La ¿tierna? niñez en la Edad Moderna (I): El Mundo Hispánico

Tradicionalmente la historia se ha considerado el conjunto de grandes hechos de armas y hazañas de la humanidad. Famosos son los relatos de batallas y sucesión de reyes que todos tenemos en la cabeza, y que hemos estudiado en el colegio. Sin embargo, a principios del siglo XX historiadores de muy diversa índole comenzaron a investigar la historia de las personas tras los hechos, de la vida cotidiana tras lo extraordinario y lo épico. Surgió así la inquietud por aproximarse a la historia de la población, de la economía, de la cultura, y más recientemente de la infancia, los sentimientos y las emociones. En este artículo hemos querido rendir homenaje en cierto modo a todos aquellos historiadores que abrieron el camino a esta nueva historia. Por esta razón, trataremos de un período de tiempo concreto no en la vida de los estados o las sociedades, sino en la vida de todo ser humano: la infancia. En este primer artículo, eso sí, nos centraremos en la niñez en el Mundo Hispánico: España, Portugal y sus posesiones en América.

Quizás lo primero que hay que decir sobre la infancia en la Edad Moderna es que el concepto que los hombres y mujeres de la época tenían sobre este período de la vida no tiene casi nada que ver con el que tenemos en la actualidad. Sabemos que en general en Europa en el siglo XVIII esta etapa se consideraba acabada a los 7 años, pero tan solo un siglo después se había prolongado hasta los 12/13, idea mucho más acorde con nuestro concepto actual de la infancia. Parece claro por tanto que no podemos acercarnos al estudio de la niñez en  los siglos XVI-XVIII con nuestra forma actual de ver el mundo si queremos entender algo de nuestro pasado.

"Niños jugando a los dados" (1665-1675), de Bartolomé Esteban Murillo. Escenas como la representada en este cuadro era muy comunes en la España Moderna. Fuente

“Niños jugando a los dados” (1665-1675), de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). Escenas como la representada en este cuadro era muy comunes en la España Moderna. Fuente

Entremos en materia sin más dilación. Quizás lo primero que nos preguntamos cuando reflexionamos acerca de la infancia en el pasado es cuáles eran las condiciones de vida de los niños y niñas de la época estudiada. Sin duda, y aunque depende de las diferentes regiones del mundo de las que hablemos, podemos concluir que las condiciones de existencia de los niños del pasado eran extremadamente duras en lo que se refiere a higiene y mortalidad infantil. La vida ya era muy dura en el vientre materno, puesto que las mujeres de los siglos modernos, como los hombres, no solo ingerían pocas calorías diarias, sino que además sus dietas eran muy pobres y poco variadas, ya que se basaban sobre todo en la ingesta de hidratos de carbono procedentes de los cereales; ello hacía que las vitaminas y proteínas, vitales para el desarrollo y mantenimiento del organismo y sus estructuras, quedaran marginadas. Esta situación se daba sobre todo entre la población más humilde, que representaba la abrumadora mayoría de la sociedad y que no podía costear alimentos que no fueran el pan; los sectores más adinerados, capaces de acceder a la carne y el pescado, sí disponían de una dieta más variada y por tanto se encontraban mejor alimentadas.

El momento del nacimiento era crítico. La mortalidad en los partos tanto del niño como de la madre era tan frecuente que cuando una mujer iba a dar a luz redoblaban las campanas en los pueblos entonando melodías fúnebres. Las personas de aquellos siglos no pecaban de pesimistas con tales prácticas. Los partos se producían en las casas, y asistidos por matronas que en muchos casos no sólo no contaban con la formación necesaria para realizar su función, sino que no reparaban lo más mínimo en las condiciones higiénicas de los partos, ayudando con las manos sucias y en estancias sin una mínima limpieza. Ello es comprensible si tenemos en cuenta que en estos siglos no se tenía conocimiento alguno de la existencia de microbios ni de prácticas profilácticas como la esterilización del instrumental para asistir en los nacimientos. La ciencia de los partos -denominada obstetricia- apenas comenzó a ver la luz en el siglo XVIII, por lo que las técnicas de asistencia a las parturientas apenas habían avanzado desde la Edad Media hasta el Siglo de las Luces. Todo ello hacía que nacer fuera toda un proeza, pero los peligros para los niños y niñas no acababan ahí.

Una vez expulsados del vientre materno, los niños eran objeto de todo tipo de prácticas que actualmente nos dejarían boquiabiertos, pero que en los siglos modernos estaban plenamente aceptadas. Por ejemplo, en Portugal en el siglo XVIII se envolvía a los niños en unas sábanas para inmovilizarlos y así evitar que se hicieran daño, haciendo posible además que los padres no tuvieran que estar pendientes del pequeño/a. Esta práctica era muy contraproducente para la salud de los niños, que veían como sus padres se despreocupaban de ellos una vez quedaban envueltos en estas sábanas, que rara vez se cambiaban. Ello lógicamente provocaba que orina y heces se acumularan, y que los parásitos asediaran a los pequeños cual ejército a las puertas de una fortaleza a punto de ser rendida. Lo más interesante -y paradójico a nuestros ojos- de todo aquello es que existía entre los grupos más humildes la creencia común de que la grasa daba al pelo una mayor resistencia, la orina era curativa y los piojos eran capaces de absorber la sangre considerada “mala”. Así pues, no solo no se daban las condiciones necesarias para preservar y cuidar la salud de los pequeños, sino que existía toda una batería de creencias que reforzaban tales comportamientos. Otro ámbito de peligro para las pequeñas y los pequeños de la época residía en las ancestrales costumbres que muchas veces practicaban sus padres y madres. Por ejemplo, sabemos que las viviendas del Antiguo Régimen eran, por lo general, muy distintas a las actuales. La falta de mobiliario en muchas de ellas -las más humildes sobre todo- hacía que en no pocas ocasiones los progenitores durmieran con sus hijos, que por su pequeño cuerpo y corta edad a veces eran asfixiados por el peso de sus propios padres. Lo más terrible, quizás, es que estas no fueron siempre situaciones accidentales, sino que encubrían infanticidios.

La vida era mucho peor incluso para aquellos que habían perdido a sus padres. Niñas y niños que, tras nacer, veían morir a sus progenitores o incluso eran deliberadamente abandonados eran víctimas en muchas ocasiones de crueles destinos. Cuando los pequeños quedaban abandonados, se le trasladaba a centros para su educación y sustento. Ya llegar con vida era un logro, pues las condiciones en las que se transportaba a las criaturas eran infrahumanas, falleciendo muchos de los niños en el camino. Los que llegaban eran acogidos en instituciones de beneficencia en las que se les proporcionaban cuidados. En estos centros muchos pequeños crecían sin sus padres y rodeados de religiosos y religiosas que hacían lo que estaba en sus manos por sacarlos adelante. El trabajo que se hacía con estos niños no sólo residía en su mantenimiento físico, sino también en su instrucción, ya que se les enseñaba a leer y a escribir, así como los fundamentos de la doctrina cristiana. Sin embargo, estos centros se encontraban tan pobremente dotados que no era raro ver como muchos de sus pequeños inquilinos fallecían debido a las deficientes condiciones de vida que allí se daban.

La situación de la infancia en la América española no fue tampoco mucho mejor que la de la metrópoli. En la América de la conquista, los colonizadores españoles -muchos de ellos casados en España- no dudaron en tener hijos con las mujeres indias, que en su mayoría eran considerados ilegítimos al estar fuera del matrimonio. Muchos de estos niños, a pesar de no ser reconocidos, fueron criados por sus padres, sin que existiera entre ellos mayor diferencia que la económica. Así, la situación de los llamados mestizos -hijos de español e india- no fue tan dura como en un primer momento podría pensarse. No obstante, es evidente que las condiciones de guerra en las que se vieron inmersos, así como el choque de culturas, debieron ser hechos absolutamente traumáticos para los niños, que compartían la penuria vital con la situación que les tocó vivir. A pesar de ello es cierto que tras las primeras décadas de la conquista las condiciones de vida se estabilizaron, y las niñas y niños de la América española y portuguesa pudieron experimentar ciertas mejoras respecto a la situación anterior.

Desde nuestros ojos actuales, estas condiciones nos parecen inaceptables, y probablemente ninguno de nosotros podríamos aceptar la visión de esta infancia agonizante tirada en las

"De negro e india china cambuja", de Miguel Cabrera (1763). La etnia fue un factor muy relevante en la infancia de la América Moderna, pues en muchas ocasiones determinaba la posición socioeconómica de las familias. Fuente

“De negro e india, china cambuja”, de Miguel Cabrera (1763). La etnia fue un factor muy relevante en la infancia de la América Moderna, pues en muchas ocasiones determinaba la posición socioeconómica de las familias. Fuente

calles y absolutamente desamparada. Para las personas de los siglos modernos, sin embargo, estas eran visiones cotidianas a las que todo el mundo estaba acostumbrado. Bien es cierto que presenciar la agonía y muerte no era algo que todo el mundo viera todos los días, pero cuando ocurría, se consideraba algo normal, cotidiano y ante lo que poca gente protestaba. El desamparo de los niños no se consideraba algo terrible, sino más bien un hecho natural y absolutamente aceptado. Este desamparo, además, afectaba casi por igual a niñas y niños en muchas zonas. Por ello podemos decir que la falta de atención a la infancia era un fenómeno muy extendido en los siglos modernos y que afectaba al conjunto de la infancia, más allá del hecho de ser niño o niña.

No obstante en el siglo XVIII las cosas cambiaron. Fue en este momento cuando las teorías demográficas comenzaron a incidir en la importancia de contar con muchos efectivos de población en los países como forma de asegurar su pujanza y poder a nivel político; en otras palabras, había que conseguir aumentar la población para así crear un país rico y poderoso ya que, se creía, un mayor número de súbditos equivalía a un mayor poder de la Corona que los gobernaba. Como es lógico tales ambiciones eran insostenibles si los niños y niñas del momento seguían muriendo por centenares, por lo que se comenzaron a tomar las primeras medidas para mejorar las condiciones de vida de los pequeños, y para invertir en instituciones que pudieran acoger y cuidar a los huérfanos mejor de lo que lo habían hecho hasta ese momento. No obstante estas medidas resultaron insuficientes ya que, si bien es cierto que hubo un aumento de población en el siglo XVIII -sobre todo en su segunda mitad-, también lo es que la situación de la infancia tanto ibérica como latinoamericana no mejoró significativamente, y que continuó siendo dramática hasta bien entrado el siglo XX.

Para concluir, hay que decir que a pesar de las condiciones generales de la época y de la situación que se viviera en cada región, el elemento que marcaba la existencia de la niñez en el Mundo Hispánico era la procedencia socioeconómica. Así, dependiendo de dónde se nacía había más o menos posibilidades de llegar con vida a la madurez. A pesar de que las familias de clases sociales acomodadas presentaban altas tasas de mortalidad, lo cierto es que estas siempre podrían asegurar unos mejores cuidados a sus hijos que las más humildes. En este sentido, las cosas quizás no han cambiado tanto desde los siglos modernos. Lo que parece claro es que, a pesar de que no todo era penuria en la infancia de la época -los niños jugaban y se divertían como lo siguen haciendo ahora-, desde luego este momento de la vida distaba mucho de la imagen de felicidad y plenitud que de él tenemos actualmente.

Bibliografía|

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DE LARA RÓDENAS, MANUEL JOSÉ, “Expósitos adoptados. Miradas hacia el interior de la familia moderna (Huelva, siglo XVIII)”, en NÚÑEZ ROLDÁN, Francisco (ed.) “La infancia en España y Portugal. Siglos XVI-XIX”, Madrid: Sílex, 2011, pp. 97-110.

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Redactor: Rafael Duro Garrido

Graduado en Historia y Máster en Estudios Históricos Avanzados, itinerario de Historia Moderna, pero sobre todo apasionado de la Historia, el saber y el conocimiento en sentido amplio. Editor de la sección Historia Moderna de Témpora Magazine. Para contactar conmigo, estoy en Facebook y Twitter.

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