Contra las imágenes prefabricadas: el recurso a la metaficción histórica en la novela.

Nuestra dedicación a la historia […] era una dedicación a imágenes prefabricadas, grabadas ya en el interior de nuestras mentes, a las que no hacemos más que mirar mientras la verdad se encuentra en otra parte, en algún lugar apartado todavía no descubierto por nadie (Sebald, 2001: 75).

 

Lo primero que diré a aquellos que se hayan aventurado a la lectura de este artículo es: “No temáis. Si habéis leído la palabra metaficción y aun así habéis seguido adelante, sois unos valientes, lo más duro ha pasado.”

Vamos a entrar en el terreno literario de la ficción –más concretamente, en el de la novela–, sin perder de vista que nuestro interés, en este caso, se funda sobre sus relaciones con la Historia. A lo largo de las líneas que siguen trataré de conseguir que el esfuerzo merezca la pena, y para ello, me propongo: explicar qué es eso que llamamos metaficción y en qué formas aparece relacionada con la Historia; resumir cuáles son las características que definen a las novelas que se valen de este recurso; y por último, mostrar todo ello con un ejemplo que nos ayude a ver estas ideas materializadas sobre una novela en concreto. Para ello he elegido Austerlitz, de W.G. Sebald.

La metaficción narrativa. Fuente.

La metaficción narrativa. Fuente.

Podemos decir que hablamos de metaficción literaria cuando nos referimos a obras que ponen en marcha un juego autoreferencial, es decir, una escritura que hace referencia al propio proceso y resultado de la escritura, que es consciente de su condición de objeto literario y realiza una reflexión sobre ello, recordando así al lector constantemente que está ante una obra de ficción, valiéndose de todo ello para desdibujar la línea que separa ficción y realidad.

Aunque el concepto es bastante reciente, lo cierto es que la metaficción no es algo novedoso en nuestros días. Ya la encontrábamos en El Quijote, donde teníamos a un autor que comentaba el manuscrito de otro autor, que había escrito sobre el famoso hidalgo. Entrados en el siglo XX, en Niebla, de Miguel de Unamuno, la interacción del propio autor con los personajes es buen ejemplo.

¿Por qué este tipo de escritura puede ser –y en efecto, es– tan relevante en lo que a la narrativa de ficción histórica se refiere? Hagamos un pequeño repaso.

Hacia los años 70 del pasado siglo comenzaron a producirse ciertos cambios en el campo de la disciplina histórica, estrechamente relacionados con los cambios operados en el campo lingüístico y de Teoría literaria. Este momento clave, de ruptura con los paradigmas de la modernidad (surgimiento del posmodernismo), supone en el caso de la Historia una vuelta a la toma en consideración del aspecto narrativo y discursivo que conlleva su escritura, especialmente en la idea de una revelación contra el discurso dominante hasta el momento.

En este sentido, las propuestas más radicales y decisivas son las del historiador Hayden White que, desde la publicación en 1973 de su principal obra, Metahistoria, ha desarrollado una nueva concepción de la Historia mucho más próxima a la Teoría literaria. De su obra podemos extraer, entre otras muchas cosas, que la narrativización de los hechos históricos de una forma coherente es un mecanismo que remite a la forma misma en que concebimos nuestra existencia como seres humanos: no es inherente a los hechos mismos, sino que viene impuesta por el historiador. De esta forma, un mismo hecho histórico puede servir de formas muy distintas al relato historiográfico, en función del papel que el historiador le asigne dentro del conjunto narrativo.

En definitiva, la forma en que explicamos el pasado responde a un esquema de selección y ordenación que depende del historiador. Este será quien teja una trama que busca dar a la Historia un desarrollo coherente, y será igualmente quién establezca los puntos de partida y final de la conjunto elegido; puntos que por supuesto no son parte de los hechos en sí mismos. Todas esas construcciones tienden a la imposición de una significación moral. Lo importante e imposible de obviar es que toda historia, aun estando narrada de una forma más sincrónica o estructural, está tramada de alguna manera (White, 1973: 19).

Como no podía ser de otra forma, todas estas cuestiones comenzaron a reflejarse en la producción literaria y, de una forma mucho más evidente, en la más susceptible de todas ellas a los cambios teóricos en Historia y Literatura: la novela histórica. La nueva forma de hacer novela histórica, desde este momento, no es otra cosa que el reflejo de las nuevas formas de hacer Historia y de concebir la Literatura. Es lo que ha venido a llamarse “novela histórica posmoderna” y es en ella, precisamente, donde la metaficción encontrará un campo de juego de dimensiones considerables.

Ficción dentro de la ficción. Fuente.

Ficción dentro de la ficción. Fuente.

La nueva novela histórica propone un modelo diametralmente opuesto al de la novela histórica tradicional –esa en la que, a priori, todos pensamos cuando hablamos de este género: la de Walter Scott o Pérez Galdós–, cuyos presupuestos de partida estaban en la posibilidad de representación de la realidad histórica y en la necesidad de reivindicación de la legitimidad de dicha práctica. Ahora que la forma de entender la Historia ha cambiado, y que la principal preocupación es el cuestionamiento del discurso histórico heredado de la modernidad, los dos pilares básicos serán la distorsión de los materiales históricos al incorporarlos a la narración ficcional y la metaficción  como eje formal y temático.

Así, la novela histórica en la posmodernidad ha tendido a la transgresión de los límites tradicionalmente marcados por la diferenciación ente historiografía y narrativa de ficción, ha buscado dar voz a los sectores más olvidados por la Historia oficial  y, en definitiva, ha denunciado la forma en que las distintas versiones históricas se usan constantemente como instrumentos de poder (Fernández Prieto, 2003: 164). La asunción de la naturaleza narrativa de la Historia y el cuestionamiento de la historiografía como disciplina es la que lleva a recurrir a mecanismos que tratan de evidenciar esa incapacidad del discurso histórico para ofrecer una visión objetiva del pasado.

En definitiva, teniendo en cuenta que desde la segunda mitad del siglo pasado, la Historia en cuanto disciplina no es la misma, es de naturaleza pensar que, en consecuencia, no puede ser contada de la misma forma, ni en la historiografía profesional ni en la literatura histórica. Precisamente por esto, desde la asunción de los límites que se imponen a la representación y al conocimiento del pasado histórico, aparecen la visión autocrítica y el cuestionamiento desmitificador de la narrativa histórica como género, lo que necesariamente implica un cuestionamiento del discurso que ha construido hasta ahora.

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando nos encontramos ante una novela de estas características? Lo primero y más evidente que he constatado es que muy pocos asumirán que se encuentran ante una novela histórica, por sus características tan alejadas del género de capa y espada que generalmente se ha entendido como tal. Sin embargo, podríamos decir que, en lo que atañe a nuestros días, no hay novela más histórica que aquella en la que la Historia, la conciencia histórica y la reflexión sobre el discurso histórico son protagonistas.

Para dejar todo este asunto un poco más claro, hablaré muy brevemente de una novela que encaja dentro de los esquemas de este tipo de literatura histórica posmoderna: Austerlitz, del alemán W.G. Sebald. Jacques Austerlitz es el protagonista de esta novela en la que tratar de resumir un argumento es tarea difícil: podría decirse que Austerlitz es una novela que carece de una trama, en la que parece no pasar nada y en la que el tiempo, conforme avanza la lectura, parece suspendido en algún punto entre el pasado y el presente (White, 2012: 19-39).

En primer lugar, Austerlitz cuenta con un narrador en primera persona que aparece como protagonista para, cuando apenas hemos leído cuatro páginas, presentarnos a Jacques Austerlitz. Desde ese momento y hasta el final, la novela trata una serie de encuentros entre estos dos personajes, narrador y protagonista, en los que el pasado de Austerlitz se va desvelando poco a poco, al tiempo que acudimos a estudiadas y minuciosas descripciones de arquitecturas, paisajes y anécdotas diversas. Todo bajo una intrusión constante de intermediarios entre la narración y el lector: “dijo X, dijo Austerlitz”, en este caso al narrador, que a su vez nos lo dice a nosotros. Es una estructura que se repite constantemente y que nos lega esa sensación de construcción literaria, fundamentada sobre una multitud de datos históricos asombrosa, pero discurso narrativo, en definitiva.

Austerlitz, W.G. Sebald. Fuente.

Austerlitz, W.G. Sebald. Fuente.

Los encuentros entre el narrador y Austerlitz se inician en la estación de Amberes, donde el protagonista es situado en la “Salle des pas perdus”[1] , metáfora clara que nos asoma al lugar en que, de hecho, se encuentra el personaje en ese momento, frente al encuentro final, en la Gare d’Austerlitz de París, en la que el encuentro de su pasado ha llevado al protagonista a encontrarse a sí mismo, al comprender finalmente el tiempo y el espacio en el que construir su propia historia, justo en ese lugar que lleva el mismo nombre que él. Austerlitz ha estado buscando su historia por esa necesidad inherente a los seres humanos de comprender nuestro presente: sin eso, nos encontramos en el vacío de una falta de identidad.

Desde el momento en que Austerlitz cuenta a nuestro narrador, y por medio de éste a nosotros, que toda su infancia y juventud no supo quién era en realidad (Sebald, 2001: 48), hasta las páginas en que finalmente el protagonista habla del descubrimiento de su identidad como un exiliado, separado de su familia como resultado de la ocupación nazi, nos encontramos ante una novela que es a al mismo tiempo una enorme recopilación de muchos relatos distintos, independientes, y que apenas al final parecen tener su sentido dentro del desorden que es la Historia vista como un presente en el que todos, vivos y muertos, parecen convivir.

De alguna manera Austerlitz es una novela que escribe la Historia o, al menos, escribe sobre la forma en que los seres humanos podemos percibir y escribir nuestra Historia. Lo que construye al personaje principal es su necesidad de construirse a sí mismo desde su pasado, de entenderse a sí mismo en el contexto de un tiempo y una historia que le han sido arrebatadas: es una novela que tematiza la Historia, cuestiona el discurso histórico dominante e incluso la forma en que entendemos el tiempo.

Parece que podría afirmarse, de hecho, que Austerlitz cuestiona el hecho mismo de la construcción del elemento “tiempo”, absolutamente artificial, por el que se rigen nuestras vidas. Así habla el protagonista, en una de sus conversaciones con nuestro narrador: “Un reloj me ha parecido siempre algo ridículo, algo esencialmente falaz, quizá porque, por un impulso interior que nunca he comprendido, me he opuesto siempre al poder del tiempo, excluyéndome de la llamada actualidad, con la esperanza  […] de que el tiempo no pasara, no haya pasado” (Sebald, 2001: 104).


[1] Sala de los pasos perdidos.

Bibliografía|

FERNÁNDEZ PRIETO, C. (2003), Historia y novela: poética de la novela histórica, Navarra, Eunsa.

HUTCHEON, L. (1988), A Poetics of Postmodernism: History, Theory, Fiction, London & New York, Routledge.

SEBALD, W.G., (2001), Austerlitz, Barcelona, Anagrama (2013).

WHITE, H. (1978), Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica (1992).

─, (2012) “El pasado práctico”, en Tozzi, V. y Lavagnino, N., Hayden White, la escritura del pasado y el futuro de la historiografía, Buenos Aires, Universidad Nacional de Tres de Febrero, pp. 19-39.

Redactor: Sara Esturillo Reyes

Licenciada en Historia y Máster en Estudios Literarios por la Universidad de Granada. Intereses en teoría de la Historia y de la Literatura, y en las relaciones que se establecen entre ambas disciplinas.

Comparte este artículo

Trackbacks/Pingbacks

  1. La eterna disputa: Historia vs. Literatura – Un día de guerra - […] Un día de guerra, sería, en la línea de lo que se ha venido diciendo sobre eso que llamamos …

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies