Piratas y corsarios: la lucha por el Mediterráneo (I)

A través del cine y la literatura nos hemos acostumbrado a la imagen del pirata que, en el Caribe o en las costas del Atlántico europeo, ponía en jaque a las armadas más poderosas de Occidente —preferiblemente la española— gracias a su sagacidad y violencia. Sin embargo, poco o nada se cuenta al gran público de los conflictos relacionados con la piratería mediterránea. Es necesario saber que este mar interior de Europa, África y Asia es un lugar perfecto para que medren todo tipo de asaltantes marinos, ya que su geografía está cerrada completamente excepto por el Estrecho de Gibraltar —lo que lo dota de aguas calmadas— y es fácil encontrar multitud de resguardos para los navíos en casi cualquier punto de sus costas. Fueron los romanos los únicos que consiguieron acabar por completo con la piratería en el mare nostrum, pero tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente los piratas volvieron a campar con mayor libertad; aunque si hay un momento de la historia en el que el conflicto se agudizó y tomó nuevas dimensiones —el de la guerra entre culturas y religiones— ese fue la Edad Moderna. A lo largo de este artículo narraremos los hechos para tratar de explicar, finalmente, el significado global de este enfrentamiento.

Durante la Edad Media, el Mediterráneo volvió a ser un espacio no controlado políticamente, mucho más flexible que el sistema feudal que dominaba la tierra y donde se podían obtener grandes ganancias si eras capaz de asumir los riesgos. En este momento comenzaron a despuntar grandes potencias marítimas europeas, entre las que tuvieron especial renombre la Corona de Aragón, Génova y Venecia. Debemos entender que entre los siglos VIII y XV, el pirata no se diferenciaba tanto del comerciante; todos los navíos estaban armados para defenderse de un ataque en la mar, pero eso también le daba capacidad de asaltar otros barcos si ondeaban una bandera enemiga o, simplemente, querían aumentar las ganancias de su expedición comercial. Sin embargo, las necesidades políticas de esas potencias que intentaban controlar las aguas llevaron a una diferenciación, entre las actividades piráticas privadas y los asaltos corsarios legitimados por su finalidad militar. Al mismo tiempo, los pueblos berberiscos se habían visto expulsados de los circuitos marítimos tanto por las repúblicas italianas como por los reinos hispánicos, que monopolizaban las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental. La era de las naves comerciales-piratas, encabezada durante mucho tiempo por los navíos catalanes, había llevado a una situación de extrema necesidad a los territorios del Norte de África dedicados al mar, relegándolos a quedarse con las migas del comercio. Ramiro Feijoo nos dice que fue en el momento en que la Corona de Aragón giró sus intereses hacia Sicilia, y la presión de sus naves se redujo en África, que puede considerarse el punto de inicio de la piratería berberisca.

Desde ese momento en adelante, los piratas berberiscos buscarían esclavos, botín y fortuna cada vez más cerca de las costas peninsulares, sobre todo en territorio valenciano y en las Islas Baleares; perfeccionaron su técnica naval y aumentaron en número hasta hacer ver a los cristianos que había nacido un peligroso enemigo al sur de sus playas. En este contexto se produce la toma de Granada por los Reyes Católicos (1492), tras la cual se obligó a la conversión o al exilio a los últimos musulmanes de la península. Los Reyes Católicos dejaron a sus sucesores dos problemas: por un lado, los musulmanes que se quedaron nunca se integraron y por otro continuaron con sus costumbres, al tiempo que muchos de los que dejaron su tierra atrás fueron a asentarse al Norte de África, alimentando demográficamente una zona que se había lanzado por completo a la piratería contra los cristianos. Fueron los protagonistas de este éxodo los que llevaron la civilización urbana andalusí a la otra parte del estrecho, mejorando la agricultura, el comercio y la guerra; serán estos —conocidos como “los elches” en las tierras a las que llegaban— los que encabezarían las actividades corsarias contra los reinos ibéricos. La Reconquista —de alguna manera— continuaba, con sus mismos protagonistas, pero ahora “tienen un mar de por medio”

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Galera. Fuente

Y así llegamos al tiempo de los hermanos Barbarroja, Aruj y Kheyr-ed-Din, dos de los corsarios musulmanes más temidos en la historia del Mediterráneo. Nacidos en la isla de Lesbos, llegaron a la Túnez de la dinastía Hafsí (1504) para sumarse a los muchos corsarios que ya operaban contra los navíos comerciales europeos. Las patrullas lideradas por Aruj comenzaron a dar frutos en muy poco tiempo, siendo el primero en capturar dos galeras reales —de bandera papal— con tan solo dos pequeñas galeotas (Lane-Poole, S. 2011). Desde ese momento su fama creció de forma meteórica entre amigos y enemigos, de la misma manera que su flota y la de su hermano se ampliaron gracias a las naves capturadas; llegando a establecerse en Yerba como reïs de la isla, porque el puerto de Túnez ya casi no satisfacía a las necesidades de sus operaciones. En 1512, el antiguo rey de Bejaïa le pidió que reconquistase la ciudad a los españoles y que le restituyese en el trono a cambio de tener libre acceso a su puerto, lo que le daría una posición tremendamente privilegiada para controlar las aguas de los  reinos ibéricos. Al mando de sus doce galeotas, mil turcos y apoyado por el rey destronado de Bejaïa se lanzó sobre la ciudad en agosto de ese mismo año. La guarnición española se atrincheró en el bastión y ofreció una feroz resistencia durante ocho días; en el momento en el que se empezaba a abrir brecha, un disparo afortunado le arrancó el brazo izquierdo a la altura del codo a Aruj Barbarroja. Los turcos decidieron llevar a su líder hacia Túnez para que fuese curado y la ciudad se salvó de la invasión corsaria, aunque recibiría un segundo asedio en 1514 del que se libraría gracias a la llegada de refuerzos españoles. Tras estas derrotas ante las naves hispánicas y la aparición de un nuevo enemigo, Andrea Doria, Aruj se escondió en el puerto de Gijel —donde es coronado tras asesinar al rey Cuco— hasta que la situación fuese de nuevo propicia.

Ese momento se presentó al morir Fernando el Católico (1516), cuando la ciudad de Argel pidió ayuda al jeque árabe vecino (Selim Eutemi) para sacudirse el yugo español y este, a su vez, envío una carta a Aruj para que se sumase al asalto. Tras una azarosa travesía, llegó a la ciudad de Argel capitaneando una imponente flota que fue alegremente recibida en la ciudad. Mientras tanto, se empezó un cañoneo constante del fuerte en el que se habían refugiado las tropas españolas y que duraría veinte días. En este periodo, los cronistas cuentan que Barbarroja se fue haciendo con el mando de la ciudad y el ejército hasta que, finalmente, mató al propio Selim. Se rumoreaba —y así se recoge en la crónica de Haedo— que el jeque había sido asesinado por su huésped mientras estaba en el baño, lo que hizo que una parte de los argelinos se volviesen contra aquel que había llegado como un salvador. Se llevó a cabo una conjura contra el pirata, entre la población y los españoles del fuerte, pero este los descubrió y acabó decapitando a los responsables. En respuesta al asedio, el Cardenal Cisneros envió una flota comandada por Diego de Vera para que retomase Argel; sin embargo, la expedición fue aniquilada y la ciudad quedó definitivamente en manos de Aruj, que se convertía así en sultán de media Berbería.

Pero entonces empezó la era de Carlos V, que no quería dejar que la primera derrota de una flota hispánica frente a los berberiscos envalentonase a los musulmanes. Los turcos enviaban tropas constantemente para fortalecer el poder corsario y llevar la guerra marítima a los cristianos más allá de lo que habría imaginado tan solo unos años antes, había que hacer algo de inmediato. Sin embargo ya era demasiado tarde, Berbería había pasado del incontestable dominio hispánico a la caída sistemática de todas sus plazas fuertes, los hermanos Barbarroja conquistaron Tremecén en este lapso de tiempo y se empezaron a preparar para la toma de Orán. Cundió el pánico entre los cristianos, pues si esta base sucumbía el Mediterráneo Occidental sería prácticamente impracticable para las naves comerciales europeas. Así, el emperador cristiano actuó al tomar posesión de su reinado y encomendó al marqués de Comares que acabase con Aruj y restaurase el poder español en la zona. Salió de Orán un ejército decidido a dar caza a los corsarios, que tras muchas vicisitudes —y apoyándose en algunos de los enemigos que se habían granjeado los Barbarroja en su ascenso al poder— acabó asediando a Aruj en Tremecén. Hay varias versiones, pero parece ser que el corsario intentó escapar durante la noche y fue descubierto, iniciándose una persecución nocturna descrita con un cierto halo de leyenda. Se cuenta que, en la cabalgada, fue tirando tras de sí el botín con la esperanza de que sus perseguidores comenzasen a saquearlo y se olvidasen de él, pero la suerte le había abandonado. El odio de los españoles y las órdenes dadas por el emperador aquella noche valieron más que el tesoro del reïs, que fue rodeado y herido de muerte con una pica mientras luchaba por su vida. Así termino la vida de Aruj Barbarroja.

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Batalla entre galeras berberiscas y españolas. Fuente

Tras su muerte el poder berberisco amenazaba con desmoronarse, así que los reïs corsarios se reunieron y decidieron instituir a Kheyr-ed-Din, el menor de los Barbarroja, como capitán general; él era el único con el prestigio suficiente como para unirlos a todos ellos bajo una misma bandera, su autoridad era incontestable. Su primera acción fue mandar un emisario a Constantinopla para poner todo su potencial naval a disposición del Gran Señor, a cambio se pedía su protección para mantener el control de Argel y las costas de Berbería. La respuesta de la Sublime Puerta fue rápida: lo nombró beglerbeg (gobernador general) de Argel (1519), envió dos mil jenízaros en su auxilio y ofreció recompensas a sus súbditos si decidían establecerse en los territorios del corsario.

Así, hemos visto como las circunstancias de una población empobrecida que malvivía en una tierra baldía, excluida a la fuerza de las rutas comerciales por las grandes potencias marítimas, recurría a la piratería como método de subsistencia. Lo que en la Edad Media había sido una guerra por ocupar una serie de espacios políticos y económicos, que habían quedado vacíos tras la caída del Imperio Romano de Occidente, se fue consolidando poco a poco como un conflicto mayoritariamente religioso. La pugna se radicalizó, bandos que antes habían tenido una importante infiltración cultural entre ellos ahora se establecían como bloques mejor definidos y diferenciados. Además, con la muerte de Aruj Barbarroja, el gran líder, su hermano menor había recurrido al poder otomano para asegurar la supervivencia de los territorios corsarios y la expansión turca cobraba, de esta manera, una nueva dimensión. La guerra por el Mediterráneo había empezado.

Bibliografía

FEIJOO, R. “Corsarios berberiscos. El reino corsario que provocó la guerra más larga de la Historia de España”, Barcelona: Belaqva/Carroggio, 2003.

FLORISTÁN, A., “Historia de España en la Edad Moderna”, Barcelona: Ariel, 2004.

GARI, B. “Piratas y corsarios en el Mediterráneo Medieval” NIETO, X; ÁNGEL CAU, M (Eds.) “Arqueologia Nàutica Mediterrània”, Girona: Centre d´Arqueologia Subaquàtica de Catalunya, 2009, pp. 593-598.

LANE-POOLE, S. “Los corsarios berberiscos”, Salamanca: Editorial Renacimiento, 2011.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

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