Del aula a la protesta. La oposición estudiantil durante el Franquismo.

Tirando del hilo. El papel de los estudiantes en la lucha democrática: el fin de la dictadura primorriverista y el establecimiento de la IIª República.

La configuración de una resistencia estudiantil en el campo de la oposición antifranquista no fue un hecho aislado y desprovisto de antecedentes históricos. Deberíamos de remontarnos a la década de los años 20 del pasado siglo, especialmente los años de la dictadura del general Primo de Rivera, para rastrear los orígenes de la protesta estudiantil política en España en un sentido  democratizador y moderno.

Fue en esta época, durante el mandato del Marqués de Estella, cuando el movimiento estudiantil democrático logró consolidar una estructura organizativa de ámbito nacional –primero a través de la Unión Liberal de Estudiantes (ULE), y poco tiempo después, en enero de 1927, encauzada en la conocida Federación Universitaria Escolar (FUE)-, con un aparato más o menos cohesionado en todas las ramas de la enseñanza superior, y, ante todo, lo más destacable, con una poderosa influencia social. Lo que comenzó como una respuesta corporativa ante la aprobación del llamado Plan Callejo (1), rápidamente creció hacia un potente movimiento huelguístico universitario que se extendió más allá de las reivindicaciones escolares.

Gracias a la alianza de facto que cristalizó entre un sector de la intelectualidad española y el movimiento estudiantil, organizada contra la política del dictador, el régimen se vio acorralado. Algunos autores, incluso, han puesto de relieve el papel determinante de la protesta estudiantil para acabar con el sistema dictatorial presidido por el militar jerezano, y es que Primo de Rivera fue objeto de burla y escarnio cada vez que hacía acto de presencia en actos académico-intelectuales. Dos ejemplos que pueden ayudarnos a entender esto que decimos son el enfrentamiento que mantuvieron Antoni María Sbert, dirigente estudiantil y más tarde líder de la FUE, y Primo de Rivera, durante la apertura del curso Académico en la Escuela de Agrónomos de Madrid en el año 1925, junto a otro episodio destacable, la inauguración del monumento a Ramón y Cajal en abril 1926, donde el discurso del dictador fue silbado por los estudiantes que allí se concentraron.

Símbolo del Sindicato Español Universitario, organización estudiantil oficial durante el régimen franquista, y uno de los enemigos principales del movimiento estudiantil democrático. El SEU será literalmente tomado por la oposición estudiantil, y el gobierno decidirá sustituirlo por las Asociaciones Profesionales de Estudiantes.

Símbolo del Sindicato Español Universitario, organización estudiantil oficial durante el régimen franquista, y uno de los enemigos principales del movimiento estudiantil democrático. El SEU será literalmente tomado por la oposición estudiantil, y el gobierno decidirá sustituirlo por las Asociaciones Profesionales de Estudiantes.

El advenimiento del nuevo régimen republicano en España no aminoró la participación escolar, sino todo lo contrario. La impronta estudiantil ya se dejaba ver y sentir en la campaña electoral de los comicios municipales de abril de 1931. La clara significación de la FUE con las instituciones republicanas y los partidos políticos que sostuvieron la nueva legalidad le sirvió para ostentar la representación oficial de los alumnos en los órganos universitarios. Sin embargo, y aun reconociendo el carácter oficialista que llegó a poseer la federación, sus miembros amagaron con una huelga general en marzo de 1933 por el cumplimiento de sus reivindicaciones, entre las que se encontraba un programa de reforma integral del sistema educativo.

Los sucesivos gobiernos, con las derechas en el poder, fueron alterando el tránsito por el que la universidad y el estudiantado habían concurrido desde años atrás. Los estudiantes católicos, verdaderos competidores de la FUE, lograron mayores cotas de afiliación, al tiempo que del lado del tradicionalismo también aparecían experiencias organizativas estudiantiles. Pero, sin lugar a dudas, la universidad no será la misma tras la aparición del Sindicato Español Universitario (SEU) en noviembre de 1933, frente estudiantil de la Falange. A partir de entonces, y con la progresiva introducción de elementos socialistas y comunistas en la FUE, la conflictividad y violencia se recrudecerán, en las aulas y las calles.

La sublevación militar del 18 de julio de 1936 y la posterior Guerra Civil, pondrán fin al desconocido movimiento estudiantil que se había desarrollado. Las aspiraciones por modernizar y democratizar la enseñanza y cultura en España quedarán, por unos años, relegadas del espacio público. Habrá que esperar un tiempo para que nuevas generaciones de estudiantes tomen el testigo.

La lenta reconstrucción: del largo exilio a las primeras acciones.

El panorama de la universidad española después de la guerra no podía ser más desolador. En palabras del historiador Manuel Tuñón de Lara -recogidas por González Calleja-, militante de la FUE en los últimos años de la IIª República, “la composición social de los universitarios españoles se ha hecho más reducida (…). En consecuencia, el porcentaje de «señoritos» es hoy mayor, y menor el de hijos de las clases medias”.

Los restos de la FUE estaban dispersos en la diáspora española, y como pudieron, se reagruparon tanto en los círculos de la emigración en México como en los inhóspitos campos de concentración franceses. En el interior del país, el propio Tuñón de Lara auspiciará la creación de  la Unión de Intelectuales Libres, que pronto integrará a militantes de la FUE que quedaban en España, miembros de la Federación de Enseñanza de la UGT y jóvenes escritores. Por desgracia, en agosto de 1945 la caída de un militante de la federación en Córdoba acabó con este primer intento de reorganización escolar.

Entre 1946 y 1947, la FUE pasará a estar formada por aquellos hijos de la burguesía derrotada. Estos jóvenes comparten el no haber sido partícipes directos de la guerra. Esta organización, más profesional y liberal, contará en sus filas a Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana. Una de las acciones más sonadas de la federación fue la realización una pintada en la parte trasera de Filosofía y Letras de Madrid en marzo del 1947, siendo detenidos por este hecho Manuel y Nicolás al siguiente mes (2). Convivían con otra FUE de influencia comunista, pero las diferencias, agudizadas por el evidente control del PCE, y las detenciones llevaron al traste la unificación.

En el ámbito catalán, surgió el Front Universitari de Catalunya (FUC), organizado clandestinamente en Barcelona en torno a noviembre de 1944, y durante abril de 1946 renació la Federación Nacional de Estudiantes Catalanes (FNEC) con la unión de miembros del FUC, Bloc Escolar Nacionalista y antiguos dirigentes de la FNEC en su etapa republicana.

Pintadas de la FUE realizadas en 1947 en la Universidad de Madrid.

Pintadas de la FUE realizadas en 1947 en la Universidad de Madrid.

Los hijos del régimen frente a sus padres.

1956 resultó ser un año clave para entender la crisis social que sufrió la universidad franquista, puesta de manifiesto con la ruptura entre la juventud universitaria y el poder académico-político. El clima que por entonces se respiraba en las aulas universitarias distaba, en parte, del descrito por Tuñón de Lara. Se habían popularizado actividades sociales y lúdicas tales como el Teatro Español Universitario (TEU), el Servicio Universitario del Trabajo (SUT) (3), los cine-clubs, junto con los viajes y excursiones. Estas actividades, aunque promovidas y desarrolladas bajo el amparo de los organismos del SEU y la propia universidad, fueron rápidamente aprovechados por aquella juventud más inquieta por los problemas sociales que vivía el país, desligada en muchos casos de la retórica falangista que todavía hacía ostensible el régimen.

El rector de la Universidad de Madrid, Pedro Laín, encargó la realización de una encuesta con el fin de conocer el sentimiento político e ideológico de los universitarios. Las conclusiones resultaron alarmantes para las autoridades académicas, la desafección al régimen era más que palpable.

Antes, en enero de 1954, una movilización promovida por el SEU contra la visita de Isabel II y a favor de la españolidad de Gibraltar fue finalmente desbordada por la masa estudiantil, que organizó manifestaciones y hasta convocó un paro de dos días en clara protesta a la brutalidad policial, exigiendo además la dimisión de varios mandos de la oscura Dirección General de Seguridad.

¿Qué había ocurrido? El sindicato falangista estaba desacreditado a ojos del alumnado, mientras que las jerarquías académicas y políticas tampoco reunían legitimidad para el cuerpo estudiantil, y lo que tampoco es menos importante, la pasividad ante el estado de las cosas viró a un nuevo estadio, hacia un sentimiento de ruptura y a favor de las libertades democráticas. Otro síntoma de lo que venimos describiendo podemos encontrarlo en el acto que se celebró en noviembre de 1955 por la muerte de Ortega y Gasset en la universidad madrileña, evento que se transformó en una exhibición antifranquista.

El punto culmen del proceso de cambio llegará con las elecciones a delegados de curso libres en febrero de 1956. En la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid se hacen con la victoria las candidaturas independientes. Seguidamente, el SEU anula los comicios, y los estudiantes, como protesta, ocupan los locales seuistas en Derecho y CCPP y Económicas. El 8 de febrero la movilización se traslada a la sede del Ministerio de Educación. La huelga había sido convocada, y los estudiantes claman ante el edificio ministerial contra el delegado del sindicato falangista en el distrito madrileño. Cuando volvieron a la Universidad se toparon con decenas de miembros de la Guardia de Franco, quienes provistos incluso de armas de fuego, atacaron a los universitarios. Después de una improvisada manifestación, y con los elementos falangistas todavía en las instalaciones universitarias, los estudiantes «disidentes» lograron expulsar a la fuerza a sus atacantes.

El 9 de febrero, con motivo del día del estudiante caído (4), se preparó una manifestación falangista en la que se involucró la plana mayor de la organización. La marcha acabó en una batalla campal con los estudiantes «rebeldes». Estos hechos fueron seguidos por una huelga general, y las detenciones sumarán hasta el medio centenar de universitarios. Las movilizaciones contra el SEU fueron secundadas hasta por los sectores católicos y tradicionalistas, además de aquellos seguidores de las posturas antigubernamentales del camisa vieja Ridruejo. El tremendo desprestigio de las organizaciones oficiales entre el estudiantado generó un sentimiento de conmoción y desconcierto en los jerarcas del régimen. Y no era para menos, los que estaban llamados a continuar con el régimen, los hijos de los «vencedores», acababan de rebelarse. Entre otras consecuencias inmediatas de febrero del 56 están la dimisión de Pedro Laín, Rector de la Universidad de Madrid, y el cese de Ruiz-Giménez, ministro de Educación, por parte el gobierno.

En Cataluña, la oposición estudiantil también se sumó a la oleada contestataria, promoviendo importantes acciones de protesta en los meses de enero y febrero de 1957. Los estudiantes se implicarán en la histórica huelga de tranvías en la ciudad condal, y además exigirán la modernización de la universidad, así como la instauración de estudios de lengua catalana. El proceso que se irá fraguando a partir de estos años en la década de los 60 posibilitará la clarificación de un nuevo agente organizador y movilizador del alumnado universitario español con las siguientes claves: «democrático», «político-social», «contracultural» y «reivindicativo».

Articulación y radicalización del movimiento estudiantil.

La vanguardia estudiantil estableció una orientación fundamental para el periodo que se abría, había que entrar en el SEU y hacerse con la dirección. Para el curso 1960-1961, al fin, los delegados de curso serán elegidos libremente. El gobierno no podrá hacer más que reconocer esta realidad por medio de un Decreto. Desde esta posición, los estudiantes antifranquistas lograron con éxito ampliar las actividades culturales que se venían realizando, más la edición de revistas y boletines que, en muchos casos, conseguían sortear las estrechas miras de la censura.

La situación ofrecía un salto cualitativo en el repertorio de reivindicaciones estudiantiles, que iban desde la amnistía para los estudiantes represaliados, o la solidaridad con los mineros asturianos en 1962. Organizados en la Federación Universitaria Democrática de España, los estudiantes de Madrid y Barcelona dirige el entrismo en el cada vez más inoperante SEU, llegando a un punto de no retorno en el curso 1963-1964, cuando en Sevilla y Barcelona los representantes estudiantiles rompen con el SEU. Al año siguiente se reclamaron un sindicato democrático e independiente, garante de la reforma modernizadora que los estudiantes predicaban para la universidad. Luchar por la democracia en la universidad, según manifestaban los alumnos, significaba contribuir a la lucha por la democracia en el país.

Barcelona será la ciudad elegida para celebrar, en marzo de 1965, la Primera Coordinadora Nacional de Estudiantes, que con nutrida representación de las universidades del país, entre otros, aprobó la supresión del SEU, la creación de un Sindicato Democrático Independiente, la abolición de la Ley de Universidades vigente y la reforma del sistema de enseñanza.

Las críticas al mundo universitario se van perfilando con enorme precisión: desde las normas que impedían la libertad de pensamiento, el elitismo que promovían los centros universitarios en sus métodos de selección, la poca calidad de los profesores, hasta los malos planes de estudio, pasando por la nula participación de los estudiantes en la vida académica, eran objeto de reproche.

Y llegamos a 1965, año en el que el gobierno acaba con el SEU, sustituyéndolo por las Asociaciones Profesionales Estudiantiles (APE). En cambio, esta maniobra orquestada desde el poder, anima a que muchos estudiantes, todavía inactivos, den el paso a constituir el Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios (SDEU), siendo el primero de todos ellos el barcelonés. El SDEUB aparecerá en los hechos conocidos como la capuchinada, cuando un grupo de representantes estudiantiles, profesores, intelectuales y miembros de la Iglesia (entre ellos los frailes del convento capuchino de Sarriá, que acogieron la reunión) darán a conocer en marzo de 1966 los documentos fundacionales del sindicato. Un sector del profesorado hacía patente su oposición al régimen, y muchos docentes pagaron con expedientes su solidaridad hacia los estudiantes.

Entrada al convento de los Capuchinos en Sarriá en 1966 mientras un grupo de estudiantes y profesores fundaban en su interior el SDEUB.

Entrada al convento de los Capuchinos en Sarriá en 1966 mientras un grupo de estudiantes y profesores fundaban en su interior el SDEUB.

Las actividades que realizaban siempre estuvieron sujetas a las más duras condiciones de la clandestinidad. Éstas contemplaban el reparto de octavillas, las manifestaciones, encierros en facultades, sentadas en las propias instalaciones educativas, envío de escritos de protesta a diferentes organismos y responsables académicos, o la convocatoria de paros académicos.

Por otro lado, a mediados de los 60 el PCE fue dejando un reguero de escisiones por su izquierda que tendrá una incidencia especial en los campus universitarios. Organizaciones trotskistas, maoístas, otras fundadas en el guevarismo, e incluso aquellas que desde el catolicismo social se aproximan al marxismo-leninismo, aparecerán entre los sectores estudiantiles. Tacharon de reformista la política del PCE, y arremetieron con dureza al SDEU. La representación «burocratizada» era censurada por los grupos de la izquierda revolucionaria que clamaban por una política radical. Asambleas, comisiones y comités de acción, tal y como recoge Gómez Oliver de la obra de Fernández Buey, eran los órganos de los que se dotaban estos estudiantes. Y la reivindicación de una universidad democrática y moderna, quedaba en un segundo plano, subordinada a la lucha contra el capitalismo monopolista español en favor de un régimen de tipo socialista.

En los sucesivos años, hasta el ocaso del régimen, la radicalización y masividad de la protesta escolar motivó la creación en 1969 de la Policía de Orden Universitario, fuerza de seguridad que no requería la autorización de rectores o decanos para ocupar los centros universitarios, al tiempo que el Tribunal de Orden Público (TOP) se empleó a fondo en doblegar a los estudiantes rebeldes.

A modo de conclusión.

El debate, la toma de decisiones de forma colectiva, o la lucha por modernizar la Universidad y democratizar el país, forman parte del lazo de continuidad de esa «escuela de ciudadanía democrática», como diría Gómez Oliver, en que el movimiento estudiantil español se convirtió. Los estudiantes supieron conquistar espacios de organización propios, ajenos al asfixiante control del régimen, desde donde educaron a toda una generación, la suya propia, en los valores de la democracia, libertad y justicia.

(*) Notas.

(1) La reforma del artículo 53, denominado popularmente como Plan Callejo, otorgaba validez a los títulos cursados en el colegio agustino de El Escorial y en su homólogo jesuita de Deusto.

(2) Como curiosidad, los dos detenidos fueron enviados al campo de trabajo del Valle de los Caídos, y protagonizarán una espectacular huida que, finalmente, les conducirá al exilio en Francia. Manuel Lamana relató los hechos en su novela Otros hombres, texto que fue llevado al cine en 1998 con el título de Los años bárbaros.

(3) Gracias a esta iniciativa, muchos estudiantes tomaron conciencia de la miserable vida que llevaban los obreros y campesinos españoles, implementando así una notable radicalización de la juventud universitaria.

(4) En homenaje al mártir Matías Montero, militante del Sindicato Español Universitario y primer miembro de Falange asesinado en 1934 tras un atentado.

Bibliografía|

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MANCEBO, MARÍA FERNANDA, “La consolidación del movimiento estudiantil (1920-1947)”, Saitabi, 1999, nº 49, págs. 93-123.

GARCÍA QUEIPO DE LLANO, GENOVEVA, “La rebelión de los estudiantes y la movilización intelectual contra la Dictadura (1929)”, Boletín de la Real Academia de la Historia, nº 184, págs. 315-358.

GÓMEZ OLIVER, MIGUEL, “El Movimiento Estudiantil español durante el Franquismo (1965-1975)”, Revista Crítica de Ciências Sociais, núm. 81, Junio, 2008, págs. 93-110.

GONZÁLEZ CALLEJA, EDUARDO, Rebelión en las aulas. Movilización y protesta estudiantil en la España Contemporánea. 1865-2008, Alianza Editorial: Madrid, 2009.

HERNÁNDEZ SANDIOCA, ELENA, RUIZ CARNICER, MIGUEL ÁNGEL, BALDÓ LACOMBA, MARC, Estudiantes contra Franco (1939-1975). Oposición política y movilización juvenil, La Esfera de los Libros: Madrid, 2007.

LÓPEZ-REY, JOSÉ, Los estudiantes frente a la dictadura, Ediciones Morata: Madrid, 1930.

RUEDA ISABEL, HERNÁNDEZ, CLAUDIO, “Siempre a la cabeza: los estudiantes granadinos en los extremos del Franquismo” en QUIROSA-CHEYROUZE MUÑOZ, RAFAEL, FERNÁNDEZ AMADOR, MÓNICA (COORDS.), IV Congreso Internacional de Historia de la Transición en España, Instituto de Estudios Almerienses, Diputación de Almería, Almería, 2009.

Redactor: Francisco J. Hidalgo Carmona

Licenciado en Historia por la Universidad de Granada y estudiante del máster EURAME en la misma Universidad.

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