Políticos y corruptos en la Antigua Roma.

La política, tal y como la entendemos hoy en día, fue una «invención» griega, y a un mismo tiempo, también etrusca y romana. Por supuesto, el liderazgo político fue monopolizado por el sector más rico de la ciudadanía, ya fuera por motivos ideológicos o tradicionales, típicos de una sociedad jerárquica, o motivos económicos, pues las clases pobres no poseían los recursos de las clases ricas para costear los gastos de gobierno y de guerras.

El hombre de gobierno de Roma debía aprender el arte de la política, pues el peso de la plebe como electorado era considerable; debía manejar técnicas de persuasión, una argumentación y un lenguaje común que llegase a todos. Además de buen orador, debía ser buen militar y hombre capaz de dar sabios consejos y debía buscar siempre el beneficio de sus ciudadanos y no el suyo propio. De esta manera se concibe al político como esencialmente social porque su labor y su vida entera estarían dedicadas al ámbito público (bastante interesante si se compara con la actual figura del político tan desgastada en nuestro país). En este marco, términos como honos y gloria, dignitas, auctoritas o gratia son clave para definir mejor al político romano.

  1. Honos y gloria: Para los romanos el político, por su gran labor para con la comunidad, tenía derecho al reconocimiento de ésta, a ser querido por todos sus conciudadanos. Por eso, gozaban de honor como una forma de homenaje del pueblo, y de gloria, el ser amado por la multitud, pero hay que merecerla y ser digno de ella.
  2. Dignitas: La dignitas era el prestigio que un romano adquiría a través de la posesión de un cargo político, unida al individuo permanentemente. Al contrario del honor y la gloria que pueden ser pasajeros, la dignitas dota al individuo de poder y de influencia.
  3. Auctoritas: se refiere a la influencia política por antonomasia; este término expresa autoridad social y personal, fundada en la virtud, el arte y el ingenio personal, la edad y la experiencia y en la fuerza material (fortuna).
  4. Gratia: se trata de la capacidad de hacer favores, pues el político debía procurarse el mayor número posible de amigos y clientes.

Es cierto que el retrato del político romano con el actual tiene algunas similitudes a nivel teórico (un hombre de gobierno entregado y trabajando en beneficio de la comunidad ciudadana) y más a nuestro pesar, en el sentido más práctico, pues aunque nuestra política no conciba la existencia de una red de clientelismo, es un fenómeno muy real y bastante actual.

No cabe duda de que la corrupción política es un tema de actualidad e interés de la ciudadanía, sobre todo en países como España, Italia o Grecia, cuyos índices de corrupción institucional son notablemente superiores a los países nórdicos (Finlandia, Dinamarca, Suecia o Noruega [1]), donde al menos la percepción de esta por parte de la ciudadanía es casi nula. Es cierto que la corrupción es un fenómeno que podemos calificar de <<universal>>, en mayor o menor medida, de cualquier sistema político,  una constante histórica, pero ¿por qué es tan generalizada en los países mediterráneos? ¿Es posible que exista una relación con la concepción política y la corrupción del mundo romano?

La corrupción está indiscutiblemente ligada al ámbito público y éste al político por lo que es más propensa a desarrollarse en sociedades estatales, como la propia del Imperio Romano, y no tiende a ser tan llamativa en sociedades con estructuras suprafamiliares, como las que encontramos en los pueblos germanos o britanos. Desde la historiografía siempre se ha destacado el grado de corrupción de la sociedad y el sistema político romano, aunque es cierto que muchos se sorprenden por la larga duración del Imperio, que a pesar de todo no dejó de ser grande gracias a sus recursos, y sobre todo gracias a sus habilidades en el arte de la guerra. De hecho la economía del Imperio romano no habría podido mantenerse sin el botín de guerra procedente de las conquistas llevadas a cabo por Roma en todo el Mediterráneo.

Como es sabido, durante la República existía en Roma un sistema de votación para la elección de los diversos magistrados destinados a gobernar la Urbs. Y, cómo no, la corrupción estaba latente no sólo a la hora de votar sino también en las campañas electorales. Ambitus es en este caso el término latino que designa la corrupción, el soborno electoral, una práctica entre la legalidad y la ilegalidad que afectaba a las futuras campañas electorales. Los casos de corrupción más frecuentes se daban sobre todo en las elecciones de los magistrados donde además la forma más clara de corrupción electoral era la compra de votos, mediante la política de «pan y circo»: distribución de dinero entre los posibles votantes, la preparación de banquetes, la repartición de carnes y viandas, los espectáculos lúdicos, etc., e incluso mediante las ceremonias fúnebres. En estas últimas la oligarquía organizaba banquetes y munera fúnebres cuando alguno de sus parientes fallecía; normalmente se colocaban mesas y triclinios en las calles de Roma y se convidaba al pueblo.  Al poco algunas leyes romanas quisieron atajar el problema de estos banquetes que solo eran una excusa para el exceso y la ostentación por parte de los más ricos, pero ¿Cómo iban a impedir que alguien «honrara a su difunto convidando a sus amigos y conciudadanos»?

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Fotograma: Marco Antonio en el discurso del funeral de Julio César. Interpretado por Marlon Brando, 1953. Fuente.

Algo parecido pasaba a la hora de subvencionar los juegos, en sus distintas variedades: circenses (carreras de caballos), escénicos (obras de teatro), cacerías y lucha de gladiadores; pero algo interesante pasaba con el empleo del botín de guerra por parte del general vencedor. Las ganancias procedentes de los expolios se usaban para la construcción y reparación de edificios públicos o para la realización de sacrificios a los dioses en donde por supuesto todo el pueblo se sumaba y participaba.

Sin embargo, veremos aquí otra cara de la corrupción política y electoral: el recurso a la violencia, que muchas veces fue visto como un recurso político más, llegando a conformarse bandas profesionales de violentos. Por ejemplo, existía en Roma una ley que estrechaba las dimensiones de las pasarelas que daban acceso al lugar de votación, donde a menudo se colocaban grupos de presión que impedían o limitaban a los electores votar, mediante la coacción.

Desde comienzos de la República este tipo de prácticas se dieron, según algunos autores, de manera excepcional, incrementándose y haciéndose más general ya a mediados del siglo II a.C., cuando las transformaciones socioeconómicas en Roma, fruto de la conquista del Mediterráneo, hicieron que el electorado se volviera más exigente haciendo a su vez que el político tuviera que convencerlos no sólo con sus virtudes personales y militares sino con promesas de leyes que los beneficiasen [2]. Pero, al contrario de lo que se pueda pensar, la corrupción en el voto no favorecía como cabría esperar a la nobilitas, pues esta se mantenía en el poder por cuestiones de tradición social, mientras que las formas de corrupción electoral beneficiaban a aquellos con gran poder adquisitivo [3].

En resumen, el hacer político tanto en Roma como en hoy en día tiene una finalidad clara: la del bien común, cosa que tanto en la Antigüedad como en la actualidad parece haberse perdido por un fenómeno universal en la política y en el ser humano: la corrupción.

Bibliografía

Chenoll Alfaro, R.R.: Soborno y elecciones en la República Romana. Universidad de Málaga, 1984.

Finley, M.I.: El nacimiento de la política. Barcelona: Crítica, 1986.

González Bravo y González Salinero, R.: La corrupción en el Mundo Romano. Madrid: Signifer, 2008.

González Romanillos, J. A.: La corrupción política en época de julio César: un estudio sobre la Lex Iulia de Repetundis. Granada: Comares, 2009.

Suárez Piñeiro, A.M.: En campaña electoral por la Roma de Cicerón: la política romana a finales de la República. Santiago: Lóstrego, 2003.

 


[1] http://www.unitedexplanations.org/2015/01/16/como-es-tu-pais-de-corrupto/

[2] En el último siglo de la República existen muchos políticos que empiezan sus carreras con la promoción de leyes que benefician o responden a las expectativas de “las masas”, por lo que se presupone que la “plebe”, el electorado, tenía un papel importante en la política romana.

[3] Por supuesto, la mayoría de los “nobles” tenían gran poder adquisitivo, pero no siempre. Al igual que había individuos “plebeyos” con grandes fortunas.

Redactor: Sara Muñoz Muñoz

Licenciada en Historia en la Universidad de Sevilla y Máster en Estudios Históricos Avanzados por el itinerario de Historia Antigua en la misma Universidad. Mi perfil académico se inclina en el estudio de la epigrafía latina en Hispania, y en la política, economía y sociedad del Imperio Romano. Apelo a la renovación de los conceptos historiográficos en las nuevas generaciones de historiadores.

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