Sangre para los dioses: ritual y sacrificio humano en la América prehispánica (II)

Como ya adelantamos en la primera parte sobre la temática en torno a los sacrificios humanos en las culturas prehispánicas. En esta segunda viajaremos a Sudamérica, concretamente al área andina. Dos culturas serán el eje de nuestro estudio: la mochica o moche y la incaica; ya que ambas desarrollaron ritos vinculados a la ofrenda de seres humanos en atención a sus creencias y cosmovisión religiosa.

Los antecedentes de sacrificios humanos en el área andina se remontan al 1.500 a.C., y proceden de las culturas denominadas de Sechín y  Chavín de Huántar. En sus edificios ceremoniales se pueden observar a guerreros y cautivos, cabezas decapitadas, miembros cortados y desarticulados, así como representaciones de individuos con lenguas cortadas, el cuero cabelludo arrancado y los ojos. Estas víctimas inmoladas eran posteriormente consumidas (recuérdese el canibalismo ritual de los aztecas) como ha mostrado el registro antropológico de Chavín de Huántar.

En cuanto a la cultura prehispánica de los moches o mochicas, ésta se desarrolló en la zona norte del actual Perú, cuya cronología abarcó desde el siglo II a.C. hasta el siglo VIII d.C. Diversas campañas arqueológicas dirigidas por el arqueólogo Walter Alva dieron lugar a maravillosos hallazgos como el de las tumbas reales de Sipán, pertenecientes a esta cultura andina.

Escena de sacrificio humano de la cultura mochica. Fuente.

Escena de sacrificio humano de la cultura mochica. Fuente.

La relación de los mochicas con la prática de cruentos sacrificios humanos ya se atestiguaba en diversas representaciones de cerámicas pintadas y en los frescos de los muros de la Huaca de la Luna, donde puede verse una procesión de cautivos con sogas al cuello, acompañados por guerreros y sacerdotes cuyo destino final era su degollación ante la divinidad. Escenas y señales sacrificiales que también se han atestigudo en los restos óseos hallados en la zona. Al parecer la caída y desaparición de la cultura mochica se debió a un cambio climático en la región producido por el fenómeno del Niño con nefastas consecuencias para los mochicas que se tradujo en crisis de subsitencia y revueltas sociales, cuya respuesta por los sacerdotes fue la de incrementar los sacrificios humanos para evitar éstas. Sus plegarias iban dirigidas sobre todo a su divinidad principal, Ai apaec o el dios degollador.

Representación del dios mochica Ai apaec en la Huaca de la Luna. Fuente.

Representación del dios mochica Ai apaec en la Huaca de la Luna. Fuente.

Apelativo divino que tenía que ver con el principal rito sacrificial moche, es decir, cercenar la garganta de la víctima, corte realizado con el cuchillo ceremonial llamado tumi; la sangre extraída era recogida en una copa por un sacerdote con un atuendo de pájaro, quien luego entregaba el recipiente con el rojo líquido al gran sacerdote. 

Éste era el principal sacrificio de los moches, el ofrecido a la divinidad para cesar las catastróficas consecuencias del fenómeno de el Niño, cuyas lluvias torrenciales e inundaciones afectaban severamente la producción agrícola. No obstante había otros métodos sacrificales. Uno era el empleado como método de castigo, que se diferenciaba del anterior en que los sujetos eran atados y dejados a merced de las aves carroñeras como los buitres, o desmembrados y decapitados. Otro tenía lugar tras el fallecimiento del monarca o algún personaje perteneciente a la élite moche. El difunto era enterrado junto a sus concubinas, que previamente habían sido drogadas o envenenadas, con el fin de que éstas sirviesen a su señor en la otra vida (práctica realizada también posteriormente por los incas), así como la presencia de guerreros con un pie cortado bajo el simbolismo de que guardasen la sepultura. Por último, estaba el despeñamiento de seres humanos desde las montañas y cumbres.

Para algunos escépticos, es impensable que la cultura inca, tan aparentemente organizada y civilizada, contara entre sus prácticas con manifestaciones de tipología sacrificial con víctimas humanas. Sin embargo, y según el cronista español Juan de Betanzos en su Suma y Narración de los Incas, escrito hacia 1551, fue el Ynga Yupangue el que instauró la práctica de ofrecer seres humanos a las divinidades una vez que erigió la denominada casa del Sol, donde celebró una gran fiesta:

…mandó Ynga Yupangue a los señores del Cuzco que para allí en diez días tuviesen aparejado mucho proveimiento de maíz y ovejas y corderos y ansí mismo mucha ropa fina y cierta suma de niños e niñas que ellos llaman capacocha todo lo era para hacer sacrificio al sol….

Jóvenes que en palabras de Betanzos: …estando bien vestidos e aderezados mandólos enterrar vivos en aquella casa… Otro cronista más tardío y de origen andino, Felipe Guaman Poma de Ayala en su obra Nueva Crónica y buen gobierno describe los detalles de esta festividad solar, la cual solía tener lugar en el mes de diciembre y conocida como Capac Ynti Raymi o gran fiesta del poderoso Sol. Al astro solar se le ofrecían unos 500 niños y niñas inocentes que eran sepultados vivos junto a diversos objetos de oro y plata, así como conchas y animales. Otro ejemplo que también recogió fue el sacrificio de un niño y una niña de edad de 12 años junto con objetos valiosos en el cerro de Canchi Circa.

Los infantes de ambos sexos elegidos solían ser hermosos y sin defectos físicos. Previo a su sacrificio, eran tratados cuidadosamente y alimentados. Cuando llegaba el momento de ser ofrendado a las divinidades incaicas; los niños y niñas seleccionados iniciaban su viaje desde sus localidades de origen hasta la capital del imperio inca, Cuzco. Durante los festejos algunos de los jóvenes eran inmolados al dios Sol y otros en conmemoración de la muerte reciente del inca, el resto de niños regresaban a sus poblados, cuyos habitantes los conducían a cerros y montañas para una vez bajo los efectos de ciertos elementos narcóticos proceder a su enterramiento aún vivos. Estos rituales y sacrificios infantiles eran vistos por la mentalidad y creencias de la cultura inca como elemento idóneo para aplacar la furia de las erupciones volcánicas, venerar al dios Sol (Inti), a la madre tierra (Pachamama) o adorar al inca. Realizadas las ofrendas, estos lugares altos eran asimismo consagrados como santuarios, y los jóvenes sacrificados se convertir en huacas o deidades que recibían el culto y veneración de las gentes próximas al lugar.

Una de las "momias" de los niños incas de Salta. Fuente

Una de las “momias” de los niños incas de Salta. Fuente.

El registro arqueológico ha sacado a la luz vestigios de estos niños ofrendados. Así en la montaña de Ampato el equipo del arqueólogo norteamericano John Reinhard halló en 1995 un bulto que resultó ser una joven perfectamente conservada pero con un fuerte golpe en la cabeza, cuya herida le había producido la muerte. Esta “momia inca” o huaca recibió el cariñoso nombre de “Juanita”. El hallazgo fue expuesto durante un corto periodo de tiempo en la sede de National Geographic de Washigton en 1966. Hoy en día puede verse a “Juanita” o “Dama del Hielo” en el Museo de Santuarios Andinos de la Universidad Católica Santa María de Arequipa. Otro hallazgo y también bajo el equipo de Reinhard, se produjo en 1999 en la cumbre del volcán Llullaillaco, región de Salta, se trató de un enterramiento de dos niñas y un niño con edades comprendidas entre los 8 y 15 años. Sus restos reposan en el museo perteneciente a la Universidad Católica de Salta. No obstante, la copacocha  no era la única práctica de sacrificio, ya que existía otra desarrollada tras la muerte del monarca inca o algún personaje notable, enterrándose vivos con el fallecido a sus concubinas (éstas incluso de manera obligada) y a niños. Bajo el simbolismo de que las primeras servirían al difunto en la otra vida, mientras los segundos purificarían al fallecido en su viaje al más allá.

Con esta segunda parte cerramos  la temática en torno a la visión de los ritos y sacrificios humanos practicados por las culturas prehispánicas que florecieron en América. Tema llamativo e interesante, a la vez que desconocido y tratado parcialmente a este otro lado del Atlántico.

Bibliografía |

DE BETANZOS, J., Suma y Narración de los Incas, transcripción, notas y prólogo por María del Carmen Martín Rubio, Madrid, Ediciones Atlas, 1987.

GUAMAN POMA DE AYALA, F., Nueva Crónica y buen gobierno, edición de John V. Murra, Rolena Adorno y Jorge L. Urioste, Madrid, Crónicas de América 29a, Historia 16, 1987.

MARTIN RUBIO, Mª del C., “La cosmovisión religiosa andina y el rito de la Capacocha”, Investigaciones sociales, vol. 13, nº 23, UNMSM/IIHS, Lima (Perú), pp.187-201, 2009.

CAROD ARTAL, F.J. y VÁZQUEZ CABRERA, C.B., “Semillas psicoactivas sagradas y sacrificios rituales en la cultura moche”, Revista de Neurología, 44 (1), pp. 43-50, 2007.

Redactor: David Cuevas Góngora

Comparte este artículo

1 Comentario

  1. Todo un tema de debate…pero,en verdad,es que éstas civilizaciones,lo hacían con total normalidad…de forma tan natural,como hoy día,en una iglesia católica,los fieles,reciben la hostia…Nó es un tema de horror ni inumanidad…Las guerras…por una u otra cuestión,o,intereses…sí es preocupante y horroroso…

    Post a Reply

Trackbacks/Pingbacks

  1. Los Chachapoyas y la conquista del Perú. - temporamagazine.com - […] cronistas, la fama de guerreros temidos y violentos les precedía. Según estos especialistas, la caza de cabezas como trofeo de  …

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current ye@r *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR