Portaaviones, los nuevos leviatanes (II).

Continuamos en esta segunda parte justo donde lo dejamos, en mitad de la batalla de Midway, enfrentamiento decisivo de la Segunda Guerra Mundial y prueba de fuego inicial para los portaaviones:

Recordemos que el juego consistía en intentar pillar al enemigo con sus aviones repostando, en el momento de más indefensión, pues no había aviones para defender los barcos y además las cubiertas estaban llenas de munición, hombres, combustible y gases inflamables. Tras cuatro días las flotas se retiraron finalmente. Los Estados Unidos habían perdido el Lexington, que estalló por una combustión de estos gases del repostaje. Fue una victoria pírrica para Japón pero que inquietó mucho al alto mando nipón ya que Estados Unidos había plantado cara, y le hizo cambiar sus prioridades: había que sacar a Estados Unidos de la Guerra.

Para ello atacarían en Midway, la base avanzada de Pearl Harbor, desde donde darían el salto a ésta y conquistarían todo Hawaii. Así, teniendo capturado suelo americano y con capacidad de bombardear San Francisco y Seattle, ofrecerían la paz a unos Estados Unidos que, asustados,  aceptarían. Pero los japoneses no contaban con que su sistema de cifrado había sido roto por la inteligencia estadounidense y los americanos conocían el plan al dedillo. Se destinó una importante fuerza naval a la zona, reunida a toda prisa y en secreto y que tenía como núcleo tres portaaviones de los cuatro estadounidenses del  momento. Era un todo o nada.

Y nuevamente las flotas se enzarzaron en un combate en el que los barcos nunca estaban a la vista, sino que el trabajo de reconocimiento lo hacían aviones que tenían la labor de encontrar a los portaaviones enemigos y dar la señal. Al recibir esta señal los portaaviones aliados lanzaban rápidamente sus propios aparatos para destruir los barcos enemigos. Y los Estados Unidos eran superiores. La batalla se decidió sobre todo porque los barcos americanos podían llevar más aviones y repostarlos más rápido. Japón perdió ese día tres portaaviones que nunca pudo reemplazar y no consiguió conquistar Midway.

Esta batalla, junto a la del Mar del Coral, fueron la constatación de un hecho: los nuevos reyes del mar eran los portaaviones. Estados Unidos puso a funcionar su músculo industrial consciente de esto y para 1945 tenía desplegados veinte colosos por todo el Pacífico.

LA ERA DE LOS PORTAAVIONES

La Segunda Guerra Mundial había terminado con una costosa victoria aliada tanto en Europa como en Asia, pero la siguiente guerra estaba a la vuelta de la esquina. La Guerra Fría (1948-1989) fue un largo conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que nunca llegó a estallar pero cuyas ramificaciones y conflictos secundarios tuvieron carácter global. Y para ganar este conflicto global el mar era una pieza clave. Las flotas estadounidense y soviética crecieron a pasos agigantados, pero Estados Unidos contaba con ventaja en dos aspectos.

El primero de ellos era que los estadounidenses habían construido una grandísima flota durante su combate con Japón y la tenían prácticamente intacta al final del conflicto, mientras que la Unión Soviética había librado una contienda principalmente terrestre, por lo que su flota no era tan potente. La otra razón era la orografía: Estados Unidos cuenta con buenos puertos tanto en su costa este como en la oeste, mientras que la URSS contaba con unos puertos siberianos pequeños y con unas salidas al Mar Negro y Caspio muy distantes  para las que era necesario atravesar un Mediterráneo controlado por la OTAN. Estados Unidos ganó esta carrera de portaaviones, con la creación de la nueva clase Nimitz, gigantescas ciudades flotantes del tamaño de cuatro campos de fútbol y tripuladas por más de tres mil personas. Aún hoy no tienen rival alguno en los mares. Están propulsados por reactores nucleares y tienen sus propias potabilizadoras de agua, lo que hace posible que estén años sin tomar tierra.

La Unión Soviética solo llegó a construir seis de estos leviatanes, más pequeños y con menos autonomía que los norteamericanos, y estaba en proceso de construir otro más cuando sufrió el colapso económico que terminó con ella.

Los portaaviones se han convertido en las naves capitanas de las armadas, el punto fuerte y central. Los demás barcos no son más que buques de escolta que protegen y dan apoyo a los portaaviones en sus misiones. Los almirantes sientan sus banderas en portaaviones y poseer uno es un símbolo de prestigio nacional y poder militar. Se convirtieron también en el símbolo de la amenaza. Los Estados Unidos movían como fichas sus portaaviones por el mundo, acercándolos a las zonas calientes y con ello, avisando de su poder y sus intenciones. Corea, Vietnam, Cuba, Grecia, China… todos los escenarios políticos y militares importantes de esta época tienen un portaaviones de fondo en su fotografía.

Sin embargo, todos los reinados acaban y nuevas armas y nuevas tecnologías suponen en la guerra el fin de una era. Los nuevos misiles de crucero, la obsesión de la Guerra Fría, podían bombardear con armas convencionales o nucleares desde lugares muy alejados o desde un sigiloso submarino, sin necesidad de que una costosa (y ruidosa) flota de portaaviones con su escolta los transportara. Así mismo el acelerado desarrollo de la aviación alumbró motores a reacción que no tardaron en superar la barrera del sonido y que podían atravesar océanos sin repostar, obviando la necesidad de pistas de aterrizaje en movimiento.

A finales ya de los setenta, se empezó a discutir en los círculos militares si los portaaviones eran un arma adecuada o se había quedado desfasada. Lo cierto es que la discusión continúa hoy en día, pero los portaaviones se han seguido construyendo (por parte de Estados Unidos) y las otras naciones han continuado adquiriéndolos.

La caída de la Unión Soviética pareció anunciar un nuevo mundo en paz en el que los ejércitos y las flotas podrían ser reducidos a niveles testimoniales. La realidad estaba muy lejos de esa predicción y la gran cantidad de conflictos de baja intensidad en los que han intervenido las potencias occidentales han creado un mundo más armado que nunca y en el que los portaaviones, aunque cuestionados, siguen teniendo su importante y colosal presencia.

HOY: LAS MALVINAS, LOS BALCANES Y ORIENTE MEDIO

Aunque cronológicamente la Guerra de las Malvinas encaja dentro del contexto de la Guerra Fría, la consideramos actual por sus características. Fue un conflicto entre Gran Bretaña y Argentina, ambos aliados de Estados Unidos y que tuvo como detonante la invasión por parte de Argentina de unas pequeñas islas atlánticas bajo mandato británico. Gran Bretaña respondió a la provocación y envió una flota que incluía dos portaaviones, uno de ellos el Invencible, su nave capitana y el orgullo de la Royal Navy. Argentina también desplegó su portaaviones, el Veinticinco de Mayo. Como era de esperar, los cazas que despegaron desde los portaaviones británicos fueron superiores a los argentinos y la flota argentina fue atacada, sufriendo el Veinticinco de Mayo daños y siendo retirado. En una guerra entre dos flotas occidentales, aunque desiguales, en plenos años ochenta los portaaviones habían vuelto a ser el punto clave y habían demostrado su valía.

A principios de los noventa, ya con la Guerra Fría terminada, los conflictos de los Balcanes estallan en un contexto de confusión e intolerancia. La coalición internacional liderada por Estados Unidos, comienza una campaña de bombardeos para frenar a  las tropas croatas y serbias. El uso del portaaviones es nulo, pues la autonomía de los aviones es tan grande que pueden despegar tranquilamente desde bases italianas, atacar y volver. Sin embargo, Estados Unidos decidió utilizar sus mejores y mayores armas para no depender de las bases de nadie y los portaaviones Theodore Roosevelt y America son destinados a la zona, soportando gran parte de los despegues realizados.

Los últimos grandes contextos bélicos han tenido como escenario Oriente Medio. Las dos Guerras del Golfo, la primera a principios de los noventa y la segunda en 2003 fueron en gran medida invasiones marítimas y áreas. La presencia de los portaaviones fue indiscutible en estos momentos, llevando el peso de las operaciones de bombardeo y apoyo a las tropas de tierra. Las fuerzas aéreas iraquís no tuvieron en ningún momento la capacidad suficiente para pensar siquiera en atacar la increíble fuerza de los portaaviones estadounidenses y los desenlaces de estos conflictos supusieron una irremediable derrota de las fuerzas iraquís.

Sus consecuencias sin embargo son más inciertas. Hoy en día la fuerza del Estado Islámico crece por momentos y su única debilidad está en el aire. Sin una fuerza área que apoye sus operaciones en tierra la coalición occidental los está combatiendo con ataques de aviación llevados a cabo por drones y aviones lanzados desde portaaviones, así como misiles de crucero. Para comprobar la importancia que siguen teniendo hoy los portaaviones es ilustrativo ver como Francia lo primero que ha hecho al declarar la guerra a ISIS en 2014 es enviar a su único portaaviones, el Charles De Gaulle, a realizar misiones de bombardeo, dónde actualmente continúa.

CONCLUSIÓN

Con la llegada de los misiles de crucero y los drones no tripulados muchos estrategas militares pensaban que la guerra naval había terminado para siempre. Construir, equipar y mantener portaaviones y sus flotas de escolta es tremendamente costoso,  sobre todo si lo comparamos con estas nuevas armas. Este cuestionamiento a los actuales reyes del mar es la causa de que muchos de los procesos de construcción estén detenidos en los astilleros. Solo  veintidós portaaviones están sirviendo actualmente en las flotas de todo el mundo, diez de ellos en la marina estadounidense. Los siguientes en la lista son la India e Italia, con dos cada uno, aunque se espera que Gran Bretaña se coloque con tres portaaviones para 2018. Esta línea de continuidad habla todavía a favor de los portaaviones como arma disuasoria y de prestigio, aunque la construcción de los nuevos portaaviones británicos está causando muchas protestas y rechazo (ambos tienen un presupuesto combinado de 7440 millones de euros).

España por su parte se ha decantado por la nueva clase de portaaviones multiuso, que pueden reconvertirse para otros objetivos. El Juan Carlos I es oficialmente un buque de asalto anfibio con capacidad para transportar hasta treinta aviones y es también el buque insignia de la armada española.

De las decisiones que se tomen y del desarrollo de la política internacional depende el futuro que tenemos ante nosotros. Un mundo en paz posiblemente conserve a los portaaviones reconvertidos en buques escuelas o en parques de atracciones, como ha hecho China con su Kiev, en Tianjin. O simplemente como símbolos de un poderío naval.

Un mundo en guerra siempre guarda amargas sorpresas y es mucho más incierto, pero si desafortunadamente llega, los portaaviones tendrán todavía reinado sobre los océanos del mundo.

Bibliografía|

-CHESNAU Roger, Aircraft Carriers of the World, 1914 to the Present. An Illustrated Encyclopedia. Annapolis, Maryland: Naval Institute Press.

-DIEZ Octavio y BUSQUETS Camil,  Buques, submarinos y portaaviones. Cultural, Madrid: 2015

-PARKER, Geoffrey, Historia de la Guerra. Akal, Madrid: 2010

Redactor: Guillermo Rubio Martín

Editor de Historia Contemporánea. Licenciado en Historia por la universidad de Granada. Máster en Docencia. Intereses en historia contemporánea, historia de los conflictos e historia de la mujer en guerra. Asesor de género en operaciones.

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1 Comentario

  1. Japón perdió CUATRO portaaviones durante la batalla de Midway (Akagi, Kaga, Soryu, Hiryu).
    Dicha batalla se decidió fundamentalmente por el hecho de que uno de los ataques americanos sorprendió a los portaaviones japoneses en un cambio de bombas a torpedos para los aviones, sin estibar las primeras en los pañoles.
    El portaaviones Veinticinco de Mayo no fue atacado por aviones británicos durante la guerra de las Malvinas. Por miedo a ser torpedeado por submarinos se retiró a aguas costeras de Argentina y su grupo aéreo operó desde bases en tierra.
    Demasiadas imperfecciones por tanto, en un artículo de un historiador.

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