Realidad y ficción en el Retablo de Las Maravillas: Cervantes y los “limpios”

 

Representación del entremés cervantino

Representación del entremés cervantino. Fuente

España entró en el mundo moderno de manera distinta a la que lo hicieron los otros países europeos: la peculiaridades españolas son, entre otras, el descubrimiento de América, el final de la lucha contra el dominio musulmán, y el auge de los estudios humanísticos. Por lo que concierne el aspecto religioso, en la época de Cervantes estamos dentro de lo que se conoce como Reforma y Contrarreforma. A principios del siglo XVI aparece el protestantismo con su Reforma y la Iglesia Católica tiene que enfrentar el problema. La solución será una reforma dentro de la misma iglesia de Roma, que busca una mayor pureza. Sostenida especialmente por España y los países latinos, nace la Contrarreforma, reacción contra la “herejía protestante”, que afronta también el problema moral de la Iglesia Católica Romana. España desempeñará un papel muy activo cuando estos dos movimientos se enfrenten política y militarmente.
La vida de Cervantes transcurre entonces entre dos siglos fundamentales: el XVI, del Renacimiento y su admiración por la antigüedad clásica y de la razón como fuente del conocimiento; y el XVII, siglo de la exuberancia del Barroco, con la ilusión y el desengaño, la simpleza y la locura, la palabra y el concepto.

A mediados del siglo XVI se implantan de forma oficial en la Corte española los Estatutos de Limpieza de Sangre, aunque estos aparecieron ya en el siglo XV. Estas reglamentaciones, que impedían a los judíos conversos al cristianismo y a sus descendientes ocupar puestos y cargos en diversas instituciones, ya fueran de carácter religioso, universitario, militar o civil, y que más tarde se extendieron a los moros, a los protestantes y a los procesados por la Inquisición, fueron el espejo de una España obsesionada a través de los siglos con el problema judío, que no desapareció con la expulsión de 1492, sino que se extiendió durante todo el siglo XVI y parte del XVII. Esta división de la sociedad es la consecuencia de la intolerancia religiosa que se vivió en toda Europa, pero que en el caso de España fue más acentuada, motivada por el recelo ante el cristiano nuevo y la sospecha acerca de la falsedad de su conversión, quedando a los conversos judíos y musulmanes dos únicas alternativas: la expulsión o la conversión.

La intolerancia religiosa afectará más a España que al resto de Europa, porque aquí no se trata solamente de optar entre la doctrina católica o la Reforma, sino de renunciar a un pasado regido por el principio de la convivencia de pueblos de diferentes religiones. El cristiano nuevo va a vivir en un ambiente intransigente, donde la tensión no es solo religiosa, sino también social, política y económica. Por otro lado, la casta de los cristianos viejos se jactaba de descender de las gentes del norte (zona cantábrica y pirenaica libre del dominio musulmán, que habían tomado parte en la Reconquista), y con ello justificaban su supremacía étnica y religiosa sobre los demás grupos. Dentro esta sociedad intransigente el converso sabe que es impuro y que debe enfrentarse a una sociedad que pone su existencia en riesgo, ya que esta va contra los intereses de la clase dominante (nobleza y clero).

Los campesinos pobres, que componían la gran mayoría de la población de los cristianos viejos y que pertenecían a la clase inferior, tenían la ventaja de estar libres de la acusación común por la cual cualquier persona enriquecida podía ocultar oscuros orígenes, ya que la población católica asociaba a la judía o conversa al pecado de usura. Por su parte, los nuevos ricos o clase burguesa (sobre todo comerciantes y banqueros) eran vistos con sospecha, ya que rara vez podían probar más allá de toda duda la limpieza de su sangre. Pero tampoco la nobleza estaba al margen de las intrigas y acusaciones; un claro ejemplo es el caso del Memorial de 1560 del Cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, Obispo de Burgos, dirigido al rey Felipe II, en el cual ponía en tela de juicio la mayor parte de la descendencia de la nobleza castellana. En el Memorial, después también conocido como El tizón de la nobleza de España, escribe el Cardenal: “Memorial que Don Francisco de Mendoza dio al Rey Nuestro Señor Don Phelipe II. En el se ven las horribles manchas con que la mayor parte de las Casas de España están contaminadas…”.

RETRATO CERVANTES

Retrato de Miguel de Cervantes Saavedra Fuente

Todo lo antes dicho se refleja en la creación literaria. Este antagonismo entre los auténticos hidalgos y los «impuros» lo encontramos en algunos personajes de Lope de Vega (Fuenteovejuna, Peribañez), o en el caso que menciona M. Alemán en el Guzmán de Alfarache:

“De un cristiano nuevo y algo perdigado, rico y poderoso, que viviendo alegre, gordo y lozano y muy contento en unas casa propias, aconteció venírsele por vecino un inquisidor; y con solo el tenerlo cerca vino a enflaquecer de manera, que lo puso en breves días en los mismos huesos.”

Otro autor que se refirió a esta problemática fue Miguel de Cervantes. La realidad en la obra cervantina se puede observar desde diferentes perspectivas: la del auténtico honor medieval del Quijote, la de la cultura popular de Sancho, la del hombre antiguo y la del moderno, la de la realidad y la del sueño, y la del cristiano viejo y la del cristiano nuevo, en El Retablo de las Maravillas. Así como en el Quijote, Cervantes nos presenta un mundo dividido en dos planos: una realidad literaria percibida por Don Quijote y una realidad concreta y cruda, la realidad del mundo, la que perciben los demás personajes de la novela; en El Retablo nos presenta una sociedad también dividida y opuesta. Si la causa de la locura del Quijote es la literatura con sus habitantes de ensueño, que lo llevarán a enfrentarse con el mundo concreto y real, poblado de personajes con carencia de fantasía, con el límite de lo tangible, la propensión para el engaño y las tretas; en El Retablo, es la evocación de las palabras honra y confeso que crea “la realidad”. Se enfrentan entonces dos mundos: el de la astucia popular que usa el arte del engaño y el de los cristianos viejos.

En El Retablo de las Maravillas, Cervantes representa un mundo que vive encerrado en sí mismo, que es fácil de engañar, tanto que basta el uso astuto de la palabra para que lo irreal y lo mágico se concreticen. Se burla aquí de las pretensiones de pureza de los cristianos viejos a través de la palabra, que tiene el poder de recrear una realidad en la que está en juego la identidad y la honra de los que se consideraban puros de sangre. Por lo que se refiere a los personajes, tienen nombres con una evidente carga burlesca, todos encubren algo: Benito Repollo, Teresa Repolla, Repolludo, Bajito, Rechoncho, Achaparrado; Pedro Capacho, de poco talento; Juan Castrado, hijo de Antón Castrado y Juana Macha (nombre viril), la ironía es evidente referencia a una de las condiciones para la honra, que Cervantes añade a los Estatutos: la de engendrados de legítimo matrimonio, ya que Juan Castrado no puede tener una hija legítima, el diminutivo en el apellido del Gobernador Gomecillos, etc.

Además de lo ridículo de sus nombres, estos personajes son incapaces de pensar, ya que debido a los prejuicios de casta están dispuestos a ver, oír, tocar, y en definitiva a aceptar lo que les digan o sugieran Chirinos, que tiene nombre de conversa y Chanfalla (probablemente de chanfaina, nombre de un guiso a base de carne de cerdo de las regiones meridionales de España y Portugal). Por último destacamos el nombre del sabio que ha ideado y creado el mágico retablo, Tontonelo, nombre carnavalesco que recuerda aquellos de los magos del Quijote, que alude a la estupidez y al mismo tiempo posee poderes mágicos. El temor-prejuicio de pasar por conversos que está tan enraizado en los personajes, es lo que permite la concretización de lo irreal, y pueden ver a un espectáculo encantado donde no hay nada más que un retablo. La magia de la palabra en el teatro es diabólica: la obsesión por la “pureza” se había transformado en una cuestión de supervivencia, no solo debían demostrar a los demás que eran “limpios” sino que también debían demostrárselo a ellos mismos. Esta obsesión es la que determina que, poco a poco los espectadores pasen de la realidad a la ficción, dentro de la cual terminan por ser ellos mismos los títeres de los que organizan la treta.

Cervantes lleva la situación a la exasperación, sus personajes caen en un juego donde se confunde la realidad con la ficción, en una alucinación colectiva, de la que no sabrán despertarse. Con la llegada casual al lugar de un furrier la situación precipita; el oficial, ciego a las maravillas del fantástico teatro, exhorta a los participantes a ver la realidad, pero ellos ya no la admiten, y es entonces cuando el furrier pierde la paciencia ante el delirio colectivo y es acusado de bastardo y judío. Al final él será quien pondrá el punto final al teatro de maravillas y al teatro real con una acción trágica, sin que con ello logre despertar a los “limpios” de su ilusión de superioridad. Cervantes muestra una sociedad en la que los individuos son incapaces, por causa de las presiones de la vida social, de distinguir entre realidad y ficción, donde la apariencia es vital, es una prioridad de la existencia. La representación es un éxito para los artífices del engaño, “¡Vivan Chirinos y Chanfalla!”, el teatro es ficción y magia, y el arte de la palabra es un instrumento omnipotente, tiene el poder de transformar la ficción en realidad, revela fragilidades y temores, pluralidad de verdades y mundos contrapuestos.

Bibliografia

BARRIGA CASALINI, G., “Los dos mundos del Quijote: Realidad y ficción. Ensayos”, Madrid: Ediciones José Porrúa Turanzas, S.A.,1983.

CASTRO, A., “De la edad conflictiva”, Madrid: Taurus, 1972.

JONES, R.O., “Historia de la literatura española 2, Siglo de Oro: prosa y poesía (Siglos XVI y XVII)”, Barcelona: Ariel, 1998.

MARTÍNEZ BENNECKER, J.B., MARTÍNEZ INIESTA, B. ”Ficción y realidad en el Retablo de las maravillas de Cervantes”,  Lemir, 13, Valencia: Universitat de València, 2009, pp. 169-175.

RICO, F., WARDROPPER, B., “Historia y Crítica de la Literatura Española, Siglos de Oro: Barroco”, Barcelona: Crítica y Grupo editorial Grijalbo, 1983.

 

Redactor: Cecilia Montaruli

Licenciada en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad de Turín, Italia. Interés en literaturas comparadas y literatura de viaje.

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