Y En la Modernidad, un lugar para el Hedonismo (I): La mano que mece la pluma, teoría de Norbert Elías

¿Somos conscientes lo que requiere para relacionarnos con las personas que nos rodean? Hoy en día, los marcadores de comportamiento social parecen estar bastante fijados, destacando la cortesía  como uno de los más representativos en las interacciones cotidianas. Según el diccionario de la R.A.E, uno de los más utilizados generalmente, por “cortés” entendemos un adjetivo que implica ser “atento, comedido, afable, urbano”. Quedémonos con las dos últimas definiciones: “comedido” y “afable”. De ellos podemos deducir que ser cortés implica la mesura de nuestros actos para agradar o acomodar a la persona con la que interactuamos. De hecho, cuando buscamos el término “cortesía” en este mismo diccionario, nos muestra la siguiente definición: “Demostración o acto con que se manifiesta atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona”. El profesor y filólogo Vidal Alba de Diego propuso la cortesía como “un valor social que, como forma de control emocional, trata de preservar la estima de la persona, de evitar una situación conflictiva imponiendo el tacto o, en palabras de R. Lakoff, “reducir las fricciones en la interacción social”. De esta manera, Alba de Diego concluyó que se trataba de un conjunto de normas que regulan el comportamiento en lo cotidiano, utilizadas para la muestra de consideración. Como desenlace de ello, podemos decir que nuestro sistema social cuenta con patrones de comportamiento regularizados por una serie de normas que moderan o “mesuran” nuestra conducta en la continua interacción con los demás.

Tomemos ahora en consideración otro término, que ha sido largamente estudiado por los filósofos, sociólogos, psicólogos e historiados que han configurado los saberes de la humanidad: el hedonismo. La doctrina hedonista ha sido considerada muy distintamente según la época en la que nos situemos: desde ser valorada como la esencia de la naturaleza moral en la que se funda la existencia del ser humano, hasta calificársela de cáncer corrosivo, que hacia enfermar y morir a la esencia humana. Si bien se trata de una forma de pensamiento presente en la construcción de la vida político-moral del hombre durante determinados periodos, hoy la entendemos como la filosofía que dictamina la consecución del placer a toda costa, transgrediendo incluso las normas de conducta aceptadas por la sociedad. De ahí que actualmente (y desde hace algunos siglos) entendamos el hedonismo como un término completamente opuesto al de cortesía, incompatible con los límites infranqueables de la convivencia colectiva. Pero, si en algún momento de la Historia el hombre aceptó algunos o todos sus preceptos para gobernar su moral, ¿por qué hoy lo consideramos totalmente absurdo e incluso peligroso para nuestra comunidad? El proceso de civilización humano se ha ido transformando progresivamente, moldeándose y adaptándose a las necesidades que la sociedad, la política y la economía iban generando. Desde este ángulo, la modernidad es nuestra pieza clave.

Durante una serie de cuatro artículos analizaremos los fundamentos del pensamiento hedonista y cómo el proceso de construcción social lo ha ido utilizando o descartando a lo largo del camino. Así, veremos como durante la Edad Moderna, debido a los cambios de orden político y social que acontecieron, se modificó por completo el régimen de conducta apropiada mediante la instauración de un nuevo valor: el pudor. A partir de la consolidación del cristianismo, su moral encarnizaba cada vez más las “vergüenzas” del cuerpo y sus placeres, proceso que no ceso hasta la llegada de la Ilustración, ya en pleno siglo XVIII, donde los cambios intelectuales conmovieron los cimientos  de  la política y la moral de la sociedad. ¿Cómo afectó aquello a la balanza del pudor? Quienes acababan dictando las reglas del juego eran aquellos capaces de argumentar un buen discurso y de utilizar una pluma con maestría, es decir, los intelectuales y moralistas. Pero éstos no siempre se desligaron de la influencia política para dedicarse al mero estudio. Inmersos en este vaivén, las justificaciones morales que ellos definan, marcarán los hábitos de conducta del resto de población.

Entendiendo que el hedonismo pudiera ser una fuente de moralidad (para algunos, peligrosamente activa), y que ésta pudiera influir en el establecimiento del comportamiento “correcto”, ¿qué lugar le quedó al pensamiento hedonista moderno cuando se establecieron los parámetros de comportamiento social? A partir del estudio de fuentes primarias hemos llegado a la conclusión de que los mismos moralistas que diseñaban la conducta social, normalmente siguiendo la línea de los intereses políticos o intelectuales, dedicaban al mismo tiempo parte de sus escritos a reflexionar sobre el lugar que merecía el hedonismo en la vida del hombre. Estas cartas, ensayos o guiones teatrales que excedían de su trabajo como moralistas, podían afectar a su prestigio como figuras eminentes de la sociedad, e incluso les valió en algunos casos el ostracismo por parte de la comunidad intelectual. Cabe decir que resulta fácil ver la influencia de esa dualidad en los siglos que siguieron hasta llegar a nuestros días. Nosotros trataremos de analizar en las tres próximas entregas, las justificaciones que propusieron hombres de la talla de La Mettrie mediante estos escritos, en una intensa reflexión a caballo entre la filosofía, la sociología y la historia.

Pero vayamos paso por paso. Este primer artículo seguirá la línea de cómo  y gracias a quién se conjugó, en aras de la modernidad, el pensamiento hedonista con la creación de patrones de cortesía más estrictos, a los que tuvieron que amoldarse los futuros pensadores de la ilustración.

Hedoné

Hedoné. Fuente.

Por hedonismo cabe entender el conjunto de tesis de la tradición grecolatina atribuida a los cirenaicos, quienes se presentan como herederos de Sócrates. El primer pensador del placer fue Arístipo de Cirene (435-350 a.C). Desde entonces la filosofía hedonista ha estado presente en nuestra historia, ya sea como virtud o como crimen. Los cirenaicos reivindicaban la libre participación del ser humano en el placer y el goce bajo todas sus formas, así como el rechazo a todo lo que implicase dolor o disgusto. En la Antigüedad, esta doctrina estuvo estrechamente ligada a la definición de la sabiduría, pues consideraban el placer como motor o esencia de ésta. Se podría decir que se trataba de un “empirismo sensualista”, ya que se propuso al cuerpo y sus sensaciones como única base de conocimiento. El placer se revela como el valor del bien supremo, ligado a nuestra formación natural, que define aquello que somos y aquello que debemos hacer. No se trataría tanto de elegir el placer frente al dolor, sino más bien de decidir todas nuestras preferencias en base al placer que recibimos de ellas, sin ni siquiera tomar en consideración aquellas acciones que nos producen disgusto.

Pero con la llegada del cristianismo el pensamiento hedonista desaparecerá del tablero de juego, ya que la patrística[1] forzaba al odio del propio cuerpo y sus placeres. Quedaron, sin embargo, algunos rescoldos de la moral de la hedoné en corrientes de resistencia al judeo-cristianismo, como fue el caso de los hermanos y hermanas de libre pensamiento, a finales de la Edad Media y durante el Renacimiento. Llegados al s. XVI el Humanismo supuso una gran revolución estética y de pensamiento. Teniendo en cuenta que acompañaba a un Renacimiento que trataba de recuperar el esplendor de épocas anteriores, el humanismo se esforzó “consciente y completamente” para organizar la vida del hombre en base a valores fundados en la dignitas hominis, el respeto a la persona humana y su originalidad irreemplazable. Podemos considerar este enfoque como un primer intento de reimplantar el temido y deseado libre albedrío.

Durante el siglo XVII hallamos también a los libertinos eruditos, cuyas reivindicaciones oscilaban desde una posición materialista, anticristiana o antiplatónica, hasta la sensualista y la pragmática. La Ilustración dejaba caer planteamientos como el de Leibniz, “haz lo que os haga a ti y a tu estado más perfectos, evita lo que os haga más imperfectos”; o el de Diderot, “solo tenemos un deber: ser felices”. Y es que el forzado culto a la razón empujó a la exaltación de una sensibilidad, a veces extrema, en la inevitable búsqueda de la felicidad. La Mettrie, “vicioso y sin complejo” según Bennassar, proponía siempre como algo natural el bienestar del hombre, aspirando a la consecución de una “subjetividad lúdica”. Pero… ¿cómo combinar este respeto a la felicidad y la dignidad humana con las limitaciones impuestas a su comportamiento en la Edad Moderna?

Podríamos hablar de una decadencia del hedonismo, que muchos proponen como retorno al epicurismo. Suele tomarse esta corriente, a grandes rasgos, como aquella que acepta el placer como algo constitutivo del hombre, pero que debe ser sometido mediante el esfuerzo y la educación de la voluntad, una moral intransigente que permita aislar al salvaje atraído por el hedonismo. No obstante, Norbert Elías nos hace una reflexión mucho más sociológica del motivo que restringe la presencia de esta moral en la sociedad. Podemos decir que el nivel de rigor en la conducta ha ido incrementándose progresivamente. Así, en la Edad Media las normas de buena conducta, mucho menos complejas, solían caracterizarse por su ingenuidad. En el Renacimiento empezarían las verdaderas mutaciones a través de los tratados llamados de saber-vivir que crearon los humanistas. Aquí observamos un claro ejemplo de lo que dijimos anteriormente, sobre la importancia de la pluma de los moralistas e intelectuales. Estos humanistas fueron los que empezaron a modificar los estatutos de comportamiento. Pero, ¿fundamentándose en qué? 

Para comprender a Elías, hay que entender al menos parte de su terminología, donde el concepto de “civilización” resulta de vital importancia. Diccionarios y enciclopedias suelen coincidir en que se trata de un estado cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por su nivel de ciencia, arte, costumbres e ideas, a lo que Elías añade elementos como nutrición, comportamiento de género o desarrollo tecnológico. Por lo tanto, y de una forma simplificada, podríamos decir que se trata de un estado “natural” al que llega una sociedad. Pero para los modernos franceses se trataba más bien de la actitud propia del hombre cultivado (más ligado al término inglés behaviour), es decir, entendiendo la “civilización” como un “comportamiento”. A partir de esta idea, Elías escribe sobre una “moda de la civilización” llegada con la modernidad a Francia e Inglaterra. Dado que aquí es donde se fraguó el nacimiento de la cortesía, seguiremos nuestro análisis tomando la concepción franco-inglesa del término.

Dentro de la evolución más o menos natural de la civilización humana, es ahora en la modernidad cuando la sociedad no se preocupa sólo de ser un “estado cultural”, sino de construirlo de manera deliberada. Las preguntas pertinentes que debemos hacernos son porqué y cómo empezó sus deberes.

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Acto de saludo en la Corte. Ejemplo de cortesía, educación y recato. Fuente.

A la pregunta de por qué, debemos remarcar que el concepto de civilización implica una oposición en él mismo, ya que impone la separación con las sociedades que se consideran desorganizadas, “primitivas”. Esta oposición entre tipos de sociedades se establecería en el seno de una misma sociedad, diferenciando entre grupos civilizados y grupos primitivos o bárbaros: entre las clases pudientes y el populacho. Teniendo esto en cuenta, con la modernización de los siglos XVI y XVII tendrá lugar un cambio de estructura y de relaciones sociales. La aristocracia verá desvalorizada su imagen como cuna dirigente, por lo que necesitará desarrollar y afinar sus modos de comportamiento, y difundirlos en dirección vertical hacia las esferas más bajas de la población. De este modo, reafirma su posición de poder frente al resto de la comunidad. Por ello, desde el interior de la misma corte empezarán las presiones para establecer una regulación más estricta de lo que se conoce como “economía afectiva”, que derivará en la implantación de una discreción severa que reprime todo símbolo afectivo. Podríamos decir que ésta es la manera en la que la aristocracia decide crear su nueva imagen pública para reforzar su credibilidad como grupo fuerte. Así, esta nueva carta de presentación de la aristocracia de corte, llamada cortesía”, se integra en la noción de “civilitas”, y determina el “saber-vivir” en materia de relaciones sociales. La sociedad civilizada es, entonces, aquella que cumpla con los nuevos usos y costumbres específicos de la corte.

¿Y cómo ocurre? Inculcando un nuevo sentimiento de “sensibilidad”, también llamada “delicatesse”, que implicaba a fin de cuentas la imposición del sentimiento del pudor. Éste revalorizará todo acto verbal o físico que se hiciera en público, junto a lo que se considera hiriente o intolerable. Llegados a este punto es cuando los humanistas entran en acción. Se escribirán docenas de tratados de conducta, como De civilitate morum puerilium, de Erasmo de Rotterdam. Estos se convierten en el credo de la nueva imagen de la aristocracia de corte. Tanto los tratados como gran parte de la literatura y la poética, devienen en un instrumento de condicionamiento social. A medida que la aristocracia se desarrolla, también lo hará su código distintivo de comportamiento. Así,  seguirán apareciendo escritos como Nouveau traité de la civilité en el siglo XVII, de Antoine de Courtin, o De la science du monde et les connaissances utilies à la conduite de la vie, de Callières en el siglo XVIII. Hasta hubo tratados sobre modales a la hora de comer carne, o incluso sobre cómo escupir. La tendencia de la población será a la observación: observarse uno mismo en su comportamiento y observar a los que le rodean, de manera que el individuo se modela a sí mismo mientras que modela a los demás de una forma mucho más consciente que durante la Edad Media. Los hombres se ven forzados a adoptar en sus relaciones con los demás esta nueva conducta de la sensibilidad pudorosa, en un marco social que ahora es más fácilmente “escandalizable”.

Así pues, vemos como la aristocracia va a imponer, gracias a los humanistas y los filósofos de la era moderna, un nuevo marco de comportamiento obligatorio para todo aquel que se crea dentro del mundo civilizado. De esta forma, todo se desarrolla en función del rango social que posea aquél que se impone estas obligaciones, y del que posea aquél en función de cuyo interés se asumen. Los de rango inferior parecen acercarse a las altas esferas cuando manifiestan esta actitud de pudor en presencia de los “civilizados”. El éxito de esta empresa residió en la difusión de estos tratados, ya que la mayoría se dirigían a hombres de importancia que no residían precisamente en la corte, pero que gustaban de informarse de las costumbres y usos en vigor. De ahí, y hacia los estratos más bajos, se fue inculcando lo que hoy llamamos “educación”, en la que lo civilizado del pudor se oponía deliberadamente a lo bárbaro del hedonismo.


[1] Entiéndase “hombre” como término neutro referente al género humano, ser animado racional ya sea varón o mujer (R.A.E).

[2] Tratado sobre los Santos Padres.

Bibliografía|

La Mettrie, “L’homme machine [1748]“, France, Denoël/Gonthier Collection Folio-Essais, 2010.

La Mettrie, “El hombre máquina [1748]“, traducido por Ángel J. Cappelletti, profesor de la Universidad del Litoral. Buenos Aires, Ediciones universitarias de Buenos Aires, 1962.

La Mettrie, “L’art de jouir [1751]. Précédé de Portrait du philosophe en libertin“, par Michel Onfray. France, Joseph k., 2011.

Onfrayn, M., “Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía, I [2007]“, España, Anagrama Colección Compactos, 2013.

J-Claude Bourdin, “Les matérialistes au XVIII siècle“, France, Petit Bibliothèque/Classique, 1996.

J. Israel, “Les lumières radicales : la philosophie, Spinoza et la naissance de la modernité (1650-1750)“, France, Amsterdam, 2005.

Olivier Côté, “Les plaisirs de l’amoralisme. Pour une compréhension de l’hédonisme lamettrien“, Ithaque, Revue de philosophie de l’Université de Montreal nº3, Automne 2008.

Christian, A., ”Entretien Lydia Vázquez”, 44e journées de l’École de la Cause.

Freudienne, 15 et  Novembre 2014, Palais de Congrès de Paris. (www.journeesecf.fr).

Albin Michel, Encyclopaedia Universalis. Dictionnaire de la Philosophie, nouvelle édition augmentée. France, 2006.

Redactor: Laura Català Lorente

Licenciada en Historia por la Université Paris I Sorbonne-Panthéon, habiendo cursado los primeros años en la universidad de Geografía e Historia de Valencia. Actualmente realizo un máster-investigación titulado "Lettres, Arts et Pensée Contemporaine" en la Université Paris VII Diderot. Mi especialidad es la Historia Moderna, aunque en estos momentos también trabajo sobre los principios del siglo XIX. Mis intereses se centran en la historia de la sexualidad, vista desde un ángulo moral, político, social y artístico.

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