Uso y abuso de la religión en la antigua Roma (I): Tiberio.

Los emperadores de la familia de Augusto han sido motivos de múltiples estudios, de una gran diversidad de debates historiográficos, ya que  las fuentes que nos narran sus vidas son dispares y, a veces, contradictorias. Este artículo se centrará en el estudio comparativo de la relación de Tiberio y Calígula para con la religión. La metodología usada para este estudio ha sido en la revisión sistemáticamente de las fuentes más acordes al periodo, las que más se centran en ambos emperadores: Dion Casio y Suetonio. Las fuentes de este periodo son muy dispares en ciertos momentos: Tal como nos expone Tácito, la historia se había escrito presionada por el miedo y pavor mientras los emperadores estaban con vida y, tras la muerte de estos, los historiadores se habrían dejado conducir por los resentimientos y la pasión para escribir sus obras.

A la muerte de Augusto todos consideraban a Tiberio Claudio Nerón (1) su sucesor legal, en el testamento el emperador le había nombrado su heredero principal. Era hijastro de Augusto e hijo del primer matrimonio de su esposa Livia. El 17 de septiembre del 14 d.C., el Senado se reunió para votar la consagración de Augusto y, a partir de una relatio de los cónsules, también regularizar la posición constitucional de Tiberio. Suetonio se refiere a la negativa de Tiberio a aceptar el poder supremo que se le estaba ofreciendo. El tema de las dudas de Tiberio aparece reflejado muy bien en Dion Casio y Suetonio, aunque es en el primero donde esas dudas se le atribuyen a su propio comportamiento, como un rasgo característico del emperador. En cambio, Suetonio lo expone como una actitud deliberada. Para Suetonio, la elección de princeps a Tiberio habría sido algo muy pensado y reflexionado.

George Baker interpretando a Tiberio en la serie de la HBO Yo, Claudio

George Baker interpretando a Tiberio en la serie de la BBC ”I, Claudius”. Fuente.

Se caracteriza en las fuentes por ser un hombre indeciso, hipócrita y con carácter cerrado. Pero a pesar de ello, era inteligente y poseía grandes habilidades para con lo militar y lo administrativo, tenía un desarrollado sentido del deber. Desde el comienzo del Principado, las relaciones entre el Senado y los emperadores comienzan a verse condicionadas por las peculiares características personales de cada uno de estos: Tiberio era hostil a unos de verdad y a otros en apariencia, pues deseaba que se le opusieran cuando quería hacer algo. Tiberio mantiene, en líneas generales, la política exterior de Augusto. Quizá lo mejor de su gobierno o lo único positivo de rescatar haya sido su fidelidad por mantener en vigencia los decretos de Augusto.

La personalidad de Tiberio se puede definir como insegura, siempre sospechando de todo lo que ocurría a su alrededor. La personalidad del emperador se va deteriorando con el paso de los días. Las relaciones con el Senado no eran las mejores, el empeoramiento de esta relación pudo ser debido al carácter de Tiberio.

Las distinciones eran algo que le molestaban, nunca admitió honores ni distinciones de ningún tipo. Tal como nos cuenta Suetonio, aceptó pocas y las de menos brillantez. Consentía con dificultad cualquier tipo de halago, incluso en el aniversario de su nacimiento, el cual coincidía con los Juegos Plebeyos del Circo, aceptó a regañadientes que se le agregase en su honor un carro con dos caballos. Esto sobrepasa al aspecto religioso también, pues jamás permitió que se le consagrasen templos, flamines o sacerdotes:

“Se opuso a que le consagrasen templos, sacerdotes, flamines, e incluso a que le erigiesen estatuas sin su consentimiento expreso; impuso además la condición de que no habían de erigirlas entre las de los dioses, sino puestas sencillamente como adorno”  (Suet. Tib. XXVI).

Rehusó para él el título de emperador, así como la corono cívica con que querían adornar el vestíbulo de su palacio. Su herencia más significativa fue el nombre de Augusto, algo  que no usó demasiado, salvo en las cartas a los príncipes y soberanos. No comprendía esos halagos y honores como tales, sino como algo cívico sin valor alguno, donde se le rendía culto por ser emperador y no por su persona. Si los honores eran muy grandes era porque el Senado le temía, y si por el contrario eran muy escuetos es que no se le erigían buenos honores porque no los merecía. El carácter de Tiberio tuvo una considerable importancia para el desarrollo de su gobierno. El eterno disimulo de Tiberio fue la causa principal de que el Senado siempre estuviera a la defensiva con él, porque nunca podía saber si su reacción frente a los acontecimientos era sincera o no. Era una contradicción en sí mismo, un hombre de carácter cerrado y bipolar. Unas palabras de Suetonio resumen con extrema brevedad pero con acierto máximo esta situación del emperador: Mostró viva repugnancia por la adulación” (Suet. Tib. XXVIII).

Como era de esperar, si sus mismos cultos se los negaba para sí, los cultos extranjeros corrían la misma suerte. Prohibió las ceremonias extranjeras, como los ritos judaicos y egipcios. Y persiguió a los que profesaban tales ritos, les obligó a quemar las vestiduras y todos los objetos que servían para esos cultos paganos. Al parecer los temas religiosos y de culto no le entusiasmaban en demasía, pues nunca les vio utilidad alguna. Nunca dotó a su Imperio con grandes monumentos para realzar su esplendor, tanto cívico como religioso. Las únicas obras públicas de este estilo que emprendió fueron el templo de Augusto y el teatro de Pompeyo, este último fue una apuesta de restauración por su parte. Ambos monumentos se quedaron sin terminar: el templo de Augusto fue terminado más adelante por Calígula.

El tema de los cortejos fúnebres son también aspectos a los que no dedicó ni un momento de su vida. Un ejemplo que nos expone Suetonio es cuando muere Livia, su madre. A la cual no visita cuando ésta se encontraba enferma ni cuando murió. E incluso no decretó honores religiosos para ella. Así nos lo expone Suetonio:

“Muy pronto se separó completamente de ella, y según se dice, por la siguiente causa: Livia le rogaba continuamente que inscribiese en las decurias a un hombre que había sido honrado ya con el derecho de ciudadanía; le dijo él, al fin, que consentiría en ello a condición de añadir en el cuadro de la orden, que tal favor se lo había arrancado su madre (…) Después no se dignó visitarla ni siquiera cuando estuvo enferma y después de su muerte se hizo esperar muchos días para los funerales a los que había prometido asistir de suerte que el cuerpo estaba ya en putrefacción cuando lo colocaron en la pira. Se opuso a que se le decretaran los honores divinos con el pretexto de que ella misma lo había prohibido; declaró nulo su testamento y consumó en poco tiempo la ruina de todos sus amigos y protegidos y principalmente de aquellos a quienes ella, al morir, había encargado el cuidado de sus funerales; hasta uno de ellos, perteneciendo al orden ecuestre, fue condenado al trabajo infamante de las bombas” (Suet. Tib. LI).

Tenía muy poca relación con los dioses y la religión, ámbitos muy importantes en la sociedad romana. Se entregaba más a la astrología y al determinismo más puro, pues llegó a decir que todo lo dirigía el Destino. Eso sí, lo que es a él no, pero a su padre Augusto si le rindió honores a su muerte, pues cuando entró en el Senado tras la muerte de este, ofreció sacrificios de vino e incienso para congratularse con la piedad filial y la religión. Cuenta Suetonio que en el último aniversario del nacimiento de Tiberio, mientras dormía el emperador, vio en sueños a Apolo Temenites, cuya estatua hizo traer desde Siracusa para que pudiera ser colocada en la biblioteca de un templo nuevo. Lo curioso del sueño es que el mismo dios fue quien le dijo que él no sería consagrado por su persona:

“En el último aniversario de su nacimiento vio en sueños a Apolo Temenites, cuya colosal y admirable estatua había hecho traer de Siracusa, para colocarla en la biblioteca de un templo nuevo, y el cual le dijo que No sería él quien la consagrara. Pocos días antes de su muerte, un terremoto abatió en Capri la torre del faro; en Misena, cenizas calientes y carbones que habían llevado para calentar el comedor, y que se habían extinguido y enfriado, se encendieron de pronto por la tarde y ardieron hasta muy entrada la noche” (Suet. Tib. LXXIV).

Para el historiador Dion Casio, el encomio de Tiberio solo responde a la exposición ideal de lo que debe ser un buen emperador. Cabe destacar que la figura de Tiberio en su aspecto más sacro resulta muy escueto en la obra de Dion Casio, pues lo que primaba eran los aspectos políticos, sociales y administrativos. Pero a pesar de ello, podemos extraer contenido significativo que, en ocasiones, entra en contradicción con las palabras de Suetonio.

Un hecho que se reproduce sistemáticamente en Dion Casio y Suetonio es el carácter austero del emperador. Para Dion, Tiberio siempre mantuvo una actitud cívica extrema, y respalda tal afirmación con el hecho de que en su cumpleaños no permitiera ningún acto que se saliera de lo establecido para consagrar su figura:

“Ni toleraba que los hombres juraran por su Fortuna. No obstante, si alguien se convertía en reo de perjurio por haber jurado por ella, no lo perseguía. En resumen, no permitió que bajo su mandato se realizara aquel ritual que era de obligado cumplimiento en el primer día del año desde el reinado de Augusto hasta hoy; un ritual que se ha venido celebrando bajo todos los demás emperadores que le sucedieron -al menos, bajo aquellos a los que les atribuimos cierta importancia- y bajo aquellos que fueron teniendo el poder sucesivamente: la confirmación por medio de ciertos juramentos, tanto de lo que ellos habían hecho como de lo que habrían de hacer los que en el futuro vivieran” (Cass. Dio. LVII, 8. 3-5).

De manera inmediata, prohibió que se le levantaran imágenes de culto, de manera expresa, y también prohibió a todas las ciudades del Imperio que lo hicieran. En este punto se mostraba en contra de Augusto, pues el hecho de corresponder a tales adulaciones era una gran molestia para él. No siempre estuvo en contra de la política de Augusto, pues como también se expuso con Suetonio, glorificó en todos los ámbitos la figura de Augusto. Construyó los templos que su padre no pudo terminar, e inscribió en ellos el nombre de su antecesor: “Y él mismo fue quien consagró, o envió a uno de los pontífices para que consagrara, tanto las estatuas como los templos dedicados a Augusto, ya fuesen aquellos que construyeron particulares o ciudades” (Cass. Dio. LVII, 10. 1-2).

El carácter de Tiberio le llevaba a repudiar de su figura y ensalzar la de los demás, él pensaba que con ello se glorificaba más que engrandeciendo su persona. Por ello, cuando expulsó a los actores de Roma, acusándoles de que provocaban tumultos al insultar y ofender a las mujeres, levantó estatuas conmemorativas a los fallecidos en los tumultos. Y no solo eso, levantó una estatua en bronce para su confidente Sejano, aunque éste aún estaba vivo.

No podemos sacar más en claro sobre Tiberio y su no idilio con la religión en las palabras de Dion Casio, pero tampoco podemos esclarecer su poco respeto de Tiberio hacia este ámbito tan importante. Cabría preguntarnos si era algo irónico o es que se presumía superior como para no acatar las leyes divinas.

(1) Ya que este fue su nombre, aunque durante su reinado asumió el nombre de Tiberio César Augusto. Cuando Augusto muere, Tiberio tenía la edad de 55 años.

Bibliografía:

DION CASIO: “Historia romana”. Introducción, Traducción y Notas de Domingo Plácido Suárez. Biblioteca Clásica Gredos. (2004)

SUETONIO: “Vida de los doce césares”. Traducción y notas de R. M. ª Agudo Cubas. Introducción general y revisión de A. Ramírez de Verger. Biblioteca Clásica Gredos. (1990)

Redactor: Jesús Campos Márquez

Graduado en Historia por la Universidad Sevilla. Etruscólogo de vocación. Poseo un Máster en Estudios Históricos Avanzados por la Universidad de Sevilla. Trabajo como redactor para varios medios de comunicación online.

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