No sólo en la domus vive el romano

En un artículo anterior hicimos un repaso a las características principales del modelo típico de domus como vivienda de las élites romanas. Sin embargo, había diversos tipos de viviendas para los grupos más humildes de la sociedad romana cuyos rasgos generales analizaremos en el presente artículo. Junto a ello abordaremos los problemas a los que tenían que enfrentarse diariamente.

La demanda de viviendas por parte de los sectores populares, sobre todo en las grandes ciudades, tuvo como consecuencia una amplia tipología de lugares para vivir. Al mismo tiempo, la especulación sobre las mismas se convirtió en un negocio bastante rentable para los propietarios de los inmuebles que eran alquilados. El elevado precio de los alquileres también contribuyó a desarrollar una gran versatilidad de espacios habitables. En la mayoría de los casos eran lugares con una reducida calidad, diminutos y con precarias condiciones.

Entre las viviendas más conocidas destacan las insulae o bloques de pisos, construidos en altura, y frecuentes en las ciudades grandes del Imperio, como por ejemplo Ostia o Roma. En dichas ciudades el espacio era reducido y la densidad de población era bastante grande por lo que se hacía necesaria la construcción de este tipo de viviendas. A ello hay que unirle los procesos especulativos del suelo que hicieron rentables su edificación. Estos edificios estaban divididos en apartamentos en los que vivían una amplia variedad de sectores sociales cuyo poder adquisitivo no era demasiado elevado.

Reconstrucción de una insula (Fuente)

Reconstrucción de una insula (Fuente)

Debido a su verticalidad, es difícil estudiar estos edificios y su división a través de sus restos arqueológicos que nos han llegado hasta la actualidad. A pesar de ello, contamos con algunos ejemplos y con testimonios de escritores de la época que nos ayudan a conocer cómo eran estas insulae. El empleo del ladrillo y el uso de las bóvedas eran claves en la construcción de estos edificios pudiendo alcanzar hasta tres o cuatro pisos.  En cuanto a su división interna, normalmente  las insulae estaban organizadas de la siguiente manera:

  •  En la planta baja nos encontramos con dos posibilidades: podía estar ocupada por viviendas o podía estar dividida en diversas tabernae o locales comerciales, e incluso baños públicos. En el caso de las viviendas, éstas podían estar distribuidas alrededor de un patio central y sobre ellas se elevaban el resto de los pisos. De este modo, esta planta era considerada la zona más noble y estaría habitada por los inquilinos más acaudalados del edificio o, incluso, hay casos en los que eran ocupadas por los propios propietarios del inmueble. Cuando la planta baja estaba ocupada por locales comerciales, la parte noble del edificio pasaba a estar situada en el primer piso.
  • En las plantas altas había una gran variedad en cuanto a las características de los apartamentos que ocupaban estos bloques de pisos. Conforme se iba subiendo de piso la calidad y la amplitud de los apartamentos iba reduciéndose hasta llegar a las buhardillas donde vivirían los inquilinos con menos poder adquisitivo. Los apartamentos estarían diseñados en función del espacio disponible e intentando buscar una buena iluminación, aunque no siempre fue posible. Las plantas más altas estarían distribuidas en cellae o habitaciones, es decir, por apartamentos con un único espacio donde vivir. Para solucionar los problemas de iluminación se construían balcones y ventanas en las fachadas exteriores del edificio o en los patio interiores. En relación a sus plantas, solían ser rectangulares y contaban con diferentes estancias según el espacio disponible. Marcial describe los incómodos accesos a estas insulae en Roma, con escaleras interminables para llegar a los pisos más altos, o la falta de intimidad que tenían los vecinos que vivían en ellos: “Novio es mi vecino. Podemos sacar las manos por las ventanas y tocarnos” (Marcial I 86).
Reconstrucción ideal de una insula (Fuente)

Reconstrucción ideal de una insula (Fuente)

Los inquilinos de estas viviendas sufrieron numerosos problemas relacionados con los ruidos, la falta de intimidad, la falta de iluminación o aireación, el miedo al derrumbamiento o a un incendio, la ausencia de agua corriente, etc.  El ruido era uno de los problemas más importantes a los que tenían que enfrentarse la no élite por la circulación de los carros durante toda la noche, debido a las limitaciones del tráfico, o al bullicio de gente que se formaba en las calles durante el día. Muchas de las calles de la propia capital del Imperio solían ser estrechas y muy ruidosas por diferentes motivos, como por ejemplo los gritos de los vendedores ambulantes. Además, solían estar llenas desperdicios, grafitos y animales. Marcial nos cuenta los problemas que tenía para conciliar el sueño en Roma a causa de los ruidos:

¿Por qué busco a menudo mi pequeña finca en el reseco Nomento y el vulgar refugio de mi quinta, preguntas? Ni para pensar, Esparso, ni para descansar hay en la ciudad un sitio para un pobre. Te impiden vivir los maestros de escuela por la mañana, por la noche los panaderos, los martillejos de los caldereros todo el día; por aquí, un aburrido cambista sacude su vulgar mesa con un montón de monedas neronianas, por allí, la batihoja de polvo de oro hispano machaca la piedra desmenuzada con su brillante mazo; y no para la caterva posesa de Belona, ni el parlanchín naufrago con su torso vendado, ni el judío enseñado a mendigar por su madre, ni el legañoso vendedor de material de combustible. ¿Quién es capaz de contar las agresiones a un sueño relajado? Dirá cuántas manos de la ciudad machacan el bronce cuando la luna eclipsada es atacada por el amuleto de la Cólquide. Tú, Esparso, desconoces todo esto y no lo puedes conocer, exquisito en tus posesiones de Petilio; la planta de tu casa contempla desde arriba la cumbre de los montes, y tienes una finca dentro de la ciudad y un vendimiador romano y no es más espléndido el otoño en los alcores falernos, y dentro de tus lindes hay un amplio paseo para tu berlina, y en lo hondo el sueño y la tranquilidad no son alterados por charla alguna, y sólo existe la luz del día que has dejado entrar. A mí me despierta el ajetreo de la gente que pasa, y Roma está pegada a mi cama. Exhausto por el cansancio, cada vez que me apetece dormir me voy a mi quinta” (Marcial XII 57).

Las viviendas de la élite romana se volcaban al interior, hacia los atrios y peristilos, con la intención de aislarse de la calle y disfrutar en la intimidad de sus propios jardines. En las viviendas de los estratos populares, como se puede ver, esta opción era difícil por no decir imposible de conseguir. Séneca escribe su testimonio sobre los problemas que tiene con el ruido al vivir encima de unos baños:

¡Muera yo si el silencio es tan necesario como parece para quien en el retiro se consagra al estudio! Heme aquí rodeado por todas partes de un griterío variado. Vivo precisamente arriba de unos baños. Imagínate ahora toda clase de sonidos capaces de provocar la irritación en los oídos. Cuando los más fornidos atletas se ejercitan moviendo las manos con pesas de plomo, cuando se fatigan, o dan la impresión de fatigarse, escucho sus chiflidos y sus jadeantes respiraciones. Siempre que se trata de algún bañista indolente, al que le basta la fricción ordinaria, oigo el chasquido de la mano al sacudir la espalda, de un tono diferente conforme se aplique a superficies planas o cóncavas. Mas, si llega de repente el jugador de pelota y empieza a contar los tantos, uno está perdido. Añade asimismo al camorrista, al ladrón atrapado, y a aquel otro que se complace en escuchar su voz en el baño: asimismo a quienes saltan a la piscina produciendo gran estrépito en sus zambullidas. Aparte de estos, cuyas voces, a falta de otro mérito, son normales, piensa en el depilador que, de cuando en cuando, emite una voz aguda y estridente para hacerse notar y que no calla nunca sino cuando depila los sobacos y fuerza a otro a dar gritos en su lugar. Luego al vendedor de bebidas con sus matizados sones, al salchichero, al pastelero y a todos los vendedores ambulantes que en las tabernas pregonan su mercancía con una peculiar y características modulación” (Séneca, Ep. LVI 1-2)

calle

Tráfico de carros y personas en una calle de una ciudad romana (Fuente)

Como ya se ha dicho anteriormente, los inquilinos de estas viviendas no podían disfrutar de intimidad. Normalmente muchos miembros de una misma familia vivían  en espacios de pequeñas dimensiones y las comodidades domésticas no eran muchas por lo que solían pasar gran parte de la vida diaria fuera de sus casas. Asimismo, la falta de intimidad podía afectar a la convivencia dando lugar a tensiones y discusiones entre aquéllos que vivían bajo el mismo techo.  El temor al derrumbamiento o a los incendios era otro de los problemas que padecían los inquilinos de estas viviendas. Juvenal y Cicerón nos dan sus testimonios sobre estos problemas:

Nosotros vivimos en una ciudad sostenida en gran parte por puntales esmirriados, pues es así como el casero previene un hundimiento. Cuando ha tapado la rima de una grieta antigua, dice: “podéis dormir tranquilos”. ¡Y el derrumbe está encima!” (Juvenal III, vs. 193-96).

Se me han hundido dos tiendas y las demás tienen grietas; de forma que no sólo los arrendatarios sino incluso los ratones han emigrado” (Cicerón, Ad Att., XIV, 9, 1).

Las insulae no eran las únicas, había otros tipos de viviendas para aquellos individuos que no formaban parte de la élite. La domus o casa particular podía contar con un segundo piso destinado a un uso privado o podía estar compuesto por habitaciones de alquiler que suponían un ingreso de dinero más para su propietario. El  acceso a estas habitaciones alquiladas solía ser desde la calle para así estar independientes de la vivienda del arrendador. Los locales comerciales o tabernae también podían llegar a ser lugares de vivienda de los dueños o empleados que trabajaban en ellos. A veces, las trastiendas o los altillos se convertían en humildes hogares donde vivían familias junto a los productos que se vendían en estos negocios. Hubo otros lugares del Imperio dónde se constata la presencia de individuos alojados en sótanos y cuevas. Normalmente estos espacios estaban destinados a ser bodegas y lugares de almacén pero también hubo casos de habitaciones subterráneas alquiladas a personas con pocos recursos económicos.

Había otro tipo de casa (cabaña, choza o tugurium) de pequeñas dimensiones, construida con materiales de poca calidad, como ramas y pajas para las cubiertas, y con poca complejidad técnica. Este tipo de vivienda era más habitual en el mundo rural pero igualmente podía encontrarse en el mundo urbano, alojándose en ella individuos pobres. Estas cabañas podían tener la función de vivienda junto con la de centro de trabajo y producción al mismo tiempo. En la novela El Satiricón aparece la siguiente afirmación relacionada con estos lugares: “Quien nace en una choza, no sueña con palacios” (Petr. 74, 14). Queda clara con esta afirmación que quienes vivían en las chozas solían pertenecer a los estratos pobres y humildes de la sociedad.

Taberna romana con una escalera que conducía a un altillo (Fuente)

Taberna romana con una escalera que conducía a un altillo (Fuente)

Ya hemos visto algunos ejemplos de viviendas diferentes a la domus, pero no todos los individuos de la sociedad tenían la posibilidad de vivir bajo un techo. Había un amplio grupo de mendigos que habitaban en las calles, bajo los puentes o en los pórticos de los edificios públicos e incluso, en los cementerios, viviendo de la limosna y de su ingenio de conseguir algo para comer cada día.

En conclusión, en las ciudades romanas había diferentes tipos de viviendas en función de los recursos económicos que tuvieran sus inquilinos. Favorecido por la demanda, queda claro que hubo un fructífero mercado de viviendas de alquiler para todos aquellos individuos que no podían permitirse tener una casa en propiedad y tenían que conformarse con espacios austeros y pequeños para vivir.

Bibliografía

BEARD, M.,  Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana, Ed. Crítica, Barcelona, 2009.

CICERÓN, Cartas a Ático (trad. Miguel Rodríguez-Pantoja Márquez), Ed. Gredos, Madrid, 1996.

FERNÁNDEZ VEGA, P. A., La casa romana, Ed. Akal, Madrid, 2003.

JUVENAL, Sátiras (trad. Manuel Balash), Ed. Gredos, Madrid, 1991.

MARCIAL, Epigramas (traducción de A. Ramírez de Verger), Ed. Gredos, Madrid, 2001.

PAOLI, U. E., Urbs, la vida en la Roma antigua, Ed. Iberia, Barcelona 1964.

PETRONIO, El Satiricón (trad. Lisardo Rubio Fernández), Ed. Gredos, Madrid, 1978.

SÉNECA, Cartas filosóficas (trad. Ismael Roca Meliá), Ed. Gredos, Madrid, 2010.

TONER, J., Sesenta millones de romanos: la cultura del pueblo en la antigua Roma. Ed. Crítica, Barcelona, 2012.

Redactor: Francisco Cidoncha Redondo

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, especialidad Historia Antigua y Arqueología. Actualmente realizando el Doctorado en Historia Antigua tras haber cursado el Máster de Estudios Históricos Comparados. Interesado en todo lo relacionado con la política, la economía y la sociedad romana.

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