Piratas y corsarios: la lucha por el Mediterráneo (II)

Las crónicas de esta época tienen mucho de mito, pero parece ser que Kheyr-ed-Din siguió con el camino iniciado por su hermano mayor: asegurar el control de su territorio y avanzar hacia el este. Se nos presenta como un líder más inteligente, metódico y, en cierta manera, utilizando tácticas más modernas que Aruj. Supo aprovechar una época convulsa para los reinos españoles y los intereses venecianos: en 1521 los turcos conquistaban Belgrado y los Comuneros se levantan en Castilla, en 1522 el Imperio Otomano expulsaba de Rodas a la Orden de los Caballeros de San Juan —último bastión cristiano en el Mediterráneo Oriental—, en 1525 se produce el alzamiento de las Germanías en Valencia y en 1529 el Gran Sultán asedia Viena. Esta es la década que el menor de los Barbarroja utilizó para avanzar en el Norte de África y ganar fuerzas. Tras la caída del Peñón —última fortaleza española en la zona—, Kheyr-ed-Din comenzó a fortificar el Norte de África gracias a la mano de obra de todos los cristianos capturados y los conocimientos de los moriscos, que se unían a él durante sus incursiones en tierras españolas.

Los resultados abalaban la estrategia otomana de apoyar a los corsarios berberiscos, por lo que el sultán Suleyman no tardó en querer aprovechar sus conocimientos para ampliar y modernizar a la flota turca. La Sublime Puerta reclamaba a Kheyr-ed-Din en Constantinopla, pero el corsario debía lidiar primero con un problema grave aparecido en los últimos años: tras la caída de Rodas en manos musulmanas. La Orden de los Caballeros de San Juan se había asentado finalmente en Malta (1530). Estos hombres, caballeros que luchaban en el mar con los mismos métodos que los corsarios, eran un ejército de élite que había demostrado ser el único realmente eficaz a la hora de plantear combate en mar abierto al creciente poder islámico. Antes de partir con su amo, el señor de Berbería quería acabar de una vez por todas con los Caballeros de Malta si quería dominar por completo el Mediterráneo Occidental. Pero había otro problema —esta vez con nombre y apellidos— que, combinado con el de los caballeros malteses, podía suponer el freno de las ambiciones berberiscas: se llamaba Andrea Doria. Este genovés era el alto almirante de su ciudad y, en 1528, pactó con Carlos V para ponerse a su servicio; fue él quien había expulsado  los restos de la flota de Aruj Barbarroja cuando perdió el brazo asediando la Goleta y, desde entonces, ni él ni Kheyr-ed-Din habían vuelto a enfrentarse.

Suleyman llamó a Barbarroja en 1533, y este tuvo que abandonar sus tierras e ir con su señor para ayudarle a luchar contra Doria. Durante ese invierno modernizó la flota turca e intentó mejorar sus tácticas de combate, unos meses después partía de Constantinopla con la armada más poderosa que había conocido nunca la historia del islam. En los siguientes años, esta poderosa fuerza aterrorizó el mare nostrum y tomó brevemente Túnez, que fue reconquistada brutalmente por las tropas españolas y los caballeros de Malta. Aunque, finalmente, volvería a quedar fuera de la influencia imperial tras morir Hasan, el rey títere impuesto por Carlos V. Andrea Doria y Kheyr-ed-Din, sin embargo, se evitaban, el respeto que sentían el uno por el otro y el saber que de su enfrentamiento dependería el destino de todo el Mediterráneo les hacía ser tremendamente cautos. En 1538 se encontraron en Preveza, la flota cristiana era más poderosa que la que estaba bajo el mando del corsario, pero la posición de esta era más ventajosa. Ambas escuadras dejaron pasar varios días una frente a otra, inmóviles, sin atreverse a dar el primer paso. Finalmente, el día 27 de Septiembre Andrea Doria decidió que no arriesgaría tanto en aquella batalla y levó anclas. Este error fue rápidamente aprovechado por Barbarroja, que salió tras de sus velas y le alcanzó con el viento en contra tan solo un día después. La refriega se saldó con siete navíos cristianos capturados antes de que el genovés escapase, pero la gran batalla que ambas religiones habían esperado nunca se llegaría a producir.

Dragut-Reis-Arch ajustado

Ilustración que representa a Dragut. Fuente

Kheyr-ed-Din estaba luchando junto al sultán, pero en su ausencia había dejado a uno de sus comandantes más eficientes y crueles en Argel. Para los suyos era Hasan el Eunuco, pero los cristianos lo conocerían como Dragut, nombre que aún sigue recordándose en algunos puntos de la geografía valenciana. Tal fue el terror que sembró que el emperador decidió acabar con el poder de Argel, así que el propio Carlos V embarcó en una nave y se dirigió a la ciudad corsaria junto a su flota y sus mejores comandantes —entre los que se contaban Andrea Doria, el Duque de Alba y Hernán Cortés—. Tras una serie de retrasos y problemas meteorológicos, los barcos por fin llegaron a su objetivo el 19 de Octubre de 1541. El asalto fue devastador y la defensa desesperada, pero en mitad del asedio —en el cual participaba el propio monarca— los cielos se abrieron y un diluvio cayó sobre los desprotegidos atacantes. Durante los siguientes días, berberiscos, turcos, caballeros de malta y soldados de las fuerzas combinadas españolas lucharon bajo el barro, la lluvia y las balas en una de las más virulentas batallas que recordaría aquella generación. Finalmente, Carlos fue consciente de que la retirada era necesaria y Dragut se decidió a no ponérsela fácil; fue tan agónica que, entre las muertes y las pérdidas, también se cuenta que la raza de los caballos españoles estuvo a punto de desaparecer para siempre.

Con estas derrotas, la cristiandad se ponía a la defensiva. Las costas españolas se blindaron en época de Felipe II con una inmensa línea de atalayas —fortificadas o no—, que protegían Andalucía, el Reino de Granada, el Reino de Murcia, el Reino de Valencia, Mallorca y Cataluña. El emperador había muerto y el dominio de los mares aun no se había podido decidir, los musulmanes seguían arrasando las costas y capturando barcos con tripulaciones enteras, pero los europeos seguían haciendo lo humanamente posible para evitarlo. En 1565 el sultán decidió que los caballeros de Malta eran una molestia que había que eliminar, algo que Kheyr-ed-Din había planteado pero nunca llegó a ejecutar. En mayo de ese año, la gran flota turca apareció frente a la isla y la puso bajo un intenso asedio. Sin embargo, los caballeros —pese a su abrumadora inferioridad numérica— llevaron a cabo una de las gestas militares más heroicas de su tiempo, defendiendo la islas con numerosas pérdidas hasta que los refuerzos del rey español llegaron para socorrerles. Las bajas fueron terribles por ambos bandos, los malteses perdieron a gran parte de su cuerpo de élite en la destrucción del fuerte de San Elmo, pero durante el asalto cayeron miles de musulmanes y Dragut fue mortalmente herido. Era la primera vez en mucho tiempo que los cristianos conseguían una gran victoria en el Mediterráneo, los turcos no eran invencibles.

Sin embargo la flota otomana seguía invicta en mar abierto, y eran muchos los que veían que se hacía imperativa una alianza entre cristianos si no se quería perder, definitivamente, el mare nostrum cuando los musulmanes recobrasen fuerzas. Así, el papa Pío V trabajó incesantemente para construir esta coalición de armas, hasta que en 1571 las naves partieron para dar la gran batalla por el Mediterráneo que tanto habían temido Kheyr-ed-Din y Andrea Doria; al mando iba el hermanastro de Felipe II, Juan de Austria, que había demostrado ya su valía militar con tan solo veintidós años. La Sublime Puerta envió a su armada a encontrarse con ellos y el 7 de Octubre se avistaban mutuamente en el golfo de Lepanto. Las escuadras avanzaron en formación y chocaron una contra la otra, las naves se trabaron y las tripulaciones se lanzaron unas contra otras como si luchasen en tierra firme. Miguel de Cervantes sobreviviría al choque, aunque gravemente herido, pero fueron muchísimas las bajas aquel día y los grandes personajes que murieron en el mar. Los turcos, por fin, habían sido vencidos.

lepanto1_ajustado

Batalla de Lepanto. Fuente

Pero, a la luz de lo ocurrido en los años posteriores, podríamos decir que no fue tanto una derrota otomana como una victoria cristiana. Los astilleros de la Sublime Puerta reconstruyeron en poco tiempo la flota perdida, pero sí es cierto que desde entonces fueron perdiendo poco a poco la hegemonía en el Mediterráneo. La vista de los sultanes nunca abandonó este mar, pero también la pusieron en las aguas que bañaban el sur asiático, hacia donde dirigieron una gran parte de sus esfuerzos futuros. Además, tras la desaparición de los Barbarroja y Dragut no volverían a aparecer grandes marinos que pusiesen en jaque a los enemigos del islam. Por su parte, los europeos sacaron un gran rédito propagandístico a la victoria, sobre todo Felipe II, que intentaría venderla como un reflejo de su legitimidad como paladín de la fe.

Los corsarios berberiscos, aunque cada vez menos peligrosos, siguieron amenazando las costas cristianas hasta que fueron totalmente extinguidos en el siglo XIX. Se cerraba así un conflicto que había durado unos trescientos años —pero cuyo germen se remontaba a la Edad Media—, en los que se habían enfrentado las dos grandes culturas herederas del Imperio Romano para cubrir el espacio que este había dejado vacío tras su desaparición. Además, hay que considerar que una enorme cantidad de los capitanes berberiscos eran europeos, llegando a haber naves comandadas por españoles, genoveses, venecianos, franceses, griegos, albaneses, húngaros y un largo etcétera que nos ayuda entender lo complejo de la época y del conflicto. El de los corsarios era un mundo de renegados y de gente que había perdido su hogar, una sociedad compuesta por todos aquellos que, más que luchar por algo, luchaban contra algo. La del Mediterráneo fue una guerra por la supremacía religiosa, política y comercial, pero también un  conflicto entre dos maneras de entender el mundo.

Bibliografía

CÁMARA MUÑOZ, A., “Las torres del litoral en el reinado de Felipe II: Una arquitectura para la defensa del territorio (I)”, España. Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte, t. 3, 1990, pp. 55-86.

CÁMARA MUÑOZ, A., “Las torres del litoral en el reinado de Felipe II: Una arquitectura para la defensa del territorio (II)”, España. Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte, t. 4, 1991, pp. 53-94.

FEIJOO, R., “Corsarios berberiscos. El reino corsario que provocó la guerra más larga de la Historia de España”, Barcelona: Belaqva/Carroggio, 2003.

FLORISTÁN, A., “Historia de España en la Edad Moderna”, Barcelona: Ariel, 2004.

LANE-POOLE, S., “Los corsarios berberiscos”, Salamanca: Editorial Renacimiento, 2011.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, gestor de patrimonio cultural, escritor de novela y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio cultural marítimo.

Comparte este artículo

Trackbacks/Pingbacks

  1. Esbozo de las Germanías de Valencia y Mallorca - temporamagazine.com - […] la catastrófica derrota contra los piratas berberiscos en Argel (de la que ya hablamos aquí)y las revueltas de Castilla, …

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies