Deconstruyendo el mito de Indiana Jones: La Arqueología Profesional en España (I)

Hace varias semanas estuvo circulando por la red un artículo de Europa Press que hablaba de las consecuencias que la crisis económica ha tenido en la Arqueología Profesional. Básicamente, resumía algunas de las conclusiones a las que ha llegado un estudio que ha congregado a 21 países europeos dentro del denominado proyecto Descubriendo a los arqueólogos de Europa. En España, el encargado de dicha labor ha sido el INCIPIT–CSIC. Animo a aquellos interesados que todavía no lo conozcan a que le echen un vistazo, pues, humildemente, voy a dedicar los dos siguientes artículo a matizar la visión que nos da de la Arqueología Profesional en España.

Felipe Criado, director del INCIPIT-CSIC, ha sido el encargado de aportar los datos de España al estudio “Descubriendo a los arqueólogos europeos”. Fuente

Adelanto ya que a diferencia de los autores que han estudiado el caso español, no comparto su visión exageradamente optimista. No creo que estemos enfrentándonos a un problema coyuntural o de ‹‹desaceleración›› de un ‹‹sector›› que, en realidad, por la naturaleza y los intereses que guiaron su surgimiento y desarrollo, ha estado siempre en crisis. La Arqueología Profesional nació muerta. Y la actual crisis económica, al igual que para otras tantas cosas, sólo ha hecho sacar a flote sus miserias y desenmascarar sus contradicciones.

Aviso también a algunos lectores que lo que a continuación podrán leer no se parece en nada a la visión de la arqueología romántica que desde siempre se nos ha vendido. Aquí no se hablará de si el futuro de la arqueología está en manos de ‹‹Indiana Jones o Lara Croft››, sino de la cruda y dura realidad, la de una Arqueología Profesional indigna, en la que todos y sin excepción, liderados por el manto supremo de las administraciones (des)competentes, hemos sido partícipes, voluntaria o involuntariamente, de la destrucción sistemática del Patrimonio Arqueológico. Y todo ello sin rozar por un instante los límites sociolaborales de la subsistencia, que, por encima de templos malditos, arcas perdidas y copas divinas, ha sido nuestro más ansiado y fallido descubrimiento.

La Arqueología Profesional surgió en España en los años ochenta del siglo pasado. Hasta ese momento, la actividad arqueológica había sido monopolizada por departamentos universitarios, museos y otras instituciones afines que practicaban toda una suerte de endogamia de elites intelectuales cuyos resultados, más allá de servir para realzar la gloriosa providencia de una supuesta historia nacional, pocas veces trascendían a otros niveles de la sociedad. Sin embargo, el desarrollo urbanístico hizo que comenzaran a aparecer multitud de yacimientos arqueológicos y los equipos de investigación universitarios, con medios materiales limitados, rápidamente se vieron desbordados para hacer frente a tal volumen.

Paralelamente, el ‹‹boom›› del turismo que se vivía en España hizo que las emergentes administraciones públicas empezaran a considerar el potencial turístico y sobretodo económico que podían encerrar los restos arqueológicos. Al hilo de ello se desarrollaron las primeras legislaciones de Patrimonio, las cuales pregonaron a los cuatro vientos un supuesto valor ‹‹público›› de los restos arqueológicos, pero en realidad terminaron condenando a la actividad arqueológica a convertirse en un mero instrumento mediador, en un ‹‹intermediario técnico››, al servicio de los verdaderos intereses económico-turísticos que eran confundidos con ese ‹‹interés general›› de ‹‹lo público››.

Indiana Jones sigue siendo el arquetipo del arqueólogo para aquellos que no conocen la realidad de la práctica profesional.  Fuente

Indiana Jones sigue siendo el arquetipo del arqueólogo para aquellos que no conocen la realidad de la práctica profesional. Fuente

Se trataba pues de una fórmula peligrosa —como así se ha demostrado— ya que se corría el riesgo de que todos aquellos restos arqueológicos que no pasaran por el filtro de ese ‹‹interés›› no fueran conservados y terminaran siendo destruidos o condenados al ostracismo en polvorientos almacenes de museos. Así nació la Arqueología Profesional. No por un interés científico, ni siquiera patrimonial, sino para dar cabida y sentido en clave de explotación económica y turística a toda esa serie de nuevos yacimientos que iban apareciendo como consecuencia del desarrollo urbanístico.

Por aquel entonces hacía falta alguien que definiera qué hacer, qué significaba ese ‹‹interés›› y cómo debía ser la práctica arqueológica. A la cita faltaron intelectuales y arqueólogos, perdiéndose así una oportunidad única para haber abierto un debate, para redefinir el terreno de la práctica arqueológica, para confrontar ciencia y profesión. Sin embargo, ese papel, como hemos dicho, vinieron a desempeñarlo las nuevas consejerías autonómicas en materia de Patrimonio. Sociológicamente reprodujeron el rol que hasta entonces habían desempeñado los departamentos universitarios, y lejos de dinamizar la práctica arqueológica la convirtieron en una actividad todavía más endogámica mediante el despliegue de fuertes dosis de nepotismo.

Por un lado desarrollaron lo que se conoce como Arqueología Sistemática o de Investigación, en clara continuidad con lo que había sido la práctica arqueológica hasta entonces. Se pretendía que los departamentos universitarios siguieran acaparando los yacimientos en los que ya trabajaban y, a cambio de importantes subvenciones, que también dedicaran esfuerzos a la búsqueda de ese ‹‹interés›› e investigaran cómo podían ser explotados económicamente. Fue la época en la que empezó el ‹‹boom›› de las musealizaciones y las puestas en valor con el fin de atraer a la mayor cantidad posible de turistas. Pero lo más llamativo fue que la administración se reservó ‹‹derecho de admisión››, es decir, que dictaminaba quién podía o no investigar y sobretodo intervenir en un yacimiento. El mercadeo de permisos de autorización hizo que se dispararan unas redes clientelares transversales entre universidades y delegaciones de patrimonio y que aparecieran así los monopolio que unos cuantos han mantenido sobre los ‹‹grandes conjuntos arqueológicos››. Los arqueólogos que no se sumaron a esta práctica, o peor, la cuestionaron, directamente fueron condenados y apartados.

En cualquier caso esta práctica fue minoritaria. Para hacer frente a todo aquello que escapaba o no interesaba al marco de la Arqueología Sistemática, es decir, para encargarse de aquellos yacimientos que aparecieron o podían aparecer como consecuencias del aumento de los proyectos de edificación y de obra civil, surgió la (mal)llamada ‹‹Arqueología Preventiva››. El término está copiado de la Salvage Archaeology que se practica en otros países, pero por desgracia en España no se adoptó su naturaleza. Mediante planeamientos y evaluaciones prospectivas en las que intervienen de forma integral los distintos agentes sociales implicados, la Arqueología Preventiva (a la que dedicaremos el final de la segunda parte de este artículo) persigue el beneficio y el interés social-humanístico mediante la investigación, la conservación y la difusión de los restos arqueológicos. Por el contrario, la practicada en España, al estar subordinada exclusivamente al beneficio económico y la explotación turística, ha sido una Arqueología ad hoc, sustantiva e improvisada, que, por desgracia, la mayor parte de las veces ha terminado por convertirse en subexplotación y destrucción del Patrimonio al quedar casi siempre relegada a un papel secundario frente a otros intereses económicos más poderosos.

En mi opinión ¿cuál ha sido realmente, en la práctica, la fórmula seguida por esta Arqueología Profesional-Preventiva Básicamente la suma de tres elementos: liberalización en el mercado, nepotismo y entendimiento del Patrimonio en clave de explotación y beneficio económico directo. Analicemos que han supuesto cada elemento para los arqueólogos:

Desde el inicio, se nos hizo creer que las administraciones públicas no estaban en condiciones de financiar un volumen de actividades arqueológicas cada vez mayor. La solución fue liberalizar la práctica en el mercado de trabajo y hacer recaer los costes sobre los promotores de las obras que ocasionaban o podían ocasionar la aparición de restos arqueológicos. Rápidamente, el panorama se llenó de arqueólogos autónomos y a sueldo desperdigados por las innumerables obras españolas. Se trató pues, de convertir la Arqueología en una profesión liberal; sin embargo, esto nunca ha llegado a materializarse en la práctica. Resulta curioso además que las intervenciones pasaran a ser costeadas por aquéllos que más interesados estaban en que no existieran restos arqueológicos o en que los que aparecieran fueran destruidos para así proseguir con sus menesteres. Somos muchos los que hemos vivido con asombro y denunciado constantemente esta contradicción, pero las administraciones, todavía hoy, siguen apostando por ella y viéndola como la única alternativa posible.

En cualquier caso, se perfiló un escenario lamentable en el que los arqueólogos profesionales llevamos la peor parte. Por un lado nuestro trabajo es visto, y en consecuencia retribuido, como una intromisión por parte de promotores. Surgió aquí el famoso tópico de ‹‹los que paran las obras››, que nos ha granjeado la enemistad y el odio de todos los que en ellas participan. Por otro lado, también hemos sido tildados por ‹‹arqueólogos de gabinete›› de universidades y administraciones, de ‹‹mercenarios››, de vendernos al servicio de promotores y lucrarnos de la destrucción sistemática de los yacimientos arqueológicos.

Esta imagen sí refleja la realidad: la “soledad del arqueólogo profesional”. La Arqueología Urbana ha sido una de las ramas que más se ha desarrollado dentro de la Arqueología Preventiva. Y al mismo tiempo la que más ha precarizado, con el beneplácito de todos los agentes implicados, las condiciones de vida y de trabajo de los arqueólogos, Fuente

De poco han servido que los casos de negligencia hayan sido mínimos y que la mayoría de los atentados que se han realizado sobre el Patrimonio hayan sido con el beneplácito de las administraciones (des)competentes, las cuales casi siempre han terminado plegándose ante los intereses económicos de los promotores cuando no atisbaban un interés económico–turístico en los restos sacados a la luz por los arqueólogos profesionales. Nadie en su sano juicio podría negar que las políticas patrimoniales de conservación arqueológica han constituido hasta la fecha una verdadera ‹‹chapuza››. No obstante, es común que en nuestra sociedad siempre se culpe de ello a la parte más débil de todas las implicadas, y que el caso Cercadilla de Córdoba haya convertido a todos los arqueólogos profesionales en mercenarios al tiempo que se exime de culpa a las administraciones.

Pero además, a la hora de hacer estos juicios, las administraciones no han tenido en cuenta las condiciones laborales y materiales que rodeaban al trabajo de los arqueólogos. De hecho, se puede afirmar, contrariamente a lo expuesto en el artículo de Europa Press, que en España no ha existido en sentido estricto un verdadero ‹‹sector de la Arqueología››, de ahí que haya que dudar de esa cuantificación tan optimista que hacen del mismo. Me baso en que burocráticamente sí se ha regulado todo, pero en lo que a cuestiones sociolaborales y empresariales se refiere no. No existen convenios laborales específicos (salvo los casos excepcionales y muy recientes de Cataluña y Galicia con nula o dudosa aplicación). No se sabe quién es un arqueólogo, qué hace, qué tipos de arqueólogos pueden haber, cuáles son sus funciones o cuál es su jornada de trabajo. Es también llamativo que una actividad tan especializada haya estado regulada por convenios tan dispares y alejados como el de la construcción, la jardinería, las minas abiertas o el ambiguo estatuto general de los trabajadores. Si pidiéramos la vida profesional de un arqueólogo veríamos que éste nunca ha trabajado como tal, sino como peón de la construcción, jardinero, oficial de primera… y sólo en muy raras ocasiones se le ha aplicado una categoría en términos formativos similar como la de geógrafo, topógrafo o arquitecto.

Esta indefinición se ha traducido en explotación laboral, jornadas abusivas, sueldos miserables y una cobertura social todavía más deplorable. Al no existir unos mínimos socioprofesionales ni un código deontológico —condición sine qua non para hablar de profesión liberal— las leyes de mercado han terminado por desbordar la propia naturaleza de la práctica arqueológica. A los promotores nunca les ha interesado contar con un estudio arqueológico de calidad, eso del I+D+I, sino buscar a arqueólogos que ejecutaran las intervenciones en el menor tiempo posible y a muy bajo coste. La competencia ha sido demencial y como es lógico ha sido inversamente proporcional al surgimiento de una auténtica Arqueología Profesional y unas condiciones socioprofesionales dignas. Por poner un ejemplo, el estudio de los restos arqueológicos ha sido nulo, ya que los promotores no iban a costear una investigación que fuera más allá de los informes de gestión que les certificaban poder proseguir con sus obras. Consecuentemente, podemos afirmar que lo que se ha practicado ha sido una violencia sistemática que ha atentado contra el Patrimonio y los propios pilares científicos del conocimiento arqueológico.

En resumen, se vislumbra una profesión que no se parece en nada al mito de Indiana Jones ni a la lectura que nos presenta el artículo de Europa Press. ¿Pero por qué las administraciones de Patrimonio no han hecho nada por mejorar esta realidad, empezando por la indefinición socioprofesional de los arqueólogos? La respuesta, que sé que no gustará a muchos, la reservo para el siguiente artículo, aunque adelanto ya que nunca ha interesado por ser contradictorio con el nepotismo institucional practicado.

Bibliografía|

ALMANSA SÁNCHEZ, J. (Eds), “El futuro de la Arqueología en España“, JAS Arqueología SLU, Madrid, 2011.

CRIADO BOADO, F., BARREIRO MARTÍNEZ, D. Y AMADO REINO, X., “Arqueología y Obras Públicas ¿excepción o normalidad?”. II Congreso Internacional de Ingeniería Civil, Territorio y Medio Ambiente, pp. 1707-1730, Asociación de ingenieros de caminos, canales y puertos, Santiago de Compostela, 2004.

CRIADO BOADO, F. Y CABRJAS DOMÍNGUEZ, E., “Obras Públicas e Patrimonio: estudo arqueolóxico do Corredor do Morrazo”. TAPA 35, pp. 1-220, Instituto de Investigación Tecnológica: Laboratorio de Arqueología y Formas Culturales, Santiago de Compostela, 2005.

Redactor: Rafael Soler Rocha

Licenciado en Historia por la Universidad de Málaga, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional trabajando como arqueólogo de gestión. Mis principales temas de interés son el origen y la consolidación de la jerarquización social durante la Prehistoria Reciente, la Teoría Arqueológica y la divulgación y puesta en valor del Patrimonio mediante nuevas estrategias pedagógicas.

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22 Comments

  1. Cosidero que no hay nada mas (al menos por mi parte) que anadir. Es la puta y jodida REALIDAD de este ( y otros) puto/s y jodido/s pais/paises. Si me expreso en estos terminos se debe a que, como arqueologo que soy, he sufrido lo dicho en este articulo, y que, por supuesto, SUBRAYO, sino que esta panda de politikillos-administraciones-promotores-SL’s, CB’s-y demas especimenes, no solo me ha jodido, sino que siguen jodiendome hasta decir bata. ¡¡¡¡¡JODER!!!!!
    sufri

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    • Perdón por la ausencia de acentos en mi post anterior (el editor de textos no me los admitía en ese momento (?); “sino”, es un despiste sintáctico mío (estaba pensando otra frase); “bata” no, obviamente: BASTA. Y “sufri”…..se me ha pasado por alto al pulsar “enter” y no lo he quitado a tiempo.

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      • Muchas gracias por tu apoyo y participación Juan Pablo. Y mucho ánimo, entre todos vamos a darle la vuelta a esta situación. Suerte y a por todas, que no te aburran que al final eso es lo único que buscan. Mi experiencia es similar a la tuya, puteao hasta cuando duermo

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      • Un abrazo enorme Juan Pablo y ojalá pronto nos cuentes por aquí los trabajos que has desarrollado

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  2. Muy interesante artículo sobre la situación actual de la práctica arqueológica, especialmente de la reconocida como “arqueología profesional”. He de decir que estoy de acuerdo en varios de los aspectos mencionados, como por ejemplo en el alto grado de precariedad que sufren los arqueólogos profesionales, en el peligro de que la arqueología profesional se encuentre financiada unos promotores que poco o ningún interés tienen por el correcto estudio del patrimonio, o que la arqueología profesional no nace “por un interés científico”. Sobre este último punto quería elaborar un breve comentario que, hay que decirlo, escribo por provocación directa de @Inmanuelitxi.

    Efectivamente, la arqueología profesional no nace para investigar. Aparece como necesidad de “rescatar”, “salvaguardar” y “gestionar” un patrimonio que, en el caso específico de España, se vio a la vez puesto al descubierto tanto como amenazado por el crecimiento urbanístico experimentado en las últimas décadas. Desde la década de los 80 un gran número de licenciados en Historia ha ingresado en las filas de la arqueología profesional, ya sea en forma de trabajadores autónomos, creando empresas o siendo contratado por ellas. He de decir que yo he sido parte de este grupo en forma de asalariado y, también, como trabajador autónomo. Pero también he formado parte de esa otra arqueología, la que aquí se describe como “de gabinete”, puesto que le he dedicado varios años al campo de la investigación.

    Y aquí va mi crítica. La arqueología profesional no es arqueología de investigación. Ni, creo, debería serlo. Se plantea en el texto que “a los promotores nunca les ha interesado contar con un estudio arqueológico de calidad” y es verdad, el interés de los promotores es quitarse de en medio los restos arqueológicos y cumplir con ese, para ellos, mero imperativo legal para seguir adelante con su trabajo. El papel del arqueólogo profesional es atender a esa labor que la sociedad y la legislación estiman como necesaria, documentando de la forma más precisa las estructuras inmuebles y registrando, etiquetando y tratando para su adecuada conservación los artefactos muebles. No se puede esperar que todos los yacimientos arqueológicos (hay hasta decenas en cada término municipal) sean “puestos en valor”, “musealizados” o que conformen el núcleo de una tesis doctoral. Habrá que ver qué criterios deben seguirse para actuar de cara a la divulgación del patrimonio, en donde evidentemente el mercado no debe ser el único guía, pero tampoco, creo, debería obviársele.

    Se menciona que hay peligro de que “todos aquellos restos arqueológicos que no pasaran por el filtro de ese “interés” [económico-turístico] no fueran conservados y terminaran siendo destruidos o condenados al ostracismo en polvorientos almacenes de museos”. A lo primero he de decir que las leyes estipulan claramente que todo elemento patrimonial sin excepción debe ser protegido. Los atropellos existen y puede haber muchos responsables, pero según mi experiencia la responsabilidad suele recaer sobre los particulares (propietarios, promotores o interesados) antes que sobre los arqueólogos profesionales o la administración. A lo segundo, estoy convencido de que no podemos tener un aula de interpretación de las sociedades campesinas, los primeros estados, las colonizaciones orientales, el Imperio romano, etc. en cada localidad, ni tampoco es factible un museíto local en cada cabeza de comarca, con sus vitrinas “Paleolítico”, “Neolitico”, “Cobre”, “Bronce”, etc. y su discurso copiado-pegado si deseamos custodiar adecuadamente el patrimonio material.

    La investigación arqueológica de hoy en día está años luz de la de los años 80, no se puede esperar que un arqueólogo profesional, que probablemente haya hecho sus pinitos en la investigación (un DEA, ahora un TFG o TFM de un tema concreto), esté cualificado para estudiar de forma adecuada “el yacimiento que toque” en cada momento. No son los mismos intereses científicos ni los mismos métodos y técnicas los aplicables para un contexto Paleolítico que de la Edad del Bronce, Medieval o Industrial. Antes bastaba con una descripción y una adscripción crono-cultural de los artefactos, poco más. Ahora las exigencias de la investigación son mucho más especializadas. Todo lo que vaya más allá del mero informe técnico y la catalogación y etiquetación de materiales para su entrega al museo ya no es responsabilidad de la arqueología profesional.

    Todo esto no quiere decir que deba existir una tajante línea divisoria entre “el arqueólogo profesional” y “el arqueólogo de investigación”. Mi opinión es que prácticamente todo licenciado en Historia, sea cual sea su dedicación, está formado como profesional apto para la investigación. Pero no se puede “investigar” todo a lo loco. Hay que conocer los problemas científicos existentes en cada contexto, hay que saber cómo se han abordado éstos, hay que saber qué técnicas hay y cómo se han aplicado, cuáles de ellas son adecuadas para cada caso. Esto requiere una formación adicional, y no se puede esperar que un arqueólogo profesional (ni tampoco un premio Nobel) conozca al dedillo los detalles de todo el espectro de cultura material con la que se puede encontrar. Tampoco hay que esperar que la investigación arqueológica vaya detrás de lo que van recuperando los arqueólogos profesionales, puesto que la ciencia tiene una inercia propia basada en una estrategia y unos intereses específicos que no pueden verse condicionados por la cadencia del crecimiento urbanístico.

    En mi opinión hay mucho que denunciar y arreglar en el funcionamiento de la arqueología en España, cosa en la que coincido en muchos puntos con el autor del post. Pero la articulación de la arqueología profesional como una parcela independiente de la investigación es, considero, algo positivo. Como ya planteara Childe en su fundamental “Man makes himself”, la especialización “full-time” es capital para el progreso científico.

    Un cordial saludo,
    @MagnificoElMulo

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    • Hola!!! Ante todo muchas gracias por tomarte las molestias de comentar y hacer tu aportación al enriquecimiento de un debate harto necesario en estos tiempos que corren. Son muchas las cosas que aquí se han dicho así que trataré de atenderlas a todas en la medida de lo posible y a riesgo de excederme mucho más de lo debido. Considero que la visión que aportas tiene un enorme calado y, además, como tu crítica viene precedida de provocaciones, creo, merecerá la pena. También te pido perdón de antemano por si mi tono se excede en algún momento. Quiero que sepas que no es nada personal y que obedece, única y exclusivamente, al debate socioprofesional que has planteado y en el que, como ya te adelanto, hay algunos puntos muy, pero que muy conflictivos. Vayamos por partes:

      1.- Es cierto que la Arqueología Profesional surge como necesidad de “rescatar”, “salvaguardar” y “gestionar”. De hecho los conceptos que utilizas responden a “Rescue Archaeology”, “Salvage Archaeology” y “Preventive Archaeology”. Todas aparecieron progresivamente en la segunda mitad del siglo XX, cada una con sus propias características y contradicciones, de la mano de distintos movimientos sociales, principalmente el ecologismo, y de un concepto tan amplio e importante como es el de la conservación de lo que se dio en llamar Patrimonio Medioambiental.

      Además, todas tienen en común el haber aparecido en contextos extrapeninsulares y, como se dice en el texto, el haber sido utilizadas como meras “etiquetas” en el caso español. ¡Por desgracia ya está! Aquí no ha existido un verdadero debate sobre qué significan y qué implican cada una de ellas. A la vista están los resultados de estos últimos treinta años. Plantear que esto no ha sido así es poco menos que hedonismo y falta de autocrítica. Y las contadas, escasas, excepciones que ha habido, han llegado de la mano del interés crítico particular de algunos arqueólogos que, lamentablemente, han contado con más trabas que apoyos por parte de aquellos sectores implicados, no ya sólo promotores, sino principalmente y lo reitero, de una administración descompetente. Una administración que siempre ha visto con mal ojo y ha torpedeado toda aquella propuesta que no casara con su enrevesado e interesado aparato burocrático. Tampoco quiero adelantarme pues ello será una de las cosas de las que hable en el siguiente artículo.

      Finalmente, otra característica que tienen en común, como se expresa en el texto al caso de la “Preventive Archaeology”, es la INVESTIGACIÓN.

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    • 2.- Los factores que explican esta falta, “totalmente interesada”, de debate obedecen, como es lógico, a distintas naturalezas. Uno de ellos, al hilo de tu crítica, responde precisamente a esa disociación tan artificial, elitista, nociva, positivista y perniciosa que se ha hecho entre “Arqueología Profesional” y “Arqueología de Investigación”, entre “arqueólogos de campo (sucios)” y “arqueólogos de gabinete (limpios)”, entre mundo profesional y universidad, entre “técnica” y “ciencia”. Disociación que, por otro lado y como bien sabes, no es nada original, es común a todas las ramas del conocimiento, y hunde sus raíces en el viejo debate epistemológico teoría-práctica.

      Pero en el día a día esto se traduce en que llevamos a la gresca desde que apareció la Arqueología Profesional…, y seguimos erre que erre con la misma cantinela. ¡El resultado! Retrasar un debate al que siguen sin sumarse esos “expertos” que continúan viendo como una intromisión que el arqueólogo profesional y viceversa interactúen en sus respectivos cotos privados de caza, digo campos de conocimiento. ¿Sabes al final qué consecuencias tiene? Muchas. Te diré dos que vienen más en relación con los objetivos perseguidos en este artículo: empeoramiento de la realidad material y socioprofesional que envuelve al arqueólogo y una devaluación infinita de la Arqueología como Ciencia Social.

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    • 3.- Plantear que la Arqueología Profesional debe quedarse en el papel de “τέχνη” es seguir redundando en lo anterior. Además creo que te contradices. Porque por un lado condenas al arqueólogo profesional poco menos que a “rellenar fichas”, y por otro dices literalmente que “no se puede esperar que un arqueólogo profesional (…) esté cualificado para estudiar de forma adecuada el yacimiento que toque”. ¿En qué quedamos? ¿En la descripción como verdad absoluta y objetiva de acceso al conocimiento? A esa Arqueología, efectivamente, le han llovido no pocas críticas en esos “treinta años luz” que mencionas.

      A lo primero decir que eso ya lo planteó el propio Harris con aquello del “arqueólogo estratígrafo” y ¿sabes dónde más se ha comprobado lo erróneo de su afirmación y por ende de las “leyes de la estratigrafía” que formuló? Por ejemplo, en la Arqueología Urbana. Si eso no es investigación entonces es que hablamos de cosas distintas.

      Me llama la atención, si dices tener experiencia, que seas tan categórico con tu segunda afirmación – intuyo que quieres llevar el debate a la dialéctica entre especialización y ciencia – cuando una de las demandas que desde tiempo inmemorial hemos hecho los arqueólogos profesionales en España ha sido la falta de medios, tanto materiales como humanos e intelectuales, para enfrentarnos a una fenomenología arqueológica que es infinita. Claro que, como en muchas ocasiones, esos medios no han querido bajar de sus “torres de marfil” o han sido destinados en forma de “cheques regalo” a los “grandes conjuntos arqueológicos” de siempre, hemos terminado por contentarnos con expresiones como que “no hay dos yacimientos iguales” o “lo que verdaderamente aprendemos es a andar por un yacimiento”. De paso, a parte de los típicos problemas de conciliación junto a ese alto nivel de precariedad, ya que pasas buena parte de tu vida leyendo, contrastando, buscando publicaciones, documentándote, revisando otras experiencias, mandando correos a “expertos” que te dan una de cal y otra de arena y, en fin, todas esas cosas “acientíficas” que nos hacen ser simples “intermediarios técnicos sabedores de todo y entendedores de nada”, como te decía, de paso también desarrollábamos la creatividad.

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    • 4.- Al respecto de ese apego estricto al marco legal del que hablas, sinceramente, prefiero empezar por ser autocrítico y no quedarme en el plano de las ideas. Reitero, ahí están los resultados de estos treinta años, ahí están las leyes y ahí están los atropellos (que no es que existan sino que han sido sistemáticos) que, todos y sin excepción, hemos cometido. Ya que cada parte implicada haga examen de conciencia y acepte sus responsabilidades. Tampoco voy a entrar en temas de Derecho pues corren tiempos de fácil incontinencia verbal en los que cada vez que alguien dice que las leyes no funcionan o son de dudosa e interesada aplicación, rápidamente se les acusa de demagogo y antisistema.

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    • 5.- Tema “Divulgación”. No quiero tampoco extenderme pues este elemento es una de las claves de la segunda parte del artículo y del que apenas se ha hablado nada. Sólo varias cuestiones. Has mencionado dispersamente en varias partes del texto “puesta en valor”, “musealización”, “museitos” e incluso “custodiar”, y casi siempre en clave de imposibilidad. Decir que esta lectura reproduce completamente los esquemas de lo que hasta la fecha se ha entendido por divulgación. Un modelo de etiquetas vacías de contenido, de conceptos extrapolados que aquí no dicen nada y que, efectivamente, llevan a pensarlo todo en clave de los típicos “itinerarios cobre-bronce-hierro” como si no existieran más alternativas. Y las alternativas aparecen cuando dejamos de mirar al espejo del “mercado”. Cuando empezamos a considerar el Patrimonio Arqueológico desde otro prisma y, por ejemplo, se le da un enfoque social y pedagógico que olvide por un instante la educación, única y exclusivamente, para el consumo.

      El problema es, por un lado, que a las administraciones de patrimonio esto no ha interesado si ese “interés” no iba definido en clave de “beneficio económico” inmediato. Y por otro lado, que la alta precariedad, la falta de medios, de tiempo y de colaboración con esos “expertos” ha impedido a los arqueólogos profesionales dedicar mayores esfuerzos a este campo (nada o muy mínimamente remunerado) e INVESTIGAR en consecuencia. Incluso aquí, en esos tímidos intentos, también se ha visto como una intromisión que los arqueólogos profesionales investiguen.

      Y para acabar este punto, hay algo que me toca directamente y que me reafirma en mi opinión sobre el carácter reproductor y tradicionalista de tu lectura de la divulgación. Por un lado dices que “no podemos tener un aula de interpretación (…) en cada localidad (…) si deseamos custodiar adecuadamente el patrimonio material”. ¿Custodiar de quién? ¿De la sociedad? ¿Pero no habíamos proclamado a los cuatro vientos que el patrimonio era público? Custodiarlo ¡y “bien etiquetado” como también escribías! ¿para qué sólo puedan acapararlos esos “expertos” y compartirlos con sus publiquísimos círculos endogámicos? Pero es que además, unas líneas antes comentas que “el papel del arqueólogo profesional es atender a esa labor [rellenar fichas] que la sociedad (…) estima como necesaria”.

      Efectivamente, estas son las contradicciones con las que nació la Arqueología Profesional en España. Me enmascaro en lo público, me apropio de la sociedad y en nombre de ella reclamo lo que a mí, por mi elocuente egocentrismo meritocrático, creo que me corresponde. Y de paso te niego la posibilidad de contar con ¡una escuela! sobre algo que estoy proclamando como público. Todo sea por el bien del progreso científico. ¿Pero a qué nivel de hipocresía vamos a llegar?

      Negar una escuela, negar que un colectivo pueda estudiar, educarse, aprender del patrimonio que le rodea, es propio de un concepto clasista de investigación que, usando una expresión que utilizaste, debería haberse quedado a años luz. Pero además no nos damos cuenta que así lo que conseguimos es desacreditarnos, y que en la actualidad hacia la Arqueología no exista ningún tipo de “sanción social” sino más bien lo contrario, de “rechazo social”. Así seguiremos siendo los “malos de la película” y además, dichas pautas opacas y privativas, también alimentan el expolio.

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    • 6.- Y llegamos a la cuestión de la investigación. Sinceramente no voy a entrar a debatir a fondo qué supone investigar, dónde, por qué, para qué y para quién. En primer lugar, porque llevamos con este mismo debate treinta años, es de lo único de lo que hablamos cuando Arqueología de Investigación y Arqueología Profesional se confrontan. Ya es hora de bajar al terreno de la praxis, de la acción. Y en segundo lugar, porque está claro que bebemos de paradigmas distintos, va a ser difícil que en un medio de divulgación como esta revista nos pongamos de acuerdo en algún punto, y porque, sinceramente, no creo en ese modelo de investigación de “proceso – producto” que subyace a tu crítica. No obstante y como en los anteriores apartados, comentar un par de cosas.

      a propia”. A parte del fuerte reduccionismo que eso supone, plantear un pretendido carácter “inocente” y “acondicional” para la ciencia es poco menos que “El Dorado” que durante tanto tiempo persiguió el empirismo modernista más liberalizante. Ese mismo que nos ha llevado a la penosa situación actual. No existe el “investigador – burbuja”. El químico no investiga inocentemente procedimientos que luego se convertirán en bombas, igual que Einstein no formuló la teoría de la Relatividad General porque fuera más listo que Newton.

      La ciencia es un producto social, del hombre, incapaz de trascender a la propia sociedad por mucho que lo intente. Son las relaciones sociales las que producen esas necesidades científicas determinadas de cada momento. Algunas más visibles, otras mucho más abstractas. Consecuentemente, querer disociar Arqueología de Investigación de Arqueología Profesional en tanto en cuanto, y como resultado de eso que llamas “la cadencia del crecimiento urbanístico”, es irreal. Sólo existe en la mente ordenada del investigador/arqueólogo profesional. Ambas han convivido y se han retroalimentado bajo las exigencias de esas relaciones sociales que produjeron el crecimiento o despropósito urbanístico. Una no se explica sin la otra hasta el punto de llegar a ser una misma cosa. Al final es conocimiento arqueológico lo que producen. Otra cosa es qué, para qué y a quién sirvan. Pero no se puede negar que multitud de transformaciones acaecidas en el seno de la Arqueología (métodos y técnicas de campo, teledetección, revisiones de cronología relativa y absoluta, GIS, etc, etc, etc, etc) han venido de la mano, no ya sólo del mundo de la Arqueología Profesional, sino de ese concepto que determinados paradigmas han convenido en llamar “interdisciplinariedad” (poco desarrollado también en España frente al de “multidisciplinariedad”).

      Por poner un ejemplo. Si ha habido un acercamiento y se han tendido puentes con disciplinas como la Arquitectura, la Ingeniería o la Topografía, indispensables para comprender lo qué es hoy la Arqueología, en buena medida ha sido por aquellos arqueólogos profesionales que en su práctica cotidiana, en la acción, tuvieron que enfrentarse al reto de ver cómo su actividad se insertaba, y en gran medida se subordinaba, a la de esos otros profesionales en principio ajenos, hostiles, mucho mejor retribuidos y socialmente reconocidos. Decir que la Arqueología Profesional no es investigación es directamente ignorar qué podría llegar a pasar con la Arqueología en España si nos da de una vez por todas por romper las etiquetas, los reduccionismos, y abrimos un debate serio, de verdad.

      Y ya para finalizar quisiera terminar con un pequeño comentario “todavía más subjetivo” que lo hasta ahora dicho, pues, siendo sincero, me ha encantado tu crítica y que te provocases para hacerla. Pero hay una idea de fondo que ciertamente me ha hecho sentirme incómodo, no ya tanto por mí pues cada vez me importan menos esas cosas, pero sí por muchos de mis amigos y compañeros a los que a veces se les va en ello su salud, su dinero y su familia. Me refiero a la ilusión que depositan en esos “primeros pinitos” como tú los llamas, para que luego se les termine diciendo desde una modestia sospechosa que no son válidos, que no son suficientes. ¡Cómo si algún tipo de conocimiento lo fuera! Me refiero a ese encumbramiento que haces – casi como si se tratase de un aprendizaje que no fuera de dominio universal – de eso que aquí has denominado INVESTIGACIÓN.

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      • Se perdió esta parte:

        Opinas que la Arqueología de Investigación no puede ir a remolque de la Arqueología Profesional porque “la ciencia tiene una inercia propia”. A parte del fuerte reduccionismo que eso supone, plantear un pretendido carácter “inocente” y “acondicional” para la ciencia es poco menos que “El Dorado” que durante tanto tiempo persiguió el empirismo modernista más liberalizante.

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    • Me es curioso porque parece como si los arqueólogos profesionales no tuvieran que plantearse muchos de los retos que tú describes como reservado para investigadores. Pero créeme que entiendo esa sobredimensión que haces de la investigación. Créeme, sé que la vida del investigador precario también es muy dura. ¡Claro que te entiendo! Posiblemente en la actualidad te encuentras realizando una tesis doctoral, y es casi automático que surja en nosotros cierto aire de ego, de proclamar por todas partes nuestro yo. De decirnos a nosotros mismos que lo que hacemos es importante. Es lo más importante. Y si investigo, investigar es lo más importante ¡y lo más difícil del mundo! No te preocupes, nos pasa a todos. Yo también lo hago, frecuentemente, y por eso, como soy arqueólogo profesional y mi ego cree que lo que hago es lo más importante, no puedo estar más en desacuerdo con tu crítica. Pero de verdad, te entiendo y sé que es difícil convivir con el síndrome del doctorando. Posiblemente ahora estés leyendo a autores como Popper, Lakatos, el extravagante Althusser, quizás releyendo a Marx – porque a Marx lo ha leído todo el mundo – y todos esos filósofos de la ciencia que no sabemos muy bien cómo encajar en la justificación de nuestra tesis y no digamos ya en nuestra ecléctica y pragmática mente occidental. Un desasosiego peligroso, que a veces nos juega malas pasadas. Y nos impulsa a una necesidad casi innata de querer contar a todo el mundo lo que estos genios del pensamiento científico dijeron, con tal de aplacar las inseguridades de nuestro propio ego, y aún a riesgo de contradecirnos o no saber ni lo que decimos.

      Con esto te quiero decir que hay quién hace sus “pinitos” con un TFG y quién “planta un pino”, en sentido escatológico, con una tesis doctoral. En nuestro ámbito, el que mejor conozco, esto muchas veces se ha traducido en una pléyade de investigadores que mientras miraban de soslayo lo que hacían los colegas de la calle han hecho célebre el famoso Principio Evenflo de que “quién teme que le roben una idea teme, en realidad, no ser capaz de producir otras nuevas”.

      Para concluir, al hilo de la visión de “especialización” que planteas junto a la afirmación que hiciste de que “no se puede esperar que todos los yacimientos arqueológicos (…) conformen el núcleo de una tesis doctoral”, te propongo que alguna que otra vez rompas el cerco de la especialidad y mires lo que hacen los colegas de otras disciplinas. ¿Es una tesis doctoral la finalidad de la Arqueología? ¿Acaso lo es de ese progreso científico del que hablas? ¿No estaremos otra vez confundiendo desarrollo tecnocientífico con desarrollo social?

      Una buena comprobación en sentido reflexivo se podría hacer mediante dos ejercicios. Uno más “científico”. Por qué no aplicas no ya la Teoría de la Reproducción sino la Teoría de Sistemas al entramado en el que se han insertado la/s Arqueología/s en España en estos treinta años. Otro más “didáctico” y “menos especializado”, consultando a ver lo que opinan algunos pedagogos como el mediático y televisivo Ken Robinson sobre ese “dios” del sistema educativo occidental llamado “tesis doctoral”.

      Un abrazo enorme y muchísimas gracias por los comentarios enviados

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      • Estimado Rafael, no me pidas perdón ni tengas miedo por tu tono, está bien que nos dejemos llevar por la emoción del debate. Además, en definitiva, por internet no podemos llegar a las manos y, así, nadie saldrá herido :D

        En primer lugar quiero pedir disculpas por haber podido ofender, no ya a ti sino, como dices, a tus amigos y compañeros. No ha sido mi intención incomodar salvo solamente en el aspecto intelectual. Nunca jamás en el nivel emocional o personal. Pero, como explicaré más adelante, el origen ha sido una lectura imprecisa de mi comentario. Ahora entro en harina.

        Quiero comenzar parafraseando a Binford cuando expuso que no es labor adecuada del arqueólogo el hacer “paleo-psicología”. Bien, obviando la problemática teórica de dicha afirmación he de pedirte que no hagas tú conmigo “tele-psicología”, pues considero que a partir de la lectura de mi comentario me has otorgado a distancia sentimientos, motivaciones e impulsos que yo no he expresado ni aquí ni en ningún otro sitio. Por ejemplo, te diré que no temo que me roben una idea porque sea incapaz de producir nuevas, que no creo que investigar sea “lo más importante” del mundo de la Arqueología o, a falta de que me diagnostiquen ningún síndrome, que no vengo aquí a aplacar las inseguridades de mi ego.

        De tus palabras, corrígeme si me equivoco, deduzco que planteas un modelo explicativo de la Arqueología organizado en torno al conflicto de dos clases antagónicas, una dominante y otra explotada, que serían la del “arqueólogo limpio” (investigador) y el “arqueólogo sucio” (profesional). Y, de nuevo corrígeme si me equivoco, opino que me encuadras a mí en la clase dominante y que no sólo me achacas sus vicios, defectos y cosmovisiones sino que, también, me insinúas que sobre mí recae la responsabilidad de defenderla a capa y espada.

        Yo no he planteado que deban existir dos clases que se reproduzcan de forma endógama y, menos aún, que una se apropie del producto de la otra. Ni muchísimo menos. He dicho que considero que sería positivo delimitar adecuadamente la Arqueología Técnica de la Arqueología Científica, no delimitar igualmente a los arqueólogos técnicos de los arqueólogos científicos. Una misma persona puede ser arqueólogo técnico y científico, e incluso, si se da la extraordinaria casualidad (a mi me ha pasado) podría serlo en una misma actuación arqueológica a la vez, excavando un yacimiento que posteriormente va a investigar. Pero, repito, no se puede esperar que un técnico esté cualificado para investigar TODO lo que excave. En la Arqueología profesional he excavado romano, medieval, moderno e incluso fosas de la Guerra Civil y en ningún momento se me ha pasado por la cabeza que habría hecho una buena investigación sobre la documentación obtenida en dichas intervenciones. No conozco el estado de la cuestión, los temas de interés, las técnicas estandarizadas de análisis, la posible relevancia de los resultados, etc. y alcanzar a conocerlo es un proceso muy muy largo que requiere una gran inversión de tiempo y, también, de dinero. No me he contradicho cuando afirmé tanto que el profesional debe “rellenar fichas” (una reducción de lo que considero debe hacer un técnico) como que “no está capacitado para investigarlo todo”.

        Temo, y de nuevo corrígeme si me equivoco, que en tus palabras late un fuerte prejuicio en cierta medida hacia la labor de los dos tipos, el arqueólogo técnico y del investigador. Por un lado creo que planteas que un “simple” arqueólogo técnico que no investigue es un zote, un, perdóname la coña, “lumpen de clase aún más baja que la nuestra”. Y no. Conozco muchos compañeros que son felices y están satisfechos con su trabajo, que están enamorados de la arqueología de campo y que no tienen interés por investigar ¿les hace eso peores arqueólogos? Asimismo, también conozco otros compañeros investigadores a los que no les gusta el campo ¿son acaso unos “maricones” mamones que no se merecen ser arqueólogos? Si la “vieja escuela” tiene prejuicios hacia uno de los dos ámbitos no lo reproduzcamos, entonces, y asumamos que todo trabajo es duro, fundamental y, lo más importante, digno.

        Sobre mi concepción del patrimonio arqueológico puedo adelantarla en unas líneas, porque detallarla excedería este escenario. Considero que el patrimonio es el registro material donde realizar observaciones empíricas para contrastar teorías e hipótesis varias sobre la sociedad humana, ya sean los modelos clásicos de la arqueología como los marxistas, materialistas culturales o los llamados políticos e, incluso, las nuevas teorías que proceden de otros ámbitos de las CCSS como las resonadas de Jared Diamond, Robert Wright o Daron Acemoglu y James Robinson. Como dijo el sociólogo Robert Merton, la ciencia es comunista en la medida en que comparte teorías, métodos y, fundamentalmente, datos. Y considero que para ser más comunistas con los datos arqueológicos debemos seguir un sistema por el cual éstos se hallen asequibles para cualquier investigador, veterano o nobel, catedrático o recién licenciado, y por ahora el sistema de museos provinciales español me parece más adecuado que, por ejemplo, el complejo sistema portugués. Sobre cómo difundir el patrimonio y el conocimiento científico a la población creo incluso que debería existir una tercera arqueología, divulgativa, que para funcionar mejor debería ser especializada, no “coto” de los técnicos o investigadores.

        Otro día podemos hablar de temas interesantes como si puede existir el “investigador-burbuja” (que yo defiendo que no es automático pero sí posible) o de aplicar la Teoría de la Reproducción al funcionamiento de la investigación (de hecho tenía pensado algún día hacer un trabajito sobre este particular). Lo de la Teoría de Sistemas creo que no sería muy adecuado porque murió junto con la Teoría Funcionalista hace 35 años. En fin, auguro mucha tecla en este foro :)

        Un muy cordial saludo,

        @MagnificoElMulo

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  3. Muy buen artículo, sin embargo me asaltan varias dudas, ¿puede la arqueología ser útil a la sociedad? ¿Qué utilidad puede tener descubrir o confirmar lo bien sabido? ¿A quién o quiénes sirve la arqueología sino a los poderosos? ¿Servirá alguna vez a los oprimidos?

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    • Excelente intervención y muchas gracias por tu participación en el debate. Desde mi punto de vista y tal y como yo entiendo la Arqueología has dado en la clave de todo. No se podía haber expresado con más brillantez y de forma tan clara y concisa.

      Y efectivamente. Esa es la realidad actual. Una Arqueología de elites, una Arqueología colonialista y una Arqueología del consumo. Y todo ello tiene su eco y su reflejo como es lógico en la Arqueología Profesional. Ese es el orden que nos ha tocado subvertir…

      A la última pregunta espero responder con la segunda parte de este artículo. Pero vamos. Te adelanto que es posible y que existen algunas experiencias desde el campo de la praxis que demuestran que es posible hacer una Arqueología Social.

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    • Un fuerte abrazo Daniel, y muchas gracias por tus enormes apuntes

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  4. ¡Excelente artículo! Comparto casi todo lo dicho arriba sin lugar a dudas exceptuando la frase de que la “arqueología profesional nació muerta”.
    Como arqueólogo profesional que soy y ejerzo creo que nuestro deber es, como bien dices, documentar de la mejor manera los restos que van a verse afectados por una obra.
    Pero no debemos pararnos en ese punto. Hay que difundir lo que hacemos porque es importante que la sociedad en general entienda nuestro trabajo y nos vea como necesarios y no como “aquellos que paran las obras”.
    Y por supuesto que se debe investigar todo lo que aparece en cualquier intervención arqueológica y no sólo eso, debe ser difundido y publicado, tanto para el gran público como para los compañeros.
    Esperando el siguiente artículo.

    Saludos Arqueológicos ;)

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    • Hola Jesús,
      Lo de la difusión es la teoría, pero quién paga la difusión?? El arqueólogo profesional con su tiempo libre??
      Creo que a eso se refiere el artículo.
      La arqueología profesional nació muerta porque salvo contados casos no nació como investigación arqueológica sino como un papeleo más a cumplir (como el Plan de Seguridad etc…) en el proceso de ejecución de obra.

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  5. Hola!!

    No puedo estar más de acuerdo contigo y espero ansioso la segunda parte.
    Has plasmado muy bien la realidad de todo esto que llamamos Arqueología.
    Yo hace ya 5 años que no ejerzo y me fui quemado (renunciando a proyectos) por la paradoja Cliente/Ciencia/Subsistencia y que sólo me producía insatisfacción.
    Saludos!

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  6. Completamente de acuerdo con el excelente repaso a la Arqueología o Historia de la Arqueología española, los que la hemos sufrido sabemos que es así. Ni siquiera voy a hablar del nepotismo que nos ha perseguido en universidades y administraciones, no merece la pena.

    En cambio, yo sí tengo un atisbo de esperanza en algunos arqueólogos sociales, entre los que creo me encuentro, que hemos destinado nuestro tiempo, dinero e ilusión para crear centros de I+D como nuestro Laboratorio de Arqueología Experimental ERA (Cádiz y Extremadura) desde hace 17 años (mucho antes del auge y la crisis de la “arqueología profesional”). Esa investigación la tradujimos en talleres eudcativos y didácticos, en explicar y enseñar a los más pequeños en qué consistía su historia y nuestro trabajo, con el fin de que lo entendieran y lo respetaran. Tras tantos años de trabajo nos sentimos satisfechos de haber conseguido en muchas ocasiones ese propósito.
    Ahora bien, surge un problema, tras la caída de la construcción y de todas esas empresas y autónomos que llevaron a la arqueología a sus cotas más miserables (aquellos que tiraban los precios por los suelos), estamos viendo cómo ahora a muchísimos de estos profesionales les está dando por crear empresas de dinamización cultural copiando este modelo pero, en muchos casos, con muy poca calidad, utilizando becarios, comprando horas de tiempo por créditos de libre configuración, etc. (sí, ahora mismo se está introduciendo en este ámbito hasta universidades ansiosas de más dinero, puedo citar algunos ejemplos, haciendo competencia desleal desde la propia administración), con lo que corremos el riesgo de caer otra vez en lo mismo, que la mediocridad vuelva a reinar.
    Podría extenderme más, pero es un tema que, con facilidad, hace que se me hinche la vena del cuello y se me ponga del tamaño de un cantaor de flamenco.

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