De Stirling a Bannockburn: el auge de la identidad escocesa

Más allá de la visión mostrada por la película Braveheart (1995) de kilts descontextualizados, caras pintadas con la Saltire y héroes que enarbolan corrientes ideológicas del siglo XIX en plena Edad Media, existe un periodo histórico fundamental para la comprensión de la conformación del Reino de Escocia y de la identidad escocesa, y ese no es otro que la Guerra de Independencia de Escocia, entre los siglos XIII y XIV. Esto no se debe únicamente a los hechos acaecidos durante este periodo, sino también, y en gran medida, a su importante papel en la historia de las mentalidades de los escoceses. Un periodo que se debe tratar con sumo cuidado al analizarlo, ya que está plagado de mitos populares, dogmas historiográficos y alteraciones según la agenda política que quiera hacer uso del mismo, bien sea nacionalista o unionista. Es necesario, por tanto, analizar las piezas de ajedrez determinantes en esta partida como William Wallace, Robert the Bruce e incluso Eduardo I de Inglaterra, ya que si bien no forman parte de lo que es el mito de fundación escocés, sí que desempeñaron un importantísimo papel en el imaginario nacional escocés desde entonces hasta nuestros días.

Mapa de Escocia de 1603-09. Fuente.

Mapa de Escocia de 1603-09. Fuente.

Antes de adentrarnos en este periodo histórico debemos preguntarnos: ¿Cuáles son los orígenes de este reino y de lo que conocemos actualmente como Escocia? Si bien la zona sur y centro de la isla de Gran Bretaña formaron parte de la provincia romana denominada Britannia, al norte de esta se encontraba el territorio no romanizado denominado Caledonia, en el que habitaban diferentes pueblos prerromanos de raíces celtas. Durante la Alta Edad Media la zona norte de Gran Bretaña estaba habitada principalmente por cuatro pueblos: al norte los pictos, al oeste los escotos provenientes del Reino de Dalriada en el Ulster (Irlanda), al suroeste los britanos y al sureste los anglos. A esta amalgama étnica debemos sumarle la presencia vikinga y el auge del cristianismo en el territorio por influencia irlandesa, encontrándonos con unas tierras nada fáciles de analizar.

La historiografía tradicional ha considerado la coronación del rey escoto Kenneth MacAlpin en el trono de los pictos en el 843 como el inicio del Reino de Escocia, pero no será hasta el año 900 cuando encontremos la primera referencia a un regis Albania tras la muerte de su nieto Donald II y el ascenso al poder de su otro nieto Constantino II, siendo ambos referidos con la misma denominación. Alba es el nombre de Escocia en gaélico y a lo largo del siglo X los pictos acabarán perdiendo su lengua por adoptar esta nueva, desconociéndose en gran medida este proceso de aculturación. Será durante el reinado de Constantino II cuando se produzca la coalición céltico-nórdica contra los fines expansionistas del rey inglés Athelstan, la cual se consumará en la batalla de Brunanburh en el año 937.

Con ello no debemos pensar que se forjó el Reino de Escocia en toda su extensión territorial, ya que entre los siglos IX y XIII hubo una serie de reinos independientes en el norte (Strathclyde, Galloway…) que finalmente fueron absorbidos durante el reinado de Alejandro II, así como otras posesiones del Reino de Noruega. Fue este rey de la dinastía Canmore el que expansionó el reino escocés absorbiendo estos reinos y avanzando hacia el sur más allá del río Forth, llegando a marcar una frontera con Inglaterra en 1237. Además, durante este periodo aumentó la influencia normanda de las casas nobiliarias del sur frente a las gaélicas del norte, produciéndose a la misma vez la consolidación de este reino de tradición gaélica y clánica y una progresiva adaptación a la nueva realidad feudal. Pese a que durante estos siglos los reyes de Escocia rindieron vasallaje a Inglaterra, el reino extendió su poder y a finales del siglo XII aparecieron con fuerza fórmulas como ‹‹reino de los escoceses›› o ‹‹Reino de Escocia››, percibiéndose este territorio como un espacio de leyes y costumbres comunes bajo una figura regia, al tiempo que se definía la Iglesia escocesa a través de su lucha identitaria por su autonomía frente al arzobispado de York. Vemos como el desarrollo de la Corona y de la Iglesia escocesa, así como la conciencia de su pasado picto para forjar listas de reyes, fueron fundamentales para el desarrollo de una identidad propia previa a la Guerra de Independencia.

La Piedra de Scone o Piedra del Destino en el acto de devolución del gobierno británico a Escocia en 1996. Fuente.

La Piedra de Scone o Piedra del Destino en el acto de devolución del gobierno británico a Escocia en 1996. Fuente.

Tras la muerte en 1286 del rey Alejandro III de Escocia sin descendencia directa y una serie de vicisitudes, comienza una carrera por el ascenso a la corona escocesa de trece candidatos, entre los que destacan John Balliol y Robert Bruce el Noble, arbitrada por el rey de Inglaterra Eduardo I. Finalmente acaba siendo elegido John Balliol en 1292 coronándose Rey de Escocia en la Piedra de Scone (un bloque de piedra arenisca empleado por los reyes escoceses para su coronación), al mismo tiempo que este daba homenaje al rey inglés. Pero las pretensiones de Eduardo I iban más allá de las mantenidas previamente entre los dos reinos y acabó solicitando tropas escocesas para los asuntos de la corona inglesa en Francia, por lo que John Balliol, por presión de los altos mandatarios escoceses, se vio obligado a firmar el primer tratado franco-escocés en 1295 (Auld Alliance) y a denegar el envío de tropas a Francia para los menesteres de la corona inglesa. La respuesta de Eduardo I fue irrumpir con su ejército en Berwick en 1296 e iniciar la conquista de Escocia ciudad por ciudad y castillo por castillo, hasta convertirse en esencia él mismo en rey de los escoceses y llegando a administrar directamente desde Inglaterra este reino en un proceso en el que fueron eliminados todos los símbolos de soberanía e independencia de Escocia, siendo muy representativo el traslado a Londres de la Piedra de Scone o los Ragman Roll, unos documentos que contenían unas 1900 firmas de la nobleza, alta burguesía y el clero de Escocia en el que rendían vasallaje al rey inglés, reflejando una sumisión a Inglaterra no conocida con anterioridad.

Vista  del Monumento a William Wallace (1869) desde el Castillo de Stirling. Fuente.

Vista del Monumento a William Wallace (1869) desde el Castillo de Stirling. Fuente.

Derivado de esta situación y de la imposición en Escocia de tasas para la guerra en Francia, surgieron revueltas en forma de guerra de guerrillas tanto en el norte de Escocia, dirigidas por Andrew Moray, como en el sur a manos de William Wallace, mientras que clérigos y nobles escoceses mantenían una actitud titubeante y enfrentada. Desde la victoria en la batalla del Puente de Stirling en 1297 y la derrota un año después en Falkirk, hasta su captura y ejecución en 1305, William Wallace representó la lucha incansable contra el inglés y, pese a su derrota y a las numerosas incógnitas sobre su vida, se convirtió en el icono del mártir para cada generación escocesa, representando la identidad escocesa y la lucha por la independencia, teniendo con ello mucho que ver Blind Harry, que en su poema The Actes and Deidis of the Illustre and Vallyeant Campioun Schir William Wallace lo describe en tono heróico como todo un caballero y patriota, reflejo de la literatura y documentos escoceses de los siglos XIV y XV. Tras la muerte de Wallace, Robert the Bruce (nieto de Robert Bruce el Noble) utilizó ya en 1306 la lealtad al león, símbolo del rey de Escocia, para promover su causa de obtener la corona escocesa gracias al apoyo del clero escocés (como los obispos Robert Wishart y William Lamberton), tal y como quedó reflejado en una declaración del clero en 1310 para justificar el reinado de Bruce . Tras numerosas dificultades y tras eliminar a sus enemigos dentro de Escocia fieles a sus rivales los Comyn, fue aumentando su poder y su reconocimiento al trono escocés, solo obtenido tras la muerte de su potente rival Eduardo I y durante el reinado de su débil hijo Eduardo II de Inglaterra. Tras la victoria en los campos de Bannockburn en 1314, los escoceses avanzaron en la recuperación de su independencia respecto a Inglaterra, sus leyes y sus costumbres.

En la Declaración de Arbroath de 1320, bajo la fórmula de una carta enviada por Bruce al Papa, se buscó ratificar la independencia. Se solicita autorización para que los futuros reyes de Escocia pudiesen recibir la unción papal en su coronación junto a un compromiso de lealtad y protección a una Escocia independiente. Se volvían a repetir aspectos del tratado de Birgham de 1290 en el que se hablaba de derechos, leyes, libertades y costumbres de Escocia separados de cualquier otro reino. Esa lucha y opresión durante más de treinta años contribuyó a la definición de los propios escoceses, siendo muy representativa la conclusión de esa carta al Vaticano:

«Porque mientras cien de nosotros sigan con vida, jamás consentiremos de ninguna de las maneras en someternos al dominio de los ingleses, ya que no luchamos ni por la gloria, ni por la riqueza, ni por los honores, sino por la mismísima libertad, a la que ningún hombre de bien está dispuesto a renunciar mientras pueda defenderla con su vida.»

Representación de la batalla de Bannockburn en Scotichronicon (siglo XV). Fuente.

Representación de la batalla de Bannockburn en Scotichronicon (siglo XV). Fuente.

Tras múltiples ataques en el norte de Inglaterra y diferentes problemas con el papado, la independencia fue aceptada definitivamente por Eduardo III de Inglaterra en el Tratado de Edimburgo-Northampton en 1328; y durante la Segunda Guerra de Independencia (1332-1357) se observa ya una clara conciencia escocesa, basada en la identificación con el rey y su reino, siendo este entendido como una comunidad heredera de tradición, costumbre y ley. Al ser amenazada por los ingleses, David II de Escocia (hijo de Robert I de Escocia) utilizaba esa conciencia como cohesión para sus intereses y para promover su causa.

La lucha escocesa en la Guerra de Independencia y sus figuras históricas, símbolos de resistencia, fueron evolucionando y adaptándose a cada fase de la historia de Escocia. Tras la Unión de las Coronas bajo el rey escocés Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia en 1603 y la firma del Acta de Unión en 1707 se terminó conformando el Reino Unido, perdiendo Escocia su parlamento y soberanía política independiente al tiempo que mantenía una administración local, justicia, sistema educativo e iglesia diferenciadas. Durante el Renacimiento escocés y los levantamientos jacobitas se emplearon estos símbolos para defender la causa de la Casa de Estuardo, mientras que a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX el romanticismo redescubrió y recuperó los mitos y leyendas nacionales, reflejados por ejemplo en la construcción del Monumento a William Wallace en Stirling o en el poema de Robert Burns titulado Scots Wha Hae, en el que se simula una arenga ficticia de Robert the Bruce en Bannockburn.

Estatua de William Wallace de 1888 en Aberdeen. Fuente.

Estatua de William Wallace de 1888 en Aberdeen. Fuente.

El crecimiento económico derivado de la industrialización y vinculación al imperio británico sepultó en cierto modo durante un tiempo las reivindicaciones políticas, pero pese a que el Reino Unido fue creando nuevas señas de identidad como estado-nación, la identidad cultural escocesa siguió viva y se fue uniendo a las reivindicaciones de autogobierno a partir del último tercio del siglo XIX. Primó la búsqueda de concesiones políticas, la descentralización democrática y las reivindicaciones sociales con el resurgimiento del nacionalismo tras la desindustrialización de Escocia y el sentimiento creciente de periferia en los años sesenta, pero todo ello no impidió la exaltación de los mitos y raíces históricas de Escocia dentro de un movimiento literario nacionalista. Buen ejemplo de ello es que pese a lo controvertido que pueda ser el empleo de figuras arcaicas como Bruce o Wallace tanto por unionistas como nacionalistas, el día de la victoria en Bannockburn ha sido empleado por grupos políticos y cívicos desde el siglo XVIII hasta la actualidad; o el 700 aniversario de la victoria de Wallace en Stirling, que fue la fecha elegida para el referéndum por el restablecimiento del Parlamento escocés en 1997.

Buen ejemplo de lo expuesto en este texto es que el himno oficioso más aceptado por los escoceses, y a su vez el empleado en la mayoría de disciplinas deportivas, sea Flower of Scotland, que gira en torno a la lucha escocesa contra el ‹‹orgulloso›› rey Eduardo I, reflejo de esa búsqueda de la independencia y de la identidad nacional, que al mismo tiempo que reconoce que son cosas del pasado, señala que los escoceses estarán dispuestos a levantarse y mandar a ‹‹pensárselo de nuevo›› a todo aquel que atente contra su cultura y el propio devenir de Escocia. La lucha comenzada en Stirling y consumada en Bannockburn, tanto por lo sucedido en las Highlands y Lowlands escocesas como por la visión posterior que se fraguó de lo acaecido, entre el mito y la realidad, es básica para comprender lo que hoy es Escocia; no como único elemento de una identidad nacional escocesa (para unos única, para otros dual a la británica), sino como uno más de tantos que conforman la cultura y la historia de las mentalidades de los escoceses y escocesas.

Estatua ecuestre de Robert the Bruce en Bannockburn. Fuente.

Estatua ecuestre de Robert the Bruce en Bannockburn. Fuente.

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Redactor: Antonio Luis Martínez Rodríguez

Editor y redactor de la Sección de Medieval de Témpora Magazine. Arqueólogo, historiador y medievalista en potencia. Licenciado en Historia (UM), Máster en Arqueología (UGR) y Máster en Formación del Profesorado (UMH). Especializado en Arqueología, Patrimonio Cultural e Historia Marítima. Mis principales intereses se centran en la Historia de al-Andalus, Murcia e Irlanda. Divulgación y difusión cultural como arma arrojadiza contra la intolerancia y la ignorancia. En Twitter e Instagram: @cantonioluis

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