El comercio de armas entre Castilla y Aragón a finales del siglo XIV: el viaje de negocios de Fernando Tacón

El objetivo del presente artículo es ofrecer una visión general de la realidad comercial entre las coronas de Castilla y Aragón a finales del siglo XIV, así como de las gestiones a las que tenían que hacer frente las distintas misiones comerciales. Concretamente me centraré en el comercio de armas, mercancías que entraban dentro de la lista de las denominadas “cosas vedadas”, es decir, cuyo tráfico estaba prohibido o muy controlado y limitado. Como guía argumentativa utilizaré un informe comercial de libramiento de cuentas del año 1393, repleto de información y muy minucioso, del viaje que a comienzos de dicho año realizó el notario murciano Fernando Tacón, en representación del concejo de Murcia, a Barcelona con la intención de comprar un elevado número de utensilios militares. Dicho informe, así como la mayoría de referencias archivísticas del artículo, proceden del acta capitular de los años 1392-1393, fols. 315r-319r, conservada en el Archivo Municipal de Murcia (en adelante AMM).

A comienzos de 1393, la situación del concejo de Murcia era realmente incierta. A las luchas internas entre los bandos de “Manueles y Fajardos”, había que sumar la cada vez mayor presión que sobre las fronteras del Reino de Murcia ejercía el nuevo rey de Granada, Muhammad VII, quien constantemente, amenazaba con entrar en el reino con un gran ejercito. Ante esta situación, y dada la escasez de los arsenales del concejo, las autoridades municipales decidieron realizar una gran expedición comercial a Barcelona, uno de los principales centros comerciales del Mediterráneo, para aprovisionarse del mayor número posible de armas. El mando de dicha misión recayó en el notario municipal, Fernando Tacón. El concejo consiguió reunir para dicha misión una suma bastante considerable, 800 florines, es decir, 17.600 maravedís (a razón de 22 maravedís por cada florín). Tenía además un permiso de las autoridades municipales para pedir préstamos en Barcelona, hasta un total de 1.500 florines, aunque con 300 tuvo suficiente para pagar las armas.

Antes de entrar en los pormenores del viaje del notario, creo conveniente hacer una breve reflexión sobre las mercancías denominadas “cosas vedadas”. En efecto, como ya he mencionado antes, por esta denominación entendemos todo aquel producto, que dependiendo de la situación política que atravesasen las relaciones diplomáticas entre Castilla y Aragón, su comercialización estaba o bien prohibida, o en su defecto muy limitada su exportación. Entre dicho tipo de mercancías podemos encontrar tanto productos alimenticios (ganado, vino, aceite), como diversos tipos de objetos metálicos, principalmente armas. En agosto de 1371, durante un período en que las relaciones castellano-aragonesas no pasaban por sus mejores momentos, el monarca aragonés, Pedro IV, redactó unas ordenanzas, dirigidas al “baile general de Aragón”, en donde se especificaba que productos estaban vetados a los comerciantes castellanos. Dicho oficial, cuyas funciones principales recaían en la salvaguardia del patrimonio del rey en cada uno de los distintos territorios de la Corona de Aragón, era también el encargado de controlar el tranquilo tránsito de la actividad comercial, y de vigilar de manera especial, que se cumpliesen escrupulosamente las ordenanzas relativas al comercio de cosas vedadas. En dichas ordenanzas, entraban en esa lista los siguientes productos:

“… el dito senyor (rey) manda a todos en general (…) ne fazer o consentir sacar del dito regno, por terra ni por agua (…) ni oro, argent (…) azero, fierro, canyamo, ballestas, lanças, dardos, cuyraças, spadas, cuytiellos, paveses (…) ni algunos otros arneses de armar…” [1]

Representación de la "Taula de Canvi". Fuente.

Representación de la “Taula de Canvi”. Fuente

Sin embargo, en 1393, las relaciones entre las dos coronas pasaban por un momento de buenas relaciones. El rey aragonés, Juan I, y el castellano Enrique III, eran tío y sobrino respectivamente, lo que añadía un toque de gran familiaridad a los asuntos tocantes a las dos coronas. Por este motivo, y dado el gran interés que el soberano aragonés mostraba en la defensa conjunta de los dos reinos contra los granadinos, se entiende que el comercio de armas volviera a estar activo, aunque como hemos mencionado antes, con las restricciones propias de la naturaleza de dichas mercancías. En esta coyuntura, comenzó Fernando Tacón su aventura comercial. Aunque no lo especifica la documentación, debió de partir hacia Barcelona en barco, embarcándose en alguno de los puertos más cercanos, Alicante o Cartagena. El transporte por mar no solo era más económico que los viajes por tierra, también era más rápido. En verdad, cuando las condiciones meteorológicas eran favorables para la navegación, los trayectos se hacían en muy poco tiempo. Así pues, las 285 millas náuticas que separan Cartagena de Barcelona (unos 528 kilómetros), con un tiempo propicio, podían realizarse en un par de días perfectamente, mientras que por tierra, se tardaban semanas.

La primera parada del notario fue Valencia, una ciudad con un gran crecimiento y una amplia actividad comercial en aquellos tiempos. Tras comprar algunos utensilios para el almotacén del concejo (un peso y una balanza), se dirigió a la “Taula de Canvi”. Dicha institución, precedente inmediato de la banca moderna, estaba destinada al cambio de divisas y al pago de las “letras de cambio”. Dichas letras, surgidas en el siglo XIV, fuero una de las mayores aportaciones al desarrollo de la economía “capitalista” en dicho siglo. Por primera vez, se podía llevar una gran cantidad de dinero de un lado a otro, sin temor a que dicha cantidad pudiera ser robada o extraviada. La letra de cambio que llevaba Fernando Tacón, por valor de 90 florines, se la habían entregado los miembros de la colonia genovesa de Murcia. Sin embargo, dado que la moneda de la letra de cambio no eran inicialmente florines aragoneses, al hacer el cambio de divisas correspondiente, hubo de pagar un pequeño interés de 15 maravedís:

“Page por el camio de los noventa florines que me avían de dar en Valençia, por carta que leve de canvio de los ginoveses, a un coronado por florín, que son siete sueldos e medio, que balen quinse maravedís.” [2]

Una vez llegado a Barcelona, comenzaba el objetivo principal de su misión. A diferencia de la ciudad de Valencia, que iba camino de convertirse en el principal núcleo de la Corona de Aragón en todos los aspectos, Barcelona se encontraba en un proceso de continuada decadencia, aunque hoy día la mayoría de estudiosos consideran que la desaceleración económica de Barcelona y del conjunto de territorios catalanes no fue tan aguda como ha planteado la historiografía más clásica. Con todo, la ciudad condal no pasaba por sus mejores momentos, pues en los últimos años del reinado de Pedro IV de Aragón se habían producido grandes turbaciones en el tejido económico del territorio, siendo el síntoma más importante de este hecho la quiebra de la banca catalana entre 1381 y 1383. Aun así, los mercados de Barcelona seguían siendo reclamo de gran número de comerciantes, pues en ellos se podían encontrar gran número de mercancías procedentes de todos los rincones no solo del Mediterráneo, sino de toda Europa.

Conjunto de las armas que compró Fernando Tacón y el valor de las mismas. Fuente: MARTÍNEZ CARRILLO, Mª de los Llanos, Manueles y Fajardos. La crisis bajomedieval en Murcia, Murcia: Academia Alfonso X el Sabio, 1985, p- 180

Conjunto de las armas que compró Fernando Tacón y el valor de las mismas. Fuente: MARTÍNEZ CARRILLO, Mª de los Llanos, Manueles y Fajardos. La crisis bajomedieval en Murcia, Murcia: Academia Alfonso X el Sabio, 1985, p- 180

Una vez compradas todas las armas (véase el cuadro correspondiente), se debía empaquetar toda la mercancía de la mejor forma posible, antes de mandarla a las aduanas, para posteriormente embarcarla en el navío que la llevaría al puerto de Cartagena. La minuciosidad de las cuentas de Fernando Tacón, refleja al detalle el proceso de empaquetado de las armas que había comprado, así como las cantidades que pagó durante dicho proceso:

“- Costaron veynte e una sarria de palma, e un sarrión, es a saber, las sarrias a dos sueldos e quatro dineros cada una, e el sarrión quatro dineros, para en que vyniesen las ballestas, e çintos, e fojas, e baçinetes, que montaron quarenta e nueve sueldos e quatro dineros, que valen noventa e ocho maravedís e quatro coronados.

- Costaron treynta e dos cuerdas para atar los costales, e tres delgadas para los coser, a tres dineros cada una, que valen ocho sueldos e nueve dineros, que valen desisiete maravedís e medio.

- Costaron de levar treynta e quatro costales de la çibdat a la mar, para poner en la fusta, dies sueldos, que valen veynte maravedís.” [3]

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Representación iconográfica de armeros dando forma a un peto. Fuente

Quedaba ahora la parte más complicada del viaje, pasar la mercancía por la aduana intentando que los oficiales del baile general de Cataluña no descubriesen que el notario había comprado más armas de las que estaba permitido adquirir. El primer trámite de la aduana era pagar la “carta de licencia del baile general”. Este trámite no suponía una gran complicación, pues simplemente había que declarar por escrito que mercancías, y cuanta cantidad, se habían adquirido. Una vez declarada la mercancía, se pagaba una determinada cantidad, en este caso un florín y medio (33 maravedís), por la emisión del documento. Tras haber obtenido la carta de licencia, la mercancía era depositada en la aduana, para que el fiscal del baile examinara que los productos se correspondían con lo declarado en la carta de licencia. En caso de que no fuera así, se debía de proceder a la confiscación de la mercancía. Sin embargo, tal y como ocurre en nuestro días, y desde luego ha existido siempre, la corrupción estaba a la orden del día. Lo curioso es ver como Fernando Tacón, sin ningún tipo de reparo, declaró en su libramiento de cuentas, como hubo de sobornar al fiscal del baile para que no abriese los costales donde tenía guardadas las armas:

“Di al fiscal del bayle, porque no desatase los costales, por ver si levava más de lo que tenía liçençia, medio floryn, que valen onze maravedís.” [4]

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Representación del comercio marítimo en la Edad Media. Fuente

Tras ser comprobada la mercancía en la aduana, había que pagar los diversos impuestos correspondientes a la exportación de mercancías. Principalmente eran dos los impuestos que más sobresalían: la “quema” y el “impuesto de generalidades”. La “quema” era un impuesto que pagaban los comerciantes castellanos en Aragón y viceversa, establecido con el fin de compensar a los naturales de cada reino, afectados por las agresiones de los habitantes del otro reino. Surgido en la primera mitad del siglo XIV, fue un impuesto muy impopular tanto para castellanos como para aragoneses, y en más de una ocasión se pidió a los respectivos monarcas de ambos reinos que procediesen a su supresión. El “impuesto de generalidades”, por el contrario, afectaba por igual tanto a los comerciantes extranjeros como a los súbditos del rey de Aragón, debiéndose de pagar por cualquier tipo de mercancías que se fuese a exportar fuera de los territorios de la Corona de Aragón. Como su propio nombre indica, eran las “generalidades” de cada territorio, la de Cataluña en el caso que nos compete, las encargadas de recaudarlos. Dicho impuesto había sido creado en 1364, y su función principal era la de dotar de recursos económicos a las “generalidades permanentes” que habían surgido en cada territorio, y cuya misión principal era la recaudación y administración de impuestos. Dado que la tasa a pagar por ambos impuestos dependía del peso total de la mercancía adquirida, Fernando Tacón hubo de pagar por cada uno de dichos derechos 200 sueldos respectivamente, sumando un total de 800 maravedís.

Por último, quedaba el transporte de las mercancías por mar. Para dicha gestión se debía de concertar antes del viaje, con el patrón de la embarcación, el “flete” que se debía de pagar por el transporte de los productos. El contrato de dicho servicio debía quedar reflejado por escrito, y en cuanto al pago, aunque en la mayoría de ocasiones se abonaba antes del viaje la transacción económica también se podía realizar una vez que la mercancía había llegado a su destino, tal y como se dio en esta ocasión. Fernando Tacón fletó para el transporte de las armas una fusta, es decir, una embarcación no muy grande pero rápida y segura, acordando con el patrón de dicho navío el pago de 25 florines por el transporte de la mercancía de Barcelona a Cartagena. Cuando el punto de destino no estaba muy alejado de la ruta de la embarcación, era normal que se fuesen enviado mensajeros para dar aviso del avance de la embarcación. Así pues, el lunes, día 17 de marzo de dicho año de 1393, llegó un mensajero de Alicante, avisando que la fusta acababa de atracar en dicho puerto. Al día siguiente, fue un mensajero procedente de Cartagena quien avisó a las autoridades concejiles que la fusta había llegado a su puerto de destino. Se envió entonces una recua de mulas para ir a recoger las armas, así como los 25 florines prometidos al patrón de la fusta por el flete de la mercancía. Terminaba así la aventura comercial de Fernando Tacón. Las armas fueron vendidas en almoneda pública a los vecinos del concejo, quedando algunas reservadas para los arsenales del concejo.

Pieter Bruegel. El combate del carnaval y la cuaresma (1559)

El combate entre don Carnal y doña Cuaresma (1559), Pieter Brueghel. Fuente

Bibliografía|

DIAGO HERNANDO, Máximo, “La «quema». Trayectoria histórica de un impuesto sobre los flujos comerciales entre las coronas de Castilla y Aragón (siglos XIV-XV)”, Anuario de Estudios Medievales, nº 30/1. Barcelona: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2000. pp. 91-156.

DIAGO HERNANDO, Máximo, “Introducción al estudio del comercio entre las coronas de Aragón y Castilla durante el siglo XIV: las mercancías objeto de intercambio”, En la España Medieval, nº 24. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2001. pp. 47-101.

FERRER NAVARRO, Ramón, La exportación valenciana en el siglo XIV, Zaragoza, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1977.

GARCÍA SANZ, Arcadio, “Fletamientos catalanes medievales”, Historia. Instituciones. Documentos, nº 5. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1978. pp. 237-256.

GONZÁLEZ ARCE, José Damián, Gremios, producción artesanal y mercado. Murcia, siglos XIV y XV, Murcia: Universidad de Murcia, 2000.

MARTÍNEZ CARRILLO, Mª de los Llanos, Manueles y Fajardos. La crisis bajomedieval en Murcia, Murcia: Academia Alfonso X el Sabio, 1985.

MAYORDOMO GARCÍA-CHICOTE, Francisco, La Taula de Canvis: aportación a la historia de la contabilidad valenciana (siglos XIII-XVII), Valencia: Universidad de Valencia, 2002.

MITRE FERNÁNDEZ, Emilio, “Las relaciones castellano-aragonesas al ascenso al trono de Enrique III”, Anuario de Estudios Medievales, nº 17. Barcelona: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1987. pp. 299-307.

PILES ROS, Leopoldo, Estudio documental sobre el bayle general de Valencia, su autoridad y jurisdicción, Valencia: Institución Alfonso el Magnánimo, 1970.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Historia social y económica de la Edad Media europea, Madrid: Espasa-Calpe, 1969.


[1] Archivo de la Corona de Aragón, Cancillería Real, reg. 1085, fol. 104r.

[2] AMM, AC16, fol. 315v.

[3] AMM, AC16, fols. 318r-v.

[4] AMM, AC16, fol. 318v.

Redactor: José Marcos García Isaac

Licenciado en Historia por la universidad de Murcia y máster en Estudios Medievales por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente estoy realizando el doctorado en Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. Principales temas de interés: Historia jurídica (europea en general), diplomática (principalmente de la Corona de Aragón), naval (de la Corona de Aragón) y ordenes de caballería monárquicas durante la Baja Edad Media.

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