Santa Teresa de Jesús: V Centenario de su nacimiento (1515-2015)

El año 2015 que acaba de concluir ha sido testigo de numerosas celebraciones y homenajes con motivo del V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), figura central de la mística castellana y una de las más grandes personalidades de la España del siglo XVI. En Témpora Magazine hemos querido rendir homenaje a tan ilustre figura a través del estudio de su vida y su pensamiento en un intento de dar a conocer la importancia y la trascendencia de esta escritora, religiosa y, sobre todo, mujer excepcional de la España de los Austrias.

Teresa. Vida y obra de una personalidad única, por Rafael Duro Garrido.

El día 28 de marzo de 1515, a las cinco de la mañana, nacía en Ávila Teresa de Cepeda y Ahumada, que habría de pasar a la historia con el nombre de Santa Teresa de Jesús. Su padre era un acaudalado hidalgo abulense llamado Alonso Sánchez de Cepeda que había casado, tras enviudar, con Beatriz de Ahumada, mujer de nobles orígenes, con quien tuvo a Teresa. La joven Teresa fue la segunda en nacer del matrimonio entre Alonso y Beatriz, que todavía tendrían ocho hijos más.

Desde temprana edad, la pequeña Teresa manifestaba ya un singular interés por las lecturas, siendo muy aficionada a las mismas y disfrutando con todo tipo de géneros. Así pues, aparte de las obras religiosas, los libros de caballería estaban también entre los más leídos por Teresa, pero fueron las vidas de santos, sin embargo, el género que más apreciaban tanto ella como su hermano Rodrigo. Tanto fue así, que siendo todavía niños decidieron partir de Ávila hacia Tierra Santa con el objetivo de buscar el martirio contra los musulmanes y emular así a los santos mártires que tanto admiraban; la aventura, sin embargo, duró poco, ya que apenas habían salido de la capital abulense cuando su tío Francisco los encontró y los devolvió a casa.

Santa Teresa niña en busca del martirio, Domingo Echevarría (Chavarito), 1712-15. Museo de Bellas Artes, Granada.  Fuente

Santa Teresa niña en busca del martirio, Domingo Echevarría (Chavarito), 1712-15. Museo de Bellas Artes, Granada. Fuente

 

Anécdotas aparte, la joven Teresa siguió mostrando una profunda pasión por los libros, algo que tendrá gran influencia en su espiritualidad y su pensamiento. Sin embargo, no todo eran lecturas en la vida de la joven, ya que también manifestó afición por asuntos mundanos, como fue un amor juvenil del que hablan muchos de sus biógrafos. Todo ello acabó cuando, a la edad de dieciséis años, su padre decidió enviarla al convento de las agustinas de Nuestra Señora de Gracia en Ávila. Sin embargo, la causa del ingreso no fue religiosa, sino que su padre deseaba que allí se instruyera en el estudio de la religión, la lectura, la escritura y la música, entre otros menesteres. Poco tiempo después de ingresar en el convento, Teresa cayó enferma y tuvo que abandonarlo durante un tiempo para recuperarse. No obstante, la experiencia conventual debió ser positiva para ella, ya que una vez recuperada en 1535 decidió ingresar en el convento de la Encarnación de Ávila a escondidas de su padre, que no aprobó la decisión. Convencida ya de su vocación religiosa, tomó el hábito en 1536 y profesó definitivamente un año después.

Es a partir de ese momento cuando Teresa decide que su vida estará dedicada a la causa religiosa y al mundo espiritual que había conocido a través de sus lecturas y que tanto había admirado. Pero una vez más la fatalidad de la enfermedad iba a cruzarse en su camino. A su maltrecha salud se añadieron las privaciones y la dura vida de los conventos de la época, y por ello no tardó en volver a enfermar, siendo esta vez dada por muerta tras un colapso, pero a los tres días pudo recobrar la consciencia gracias a lo que no tardó en interpretarse como una milagrosa recuperación que fue atribuida por ella misma a San José.

Todavía se encontraba Teresa maravillada por su asombrosa recuperación cuando en 1543 su padre falleció. En ese momento, y a los dieciocho años, la religiosa quedó totalmente huérfana, y desde entonces su dedicación a la labor espiritual sería total. Por aquel entonces Teresa contaba ya en su haber con lecturas tan notables como las Epístolas de San jerónimo, el Abecedario Espiritual de Francisco de Osuna o las Confesiones de San Agustín, entre otras, que tuvieron un gran efecto en ella, hasta tal punto que es con estas lecturas cuando comienza a sentar las bases de lo que más tarde sería su mística. Por otro lado, Teresa era ya una mujer adulta que, tras perder a sus padres, quedaba por completo dedicada a su vocación religiosa.

Llegamos ya a 1560, año en el que, tras una cierta experiencia en la vida conventual y entrevistas con personalidades importantes del mundo religioso de la época, Teresa plantea el que será su gran legado para con la historia del clero español: la reforma de los carmelitas. La Orden de los Carmelitas había sido fundada en el siglo XII como una orden mendicante por un grupo de ermitaños, y es en 1562 cuando Santa Teresa la reforma fundando el convento de San José en Ávila y creando la Orden de las Carmelitas Descalzas, orden femenina con una nueva regla muy estricta y austera. Para la fundación de este convento, Teresa buscó el apoyo económico de diferentes personalidades del mundo del clero en la época, lo que dio buena cuenta de su gran capacidad para convencer a los demás y unirlos a su causa. La creación de las carmelitas descalzas llamó la atención al por entonces joven fraile Juan de la Cruz, que conoció a Teresa en 1567 en la localidad vallisoletana de Medina del Campo. Juan llegó a sentir una gran admiración por la religiosa y decidió fundar un descalzo masculino siguiendo la idea de la ilustre fundación teresiana.

Entramos ya en la última etapa de la vida de Teresa, que es la de las fundaciones. Las fundaciones de conventos son el elemento más relevante de la vida de Teresa aparte de su obra literaria y la reforma del Carmelo. Las experiencias vividas durante su actividad fundadora fueron recogidas por la santa en su obra Libro de las fundaciones. La actividad fundadora fue infatigable, y en ella una vez más se puso de manifiesto la energía de la religiosa, que soportaba, a sus más de cincuenta años de edad, durísimas condiciones en los viajes que realizó a lo largo y ancho de la Península. Así, Teresa fundó entre 1567 y 1570 más de diez conventos de monjas en localidades como Medina del Campo, Valladolid, Segovia, Sevilla y Alcalá de Henares, entre otros lugares. La labor de Teresa no pasó desapercibida, pues cada vez gozaba de mejor fama, hasta tal punto que la misma princesa de Éboli, persona muy cercana al rey Felipe II, se mostró especialmente interesada en que la religiosa fundara en Pastrana (Guadalajara), e incluso le prestó medios para llevar a cabo su actividad.

A pesar del éxito de las fundaciones, la salud de Teresa comenzó a resentirse a consecuencia de los largos y fatigosos viajes que realizó. Es en 1582 cuando, todavía inmersa en su labor fundadora, se ve obligada a guardar reposo a causa de sus numerosas dolencias. Pero no fueron los achaques físicos, sino el cáncer de útero que padecía desde hacía tiempo lo que la hizo abandonar este mundo el 4 de octubre de 1582. El legado de Teresa de Ahumada a la historia es de un valor incalculable, pues a su pensamiento místico y su espiritualidad hay que añadir su legado literario, con obras como el Libro de la Vida (1562), Camino de Perfección (1566-67), el ya mencionado libro de las Fundaciones (1573-1582), y sus Poesías. Fue canonizada en 1622 y proclamada Doctora de la Iglesia por Pablo VI en 1970.

Así pues, hablar de Teresa de Ahumada, o de Santa Teresa, es hablar de una religiosa, de una intelectual, de una escritora, pero sobre todo es hablar de una mujer universal cuya trascendencia para la historia es un hecho indiscutible.

Ilustración de (ilustrador).  Fuente

Ilustración de Santa Teresa. Nocink Design (cc)

Imagen y oración. Una aproximación a la espiritualidad teresiana, por Daniel Vizcaíno Ruiz.

Santa Teresa de Jesús pasa por ser una de las mayores representantes de la literatura mística, y es que a día de hoy conservamos unas dos mil páginas manuscritas, originales de su mano, en las que la santa reflejó sus inquietudes espirituales más profundas. Sus obras escritas (Libro de la VidaCamino de perfecciónFundaciones y Las Moradas), aunque fueron en su día concebidas simplemente como un mandato espiritual de sus confesores con el fin  de servir como instrucción a las monjas del Carmelo, se  han convertido hoy día en un referente bibliográfico fundamental para todo aquel estudioso que quiera profundizar en la mística teresiana, de tan compleja comprensión.

La concepción espiritual de Santa Teresa parte de dos premisas fundamentales: la experiencia en la oración y la necesidad de la imagen. Para entender ambos conceptos debemos situarnos en el contexto de la época y recordar que, en la España del Siglo de Oro, oración e imágenes fueron los medios principales utilizados para conocer y penetrar en el misterio de Cristo.

La oración es el mensaje central que nos lega Santa Teresa en sus escritos, entendida esta como el camino de unión con Dios. Este concepto de «vida de oración» que encontramos en la santa es fruto de la influencia de grandes maestros que ella misma recibió a través de la lectura. Tal es el caso de la obra Tercera parte del libro llamado Abecedario espiritual,  de Francisco de Osuna (1527), libro que su tío, Pedro Sánchez de Cepeda, le hizo leer después de caer enferma en el convento de monjas agustinas y de pasar una temporada en la casa paterna. Esta obra será esencial en Santa Teresa, pues de ella recoge esa introspección necesaria para encontrarse con Dios, ese recogimiento espiritual al que se llega mediante la oración. Actualmente se conserva en el monasterio de San José de Ávila el ejemplar original utilizado por la santa, con numerosas notas y subrayados que nos indican el minucioso estudio que ella misma hizo de dicha obra.

Uno de los principios fundamentales de la oración en Santa Teresa, que toma de la obra de Osuna antes mencionada, será la humanidad de Cristo,  lo que nos permitirá sentirlo cerca y gozar de su compañía. Así lo expresa la santa en su Libro de la  Vida:

«Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su Sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con Él […]. Es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía.»

Donde mejor reflejada se ve esta humanidad de Cristo es en los temas de la Pasión, que Santa Teresa siempre tuvo muy presente a lo largo de toda su vida (recordemos sus visiones del Cristo atado a la columna y del Cristo crucificado).

Una vez hallada esta humanidad en Cristo, estaremos preparados para comenzar la experiencia en la oración. Santa Teresa nos define su procedimiento para orar en su Libro de la vida (4,7):

«Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente, y esta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior, aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación. Porque no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento ni de aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que aun para pensar y representar en mí, como lo procuraba, traer la Humanidad del Señor, nunca acababa.»

Junto con la lectura, otra de las herramientas esenciales de Santa Teresa para alcanzar a Dios mediante la oración será la necesidad de la imagen. Frente a otros movimientos eclesiales reacios a que esta pudiera servir como camino para la oración, la imagen plástica es en Santa Teresa un medio para alcanzar lo trascendental: «Quisiera yo siempre traer delante de  los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle esculpido en mi alma como yo quisiera» (Vida, 22,4).  No olvidemos que estamos en un momento de auge de las imágenes dentro de la Iglesia Católica, que a través de Trento reforzó su papel, papel que quedó definido en el decreto sobre las imágenes de diciembre de 1562:

El éxtasis de Santa teresa, de Gian Lorenzo Bernini (1647-1651)

El éxtasis de Santa teresa, de Gian Lorenzo Bernini (1647-1651). Fuente.

«Enseñen, además, que se deben tener y, principalmente en los templos, imágenes de Jesucristo, de la Virgen Madre de Dios y de los demás santos, y que se les ha de tributar el honor debido, no porque se crea haber en ellas divinidad […], sino porque el honor que se tributa a las imágenes se refiere a los prototipos que ellas representan, de tal manera que, por medio de las imágenes que besamos y en cuya presencia nos descubrimos y arrodillamos, adoramos a Jesucristo y veneramos a los santos cuya semejanza ostentan…»

En la primavera de 1554, contando Santa Teresa con 34 años, acaece un hecho fundamental en la vida de la abulense. Se trata de lo que ella misma denominó como «conversión», término que rescata de San Agustín y que supuso el paso de la oración, tal y como la venimos viendo, a la experiencia mística.  Ella misma lo narra así en su Libro de la vida (9,2):

«Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado, tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.»

Hablamos de uno de los hechos más importantes de la vida de la santa, punto de arranque de su producción literaria y de su posterior fama. Nos encontramos ante una experiencia mística como tal, donde al fin se da esa unión del cuerpo y el alma con Cristo que tanto buscó mediante la oración. Desde este momento, la oración mística se impondrá como una necesidad los restantes 28 años de su vida. Todas estas visiones, con Cristo como protagonista la mayor parte de las veces, las irá narrando a lo largo de su Libro de la vida. De entre sus muchas visiones, sin duda alguna es la de la transverberación,  inmortalizada por Bernini en su obra magna, la que mayor repercusión tuvo en la posteridad:

«Veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.»

De entre las visiones cristíferas, recordemos la de Cristo resucitado:

«Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad Sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra merced.»

El hecho de que Santa Teresa narrara, de una manera tan gráfica, todas estas visiones místicas hizo que pronto se convirtiera en una de las santas más representadas en el arte. Los artistas utilizaron sus escritos como fuente para sus obras, que se convirtieron en el máximo reflejo del espíritu contrarreformista. Numerosas esculturas y pinturas que recogían los hechos de la vida de la santa, así como sus visiones, se expandieron pronto por las iglesias y conventos de Europa y América, hecho a lo que contribuyó sin duda su pronta canonización.

En definitiva, Santa Teresa se convirtió ya en vida en un referente para la vida espiritual de todo cristiano.  Lo pedagógico de sus textos y su condición de «amante» de Cristo hicieron que la santa de Ávila se convirtiera en la máxima expresión de los valores que la Iglesia que la contrarreforma quería transmitir, a pesar de los problemas que tuvo durante su vida con la Inquisición.


Bibliografía|

AUCLAIR, MARCELLE, “La vida de Santa Teresa de Jesús”, Madrid: Palabra, 1983.

DÍEZ DE REVENGA, FRANCISCO JAVIER (ed.), “Mística del siglo XVI”, Madrid: Fundación José Antonio de Castro, 2009.

MARTÍNEZ CARRETERO, ISMAEL, “Teresa de Jesús, una mujer singular en la historia de la mística”, en CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, FRANCISCO JAVIER, “Santa Teresa y el mundo teresiano del Barroco”, Madrid: Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, 2015.

ROS GARCÍA, SALVADOR, “La conversión de Santa Teresa. Lectura de una experiencia fundante (450 años)”, Revista de Espiritualidad, 63, 2004.

VV.AA., “Teresa de Jesús. La prueba de mi verdad”, Madrid: Biblioteca Nacional de España, 2015.

VV.AA., “Teresa de Jesús: Maestra de oración. Catálogo de obras” Ávila, Alba de Tormes: Fundación las Edades del Hombre, 2015.

VV.AA., “Teresa de Jesús: Maestra de oración. Libro de estudios”, Ávila, Alba de Tormes: Fundación las Edades del Hombre, 2015.

 

Redactor: Témpora Mágazine

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