Prostitutas en la Antigua Roma: ¿Trabajadoras autónomas o esclavas sexuales?

El polémico debate sobre la regularización o no del llamado “oficio más antiguo del mundo” sigue vivo, incluso en España, donde actualmente se encuentra en una situación de alegalidad. Las prostitutas son vistas para muchos como mujeres independientes y libres que se dedican por “vocación” a este negocio, obteniendo unos ingresos rápidos y elevados respecto al salario medio del país. Se genera así, una falsa imagen de prostitutas libres y emancipadas, que oculta al gran número de mujeres que se prostituyen debido a vulnerabilidades socioeconómicas o engañadas, como las víctimas de la trata de blancas.

Esta misma imagen, a veces se extrapola al Mundo Antiguo. La prostitución estuvo muy presente en la Antigua Roma, aunque a menudo se transmite una falsa imagen que no corresponde con la realidad pasada.

Las lobas romanas: el reclutamiento de prostitutas

Las jóvenes de la Antigua Roma, podían aspirar a casarse y ser mater de futuros ciudadanos, o por el contrario satisfacer sexualmente a los varones; el cuerpo del varón se concebía para el trabajo y la guerra, mientras que el de la mujer para procrear y cumplir los deseos varoniles.

La figura de la prostituta romana ocupaba una posición social controvertida, ya que debía satisfacer las exigencias lujuriosas del varón, dentro de una cultura que celosamente vigilaba la castidad y limitaba la sexualidad de las mujeres; sólo el hombre podía gozar de una vida sexual activa. Este contexto, favoreció la prosperidad del negocio de la prostitución, concebida como una actividad necesaria. En una sociedad donde no existían garantías para las clases desfavorecidas y se toleraba la esclavitud, serían muchas las mujeres presionadas o forzadas a alimentar el comercio sexual.

Existirían algunas mujeres libres, que vendieran su cuerpo por razones múltiples y difíciles de conocer: económicas (necesidad o afán de riqueza) o sociales (mantener una sexualidad activa o romper con estándares de dependencia y subordinación al varón). Éstas, representarían a una minoría de prostitutas “de lujo” o cortesanas, que mantendrían relaciones más o menos estables y largas con una clientela fija, seleccionada por la prostituta (1), ejerciendo por su propia cuenta y marcando sus propias condiciones.

Un baño pompeyano, de Niccolò Cecconi, donde aparecen cortesanas aseándose. Fuente.

No obstante, la gran mayoría de prostitutas romanas, procederían de las clases sociales más bajas y vulnerables: pobres, viudas, extranjeras, mesoneras y taberneras (2), raptadas por piratas, expuestas o abandonadas al nacer, hijas de prostitutas, presas, condenadas a las minas… que verían en esta actividad la única vía de supervivencia. Plauto nos acerca a la realidad de este tipo de prostitutas:

“Desechos escuálidos, sucios y enfermos que se sostienen de pie, casi desnudos, delante de su celda mugrienta, cuya entrada apenas tapa un resto de cortina. Algunas de estas meretriculae son conocidas por sus especialidades: cularae, empleando diversos procedimientos, se ofrecen así al celo del cliente “per anum(3).

Podrían ser hasta mujeres casadas o hijas prostituidas por el varón del hogar, como expone Artemidoro:

“Este hombre condujo a su propia esposa a una vergonzosa vida de prostituta, ganándose la vida con el trabajo de ella. Aquello le reportaba grandes beneficios, pero le convenía mantenerlo en secreto” (4).

Vital para el comercio sexual, fue también el colectivo de esclavas. Todas estas prostitutas esclavas y de clases sociales bajas, sufrirían indirecta o directamente la “protección” y tutela de un leno o proxeneta (5). Estos individuos se dedicaban a recoger a niñas abandonadas o a comprar esclavas en los mercados. Terencio nos muestra el testimonio de una prostituta raptada por piratas:

“Mi madre era de Samos y vivía en Rodas, un mercader un día le entregó a una niñita raptada del Ática… el mercader precisó que los piratas a los que se la había comprado aseguraban haberla raptado en la región del cabo Sounion. Mi madre la aceptó, y la educó como si se tratara de su propia hija, hasta el extremo de que la gente pensaba que éramos hermanas” (6).

jean-leon-gerome-the-slave-auction

Mercado de esclavos, Jean-Léon Gérôme. Fuente.

Sospechamos que algunas esclavas realizarían esta actividad por voluntad propia, bajo la esperanza de comprar su libertad (7), pero gran parte de las ganancias serían para el leno (8). Sin embargo, nada hace pensar que los amos de esclavas evitaran prostituirlas si tenían oportunidad, ya que buscarían obtener los máximos beneficios de su “propiedad”. Por lo que lejos de la imagen de prostitutas con independencia económica, la mayoría serían cruelmente explotadas como mercancía sexual.

Las prostitutas de alto rango ejercerían libremente, mientras que la gran mayoría trabajarían en un lupanar o prostitubulum, regentado por un leno (9). Las chicas residían en una cella, donde recibían a sus clientes. El proxeneta se quedaría gran parte de los ingresos; en el caso de las esclavas prácticamente su totalidad (10). El leno establecía el precio por los servicios y teniendo en cuenta que los preliminares casi ni existían, sospechamos que el número diario de clientes que afrontaría la prostituta sería elevado. Cita un famoso grabado de Pompeya: “Así que, llegué aquí, follé y regresé a casa” (11).

El comercio sexual era observado por la sociedad romana como una actividad necesaria, fundamental para evitar que el esposo mantuviera relaciones sexuales con otras matronas casadas (12). Además los hombres podrían desarrollar su sexualidad y realizar prácticas tabúes en el matrimonio (como el sexo oral y anal, o posturas donde la mujer juega un papel activo durante el coito). Pese a que defendían la monogamia, en la práctica muchos hombres mantuvieron relaciones sexuales con varias mujeres.

Esclavas sexuales: las repudiadas social y legalmente

El término para definir a las prostitutas nuevamente transmite una falsa imagen de la realidad. Meretrix, de la palabra mereo, la que se “merece” o se gana la vida consigo misma, podría ser aplicado a las mujeres libres e independientes que practicaran la prostitución. Pero, si hablamos de aquellas prostitutas de clases sociales humildes y de las “esclavas sexuales”, que sufrían el control y la presión de los proxenetas, esta definición no parece muy válida.

Las prostitutas, hasta las de condición libre, son observadas como una objeto sexual en venta. La mayoría de prostitutas, sufrirían una doble explotación: de leno y cliente; rozando una posición social cercana a la esclavitud, como nos muestra el comediógrafo Plauto:

Nadie dice no, ni te impide que compres lo que está en venta, si tienes dinero. Nadie prohíbe a nadie que vaya por una calle pública. Haz el amor con quien quieras, mientras te asegures de no meterte en caminos particulares. Me refiero a que te mantengas alejado de las mujeres casadas, viudas, vírgenes y hombres y efebos hijos de ciudadanos” (13).

En el caso de las “esclavas sexuales”, la explotación llegaría al extremo de no ganar más que lo necesario para cubrir la manutención básica necesaria para sobrevivir (14).

La necesidad de protección de chulos y proxenetas, era evidente,  ya que eran mujeres marginadas social y jurídicamente. Los abusos físicos serían habituales y las prácticas sexuales abusivas provocarían lesiones como desgarros y enfermedades infecciosas. Señala Cicerón:

“Dicen que tú y un grupo de jóvenes violasteis a una actriz en la ciudad de Atina, pero ese hecho es un derecho antiguo cuando se refiere a actores, especialmente en lugares remotos” (15).

Nos habla de una violación múltiple de unos jóvenes a una actriz con total naturalidad, ya que las pantomimas o actrices eran marginadas socialmente, porque solían desnudarse en las obras y practicar la prostitución.

La prostitución en Roma era legalmente consentida y regulada, considerada una actividad con una finalidad social. La prostituta es usada para dar rienda suelta a la sexualidad varonil. Aunque la actividad se toleraba, la prostituta se convirtió en una figura marginada legalmente y desprotegida jurídicamente; por ser una mujer de sexualidad abierta, y romper con la posición moral que debían ocupar las mujeres: castas, puras y decentes.

pompeya

Escenas eróticas de sexo con prostitutas de Pompeya. Mosaico que representa a dos amantes. Fuente. Fresco con escena de un cunnilingus. Fuente.

La prostituta se calificó como infame, carecía de fama y de pudicitia, por lo que podía ser forzada sexualmente y se encontraba incapacitada de cara a un juicio. Era considera persona incompleta, ya que no era capaz de transmitir descendencia; porque tenían prohibido casarse (16). Era inhabilitada para testar o recibir testamentos. Las meretrices eran equiparadas a la categoría de turpes personae, por lo que se la consideraba “infantiles” y carente de capacidad de acción. Ni siquiera la legislación castigaba a aquel que robara a una meretrix. La prostituta en muchos casos era ignorada por la ley, tristemente hasta las “esclavas sexuales” gozaban de una mayor garantía jurídica, ya que eran consideradas propiedad de su dueño.

Un agravante más a su situación, fue el impuesto establecido por el emperador Calígula, a partir del siglo I d.C. Las prostitutas debían pagar un impuesto por su profesión, que era recaudado por los soldados que practicarían la extorsión habitualmente, y más contra un sujeto vulnerable e indefenso de cara a la justicia romana.

La doble moral romana

Podemos establecer que en la Antigua Roma, existía una doble vara de medir la moral. Por un lado, se tolera y promueve una actividad considerada necesaria, para que el hombre desarrollase plenamente sus deseos sexuales, sin que las castas y puras matronas corrieran peligro. Por otro lado, la profesional que permitía que este servicio tuviera cabida, las prostitutas, serían marginadas social y jurídicamente, castigando que estas mujeres rompieran con la posición a la que quedaba relegada el sexo femenino por la moral romana.

A nuestros ojos, esta falsa moralidad, podría ser calificada como inhumana o repulsiva. Si bien, no olvidemos que la prostitución se encuentra en un limbo legal en España. Desde nuestra moral occidental y de raíces cristiana, la venta del sexo y las relaciones sexuales extraconyugales son condenadas, pero en la práctica se conocen y toleran. Ni se castiga a los clientes (quizás porque para muchos siga pareciendo que se trata de una actividad de necesidad social), ni tampoco parece correcto, legalizar la prostitución para blindar de derechos y garantías a estas mujeres. La situación de alegalidad actual, no hace más que tolerar que miles de mujeres sufran la “protección” de proxenetas y sean víctimas de la explotación sexual y la trata de blancas. ¿Abolir o regular? Sea cual sea la respuesta, lo que parece claro, es que presionar a que multitud de mujeres se vean abocadas a la venta de su cuerpo como única vía de supervivencia no parece socialmente justo en una sociedad democrática, donde existen unas supuestas garantías sociales y defensa de valores como la dignidad humana; “pero del dicho al hecho hay mucho trecho”.


(1) Incluso establecían con el cliente contratos, que debían cumplir durante un tiempo determinado. Hasta el punto de que el cliente podía solicitar una indemnización en caso de incumplimiento del contrato.

(2) Que solían cumplimentar ambos oficios; de ahí la mala reputación del oficio de tabernera.

(3) Plaut., Trinummus, v. 242-255.

(4) Artem., 5, 2.

(5) También podían ser mujeres, lena.

(6) Ter., Eun., v. 107 y ss

(7) Se tiene constancia de que algunas prostitutas esclavas llegaron a comprar su libertad, la gran mayoría morirían pobres y envejecidas.

(8) Plaut., Aul., v. 38-41

(9) Aunque el propietario podía ser ajeno y no tratar directamente con las mujeres.

(10) Cuando se facilitase ropa, manutención y cobijo, debía ser desquitado de sus ganancias.

(11) CIL, IV, 2346.

(12) Las relaciones extraconyugales estaban penadas como stuprum; pero se permitían las relaciones con las prostitutas, que eran calificadas como probosae y se les prohibía casarse.

(13) Plaut., Curc., v. 32-37.

(14) Existían casos, donde un esclavo había sido comprado bajo una cláusula ne serva prostituatur, que prohibía que fuera utilizado en el comercio de la prostitución. Aunque no existe una razón sólida para suponer que los amos tuvieran en mente otra cosa diferente a extraer el máximo beneficio posible de sus esclavos, comprados precisamente con ese fin.

(15) Cic., Plan., 30

(16) De acuerdo a las leyes matrimoniales de Augusto, la lex Iulia et Papia .

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Redactor: Rubén Montalbán López

Graduado en Geografía e Historia (Universidad de Jaén). Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad (Universidad Complutense y Universidad Autónoma de Madrid). Actualmente cursando Máster en Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas. Mi principal área de interés es la Historia de las Religiones en la Antigüedad, especialmente aquellas etapas de conflicto y sincretismo religioso.

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