Violencia directa y violencia estructural en Arqueología

¿En qué es lo primero que piensas cuando escuchas la palabra violencia? Es probable que la mayoría de las personas se imaginen algo bastante gráfico, como un asesinato o alguna escena  que involucre sangre y un arma. Este tipo de violencia, al que algunos llaman violencia directa, está documentado también en prehistoria, con registros bastante antiguos.

Imagen 1: Fracturas en el hueso frontal de uno de los individuos de la Sima de los Huesos. Los homininos del yacimiento tienen aproximadamente 430 mil años de antigüedad. Modificado de Sala et al. (2016).

Imagen 1: Fracturas en el hueso frontal de uno de los individuos de la Sima de los Huesos. Los homininos del yacimiento tienen aproximadamente 430 mil años de antigüedad. Modificado de Sala et al. (2016). Fuente

Hasta el momento, el primer registro arqueológico sobre violencia interpersonal letal corresponde a uno de los fósiles de Sima de los Huesos, el extraordinario yacimiento de la Sierra de Atapuerca en donde se han encontrado al menos 28 individuos de estrecha relación con los neandertales, y que es la mayor acumulación de fósiles humanos que se tenga registro. El cráneo (Cr-17) de un individuo muestra dos fracturas en el hueso frontal, como se puede ver en la Imagen 1, que se cree fueron provocadas por el mismo objeto en dos impactos diferentes. Como las fracturas fueron hechas en el hueso fresco y no hay evidencia de regeneración del hueso, se cree que el traumatismo ocurrió cerca del momento de la muerte del individuo (perimortem) y dada su gravedad, posiblemente contribuyó a ésta. Sin embargo, este tipo de lesiones traumáticas no nos informa por sí solo si fue producto de un accidente o si detrás hubo intencionalidad, aunque se cree que la localización y tipo de traumatismo indican violencia interpersonal como causantes.

Violencia Estructural.  Más allá de los huesos fracturados.

Por supuesto, hay más casos de huesos fracturados en la prehistoria, pero ¿son la única evidencia de violencia en los huesos humanos? En realidad, no son la única manera en que la violencia puede expresarse, puede que ni siquiera sean la más frecuente en nuestras sociedades ni en las sociedades del pasado. Hay otro tipo de violencia (una más sutil que esta violencia física directa), inherente a las relaciones sociales, que puede ocurrir en un solo evento (e incluir y explicar a la violencia directa), pero generalmente produce evidencia convincente en periodos más largos de tiempo. Mientras la violencia directa tiene sus efectos rápidamente y el victimario tiene un nombre, la violencia estructural es más lenta, acumulativa y anónima. Esta se explica por estructuras sociales que impiden a los individuos, grupos o sociedades alcanzar su potencial biológico, económico y social.

Pensemos, por ejemplo, que si la violencia hacia las mujeres en nuestra sociedad es medida exclusivamente por indicadores como los de la violencia directa, podríamos decir que el sexismo es marginal, realmente muy bajo. En España hubo 57 mujeres asesinadas por violencia machista en 2015 (aunque la cifra varía dependiendo de la fuente), es decir, el 0,00024% de todas las mujeres y el 0,027% de todas las mujeres muertas ese año. Para estudiar más fielmente la realidad este problema se mide considerando una serie de variables más allá del número de muertes, como por ejemplo la desigualdad en ingreso, reparto de tareas domésticas y estereotipos de género y varias otras, que nos dan una imagen mucho más completa del problema. Visto así, nos damos cuenta de que gran parte de las mujeres son víctimas de una u otra manera, y a eso se le llama violencia estructural. Así, esta va a incluir los huesos rotos y todas las demás formas en que el machismo pueda expresarse.

El “problema” con la violencia directa es que es generalmente bastante escasa en relación al total de la población, por lo que está el riesgo de tratarla como algo excepcional. ¿El victimario se volvió loco y en un momento de completa enajenación, cometió un crimen horrendo, inexplicable dado el ambiente pacífico de su sociedad y solo comprensible por su alterado cerebro particular? ¿O puede éste explicarse en un contexto más amplio, que involucra a la sociedad en su conjunto? Muchos de los crímenes son tratados de la primera manera por los medios de comunicación, lo que no sirve en realidad para comprenderlos. Esto nos lleva de vuelta a la violencia estructural.

Obviamente, observar la violencia estructural es más difícil en poblaciones arqueológicas, en las cuales la mayoría de estos indicadores no se pueden medir debido a que el registro arqueológico es parcial y más parcial cuanto más antigua es la muestra. Sin embargo, sí se pueden estudiar variables como la salud de la población (aunque la violencia estructural no sólo se puede estudiar a partir de ésta, sino también a través de la dieta, el trabajo, etc.), la que se ve afectada bajo un acceso de recursos diferencial dentro de la sociedad. Bajo estas condiciones, las diferencias en el estado de salud reflejan una forma de violencia.

Imagen 2: Un cráneo con hiperostosis porótica (parte de la cual está encerrada en rojo), un indicador patológico que puede ser causado por deficiencias en la dieta. Modificado de Suby (2014).

Imagen 2: Un cráneo con hiperostosis porótica (parte de la cual está encerrada en rojo), un indicador patológico que puede ser causado por deficiencias en la dieta. Modificado de Suby (2014). Fuente

Veamos el caso del Perú colonial, del cual también existe información escrita que nos sirve para contrastar lo que vemos en los huesos. El Virreinato de Perú se caracterizaba por tener una estructura jerárquica y rígida, íntimamente ligada con la economía. Las inmensas disparidades de la riqueza eran justificadas racialmente, con una élite europea y blanca, seguida por los mestizos y, por último, los numerosos grupos indígenas.

En esta población se han estudiado indicadores sistémicos de salud, que pueden ser observados en los huesos (por ejemplo: estatura, hiperostosis porótica, hipoplasia del esmalte, fertilidad), e indicadores de dieta y su relación con patologías orales (caries) y perdida antemortem de dientes. Se ha estudiado también las actividades (trabajo) que hacían a partir de la osteoartritis, y por último, la documentación de traumatismos, en los que se incluyen las fracturas de huesos.

En conjunto, estos indicadores son coherentes con los documentos escritos y son suficientes por sí mismos para revelar las condiciones en las que vivían los indígenas durante este periodo. Los indicadores óseos indican un aumento del estrés sistémico por parte de los indígenas comparados con periodos anteriores, la fertilidad femenina decreció y aumentó la mortalidad infantil, así como el desgaste de las articulaciones producto de una gran carga biomecánica, consistente con la documentada intensificación económica.

La fascinación que nos produce la violencia directa puede estar oscureciendo la real dimensión en que la violencia puede expresarse. Si ampliamos lo que entendemos por ella tendremos una idea mucho más acertada de ésta, en nuestra sociedad y en las sociedades del pasado.

 

Bibliografía.

Bernbeck, R. “Structural violence in archaeology.” Archaeologies 4.3 (2008): 390-413.
Martin, D L., y Harrod R P. The bioarchaeology of violence. University Press of Florida, 2012.
Galtung, J. Violence, peace, and peace research. Journal of peace research 6.3 (1969): 167-191.
Sala, N., Arsuaga, J.L., Pantoja-Pérez, A., Pablos, A., Martínez, I., Quam, R.M., Gómez-Olivencia, A., de Castro, J.M.B. and Carbonell, E. Lethal interpersonal violence in the Middle Pleistocene. PloS one (2015): 10(5), p.e0126589.
Suby, J. A. Porotic hyperostosis and cribra orbitalia in human remains from southern Patagonia. Anthropological Science, (2014) 122(2), 69-79.
Zizek, S. Sobre la violencia: seis reflexiones marginales. Vol. 1. Grupo Planeta (GBS), 2009.

 

Redactor: Ana Bucchi

Antropóloga física por la Universidad de Chile y Máster en Arqueología del Cuaternario y Evolución Humana por la Universitat Rovira i Virgili.

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