Tan lejos, tan cerca: El fin del Imperio Romano de Occidente y el inicio de la Alta Edad Media

La transición entre la Edad Antigua y la Edad Media —el llamado fin del Imperio Romano de Occidente— ha sido objeto de estudio y controversia durante siglos. La visión renacentista del Imperio, asediado y destruido por bárbaros que acabaron con la grandeza clásica,  fue la interpretación dominante hasta casi mediados del siglo XX, y aún perdura en ciertos sectores de la historiografía. Sin embargo, y con acierto, cada vez más se pone el acento en la transición, en la evolución entre unas estructuras y otras. La Edad Antigua no terminó el cuatro de septiembre del año 476, y la Edad Media no comenzó al día siguiente.

Situación del Imperio Romano en el año 300 DC aproximadamente. Fuente.

Situación del Imperio Romano en el año 300 DC aproximadamente. Fuente.

¿Qué sucedió en septiembre de 476 DC para que se considere el fin de la Edad Antigua? Fue en ese día cuando Odoacro, líder ostrogodo, depuso a Rómulo Augústulo  (a su vez usurpador del trono imperial y poco más que una marioneta en manos de su poderoso padre, Orestes). Este episodio se reinterpretó siglos después como la caída y humillación definitiva de Occidente ante los bárbaros, y el fin de la ‘civilización’. Sin embargo, ni la toma del poder por parte de Odoacro ni la caída de Rómulo Augústulo supusieron el fin o comienzo de una etapa, y las circunstancias que llevaron al líder ostrogodo a la Península Itálica, las que llevaron al general Orestes a usurpar el poder y las que llevaron a la debilitación del sistema político romano comenzaron a darse mucho tiempo atrás.

El Imperio Romano de Occidente en el siglo V

Desde el año 324 DC el Imperio se encontraba dividido en dos: Occidente, con capital en Roma, y Oriente, con capital en Constantinopla (otro núcleo capitalino se encontraba en Trier, al norte de la Galia). Esta dualidad también era política y administrativa, ya que había dos emperadores y dos administraciones funcionando simultáneamente, siempre interconectadas.

El Muro de Adriano era la frontera del Imperio en Gran Bretaña. Fuente.

El Muro de Adriano marcaba la frontera del Imperio en Gran Bretaña. Fuente.

Las fronteras imperiales a principios del siglo V estaban relativamente bien definidas. En el este, el imperio persa sasánida, una amenaza que no fue demasiado determinante hasta el año 614, cuando se lanzaron a la conquista del Imperio Romano de Oriente. Las demás fronteras del Imperio son más difíciles de explicar, ya que hay una amplia variedad de grupos étnicos tanto en África como en Galia, Germania o Britania. En África, tribus bereberes supusieron un problema para el Imperio de forma intermitente, siendo la alianza de éstas una amenaza a principios del siglo V. Los pictos e irlandeses en el norte y oeste de las islas británicas fueron una constante amenaza, particularmente tras la invasión del muro de Adriano de 367. En las fronteras del Danubio y el Rin se asentaron diversos grupos, como los francos, alamanes y los grupos góticos. Más hacia el norte se encontraban los frisios, sajones, vándalos y longobardos, siendo todos éstos tan solo los grupos principales. Por tanto, se trata de una importante cantidad de sociedades que de una u otra forma estaban en contacto con el Imperio Romano.

A principios del siglo V, sin embargo, los cambios se sucedieron al irrumpir los hunos desde el este. Aunque en principio no estaban organizados como un frente común, bajo el famoso Atila sí que estuvieron, entre c.430-454. Su empuje, ya desde antes, provocó que varios grupos fronterizos entraran en territorio imperial, siendo el detonante de movimientos más grandes y evidentes que los acontecidos hasta el momento. Es por esto importante recordar que, hasta entonces, existía una relación entre estas culturas y el Imperio: la utilización de tropas ‘bárbaras’ en las filas del ejército romano era práctica habitual desde tiempo atrás, y que estos soldados podían progresar en el escalafón y llegar a puestos de mando como cualquier soldado ‘romano’. Todo esto sin contar, por supuesto, con el intercambio comercial que se produjo durante siglos y que incrementó la riqueza  —e indirectamente la estabilidad— de muchos de estos pueblos.

Por lo tanto, pese a la imagen de una cruel decadencia y una desastrosa destrucción del Imperio, nos encontramos con un Imperio  concretamente dos, Oriente y Occidente que no tenía visos de desaparecer y en el que, aún más importante, nada hacía sospechar que desaparecería. Roma y Constantinopla eran las capitales del mundo. ¿Qué ocurrió para que en menos de un siglo el Imperio Romano de Occidente dejara de existir?

A finales del siglo IV los que luego serían denominados visigodos se establecieron, previo pacto, en la zona de Tracia (Balcanes). Lucharon como parte del ejército romano, pero tras romperse el pacto quisieron reclamar, bajo Alarico (c. 391-410) un mayor territorio y el protagonismo perdido. Para ello atravesaron Grecia e invadieron Italia en 401, siendo repelidos rápidamente. Sin embargo, esto sentó un cierto precedente, y otros grupos comenzaron a saltarse las fronteras para probar suerte en territorio imperial. Otro intento de tomar Italia tuvo lugar en 405 bajo el mando de Radagasio (m. 406), de nuevo sin éxito. Sin embargo, la cantidad de recursos utilizados en estas campañas implicó movilizar todas las tropas posibles, lo que llevó al traslado de tropas desde la frontera de Rin. Esto supuso un error estratégico que se saldó con la invasión vándala del centro de Europa en 406, atravesándola y llegando a la Península Ibérica en 409. Poco después un usurpador imperial —Constantino III— y sus tropas británicas probó suerte a través de la Galia. Todo ello, entre otras cosas, llevó a la caída del hasta el momento cabeza pensante del Imperio Occidental: Flavio Estilicón, lugarteniente del emperador Honorio.

Díptico que representa a Flavio Estilicón y su esposa e hijo. Fuente.

Díptico que representa a Flavio Estilicón y su esposa e hijo. Fuente.

Hasta el momento y haciendo balance, el inicio de la crisis imperial desde el punto de vista de la ‘invasión’ del territorio romano se produjo por razones externas – el empuje de los hunos que a su vez provoca el movimiento de otros grupos de población – e internas – fallos estratégicos. Desde este momento hasta el año 500 una serie de malas decisiones y emperadores poco hábiles comprometió el futuro del Imperio. Y aunque esto se puede ver como un cambio brusco, como la sustitución de lo romano por lo medieval, lo cierto es que lo que se produjo fue una continuación de las estructuras existentes, al menos en apariencia. Nada cambió, pero todo cambió.

¿Cambio o evolución? Una valoración crítica

¿Cuál fue el cambio real que supuso el fin del Imperio Romano de Occidente? La historiografía tradicional nos dice que de hecho se produjo una involución, una destrucción física, política y administrativa que acabó con las estructuras imperiales. Sin embargo, la arqueología y las fuentes primarias nos confirman que, al menos durante el siglo V, las fuerzas ‘bárbaras’ que se asentaron en provincias imperiales continuaron administrándolas tal y como los romanos lo habían hecho, manteniendo sus instituciones. Un ‘cambio de manos’ que a nivel de la ciudadanía no habría supuesto grandes diferencias. Ejemplo de ello son los vándalos en el norte de África, quienes entre finales del siglo IV y mediados del V administraron la exprovincia de forma totalmente romanizada, efectuando incluso persecuciones religiosas (contra los católicos, ya que ellos eran arrianos) al más puro estilo imperial.

Sin embargo, aunque en la superficie los cambios fueron poco o nada evidentes, la transición entre unos y otros sí que fue importante y en última instancia fundamental. Para ello vamos a centrarnos en aspectos concretos que nos describirán un periodo mucho más complejo de lo que imaginamos, y donde el continuismo convivió con los cambios que acabaron conformando lo que conocemos como Europa medieval.

Yacimiento arqueológico de Clunia Sulpicia (Burgos). La cohesión del Imperio descansaba, en parte, en su organización provincial. Cada ciudad a lo largo del Imperio contaba con los mismos edificios públicos y con élites locales. Fuente.

Yacimiento arqueológico de Clunia Sulpicia (Burgos). La cohesión del Imperio descansaba, en parte, en su organización provincial. Cada ciudad a lo largo del Imperio contaba con los mismos edificios públicos y con élites locales. Fuente.

En primer lugar, la propia naturaleza y estructura del imperio cambió de forma sustancial pero paulatina. Hasta el siglo V, aunque algunos emperadores provinieran de contextos militares, lo cierto es que el  imperio descansaba sobre una administración civil. La mayor aspiración de la aristocracia era pertenecer a la clase senatorial, y este grupo, la aristocracia, era el cuerpo de gobierno del imperio. A nivel provincial, el sistema era muy similar, con gobiernos locales controlados por figuras aristocráticas y económicamente poderosas. El nexo de unión entre estos grupos, tanto en Roma como en el resto del Imperio, era su educación, y ésta es uno de los elementos de cambio fundamentales. El hecho de que la educación de las élites sociales fuera homogénea y centrada en la literatura clásica —principalmente Virgilio en oeste y Homero en el este— daba cohesión, en conocimiento y valores, al conjunto de las aristocracias central y local en la totalidad del Imperio. Progresivamente la educación va cayendo en manos de la Iglesia, al mismo tiempo que la aristocracia pasa a ser militar en vez de civil.

Otro pilar fundamental de estabilidad en el mundo romano es la ley. Se compilaron diversos corpus legales durante el Bajo Imperio, destacando el de Teodosio, de 429-438, ampliado y revisado en varias ocasiones, siguiendo aún en vigencia en el siglo VI. Aunque el Imperio no estaba exento de corrupción —de hecho, era galopante en algunos aspectos— sí es cierto que la ley romana era también un elemento unificador. Al mismo tiempo, el ejército era otro de los pilares fundamentales del imperio. Se calcula que en torno al año 400 había aproximadamente medio millón de soldados, ubicados principalmente en las fronteras del Danubio y el Rin aunque había destacamentos en todas las provincias. La importancia de este grupo no radica en su poder militar per se, sino en que, por el mero hecho de existir, permitía el mantenimiento de un sistema político civil. Las élites provinciales y capitalinas podían dedicar su esfuerzo a la política y administración sin obligaciones militares, manteniendo ese elemento unificador antes mencionado. A pesar de ello, la figura del emperador adquirió un matiz militar en el Bajo Imperio, y algunos emperadores delegaron el control efectivo del Imperio en figuras militares (como el anteriormente mencionado Flavio Estilicón).

Fuerte romano en Housesteads (Northumberland, Reino Unido). Las fronteras del Imperio estaban ocupadas por tropas permanentes en fuertes y campamentos que se mantenían gracias a la recaudación de impuestos. Fuentes.

Fuerte romano en Housesteads (Northumberland, Reino Unido). Las fronteras del Imperio estaban ocupadas por tropas permanentes en fuertes y campamentos que se mantenían gracias a la recaudación de impuestos. Fuente.

Sin embargo, el aspecto fundamental sobre el que descansaba el Imperio y cuyo fin supuso el cambio entre lo antiguo y lo medieval fue la fiscalidad, es decir, la recaudación de impuestos. La principal fuente de ingresos del gobierno imperial eran los impuestos a la tierra, seguidos por aquellos a los artesanos y comerciantes. En el bajo Imperio, particularmente a partir del siglo IV, se registra una subida de impuestos relacionada con el mantenimiento del ejército, que era muy costoso (tan sólo la infraestructura necesaria para abastecer a las legiones en las zonas del Danubio y el Rin suponía un gasto considerable, además de los salarios, vestimenta, armamento, etc.). A pesar de la corrupción y la clara coerción que se aplicaba a la hora de recaudar físicamente los impuestos, éstos eran una forma más de unidad, ya que su existencia garantizaba el mantenimiento de los edificios públicos del Imperio, y por tanto reforzando la red político-administrativa local que daba cohesión a un territorio tan extenso. Y como ya se ha mencionado, hacia el 400 este sistema funcionaba tan efectivamente como lo había hecho en siglos anteriores.

¿Cómo y cuándo se produjeron los cambios que llevaron al colapso del Imperio Occidental? Hacia el 425, sorprendentemente, el Imperio Occidental mantenía una cierta estabilidad, pactando con visigodos, vándalos y suevos. La mayor parte de las fronteras seguían bajo control romano (a excepción de Britania, abandonada por el Imperio desde 410, y la rebeliones conocidas como bagaudas en el norte de la actual Francia). Sin embargo, esta estabilidad duró poco, y una serie de decisiones poco inspiradas provocaron el asentamiento de los vándalos en Cartago (cortando efectivamente el suministro de grano del Imperio), y la pérdida de la mayoría de Hispania bajo los suevos. La década de 440-450 es el punto de inflexión que marcará la posterior desintegración territorial del Imperio, ya que comienzan a verse dificultades en el mantenimiento del ejército a través de los impuestos, cada vez más difíciles de recaudar. Esto supuso subidas de impuestos que desataron más bagaudas, esta vez en el noreste de Hispania. Entre 451 y 452 hunos bajo Atila invadieron la Galia e Italia, aunque fueron vencidos en la primera y se retiraron de la segunda, suponiendo una amenaza durante un corto periodo de tiempo. En la década 450-460 había unos seis grupos principales asentados en el Imperio, todos bajo mando imperial, aunque esto duró poco.

El Imperio se desintegró definitivamente entre 450 y 470, principalmente por la falta de un líder que tuviera la suficiente fuerza, algo que era imposible dada la inestabilidad de la figura del emperador, siempre rodeado de motines militares y golpes de Estado. Antemio (467-472) intentó reconquistar a los vándalos en África, fallando estrepitosamente y provocando que abandonara el resto del Imperio salvo Italia, que resistió relativamente indemne hasta 489. Incluso entonces, Teodorico y los ostrogodos gobernaron de la manera más romana posible, intentando dar una sensación de continuidad. El cambio, por tanto, se observa más en la Galia, donde se desarrolló el reino de Eurico (466-484), anexionando la Península Ibérica. La Galia (y también Britania) abandonó la cultura de villas rurales, algo que continuó existiendo en el resto del Mediterráneo hasta el siglo VI. Esto es fundamental, en tanto que nos informa del fin de la élite romana tal y como existía durante el Imperio.

Los Imperios Romanos de Occidente y Oriente hacia el 476 DC.

Los Imperios Romanos de Occidente y Oriente hacia el 476 DC. Fuente.

Sin embargo, no hubo una ruptura absoluta en el resto del solar imperial: los vándalos continuaron gobernando sólidamente y con estructuras prestadas de la administración romana, y en el sur de la Galia los visigodos y burgundios legislaban y recaudaban impuestos al modo romano. El año 500 sobrevino con Italia bajo el gobierno de Teoderico desde Rávena, con formas y gobierno romanos. Sin embargo, estos retazos de romanidad fueron desapareciendo bajo los evidentes cambios de la época postromana: provincialización —las diferentes unidades políticas ya no compartían una administración política común—, simplificación económica y, en general, simplificación administrativa, legal y comercial. El hecho de que al Imperio de Occidente le sucedieran diversas unidades políticas rompió el complejo entramado en que se cimentaba la administración romana. Por tanto, todo ello ya no era necesario. Continuación, adaptación y evolución se dan la mano en un periodo en que, aunque ya no existiera un emperador, no era visto como una ruptura con respecto a lo anterior: fue el inicio de una etapa, y no la destrucción de la anterior.

El balance final: tan lejos, tan cerca

Quizás la conclusión más clara al respecto de este periodo es que es extremadamente complejo. No es lineal, ni organizado ni previsible, y los hechos que determinaron la desaparición del Imperio Romano de Occidente tuvieron lugar en relativamente poco tiempo.

Observando este periodo, como se ha hecho, intentando buscar los primeros elementos marcadamente ‘medievales’ en este proceso se encuentran claramente en aspectos como las identidades (los grupos sociales se identificaban con su reino respectivo, y no con una zona geográfica —África, Hispania,…— dentro del Imperio); la organización política – reinos, y una mayor importancia de las asambleas en sustitución de instituciones como el senado -; y fundamentalmente, el mantenimiento del ejército a través de sus propias rentas, y no a través de la recaudación de impuestos por parte del Estado. Los impuestos, por lo tanto, no eran el principal recurso para conseguir riqueza, sino la propiedad de tierras, lo cual supone un menor control por parte de los gobernantes sobre el territorio, y una mucha menor capacidad económica, desapareciendo relativamente lo ‘público’ o ‘estatal’. Además, al ser el ejército el que empezó a acumular tierras para equipararse a las aristocracias tardorromanas, se convirtieron en los nuevos aristócratas, diferentes completamente de las élites civiles romanas, y también alejados de los valores comunes que éstos compartían.

'Destrucción', de Thomas Cole, pintado entre 1833 y 1836. Resume la visión tradicional y apocalíptica sobre el fin del Imperio de Occidente. Fuente.

‘Destrucción’, de Thomas Cole, pintado entre 1833 y 1836. Resume la visión tradicional y apocalíptica sobre el fin del Imperio de Occidente. Fuente.

Sin embargo, estos cambios son producto de una evolución paulatina, y no de la repentina invasión de los ‘bárbaros’. Se podría describir más bien como una zona ‘gris’, una transición que nos confirma una vez más de lo convencional de las fechas y los periodos históricos. El 476 no significó el fin ni el comienzo de nada que no existiera antes. La ruptura física del territorio imperial supuso, lógicamente, el fin del sistema de recaudación de impuestos y por tanto, un cambio económico acompañado de la militarización del poder. Acompañado con el aislamiento del conocimiento en las instituciones eclesiásticas, el elemento común entre las élites —la educación clásica— desaparece, y por tanto, son otros los valores que les distinguen del resto de la sociedad. A pesar de todos estos importantes y fundamentales cambios, existe también, como se ha visto, una continuación de valores y estructuras heredados del Imperio. Y, hasta siglos después, el Imperio Romano del Este  —Bizancio— siguió existiendo en base a los mismos principios que su homólogo occidental.

Ni se trató, como tradicionalmente se ha definido, del asesinato del Imperio Romano de Occidente, ni de su permanencia en Europa más allá de su fin. Se hace más comprensible la identidad de reinos como el visigodo o el franco como una mezcla de continuidad y aportación de su propia identidad, como el cambio de una serie de factores interrelacionados que hacen que podamos llamar a unos romanos y a otros no, pero que nos impiden aún distinguir con exactitud dónde se encuentra la línea entre lo antiguo y lo medieval. El Imperio, por tanto, se desmoronó en su dimensión física, pero perduró en sus estructuras básicas y se adaptó a los nuevos grupos gobernantes que acabaron por desarrollar sus propias identidades e inaugurar definitivamente la Edad Media europea.

Bibliografía|

CARANDINI, A., et alii (eds.), “Storia di Roma 3: L’età tardoantica”, Turín: Giulio Einaudi Editore, 1992.

JONES, A. H. M., “The Later Roman Empire 284-602″, Oxford: Oxford University Press, 1964.

MITCHELL, S., “A History of the Later Roman Empire, AD 284-641″, Oxford: Oxford University Press, 2007.

WARD-PERKINS, B., “The Fall of Rome: and the End of Civilization”, Oxford: Oxford University Press, 2005.

WICKHAM, C., “The inheritance of Rome: A History of Europe from 400 to 1000″, Londres: Penguin Books, 2010.

Redactor: Manuel Muñoz García

Licenciado en Historia y máster en 'Documentos y libros, archivos y bibliotecas' por la Universidad de Sevilla, y actualmente cursando estudios de doctorado en Paleografía en King's College London. Apasionado de la Edad Media y la escritura.

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8 Comments

  1. Odoacro era un caudillo hérulo, no ostrogodo. Precisamente fue un ostrogodo el que le quitó sus posesiones en Italia del 488 al 493 d.C.: Teodorico el Grande, apoyado por el emperador de Oriente Zenón. Por otra parte, la administración romana no desapareció bajo el gobierno ostrogodo posterior en Italia. El Senado romano continuó reuniéndose…pero Teodorico cometió un error: dió el poder militar a los ostrogodos y el administrativo a los romanos. Teodorico tuvo visiones diferentes a Constantinopla, y cuando el rey desapareció Italia se convirtió en fruta madura para que Justiniano devolviese Italia a la órbita del Imperio Romano de nuevo. Roma se reconquistó en el 536, Rávena en el 540 e Italia se convirtió en Exarcado del Imperio Romano de Oriente hasta el año 751 d.C. La polémica de la denominación de Alta Edad Media siempre existirá ( y más en la historiografía occidentalista), y más teniendo en cuenta que en Oriente no se dará ningún paso hacia la feudalización (hasta el siglo XIII cuando surge la pronoia no hereditaria y usufructuaria del Estado). El viejo estado romano se perpetuará en Bizancio, siendo un estado bajo-imperial centralizado, con moneda internacional, ejército profesional, Derecho romano y competencia pública (al contrario que la costumbre y linajes germanos occidentales)….La Edad Media tardará mucho en instaurarse en Oriente….y en Occidente tampoco fue un fenómeno uniforme. Muchos territorios occidentales estarán en posesión del Imperio Romano de Oriente durante bastante tiempo (sur de España hasta el 620 d.C, Baleares hasta el siglo IX-X, la propia Roma hasta el 751, el sur de Italia hasta el siglo XII, etc. Para más información de lo que aconteció en el año 476 d.C y en la reconquista romana oriental de Occidente —> http://arraonaromana.blogspot.com.es/2014/05/ano-536-cuando-roma-volvio-ser-romana_19.html

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    • Muchas gracias por su comentario.

      Quisiera derivar su atención al título del artículo, donde se deja claro que no trato el Imperio Romano de Oriente (más que nada por una cuestión de espacio, lo que ahora es un artículo se convertiría en libro). De ahí que sólo haga menciones puntuales a Bizancio. En esta línea, el objeto del artículo es analizar, desde el punto de vista de los procesos y evolución internas, la transición entre la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media, y para ello el año de conquista de cada una de las ciudades de la Península Itálica es poco relevante. De hecho, y como también se menciona en el artículo, me baso en cuestiones menos ‘concretas’ si se quiere (sin fecha ni caudillo determinados), como el ejército, la educación, la ley, la organización político-territorial, etc. Desde mi punto de vista es más importante entender el proceso de transición entre una etapa y otra, y qué marcadores nos indican este cambio, que exponer el vademécum de las invasiones y el mundo posclásico en un alarde de sapiencia.

      Por otra parte, ya que me he tomado el tiempo de leer y comprender su comentario, sí que tiene razón en la denominación de Odoacro. Todos cometemos errores, y éste fue provocado por un fallo en la bibliografía consultada (y por tanto la palabra en cuestión será modificada). Sin embargo, decir que Odoacro era líder de los hérulos es “sobresimplificar” el asunto, y ya que ha sido usted tan prolijo en detalles me gustaría aclararlo: Odoacro fue el candidato del ejército romano en la Península Itálica, que contenía hérulos pero también esciros y torcilingos (de hecho, se cree que Odoacro era al menos en parte esciro). Odoacro provenía de las filas del ejército romano, y de hecho no se le nombró en ningún momento ‘rey o líder de los hérulos’, o de los esciros, a diferencia de Teodorico, llamado en vida ‘rey de los godos’ (Wickham (2010: 98). Incluso las gentes bajo el mando de Teodorico eran también heterogéneas en su origen, pero eso es otra cuestión.

      Me gustaría terminar recordándole, de cada a futuras ocasiones, que el objeto de comentar los artículos (tanto aquí como en Facebook) es la crítica constructiva y el debate historiográfico, que son siempre bienvenidos. Aunque entiendo su punto de vista, considero que lanzar una lista de fechas y datos a modos de extractos de su propio artículo no corresponde al objeto de este espacio.

      Un saludo,

      Manuel Muñoz

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  2. Ya veo que si te has tomado la molestia de leer…no lo has hecho de forma atenta, ya que digo que Odoacro es un caudillo hérulo, él es hérulo. No digo que sea el caudillo de todos ellos… Y si, tdos eran foederatii del Imperio….Teodorico tb tendrá hérulos bajo su mando….. Por otra parte, no he ido contra tu artículo. Si lo leyeses otra vez te darías cuenta que criticó un determinado tipo de historuografía, que pasa un modelo local y regional a un todo teoríco

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    • Odoacro era un hérulo, que comando una simple coalición de hérulos, esciros y torcilingios, que exigieron que se les otorgasen la tercera parte de las tierras de Italia para establecerse como federados. Se lo pidieron a Orestes y éste se negó a concederles tal petición. Es decir, esa coalición no era “federada”. Por otra parte, me quedo una vez más estupefacto por tu contestación…ya que mi respuesta tiene que ver mucho con el título de tu propio artículo. Los cambios sociales, políticos y administrativos no se producen igual en todos los sitios, ni a la vez ni de la misma forma. Ni siquiera en Occidente. Por ello, mi crítica se basa en escribir y opinar CONSTRUCTIVAMENTE que la Alta Edad Media en Occidente se produce de manera local en la Hispania visigoda (hasta el 711….), en Inglaterra ( a partir del siglo V hasta la invasión sajona y posterior normanda), en los territorios ocupados por los lombardos en Italia tras el 568 d.C. (el norte, sobre todo) y en la Galia franca, máximo exponente del nuevo modelo por continuidad e importancia. El resto, no conoce ese período de transformación. Es por ello, que yo crítico la tesis occidentalista….de la que tú pareces ser fan. Se llama Alta Edad Media a un fénomeno quasi-regional, pero ni mucho menos uniforme y enteramente europeo. Si tu crees que ésto no es opinar constructivamente no sé lo que será para ti. Eso debería ser debatir….no que la gente le de a “me gusta” y diga “magnífico”. Estoy intentando entablar contigo un debate historiográfico, pero vista su soberbia me parece que por mi parte no se va a dar. Saludos.

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  3. Y por último, comentar un último asunto respecto a simple historiografía. La mayor parte de las obras que has elegido para tu biografía, salvo una, teorizan sobre el elemento positivo de la denominación de Tardoantigüedad-Antigüedad tardía (Late Antiquity) por encima de “Alta Edad Media”, exactamente lo mismo que yo he intentado expresar en mis comentarios, que ni por asomo buscaban el desacreditar el artículo, sino verlo todo (y denominarlo) desde un punto de vista más alejado de la historiografía oficial imperante de 1944 a 1990. Es decir, totalmente desfasada. Hoy muchas definiciones y parámetros han cambiado, de forma razonada debería decir y con fundamentos tan objetivos como la política, la cultura, la sociedad, la administración y las propias creencias del momento. Y hago mucho hincapié en Bizancio, no porque sea yo especialista en ello, sino porque es el máximo exponente de la idea de Tardoantigüedad, por encima del Imperio Sasánida. Tal y como el reino franco y su desarrollo componen una realidad más cercada a las tesis y el significado de Alta Edad Media. Pero si un historiador moderno pone en una balanza las vicisitudes políticas, legislativas, sociales o administrativas del siglo V al siglo VIII- IX enseguida se dará cuenta, si es medianamente objetivo, que un reino no es suficiente para una denominación general en una fase de cambio que solo se produce de forma diferente y en períodos de tiempo distintos. Bien por la desaparición de los propios reinos (visigosos, ostrogodos, vándalos, etc) o por la inexistencia de un cambio radical o sustancial en otros lugares (Bizancio, sasánidas y los propios árabes, cuyas estructuras imitan con éxito a los 2 primeros). Y la elección debe ser que entidades políticas fueron más pujantes, exitosas e internacionales en ese período. Por ello, la batalla se decanta hoy día por la denominación de Antigüedad Tardía mayoritariamente. Ese era el debate….

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    • Buenas tardes Koldo, me gustaría hacerte una pregunta:
      Además del libro de Henri Pirenne y alguno de los autores que siguieron sus tesis como Peter Brown, ¿Cuántos libros de otras corrientes historiográficas has manejado?
      Lo digo simplemente porque al leer tus comentarios a la única conclusión razonable que se llega es que escupes, casi literalmente, lo que este autor defendió en su día.
      Como historiador profesional una de las cosas más importantes que he aprendido y que llevo por bandera es que cuando se pretende entablar un debate historiográfico, se debe tener clara una postura propia con referencia al tema que se trata, construida y basada en la lectura de las diferentes corrientes historiográficas, no solo en la que interese.
      Por otra parte me gustaría señalarte que existen formas más educadas de mantener un debate, con un tono más calmada y sin la necesidad de atacar constantemente a la otra persona, con más razón si cabe cuando lo que estas haciendo en realidad es autopromocionar tu blog disfrazándolo en extensos comentarios que dicen ser críticas constructivas.

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  4. Buenas noches Koldo,

    precisamente este artículo, a mi parecer, trata de huir de ese baile de fechas y del debate terminológico existente entre Antigüedad Tardía y Alta Edad Media para centrarse en mostrar transversalmente los procesos que provocaron ese “cambio” entre lo que nosotros entendemos como Antigua y Medieval. No creo que el redactor haya defendido una visión de los hechos completamente homogénea, todo lo contrario, en el artículo hace un largo de número de aclaraciones al respecto. Es un artículo de difusión histórica de poco menos de 3000 palabras y creo que en él se trata de sintetizar, en mi opinión bastante bien, un tema tan controvertido a la par que debatido por la historiografía como es el que aquí nos atañe.

    Es una pena que por la forma que has tenido de plantear tus respuestas –al igual que has hecho en otros artículos de esta revista- se pierda ese espacio de debate tan interesante y constructivo que tanto defendemos en este proyecto. Te invito a que, eso sí, con unas formas y un tono más calmado, te animes en futuras ocasiones a abrir debate y desarrollar una crítica constructiva en la que creo que con tu interés y conocimientos tanto podrías aportar.

    Un cordial saludo.

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  5. Buenas; tras leer el artículo no puedo evitar no entender exactamente el acento que se le ha puesto a lo que se ha venido a llamar la ruptura de la educación clásica al caer ésta en manos de las instituciones eclesiásticas. Al no estar desarrollado en el artículo (lo cual es lógico porque sería explayarse demasiado y hacer el texto excesivamente largo) me gustaría que me indicaras las fuentes de donde ha sacado esa idea para que pueda ver su explicación.

    Gracias.

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