Sit Diuo Augusto Terra Leuis

Escribe| Pilar Pavón Torrejón

Profesora Titular de Historia Antigua en la Universidad de Sevilla. Ha publicado en diversas revistas científicas españolas y extranjeras y participado como investigadora en proyectos de investigación nacionales y en congresos nacionales y extranjeros. Es autora del libro La cárcel y El encarcelamiento en el mundo romano, Anejos de Archivo Español de Arqueología XXVII, Madrid, 2003, y coeditora de Adriano, emperador de Roma, Roma, 2009, y Andalucía romana y visigoda. Ordenación y vertebración del territorio, Roma, 2009. Entre sus líneas de investigación se encuentran la política jurídica de los Antoninos, la legislación penal romana y la figura de la mujer en el mundo romano. Actualmente es directora de la revista Habis en las secciones de Historia Antigua y Arqueología.

A las dos y media de la tarde del 19 de agosto del año 14 moría en Nola Augusto con casi 76 años. El día de la muerte del emperador fue muy triste para Roma, siendo recordado durante mucho tiempo en el calendario. Toda esta información detallada sobre la hora, el día, el año, el lugar y la edad con la que falleció el primer emperador romano se conoce gracias a la biografía realizada sobre él por Suetonio. Los datos precisos responden al grandísimo interés por preservar del olvido los detalles sobre la muerte de la figura que puso fin a los años críticos de la República romana y que la transformó en un principado; en una monarquía de hecho, según el historiador Casio Dión.

Su memoria fue honrada en las exequias fúnebres que se celebraron en Roma y donde, según narra el biógrafo, rivalizaron entre sí los senadores a través de las medidas presentadas para la ocasión. El elogio fúnebre, antigua tradición romana en la que miembros destacados de la familia pronunciaban un discurso laudatorio sobre el difunto, recayó en dos figuras destacadas de la familia imperial. La primera parte estuvo a cargo de Tiberio, hijo adoptivo y heredero. El lugar elegido para la ocasión fue el templo del divino Julio. Este escenario estrechaba aún más los lazos entre la figura de Augusto y la de su padre adoptivo, Julio César. Por un lado, ahondaba en la divinidad de ambos y, por otro, vinculaba la figura de Tiberio con sus antecesores, pues sobre él recaía la responsabilidad inmediata y futura. La lectura de la segunda parte del elogio la realizó Druso, hijo de Tiberio. El lugar designado para continuar con el discurso no fue menos emblemático que el anterior, ya que se eligió la tribuna de las arengas, donde se ponía en práctica la elocuencia romana.

Mausoleo

Restos del mausoleo de Augusto. Roma. Fuente.

Después del discurso, el cortejo fúnebre se trasladó al Campo de Marte, donde varios senadores habían llevado a hombros el cadáver de Augusto para proceder allí a su incineración. Finalizado el rito crematorio, algunos miembros destacados del orden ecuestre, sin cinturón y con los pies descalzos en señal de luto, recogieron los restos y los depositaron en el mausoleo que Augusto había hecho levantar cerca del Tíber. Ningún emperador romano recibió los mismos honores fúnebres que Augusto; algunos, víctimas de sus excesos y delirios, fueron asesinados y arrojados simplemente al Tíber como asesinos y delincuentes a los que se privaba del derecho de sepultura.

En este año, que en las fechas en las que estamos entra en su tramo final, se cumple el bimilenario de su muerte. A los historiadores nos gusta recordar y hacer que no se olviden las efemérides, las fechas de acontecimientos significativos y relevantes para bien o para mal, de nacimientos y muertes de personajes ilustres y no tan ilustres, de descubrimientos e invenciones. Somos la memoria de la sociedad y como tal debemos cumplir con nuestra misión. A lo largo del 2014, en diversos centros de investigación y universidades españolas y extranjeras, se ha recordado la figura de Augusto, coincidiendo también con la celebración del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Fue precisamente una batalla, la de Actio, tenida lugar el 2 de septiembre del 31 a.C., la que puso fin a la guerra civil entre Octavio y Marco Antonio, dándole el triunfo al primero y la justificación del poderío militar para hacerse poco a poco con las riendas del gobierno. Antes se habían sucedido otras guerras civiles, luchas fratricidas entre miembros de bandos políticos enfrentados, donde el vencedor, haciendo un uso equívoco de la magistratura extraordinaria de la dictadura, pretendía imponer sobre los vencidos sus leyes y su política represiva. Al divino padre de Augusto, Julio César, no se le dio la oportunidad de desarrollar sus medidas, pues antes de que pudiera hacerlo, ya había sido asesinado por miembros del Senado que desconfiaban de sus intenciones conciliadoras. ¿Qué diferenció a Octavio, después Augusto, de aquellos que le precedieron en la inercia desarrollada desde finales del siglo II a.C., y que se caracterizaba por la tendencia al poder unipersonal? Su inteligencia política.

Roman emperor Augustus, who ruled at the time of Herod the Great in the Israel Museum exhibition

Busto del emperador Augusto. Fuente.

Es por ello por lo que se debe recordar al que consiguió convertirse en el primer hombre de Roma, el Princeps, aunque en el fondo era más un rey que un príncipe. Augusto fue más inteligente políticamente que Sila y que César. Fue capaz de rodearse de importantes asesores y fieles amigos como el general Marco Agripa, que tantas victorias le brindó; como el historiador Tito Livio, bajo cuyo reinado escribió la historia de la República romana que no había sido escrita antes y que muchos querían leer para conocer de dónde venían, a dónde habían llegado y hacía dónde se dirigían; como Mecenas, amigo, confidente y asesor político, descubridor de Horacio y Virgilio, poetas de las hazañas del emperador. También su esposa Livia, tan denostada por Tácito y tan querida por Augusto, formó parte de ese grupo de personas que le asistieron en algunas de sus decisiones. Ambos vieron frustradas sus esperanzas de tener un hijo común, siendo sin embargo, según señalan los escritores, fértiles en sus respectivos matrimonios anteriores. La hija de Augusto, Julia, y el hijo de Livia, Tiberio, fueron incapaces de tener un matrimonio por conveniencia política tan duradero como el que disfrutaron durante muchos años sus respectivos padres.

Fue lo suficientemente inteligente y astuto para apreciar los consejos cuando le convenía y seguir su olfato cuando lo estimaba oportuno. El mejor ejemplo para definir esa capacidad política de Augusto se observa en las famosas sesiones del Senado ocurridas en los días 13 y 16 de enero del año 27 a.C. El joven Octavio, que había recibido el título de Imperator Caesar, devolvió los poderes extraordinarios que había obtenido del Senado para acabar con su enemigo, Marco Antonio, convertido en enemigo de la República. Esta cámara, por su parte, le concedió la cura tutelaque rei publicae, es decir, la protección y la defensa del Estado. Octavio quiso representar el final de su etapa al frente de la República, sabiendo que el propio Senado se dirigiría de nuevo hacia él, puesto que la situación se tornaba irreversible para la recuperación de la dinámica política republicana anterior a las guerras civiles. Entre otros honores se le concedió el título de Augusto, epíteto de Júpiter y término de carácter sacral. La defensa del Estado lo colocaba de nuevo en la posición que había tenido hasta ese momento, puesto que le permitía conservar los poderes militares extraordinarios dirigidos a partir de ahora hacia la defensa de los territorios provinciales no pacificados. El enemigo de la República había dejado de estar en Italia y en Roma para situarse fuera, en las provincias menos romanizadas y más allá de las fronteras del Imperio. Trajo, después, la tan anhelada paz que se prolongó en el tiempo hasta finales del siglo II. El ya designado Augusto no dejó nunca de entenderse con el Senado, sabedor de que, aun debilitada, esta institución republicana había controlado durante cinco siglos los destinos de la República.

A pesar de las sesiones del año 27 a.C., Augusto volvió a escenificar ante el Senado una nueva actuación para refrendar sus poderes, inseguro como seguía estando de las bases jurídicas y constitucionales de aquéllos. En el año 23 a.C. depuso el consulado que había detentado de forma ininterrumpida desde el año 32 a.C. y, a cambio, el Senado le concedió la tribunicia potestas de forma vitalicia, lo que suponía disfrutar de todas las competencias del tribuno de la plebe hasta su muerte y, por otro lado, le concedió un imperium proconsulare maius sobre la totalidad del imperio, hecho que lo situaba por encima del propio Senado en asuntos políticos y militares. Esos dos poderes conseguidos en el año 23 a.C. le dieron la legitimidad tan anhelada por Augusto para la posición privilegiada que, de facto, detentaba desde hacía tiempo. Parece claro que esa inteligencia política no estuvo falta de prudencia ni tampoco de la suma de la experiencia ajena.

Entre las muchas reformas emprendidas por Augusto se encuentran las relativas a la recuperación de la tradición moral republicana, abandonada desde hacía tiempo por las propias familias nobles que habían convertido a Roma en la capital de un imperio. En este sentido, según el historiador Casio Dión, Augusto fue nombrado en el año 19 a.C. curator legum et morum, es decir, supervisor de las leyes y de las costumbres durante cinco años renovables. Igualmente, en la vida de Augusto, Suetonio escribe que éste recibió la supervisión de las costumbres y de las leyes a perpetuidad. Fuera de forma renovable cada cinco años o permanente, el hecho es que como aglutinador de importantes poderes, Augusto recibió el encargo del Senado y el pueblo de Roma de llevar a cabo una regeneración del derecho y de la moral. La reforma legislativa, dirigida a la recuperación y reordenación de las costumbres y emprendida por Augusto, ya fuera mediante la reelaboración de leyes anteriores o mediante la introducción de nuevas, estaba avalada por la posición sin precedentes que ocupaba sobre el Estado.

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Relieve de un sarcófago romano en el que aparece representado la ceremonia del matrimonio. Museo de Capodimonte, Nápoles. Fuente.

Una de las mayores preocupaciones de Augusto en lo que a la moral tradicional se refiere, fue el abandono de la práctica del matrimonio. Éste se había considerado desde siempre un deber cívico hacia el Estado con el fin de procrear y transmitir una heredad.  El matrimonio no era, por tanto, la consolidación del amor de una pareja. El creciente abandono de esas responsabilidades cívicas junto con un fuerte descenso demográfico, resultado de las guerras civiles, así como el aumento del celibato y de comportamientos de moral relajada, parece que fueron argumentos decisivos para que Augusto emitiera un proyecto legislativo que no se restringía al matrimonio, sino que regulaba todo lo relacionado con la familia. Las leyes Julias relativas a esta institución fueron tres: La lex Iulia de maritandis ordinibus, la lex Iulia de adulteriis coercendis y la lex Papia Popaea.

La primera ley, como indica su denominación, trataba de regular los matrimonios ilegítimos entre miembros del orden senatorio y libertos y entre ingenuos y personas de mala reputación que se habrían llevado a cabo de forma contraria a la tradición. Con esta legislación, el Estado, representado por Augusto, obligaba a las clases elevadas de la sociedad romana a adquirir de nuevo el compromiso cívico mediante el matrimonio legítimo, que por dejación y relajación de costumbres habían abandonado desde hacía tiempo. Se introducía en el terreno de lo privado, ya que regulaba cómo se debían  establecer los vínculos familiares y, además, con una finalidad concreta: procrear para el mejor sostenimiento de la antigua institución de la familia romana y del Estado. Así también, con ello se pretendía la recuperación de esta costumbre que beneficiaría a su proyecto de gobierno, no sólo en un futuro inmediato, sino también con vistas a una estabilidad prolongada. La lex Papia Popaea del 9 d.C. completaba, mitigaba y modificaba el riguroso marco de la ley anterior del 18 a.C., atenuando las sanciones y aumentando los premios establecidos en ella.

Estrechamente vinculada a la ley Julia sobre los matrimonios de los órdenes, se emitió en el mismo año 18 a.C. otra que completaba las bases morales de las uniones legítimas de los ciudadanos romanos, aunque para algunos investigadores se podría retrasar la fecha hasta el 16 a.C. Esta fue la conocida como lex Iulia de adulteriis coercendis, o ley Julia sobre la represión de los adulterios. Con ella se pretendía reprimir, mediante severas sanciones, todas las uniones ilegítimas como el adulterio y el estupro y también dificultar el divorcio. Todas estas eran prácticas habituales desde hacía tiempo en la sociedad romana de finales de la República. Sin embargo, resulta obvio que Augusto no solo estaba legislando para paliar estas actitudes tan habituales, sino que también había estudiado cómo reforzar su reforma moral yendo más allá de la revalorización del matrimonio legítimo y su finalidad. Había previsto los posibles efectos negativos que la constricción al matrimonio podía tener: relaciones sexuales ilegítimas con mujeres casadas, con jovencitas en edad casadera, el lenocinio, o la frecuencia de los divorcios que darían al traste con su ley sobre el matrimonio. Por tanto, dejó bien claro a sus contemporáneos que no sólo se trataba de contraer matrimonio legítimo y procrear hijos, sino también que había que respetar esa unión y mantenerla hasta sus últimas consecuencias.

Según Tácito y según los estudios de investigadores, las leyes relativas a la familia y dirigidas a recuperar las costumbres tradicionales de las clases dirigentes romanas no resultaron tan eficaces, a pesar del empeño puesto por Augusto y posteriormente por su hijo adoptivo, Tiberio. Ni aumentaron los matrimonios ni los nacimientos, y los adulterios no desaparecieron, mientras que sí se incrementaron las actividades desagradables de los delatores. Si a corto y medio plazo no resultaron tan efectivas como se pretendía, las leyes ético-matrimoniales de Augusto sirvieron para que se regulara el derecho sucesorio y el de la familia. Con estas leyes julias se reforzaba también la posición del Príncipe como dispensador de beneficios y sanciones.

De Augusto se ha escrito sobre su carácter y su personalidad, sus debilidades y flaquezas, sus miserias y grandezas. Incluso nos es familiar su rostro anguloso, firme, con nariz prominente que destaca por encima de sus otras facciones a través de esculturas como la del Augusto vencedor y triunfante de Prima Porta. Se ha discutido sobre su poder, sobre sus actividades militares, políticas, jurídicas, económicas y religiosas. Se conocen muchas de sus facetas como gobernante, pero también otras menos relevantes, pero no menos importantes, como la de amigo, de marido, de hermano, de padre y de abuelo. Quizá estas dos últimas sean las que más insatisfacciones le produjeron y más amarguras le conllevaron durante su madurez y vejez debido a las prematuras muertes de sus herederos consanguíneos designados y también a los adulterios de su hija Julia la Mayor y de su nieta, Julia la Menor.

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Res Gestae Divi Augusti encontrada en Ancira. Fuente.

Las obras del gobierno de Augusto se encuentran recogidas en escritores, historiadores, filósofos, poetas, literatos, en su testamento político conocido con el título Res Gestae Diui Augusti, pero también se observan directamente en los restos arqueológicos de la Roma que él mismo monumentalizó y de los que se encuentran en muchos lugares de la geografía hispana, como también de la que bordea el Mediterráneo. Han sido estudiadas por muchos profesores como T. Rice Holmes, R. Syme, A. Magdelain, J. Béranger, A. H. M. Jones, F. Millar, E. Gabba, J. Carcopino, R. A. Bauman, P. Zanker, T. Spagnuolo Vigorita y un largo etcétera de relevantes personalidades de la Historia Antigua, la Arqueología Clásica y el Derecho Romano. Quedamos a la espera de los resultados científicos de los congresos y actividades habidas a lo largo de este año como los de la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Córdoba y el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, entre otros.

Quisiera recordar por último a un grandísimo historiador y mejor conocedor del personaje que tratamos, Augusto Fraschetti, al que conocí en Roma cuando trabajaba sobre mi tesis. Si la muerte no se lo hubiera llevado antes de tiempo, habría participado plenamente en los muchos eventos científicos habidos en este año con motivo de la muerte del emperador. Sit Tibi Terra Leuis, como lo fue también para aquel con quien compartías nombre.

Redactor: Témpora Mágazine

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