El Más Allá en Roma (II): el destino de los insepulti y los suicidas

En esta segunda entrega sobre el Más Allá en el mundo romano, merecen especial atención el destino de los insepulti y los suicidas, ya que privar a un muerto de su sepultura o de las honras fúnebres que les correspondían constituía un grave delito religioso que era necesario expiar. Como hoy en día, si el cuerpo de una persona no podía ser enterrado por haber desaparecido bajo las aguas o haberse quedado en algún lejano campo de batalla, los familiares podían levantar un cenotaphium u honorarius sepulcrum al que se invitaba a habitar al alma del muerto llamándolo por su nombre tres veces.

En relación con todo ello, empezaremos con el destino y las consecuencias religiosas del suicida. Los romanos desconocieron un nombre preciso que designara la acción de quitarse voluntariamente la vida y empleaban, por el contrario, varias expresiones (por ejemplo, mortem sibi consciscere). En origen, como sucede en todas las sociedades arcaicas, el suicidio estuvo mal considerado, creyéndose que las almas de los suicidas se convertían en espíritus malévolos condenados a errar eternamente en el mundo de los vivos. De aquí que el suicida fuera con frecuencia utilizado como un medio sutil de venganza. Así, por ejemplo la historiografía latina guarda el recuerdo de los ciudadanos romanos que se suicidaron para vengarse del rey etrusco Tarquinio el Soberbio (último rey de Roma) por haberles obligado a trabajar como esclavos en la construcción de la Cloaca Máxima.

No obstante, las diferentes formas de suicidio recibieron una distinta consideración. La forma más ignominiosa de quitarse la vida era el ahorcamiento (también la muerte por crucifixión reservada a esclavos y malhechores no romanos), quizá porque se consideraba necesario morir en contacto con la Terra Mater; el derecho pontifical preveía la privación de la sepultura para quienes optaran por este procedimiento y establecía la necesidad de cumplir ritos expiatorios. Todo lo relacionado con el ahorcamiento era odioso: el árbol era considerado sacer (maldito) y la cuerda afanosamente disputada por magos y hechiceros para sus prácticas maléficas. Existían, por lo tanto, otras formas más <<nobles>> de quitarse la vida como la muerte por la espada, el estrangulamiento, etc. En cualquier caso, el destino de los suicidas siempre ha estado algo borroso tanto en el Paganismo como en el Cristianismo. Por ejemplo, en el Infierno que nos presenta la Eneida de Virgilio, los suicidas permanecen en una región <<neutra>>, a la entrada del reino de Plutón, que recuerda al <<limbo>> cristiano.

Sin embargo, algunos historiadores consideran que en el cambio de Era se produjo en Roma una transformación en la consideración del suicidio al asimilarse entonces jurídicamente a la muerte natural. La influencia de los filósofos estoicos y epicúreos sobre los juristas y el aumento del número de suicidios entre las clases superiores de la sociedad fueron determinantes en este cambio. Incluso, Séneca elaboró una teoría sobre el suicidio como expresión suprema de la libertad humana; él mismo algunos años después se suicidó. Sin embargo, el derecho romano hizo significativas excepciones en su actitud tolerante hacia el suicidio, prohibiéndolo al soldado (ya que desde su juramento su vida no le pertenece) y, sobre todo, al esclavo, cuya muerte suponía una pérdida material para el dominus.

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Serie Rome (HBO). Momento en el que Servilia de la casa Junia maldice a Atia de los Julio antes de suicidarse, para llevar a cabo su venganza desde el Más Allá. Fuente. En este enlace podrás encontrar la escena que se hace alusión en esta imagen.

Por su parte, el destino de los insepulti, y en particular aquellos que morían en el agua era cuando menos preocupante. Desde siempre existieron temores a la muerte relacionada con el mar y la navegación, que no sólo tenían los romanos, sino griegos y fenicios antes que ellos. El temor, particular, ante los peligros que acechan en el mar y el estupor ante la inmensidad y el misterio que se esconde tras él incentivó el imaginario colectivo de los pueblos del Mediterráneo, poblando sus aguas de poderosos dioses y monstruos y creando a la vez mitos y leyendas que los interrelacionaban.

La expresión <<mare nostrum>> que usaron los romanos para referirse al Mediterráneo podría hacerse extensiva a fenicios y griegos, que lo hicieron igualmente suyo a través de las navegaciones emprendidas a lo largo de buena parte del primer milenio a.C. Todos ellos experimentaron simultáneamente la atracción y el temor que son aún hoy día sentimientos comunes a cualquier ser humano ante la visión del océano. Suave y placentero cuando está en calma, violento y temible cuando está agitado, pero siempre enigmático, ocultando tras sus horizontes insondables abismos, pero también nuevas tierras por descubrir y nuevas oportunidades por explorar. La atracción ejercida por el océano ha sido siempre más fuerte que el miedo, y por ello se crearon divinidades tanto terribles, como benéficas, junto a otras deidades que terminaron por convertirse en protectores de la navegación en general.

Dionisio/Baco, una de las divinidades protectoras de los navegantes. Fuente.

Así pues, en varias fuentes literarias grecolatinas vienen reflejados los principales ingredientes del drama de la muerte en el agua, incidencia que cabe diseccionar con precisión. Efectivamente, las personas  que se hallaban en trance de naufragar o de perecer en el mar sufrían una terrible angustia. En algunas ocasiones, según las fuentes, algunas personas a bordo de los navíos preferían quitarse la vida antes que morir ahogados, y otros, reaccionaban colgándose al cuello cuantos objetos de oro o de parecida equivalencia llevasen consigo por una razón particular: pensaban que de esta forma el cadáver del náufrago, si era arrojado por el mar a tierra firme o recogido por otra nave, podría cubrir los gastos de su propia sepultura.

Todo el temor giraba en torno a la no sepultura. No hay duda de que la primera desgracia irreparable que ronda al futuro náufrago, consistía en la pérdida y eliminación del alma, porque conforme a una idea antiquísima que encontramos testimoniada ya en los poemas homéricos, la asfixia en el agua impedía que, en el tránsito final de expirar, las almas abandonasen a través de la boca el cuerpo difunto y saliesen a las regiones aéreas, quedando apresadas en la envoltura carnal y sufriendo su paulatina desaparición. Fuera por este motivo, fuera por desesperación o trastorno ante la convicción en las anteriores consecuencias (la carencia de sepultura), lo cierto es que la apelación al suicidio para anticiparse a la muerte en naufragio supuso un remedio en constante uso, desde tiempos homéricos hasta fechas tardías, en todo el Mediterráneo.

La segunda obsesión compartida por todos los colectivos de la cultura griega y romana, cuando no se puede evitar la muerte en el agua, se centra en implorar a los dioses que el cuerpo sea hallado antes de descomponerse por completo, para que reciba la correspondiente inhumación. Efectivamente, la principal angustia que experimentan quienes advierten su próxima muerte en el mar proviene de la altísima probabilidad de quedar insepultos y, por tanto, de sufrir la desaparición íntegra del cuerpo, viéndose privados de honras fúnebres. Padecer el destino de ser devorado por los peces siempre fue considerado como una terrible maldición, que convertía al difunto en un alma en pena, nunca sosegada y permanentemente dispuesta a causar daño. Es curioso en este aspecto, la creencia del daño que pueden causar los muertos si no se les respetaba debidamente. Igual que pasaba con los muertos por suicidio en Roma, que algunas veces llegaban a esa vía por venganza contra sus enemigos, el pensamiento y compromiso general de la sociedad clásica en dar sepultura digna a sus muertos llegaba a crear leyendas y supersticiones sobre éstos, quienes podían incluso interferir en la vida de los vivos y causar males.

En estas creencias, esta forma de muerte destruía por completo la condición humana del difunto y eliminaba el puesto que debería haber ocupado en la memoria colectiva de las siguientes generaciones. Este dato es importante ya que, quizá por influencia de religiones orientales como la egipcia, en Roma se creía que, con la pervivencia del nombre y el recuerdo de los antepasados, los muertos restaban con los vivos y nunca de por sí “morían”, permaneciendo vivos en el recuerdo de sus familiares y amigos; era una forma de obtener “la vida eterna”.  Sin embargo, el cadáver ultrajado no tenía derecho ni al silencio de la muerte habitual ni a los cantos de alabanza del muerto heroico; no vive, puesto que se le ha matado, ni está muerto, ya que al ser privado de sus funerales pasa a representar lo que no puede ser celebrado ni en adelante olvidado: aquello que los excluía a la vez de los vivos y de los muertos.

En definitiva, las concepciones más arraigadas sobre la muerte y el Más Allá en el mundo grecolatino no muestran un imaginario común a todos en todas las épocas, ni un pensamiento colectivo. Sin embargo, la abundancia de ritos funerarios representaba la diversidad de concepciones de todo tipo que pretendían reducir, o al menos apaciguar, la angustia que se anticipa al momento de la muerte. La exitosa liberación del alma dependía completamente de la exitosa consumación de ritos complejos y supersticiosos, exceptuando las preocupaciones propias de aquellos que por desgracia no pudieran ser enterrados o que sufrieran el destino maldito de los suicidas.

Bibliografía

VAQUERIDO, D. “La muerte en la Hispania Romana. Ideología y prácticas”, Actas VIII Congreso Nacional de Paleontología, 2003.

FERRER ALBELDA, E., MARÍN CEBALLOS, Mª C., PREREIRA DELGADO, A. (coords). “La religión y el mar: dioses y ritos de navegación en el Mediterráneo Antiguo“. Universidad de Sevilla. Secretariado de publicaciones Arzobispado de Sevilla.  SPAL Monografías, 2012.

BLÁZQUEZ, J M., MARTÍNEZ-PINNA,  J.,  MONTERO, S. “Historia de las Religiones Antiguas, Oriente, Grecia y Roma“. Catedra, 1993.

LÓPEZ BARJA DE QUIROGA, P., LOMAS SALMONTE, F.J. “Historia de Roma“. Akal textos. Madrid, 2004.

Redactor: Sara Muñoz Muñoz

Licenciada en Historia en la Universidad de Sevilla y Máster en Estudios Históricos Avanzados por el itinerario de Historia Antigua en la misma Universidad. Mi perfil académico se inclina en el estudio de la epigrafía latina en Hispania, y en la política, economía y sociedad del Imperio Romano. Apelo a la renovación de los conceptos historiográficos en las nuevas generaciones de historiadores.

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