Shakespeare y la creación de un mito universal

La Historia, ¿qué sería de la Historia sin todos aquellos grandes creadores en cuyas obras dejaron impresas las formas de pensamiento de cada época? ¿Qué sería del Humanismo sin los versos de Petrarca y Dante Alighieri? ¿Y de la Contrarreforma sin aquellas pinturas alegóricas sobre el triunfo de la Eucaristía que Rubens pintara por encargo de la infanta Isabel Clara Eugenia?  Y es que la Historia no es solo un listado innumerable de reyes, batallas y conquistas; es también la evolución de distintas sociedades que expresaron su concepción del mundo y de la vida mediante la literatura, la pintura, la música o, más recientemente, el cine.

Sin embargo, hay una serie de nombres que elevaron la cultura de su tiempo a lo más alto. Autores que sobresalen por encima de la mayoría, cuyas obras son tan humanas, y a la vez tan divinas, que todos hemos reconocido en ellas una atemporalidad que las convierten en algo más que un mero reflejo de la sociedad de su tiempo: Miguel Ángel y la Capilla Sixtina; Cervantes y El Quijote;  Shakespeare y Macbeth;  Beethoven y la Novena Sinfonía.

"Shakespeare niño, cuidado por la Naturaleza y las Pasiones”, George Romney, 1792. (Fuente)

“Shakespeare niño, cuidado por la Naturaleza y las Pasiones”, George Romney, 1792. Fuente

La  fama póstuma de autores como Cervantes y Shakespeare no solo se debe a la calidad de sus obras, sino que responde también a una serie de circunstancias históricas y socioculturales que terminaron por elevarlos a la categoría de mitos universales. En ambos casos la trayectoria corre en paralelo: una creciente fama internacional que comienza en el siglo XVIII y que alcanza su punto culmen durante el Romanticismo. También en ambos casos, las artes plásticas jugaron un papel fundamental en cuanto a que ayudaron a crear todo un imaginario visual que más tarde el cine se encargaría de reelaborar.

William Shakespeare (1564-1616) gozó de gran popularidad en vida, si bien alcanzó la fama más como poeta que como dramaturgo. Poemas como La violación de Lucrecia o sus Sonetos gozaron de gran fama entre sus contemporáneos, y él mismo valoraba más su obra lírica que dramática. Seguido de sus poemas, las obras históricas dedicadas a los grandes reyes de la historia reciente de Inglaterra (Ricardo III, Enrique IV…) fueron las piezas de teatro que más popularidad alcanzaron en vida del autor y en los años inmediatamente posteriores a su muerte. Habría que esperar casi un siglo después para que grandes tragedias como Hamlet, Macbeth, el Rey Lear o Romeo y Julieta alcanzaran la relevancia que tienen hoy día. Fuera más popular por unas obras o por otras, lo cierto es que Shakespeare ya fue un personaje relevante en su época, y el mismo Ben Jonson, escritor contemporáneo suyo, llegaría afirmar sobre él que “Shakespeare no es para una época, sino para todos los tiempos.”

"El actor David Garrick interpretando a Ricardo III", William Hogarth, 1745. (Fuente)

“El actor David Garrick interpretando a Ricardo III”, William Hogarth, 1745. Fuente

La verdadera fama de Shakespeare y su difusión por los diferentes países europeos comienza en el siglo XVIII de la mano de las traducciones al francés. El Siglo de las Luces, dominado por el cosmopolitismo y por una curiosidad intelectual sin precedentes, vio en la figura de Shakespeare el gran descubrimiento literario de la época en Francia, un país de gran tradición en cuanto a producción dramática. Esta creciente fama que el dramaturgo inglés adquirió en el país galo se debió a traducciones de las obras shakesperianas como las que Pierre-Antoine de La Place publicara entre 1745 y 1748. Sin embargo, la traducción definitiva y más completa fue la llevada a cabo en 1776 por Pierre Le Tourneur, quien se posicionó a favor de Shakespeare frente a los clásicos del teatro francés: Corneille y Racine. Esta cada vez más creciente fama del escritor inglés en Francia provocó la cólera de Voltaire, indignado al ver que en su país se prefería lo foráneo a lo nacional, como en el caso del escrito anónimo “Parallèle de Corneille et de Shakespeare” aparecido en el Journal encyclopédique en 1760 y donde se llegaba a alabar a Shakespeare en detrimento de Corneille. Voltaire, enojado aún más por haber sido el mismo quien había introducido a Shakespeare en Francia con traducciones como las de Julio César, se lamentó de todo ello en su famosa Lettre á l’Académie Française y en la decimoctava sus Lettres philosophiques, tachando a Shakespeare de salvaje y criticando sus vicios y virtudes:

 

 

“Lo horroroso de esto es que el monstruo [Shakespeare] tiene un partido en Francia; y, para colmo de calamidad y horror, yo fui el primero en hablar hace tiempo de este Shakespeare; yo fui el primero que mostró a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme estercolero.”

Sin embargo, de lo que Voltaire no era consciente es que al ser él un escritor tan influyente en Francia y en Europa, el dar a conocer a Shakespeare y hacer de él una polémica no hizo otra cosa más que difundirlo y hacer que el interés por su figura creciera todavía más. De este modo, Voltaire fue quizás el gran responsable de la difusión de Shakespeare por toda Europa aun cuando su objetivo consistía en todo lo contrario. España, que durante el siglo XVIII tenía la mirada puesta en todo lo que sucedía en el país vecino, fue uno de los países a los que primero llegaría ese interés despertado en el ámbito francés por la figura de Shakespeare.

"David Garrick recitando la Oda a Shakespeare en el Jubileo de 1769", Granado de las colecciones de la Lewis Walpole Library, Yale University. (Fuente)

“David Garrick recitando la Oda a Shakespeare en el Jubileo de 1769″, Granado de las colecciones de la Lewis Walpole Library, Yale University. Fuente

En España ya encontramos referencias y textos críticos que hablan de Shakespeare a partir de la década de 1770, y que recogen esa tradición de Shakespeare como “monstruo” iniciada por Voltaire. Así lo refleja Leandro Fernández de Moratín cuando, en 1798, realiza la primera traducción de Hamlet al español (la primera de un texto de  Shakespeare en España) y la acompaña de un prólogo donde explica toda la polémica surgida en Francia a raíz de las críticas de Voltaire. Distinto fue el caso de Alemania, dado que, a diferencia de España o Francia, no contaba con una tradición teatral clásica y tomaron a Shakespeare como referente para un teatro nacional, del mismo modo que sucedería más tarde en países como Rusia o Hungría. Fue tal la fama de la que gozó en el país germano que lo elevaron al panteón de figuras nacionales junto a Goethe y Schiller.

Mientras su fama se extendía por Europa, en su país de origen, donde siempre había sido considerado un referente nacional, el siglo XVIII supuso para Shakespeare la divinización de su figura, el origen de la creación del mito. Así lo atestiguaba el propio Voltaire en una fecha tan temprana como 1728 cuando decía acerca de Shakespeare que “en Inglaterra, es raro que no se le denomine divino”. Años más tarde, en 1753, el escritor inglés Arthur Murphy diría que “Entre nosotros, los isleños, Shakespeare es una especie de religión oficial en poesía”. Uno de los principales encargados de hacer de la figura de Shakespeare un mito nacional fue el actor David Garrick, que había iniciado su carrera interpretando a Ricardo III en 1741 y que llegaría a encarnar a una veintena de personajes shakesperianos. Fue admirado por el público por haber revitalizado el interés de Shakespeare en escena, y su obsesión por la figura del escritor llegó a tal punto que incluso en su finca de Hampton le había construido un templo a Shakespeare, en cuyo interior se encontraban una estatua conmemorativa realizada por el escultor Louis-François Roubiliac (actualmente conservada en el Museo Británico) y algunos objetos personales del propio Shakespeare. Fue tal la expectación que había creado aquel pequeño templo dedicado a una nueva deidad que incluso atrajo el interés de personalidades tan importantes como el propio rey de Dinamarca.

"Boceto para el Monumento a Shakespeare", Louis-François Roubiliac, 1757. (Fuente)

“Boceto para el Monumento a Shakespeare”, Louis-François Roubiliac, 1757. Fuente

El punto culminante en esta deificación del dramaturgo y poeta fue un festival en honor a Shakespeare que David Garrick organizó en Stratford-upon-Avon, la ciudad natal del escritor, entre el 6 y el 8 de septiembre de 1769. Este Jubileo (“The Shakespeare Jubilee”), que tuvo un coste de dos mil libras para el actor, fue todo un acontecimiento entre el público y supuso, en palabras del historiador Christian Deelman, “el punto en que Shakespeare dejó de ser contemplado como un dramaturgo cada vez más popular y admirable y se convirtió en un dios”. El momento definitivo del Jubileo fue la “Oda a Shakespeare” que Garrick recitó en una declarada invocación a la divinidad del escritor y que posteriormente sería recitada en escenarios de toda Inglaterra:

¡Es él!¡Es él!, ¡ese semidiós

Que pisó las floridas orillas del Avon!

A la muerte de Garrick, el poeta William Cowper le proclamó como el artífice de una nueva religión que hizo de Shakespeare su dios principal:

Pues el propio Garrick fue un adorador;

Él diseñó la liturgia y enmarcó los ritos

y el ceremonial solemne de aquel día

e invitó al mundo a rendir culto en las orillas

del Avon, afamado en los cantos.

La figura de Shakespeare había quedado, pues, deificada tras el Jubileo de Garrick. Pero, ¿Qué dios? ¿Quién era aquel Shakespeare que todos veneraban y de cuya vida tan poco se sabía? Estamos en una época en la que aún no se había consolidado el género de la biografía literaria, y todos los datos que se conocían del escritor eran anecdóticos y poco fiables. Es por eso que la creciente fama llevó consigo un interés por rescatar la documentación original y labrar así un relato oficial de la vida de Shakespeare.  Hasta finales del siglo XVIII los estudiosos e interesados en su figura no comenzaron a rescatar la documentación conservada en Stratford-upon-Avon. En 1737 había sido recuperado el primer texto firmado por Shakespeare, su testamento, y a este descubrimiento le siguieron otros como una escritura hipotecaria, el “Testamento de Fe” católica del padre de Shakespeare  y diversas cartas personales. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados en aquel entonces, y hasta la fecha aún no se ha hallado ningún documento que vincule a Shakespeare con las obras de teatro que se le atribuyen.

"Interior de la Boydell Shakespeare Gallery", Francis Wheatle, 1790. (Fuente)

“Interior de la Boydell Shakespeare Gallery”, Francis Wheatle, 1790. Fuente

El mito de Shakespeare, ya verdaderamente consolidado, también tuvo una fuerte impronta en las artes plásticas, llegándose a convertir en una auténtica moda entre los pintores y grabadores ingleses de la época. Los artistas de aquellos años no solo representaban en sus cuadros las escenas de grandes obras como Hamlet o Macbeth, sino que pronto se sintieron atraídos por esa idea de un Shakespeare divino, representándolo así en muchas de sus pinturas y contribuyendo a la difusión del mito. Uno de los casos más interesantes lo encontramos en un cuadro realizado en 1792 por George Romney y titulado Shakespeare niño, cuidado por la Naturaleza y las Pasiones, una obra en la que el pintor retoma la iconografía de la Natividad de Cristo y aparece Shakespeare como Nuevo Mesías, rodeado por una serie de figuras alegóricas que vienen a reemplazar a los Reyes Magos y a los pastores. Henry Fuseli, uno de los más importantes pintores del prerromanticismo inglés, fue otro de los artistas que más se interesó por Shakespeare a lo largo de su carrera, siendo muy conocidas sus pinturas sobre Macbeth. Fuseli, al igual que había hecho antes Romney con la escena de la Natividad, vuelve a profanar un tema cristiano como es el de la Madonna con el niño en su obra El niño Shakespeare entre la Tragedia y la Comedia.

Shakespeare y todo lo que le rodeaba creó en Inglaterra, y más tarde en Europa, todo un género en pintura que cristalizó en la creación de la Boydell Shakespeare Gallery, un proyecto iniciado en 1786 por el grabador John Boydell y que consistía en dos partes: la publicación de una edición de las obras de Shakespeare ilustrada por grabados realizados por distintos artistas del país; y la creación de una galería donde serían exhibidas las pinturas que habían servido para los grabados de la edición impresa. Se creaba, así, un auténtico museo del arte shakesperiano, en el que participaron artistas de la talla de Joshua Reynolds. Esta tendencia surgida con fuerza en la segunda mitad del siglo XVIII fue heredada  a principios del siglo XIX por los pintores del romanticismo europeo, un movimiento centrado en la búsqueda de las pasiones más humanas y que halló en las obras de Shakespeare todo un repertorio de escenas llenas de amor, de odio, de venganza, de muerte. Junto a Romeo y Julieta, la figura de Ofelia (Hamlet) es rescatada por los pintores del XIX como aquella heroína caída que el pintor John Everett Millais inmortalizara en su famoso cuadro de 1852.

A mediados del siglo XIX podemos decir que el mito de Shakespeare es ya un hecho real a nivel internacional. Así lo demuestran las palabras que el famoso escritor francés Victor Hugo le dedica en su ensayo “William Shakespeare” de 1864 :

“Shakespeare es la más alta gloria de Inglaterra. Inglaterra tiene en política a Cromwell, en filosofía a Bacon, en ciencia a Newton: tres elevadísimos genios. Pero a Cromwell se le trata de cruel, a Bacon de bajo, y por lo que respecta a Newton, el edificio que él levantó se derrumba en los actuales momentos. Shakespeare permanece puro, lo que no sucede a Cromwell ni a Bacon; y su obra es indestructible, lo que no sucede con la de Newton. Y por otra parte, como genio raya a más grande altura. Por encima de Newton están Copérnico y Galileo; por encima de Bacon, Descartes y Kant; por encima de Cromwell, Danton y Bonaparte; por encima de Shakespeare, nadie. Shakespeare tiene quien le iguale, más no quien le supere. ¡Singular honor el del país que ha llevado en sus entrañas tal criatura!”.

"Retrato ideal de Shakespeare", Angelica Kauffman, 1775. (Fuente)

“Retrato ideal de Shakespeare”, Angelica Kauffman, 1775. Fuente

También los compositores del XIX vieron en Shakespeare una fuente de inspiración para sus creaciones, y pronto comenzaron a surgir óperas y danzas que adaptaban algunas de las más famosas obras del escritor inglés. Giuseppe Verid, uno de los compositores más aclamados de toda la historia, y creador de la ópera Macbeth en 1845, tragedia de la que llegaría a afirmar que es “una de las grandes creaciones del ser humano”, se refería a Shakespeare de la siguiente manera:

Es mi poeta predilecto. Sus libros siempre han estado en mi mesita de noche o sobre mi estudio. Los he leído y releído cientos de veces (…) ¡Ah, Shakespeare!… ¡El gran maestro del corazón humano!¡Jamás podré igualarme a él!

Esta consideración de Shakespeare de la que tanto Victor Hugo como Verdi hacían gala, ha llegado a nuestros días prácticamente intacta. El cine, con creaciones ya míticas como el Macbeth de Orson Welles o el Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli, ha contribuido enormemente, y lo sigue haciendo, a hacer de Shakespeare un mito universal en nuestros días. Fuera o no el verdadero autor de las obras que a día de hoy continúan publicándose en su nombre, lo cierto es que todos reconocemos en él la figura de un genio atemporal que ningún otro ha llegado a superar con el paso del tiempo.

Bibliografía|

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SAPHIRO, J., “Shakespeare: una vida y una obra controvertidas”, Madrid: Gredos, 2012.

 

 

 

 

 

Redactor: Daniel Vizcaíno Ruiz

Graduado en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Máster en "Arte, Museos y Gestión del Patrimonio Histórico" por la Universidad Pablo de Olavide. Apasionado por todo aquello relacionado con el arte, la historia y la cultura en sus muchas ramas. Gran defensor de las humanidades.

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