a la tierra, origen del todo), porque sólo con él se aseguraba el correcto transito al Más Allá. Esta es la razón principal por la que una familia, por miedo o por piedad, entendiera como un deber incuestionable dotar a sus difuntos del funeral y de la sepultura más decorosos posible. Un compendio de rituales y ceremonias que pretendían apaciguar de alguna forma esa angustia natural que el ser humano siente ante el fin de la vida, ante la incertidumbre que despierta su propia muerte.

Bibliografía

J M. Blázquez, J. Martínez-Pinna, S. Montero. Historia de las Religiones Antiguas, Oriente, Grecia y Roma. Catedra, 1993.

P. López Barja de Quiroja, F.J. Lomas Salmonte. Historia de Roma. Akal textos. Madrid, 2004.

Vaquerido, D. La muerte en la Hispania Romana. Ideología y prácticas, Actas VIII Congreso Nacional de Paleontología, 2003.


[1] El Orfismo fue una corriente religiosa griega, relacionada con el dios Orfeo, que cuestionó la religión oficial y cuyo discurso principal se basaba en la creencia de la salvación del hombre, el alma y su destino tras la muerte. Para los orfistas el alma era inmortal y podía recibir premios o castigos más allá de la muerte.

Redactor: Sara Muñoz Muñoz

Licenciada en Historia en la Universidad de Sevilla y Máster en Estudios Históricos Avanzados por el itinerario de Historia Antigua en la misma Universidad. Mi perfil académico se inclina en el estudio de la epigrafía latina en Hispania, y en la política, economía y sociedad del Imperio Romano. Apelo a la renovación de los conceptos historiográficos en las nuevas generaciones de historiadores.

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