Cine, poder y censura cultural al inicio de la Revolución Cubana (I)

Cine y revolución

Era marzo de 1959 y aquel llamado Año de la Liberación apenas había comenzado tras el Triunfo de la Revolución Cubana. El Consejo de Ministros, recién instaurado, aprobaba una ley, la nº 169[1], y creaba el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (en adelante ICAIC) que plasmaría desde sus orígenes los elementos por los que destacaría el cine cubano en el panorama internacional. El texto fue presentado en la Gaceta oficial el 24 de marzo, firmado por el Primer Ministro, Fidel Castro (en adelante Fidel, como se le conoce en la Isla) y Armando Hart Dávalos, Ministro de Educación. En este caso, el cine sobresalía por su vertiente artística: «El cine es un arte», rezaba el preámbulo; no es de extrañar que aquellos revolucionarios –que habían hecho hincapié en desarrollar otro modelo de sociedad– se distanciaran de las relaciones económicas propias de una sociedad capitalista. La siguiente frase de aquella ley completaba a la primera, pues afirmaba que:

El cine constituye por virtud de sus características un instrumento de opinión y formación de la conciencia individual y colectiva y puede contribuir a hacer más profundo y diáfano el espíritu revolucionario y a sostener su aliento creador[2].

Dicho de otro modo, se trataba de considerar al séptimo arte –uno de los medios de comunicación más importantes de la época– como una poderosa herramienta de transmisión (y propaganda) de un nuevo proyecto político que se estaba instaurando. En este sentido, el arte, la propaganda y también la industria cinematográfica se fusionarán para crear un todo, el ICAIC, un novedoso y revolucionario organismo que instrumentalizará la política cultural cinematográfica a partir de entonces, pero que chocará también de manera conflictiva en algún momento con la libertad artística. Es probable que entre los redactores de aquella ley se preguntasen cuál era la “fórmula” de propagar una nueva ortodoxia cultural sin sacrificar la libertad creadora. O, dicho de otra manera, ¿de qué forma un Estado puede controlar, sin dirigir, la actividad cinematográfica que, a diferencia de otras, como la literatura, está relacionada con la industria?

Los Dos Guevaras, Ernesto y Alfredo. Fuente.

Los Dos Guevaras, Ernesto y Alfredo. Fuente.

Si bien este debate (re)aparecerá en diversos momentos de la historia de la Revolución, el clímax llegó casi al inicio, en 1961; por aquel entonces, Fidel pronunció un discurso en la Biblioteca Nacional delante de un grupo de intelectuales a raíz de la censura de un cortometraje. En aquella reunión se sentaron las bases de la política cultural (no sólo cinematográfica) que se llevaría a cabo en la isla durante las próximas décadas. Pero, lo que más nos interesa, era averiguar cuál fue la idea central; es decir, hasta qué punto la libertad creadora y artística sería (o no) ahogada. Una frase del mismo quedó recogida para la historia cuando, de forma impactante, Fidel dijo: «Dentro de la revolución, todo, contra la revolución, nada»[3]. Aunque hay quien piensa que estas palabras fueron malinterpretadas, si nos ceñimos a ellas, quedaba claro que para Fidel –el Comandante en Jefe[4]– los límites de la libertad creadora no debían sobrepasar a la propia Revolución, pues:

[…] el revolucionario pone algo por encima aun de su propio espíritu creador: pone la Revolución por encima de todo lo demás y el artista más revolucionario sería aquel que estuviera dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística por la Revolución[5].

Desde sus inicios, el ICAIC se presentará entonces como un organismo que tendrá que ser capaz de apoyarse en tres polos a menudo antiéticos y difíciles de conciliar; estos son: industria, arte y política. Debía crear una nueva infraestructura industrial cinematográfica que cediera a la rentabilidad comercial tradicional del capitalismo, animar una creatividad artística de tipo vanguardista y tratar de conformar ésta a la nueva realidad política revolucionaria. Por eso el caso cubano es tan particular, porque a partir de 1959 y hasta la actualidad, estos tres polos mantendrán una peculiar dinámica que hará de la historia del cine un conjunto muy original. Así, desde unas obras claramente propagandísticas hasta las críticas, el panorama pasó por un amplio abanico en el que se produjeron numerosas «luces» pero también engendró algunas «sombras» –como el corto PM [Pasado Meridiano] que supuso un examen a aquellos límites creadores de los que hablaremos[6].

De esta forma, para un balance en profundidad del cine cubano a partir de 1959, del funcionamiento del ICAIC, de la figura central de Alfredo Guevara[7], de su particular economía, o de la recepción dentro y fuera del país, se necesitará que hacer un análisis histórico que resulta siempre muy difícil, pues estos temas suscitan con frecuencia juicios poco ecuánimes. El cine, así como cualquier aspecto de la Revolución Cubana, ha sido enfocado muy a menudo desde posiciones apasionadas (a favor y/o en contra) y muy pocas veces desde la sana distancia que exige la investigación científica.

1959: ICAIC, ¿punto cero?

Hablar hoy día de la Revolución Cubana es una tarea difícil porque se trata de conciliar un pasado y un presente que forma parte de un mismo fenómeno histórico. Por este motivo, tratar cualquier aspecto de Cuba a raíz 1959 genera alguna contradicción, pues en numerosas ocasiones el momento histórico tiende a comprimirse en un todo de enorme complejidad. En el caso que nos importa, el término “Revolución” puede funcionar como un contexto temporal pero también ideológico. Analizar el cine de [o en] la Revolución Cubana provoca de forma implícita la existencia de otro tipo de cine, ya sea fuera de su marco cronológico (cine prerrevolucionario) o ideológico, es decir, cine fuera del ICAIC o fuera de Cuba.

El discurso oficial ha argumentado en varias ocasiones que antes de 1959 no existía un cine «auténticamente cubano» y lo explica apoyándose en el «asalto» estadounidense que impidió el desarrollo del mismo[8]. Algunos de estos discursos acusan al cine anterior a esta fecha de haber sido pobre en cuanto a calidad e incapaz en cuanto a la idea de mostrar la auténtica Cuba. En este sentido, el discurso revolucionario se enmarcará dentro de una doble dinámica: la de romper con el sistema anterior y la de fundar algo totalmente nuevo.

De esta manera, creemos que la historia del ICAIC no empieza a finales de marzo de 1959, aunque oficialmente esa fue la fecha de su aparición oficial, sino el primero de enero de aquel año. Aquella noche cálida y típica caribeña, ocurrieron dos fenómenos paralelos que guardan un profundo simbolismo: en un extremo occidental de la Isla, Fulgencio Batista, un militar que había ocupado el sillón presidencial a raíz de un golpe de estado en 1952, huía hacia la República Dominicana y nunca más volvería a pisar suelo cubano. Al mismo tiempo, en el extremo oriental de la misma, en un balcón céntrico del Parque Céspedes de Santiago de Cuba, Fidel daba su primer discurso triunfal. Oficialmente aquella noche se inició la Revolución, una nueva etapa que no solo debe entenderse como el fin de la dictadura de Batista, sino también como el momento a partir del cual se (auto)representará un fenómeno político totalmente nuevo: una Revolución que se identificaba con las Guerras de Independencia y que significaba el final de las luchas de liberación que habían comenzado un siglo atrás. No es casualidad que se eligiera precisamente ese balcón, pues formaba parte del antiguo ayuntamiento de época colonial, pero tampoco es casual el parque donde se encontraba reunido el pueblo en Santiago de Cuba. El Parque Céspedes lleva el nombre del primer cubano que se levantó contra los españoles, Carlos Manuel de Céspedes, considerado en Cuba el Padre de la Patria. Así, cargado de simbolismo, Fidel afirmó:

La República no fue libre en 1895 y el sueño de los mambises se frustró a última hora; la Revolución no se realizó en 1933 y fue frustrada por los enemigos de ella. Esta vez la Revolución tiene al pueblo entero, tiene a todos los revolucionarios, tiene a los militantes honorables. ¡Es tan grande y tan incontenible su fuerza, que esta vez el triunfo está asegurado! Podemos decir con júbilo que en los cuatro siglos de fundada nuestra nación, por primera vez seremos enteramente libres y la obra de los mambises se cumplirá[9]

Por ello, el caso del séptimo arte también será visto como una auténtica creación. El hecho de que el texto que creara el ICAIC fuera una ley es muy revelador al caso. Su función no solo consistirá en reglar la actividad cinematográfica y determinar lo que será o no autorizado, sino que su papel se caracterizará sobre todo por orientar cómo debe ser el cine en cuanto a contenido, así como la relación que debe establecerse con la cultura nacional. En el ámbito legislativo, la ley nº 169 se presentaba como la encargada de agrupar bajo el mismo organismo dos sectores: producción y distribución. Este hecho se debe a la necesidad que había en la isla de desarrollar una auténtica industria de cine, inexistente antes de la Revolución[10]. Su autor material fue Alfredo Guevara, joven intelectual, amigo íntimo de Fidel desde la universidad y futuro presidente del ICAIC. En este sentido, su nombramiento levantó pasiones encontradas; el hecho de ocupar una posición tan elevada en la cultura nacional le granjearía la crítica de algunos de sus antiguos compañeros intelectuales, muchos de los cuales se conocieron a raíz de un antiguo organismo creado en 1948 llamado Cine Club de La Habana[11]. Entre los críticos a Guevara se encontraban los compañeros intelectuales y redactores del suplemento literario Lunes de Revolución[12], Guillermo Cabrera Infante y Carlos Franqui (ambos exiliados de Cuba en la década del sesenta).

(De izquierda a derecha) Ramiro Valdés,Camilo Cienfuegos,Che Guevara, Carlos Franqui. Fuente.

(De izquierda a derecha) Ramiro Valdés,Camilo Cienfuegos,Che Guevara, Carlos Franqui. Fuente.

Desde sus inicios, el ICAIC tuvo una voluntad de partir de cero, de negar íntegramente todo lo que se había hecho en Cuba anteriormente. Por ello, el primer «Por cuanto» de la ley (aquel que dice: «el cine es un arte»), resume bastante bien las aspiraciones y el espíritu de Guevara; el texto, aunque reconoce al cine como «un instrumento de opinión y formación de la conciencia individual y colectiva» está sobre todo inspirado en la lucha nacionalista que había movilizado la lucha contra Batista; por ello, defendía que:

[…] Nuestra historia, verdadera epopeya de la libertad, reúne desde la formación del espíritu nacional y los albores de la lucha por la independencia hasta los días más recientes una verdadera cantera de temas y héroes capaces de rencarnar en la pantalla, y hacer de nuestro cine fuente de inspiración revolucionaria, de cultura e información. […] es el cine el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística y de divulgación y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas[13].

Casualidad o no, estas palabras recuerdan a lo que Lenin dijo tiempo atrás: «de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante». Puede que el significado real de aquella frase nunca lleguemos a conocerlo, pero lo que sí sabemos es que los primeros integrantes de este Instituto fueron, además de su presidente Guevara, Tomás Gutiérrez Alea (quién colaboró en la redacción de la ley), Guillermo Cabrera Infante y el joven Fausto Canel. Además, en los meses posteriores a su creación, también la sección fílmica de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde comenzará a integrar a sus miembros en el mismo. Hay quien ha interpretado la creación del ICAIC como una operación más ideológica que cultural. Decir que en sus inicios no existieron pretensiones ideológicas sería faltar a la razón; las hubo, y prueba de ello está en el número creciente de documentales y también algunos largometrajes, que más que buscar el interés científico tenían un marcado carácter didáctico y/o propagandístico. Algunos de los ejemplos de los primeros tiempos fueron Cooperativas agropecuarias (1959) y El tomate (1960) de Fausto Canel,  La vivienda (1959), Un año de libertad (1960) y Patria o muerte (1960) de Julio García Espinosa así como Esta tierra nuestra (1959), Muerte al invasor (1960) e Historias de la Revolución (1960) de Tomás Gutiérrez Alea.  Pero a decir verdad, la Revolución no tenía todavía una clara doctrina (cultural) preferente. Aun cuando en el seno del séptimo arte se hablaba de un programa nacionalista y democrático, la convivencia de diversas ideologías era real. En el campo cultural, todavía confluían las tendencias liberales (representados en Carlos Franqui y Cabrera Infante) y el marxismo más ortodoxo de Blas Roca. Dentro de ese esquema, cabe decir que Alfredo Guevara se encontraba en una posición más bien intermedia.

El auténtico poder del ICAIC se empieza a demostrar cuando se pone bajo su mandato la Comisión Revisora de Películas (renombrada más tarda la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas). En aquel entonces, todos los cineastas del momento tenían en mente la idea de modernizar el lenguaje cinematográfico y, si ellos soñaban que la Revolución cambiaría el mundo, de alguna forma también pensaban que podían cambiar el cine. Pero, ¿quiénes podían ser los adversarios del ICAIC para que se creara una comisión censora? No serían los realizadores representativos del período prerrevolucionario, tampoco los que se mostraban contrarios a la Revolución; sus verdaderos enemigos estaban en el seno del campo revolucionario y la pugna era clara: conseguir la hegemonía del poder (cultural). Para el presidente del Instituto de Cine, Alfredo Guevara, estaba claro que estos se agrupaban en el suplemento literario Lunes de Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante. Por eso, el magazine funcionó solo desde marzo de 1959 (su primer número fue publicado el 23 de marzo, justo un día antes de que se creara oficialmente el ICAIC)  hasta noviembre de 1961. Ya desde un principio, y en los más de cien números, Lunes, como se conocía, fue el reflejo de las difíciles relaciones que existieron en el seno de la política y la cultura cubana; es decir, representó uno de los espacios más importantes de enfrentamiento por alcanzar el poder cultural.

Por ello, creemos que con su cierre en 1961, se pasó de una etapa de espontaneidad y pluralismo a otra de institucionalización y oficialismo cultural. Esto fue así porque las discrepancias que mantenía con el ICAIC se pusieron de manifiesto casi desde el principio de su creación. La mayoría de estos enfrentamientos intelectuales se basaban en discrepancias con respecto a los referentes estéticos. Si bien el ICAIC se mostraba inclinado a nutrir su actividad bajo las lecciones heredadas del neorrealismo italiano, Lunes, en cambio, a través de la figura de Guillermo Cabrera Infante, se mostró muy crítico con este movimiento –superado en aquella época– y se posicionaba a favor del Free Cinema Británico[14], la Nueva Ola francesa e incluso con la Academia de Hollywood. Pero a decir verdad, como dice el propio Cabrera Infante «no es difícil ver que estábamos, literalmente, contra todas las banderas»[15]. Pero no será hasta 1961, en un momento de profunda intensidad política, cuando asistamos a la pugna clara entre ambos grupos, solo falta por definirse un claro vencedor.

Cabrera Infante en el exilio (1994). Fuente.

Cabrera Infante en el exilio (1994). Fuente.


[1] Texto completo en GARCÍA BORRERO, Juan Antonio: Cine cubano de los sesenta: mito y realidad, Madrid, Ocho y Medio, 2007, pp. 411-417.

[2] Ibíd.

[3] Texto completo en Palabras a los intelectuales, discurso de Fidel en la Biblioteca Nacional, 16, 23 y 30 de junio de 1961. [en línea] http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f300661e.html [Consultado: 8 de diciembre de 2015].

[4] Si no tenemos en cuenta que por aquel entonces ya había sido nombrado Primer Ministro, el grado de Comandante en Jefe durante los años en la Sierra Maestra atendía más a una connotación simbólica que política, pues como reconocería en incontables ocasiones, el líder de la Revolución no era él, sino “El Apóstol “José Martí.

[5] Ibíd.

[6] BERTHIER, Nancy: Cine y revolución cubana: luces y sombras, Valencia, Ediciones de la Filmoteca, 2008.

[7] Alfredo Guevara (1925-2013) fue unos de los creadores y durante muchos años Presidente del ICAIC.

[8] BERTHIER, Nancy: Cine y revolución… p. 38-39.

[9] Discurso del Triunfo de la Revolución, Fidel Castro en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba, 1 de enero de 1959. [en línea] http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f010159e.html [Consultado: 30 de mayo de 2015].

[10] BERTHIER, Nancy: Cine y revolución… p. 43.

[11] Llamado posteriormente la Cinemateca Cubana, fue creado por Germán Puig y Ricardo Vigón, al que se unieron Alfredo Guevara, Guillermo Cabrera Infante y también Gutiérrez Alea. Se dedicaba a proyectar sesiones de cine clásico en la capital cubana y fue un intento de concederle a la isla una cinemateca oficial inexistente.

[12] Suplemento literario del periódico Revolución (dirigido por Carlos Franqui) que funcionó desde el 23 de marzo de 1959 al 6 de noviembre de 1961. Dirigido por Guillermo Cabrera Infante, el semanario cultural recogió en sus 131 números las dificultades y conflictos existentes en aquellos primeros años de la Revolución y fue también uno de los máximos exponentes del magacín cultural latinoamericano.

[13] GARCÍA BORRERO, J.A.: Cine cubano… p. 412.

[14] Movimiento cinematográfico nacido en el Reino Unido que promovía la estética realista a partir de la representación de lo cotidiano.

[15] LUIS, William: Lunes de Revolución: Literatura y cultura en los primeros años de la Revolución Cubana, Sevilla, Editorial Verbum, 2003, p. 148.

 

Bibliografía|

BERTHIER, Nancy, “Cine y revolución cubana: luces y sombras“, Valencia: Ediciones de la filmoteca, 2008.

GARCÍA BORRERO, Juan Antonio,  ”Cine cubano de los sesenta: mito y realidad”, Madrid: Ocho y medio, 2007.

LUIS, William, “Lunes de Revolución: Literatura y cultura en los primeros años de la Revolución Cubana”, Sevilla: Editorial Verbum, 2003.

POGOLOTTI, Graziella, “Polémicas culturales de los 60″, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2006.

Redactor: Mario Linares Díaz

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