Partos y parteras en la Edad Media. Breve historia a través de las imágenes

Qué lejos queda hoy en día el considerar la maternidad o, mejor dicho, el parto, como un tema tabú dentro de nuestra sociedad, máxime si tenemos en cuenta las necesarias reivindicaciones que en la actualidad se están llevando a cabo en torno a la naturalidad, espontaneidad o sencillez de la maternidad y todo lo que conlleva, esto es, desde la concepción, hasta propio parto y la posterior lactancia. Pero, como es de suponer, durante la Edad Media todo lo vinculado al embarazo y alumbramiento de un hijo se rodeaba de prejuicios, supersticiones, rituales y de la mayor privacidad posible, y con ello me refiero a la presencia de los hombres y su involucramiento en el parto, con la excepción de los médicos, aunque este es un tema sobre el que volveré más adelante.

La Natividad (1308 - 1311), obra en la que Duccio deja constancia de la presencia de las dos parteras que asistieron a la Virgen y que aparecen justo debajo de esta. Fuente

La Natividad (1308 – 1311), obra en la que Duccio deja constancia de la presencia de las dos parteras que asistieron a la Virgen y que aparecen justo debajo de esta. Fuente

El papel de la mujer en la sociedad medieval, del que tanto se ha escrito y del que todos conocemos, se reducía a su función de madre y a su servicio a la procreación. De este modo y para evitar potenciar aún más el simbolismo de lujuria que la Iglesia asociaba a la figura femenina, se buscó legitimar las relaciones sexuales dentro del matrimonio a través de ensalzar sus objetivos meramente reproductivos. Desde bien pronto, los considerados Padres de la Iglesia vieron en el deseo del coito un pecado; por ello, la mejor manera de mantener alejado de la mujer dicho deseo, era manteniendo la virginidad hasta el matrimonio. En definitiva, maternidad y matrimonio eran los pilares de la mujer en la sociedad medieval. Esta idea nos conduce hacia una primera representación de la maternidad en la iconografía medieval, una imagen que podríamos calificar de oficial puesto que fue promovida por la Iglesia y tomaba como protagonista a la Virgen María tras el momento de dar a luz a Jesús por la gracia divina, es decir, manteniendo intacta su virginidad. Es así como la Natividad se convierte en la más alta representación de la maternidad para la sociedad medieval, poniendo énfasis al mismo tiempo en el concepto de la virginidad. La iconografía más común a este respecto es la que recoge a la Virgen en el lecho tras el alumbramiento de Cristo o bien en el pesebre junto a san José y recibiendo la veneración de importantes personajes en la tradición cristiana, como los Reyes Magos. Para la cuestión que intento desgranar en este artículo, es conveniente centrarse más en la primera de ellas, pues junto a la Virgen aparecerán dos figuras trascendentales que, incluso hasta bien entrado el siglo XX, serán trascendentales en el desarrollo del parto. Me refiero a Salomé y una segunda partera que, según los Evangelios Apócrifos – Protoevangelio de Santiago –  asistieron en el parto a María.

Pues bien, estas figuras femeninas las conocemos en la actualidad como “comadronas” o “matronas” y siguen desempeñando una función extraordinariamente importante de asistencia a la mujer durante el parto, función que, si bien no ha variado demasiado desde la Antigüedad, sí que ha visto disminuida su relevancia y prestigio en beneficio de los ginecólogos. Y con ello, vuelvo al tema de la escasa o nula presencia masculina durante el alumbramiento a lo largo de todo el Medioevo y esto es a causa del casi completo monopolio que las mujeres tenían en el campo de la ginecología y obstetricia en este período de la Historia. Se sabe con certeza que desde el 750 hasta el 1100, aproximadamente, tanto en territorio español como en el resto de Europa, las matronas eran las máximas responsables de asistir a las damas durante el parte; y digo damas porque la práctica totalidad de referencias iconográficas de las que disponemos recogen imágenes del parto en la clase alta y media de la sociedad; en las zonas rurales, cualquier mujer con algo de experiencia en estas prácticas podía ejercer de comadrona del resto de féminas de su pueblo o aldea. Aunque no debemos considerar esta actividad como esencialmente medieval, sí que hubo ciertos hechos que intensificaron la labor de estas mujeres; por ejemplo, la tradición árabe cada vez más extendida en nuestro país, de que ningún hombre podía aproximarse a una mujer a excepción de su esposo, a lo que hay que añadir el pudor femenino o la repulsión que los médicos sentían hacia las “enfermedades” de las mujeres, es decir, todo aquello relacionado con la menstruación o el parto. En definitiva, razones de índole moral.

Nacimiento de Julio César. Fuente

Nacimiento de Julio César. Fuente

Recurriendo a la iconografía que de estas parteras medievales nos ha quedado, hay un matiz al que debemos prestar atención, y es que, en muchas de estas representaciones pictóricas, aparecen matronas o comadronas de diferentes edades. Esto tiene una explicación, puesto que desde el siglo VI hasta el XI aproximadamente, fechas que rondan las citadas en el párrafo anterior, el conocimiento en torno al parto se transmitía de forma oral, es decir, de matronas ancianas a matronas jóvenes que se iniciaban en la profesión. Así queda perfectamente reflejado en la iluminación del folio 219 de la obra Les anciennes hystoires rommaines, un manuscrito parisino del último cuarto del siglo XIV, en la que se recoge la escena del nacimiento del emperador romano Julio César, un nacimiento que se llevó a cabo por cesárea y que estuvo dirigido por una partera anciana y cualificada, mientras que una joven aprendiz asistía y ayudaba a la primera, al tiempo que aprendía sus labores. Es posible afirmar que la Edad Media consideró la obstetricia como una profesión artesanal, cuyos saberes se transmitían de maestros – maestras en este caso – a aprendices de forma oral y, sobre todo, práctica.

Más allá de las costumbres que se tuviesen en esta época, el hecho es que la medicina se encontraba en un estado de estancamiento y retroceso auspiciado por la Iglesia Católica, que permanecía fiel a la prohibición de diseccionar cadáveres y al avance científico del saber médico o del pensamiento racional en general. Es por este motivo, que los principales textos que se encontraban en uso y eran consultados tanto por médicos como por matronas, no eran otros que el Corpus Hippocraticum [1] (siglo VI-V a.C), los textos galénicos o los tratados de medicina hebreos, como La memoria de las enfermedades que ocurren en los órganos de la generación, una obra de autor desconocido que se redactó en Castilla entre finales del siglo XII y principios del XIII y que destinaba su segunda sección al estudio de las enfermedades características de las féminas, entre ellas la menstruación. Nada nuevo surgía del pensamiento médico cristiano y por ello, entre las matronas existía la ya comentada intensa tradición oral que permitía pasar de generación en generación y a través de los siglos el conocimiento en torno al cuerpo femenino y el parto.

Ilustración de principios del siglo XVI en la que es posible observar la silla tradicional de parto durante la Edad Media y la asistencia dada a las mujeres durante esta época. Fuente

Ilustración de principios del siglo XVI en la que es posible observar la silla tradicional de parto durante la Edad Media y la asistencia dada a las mujeres durante esta época. Fuente

Es en esa tradición oral en la que, en más ocasiones de las que podemos imaginar, las parteras incorporaban a sus prácticas rituales, oraciones, talismanes y pócimas que las llevaron a ser consideradas por muchos como auténticas brujas. Estas extrañas prácticas se empleaban en los distintos períodos del embarazo y con distintos objetivos; por ejemplo, hombres y mujeres de la Alta y Baja Edad Media creían que el sexo del bebé podía variar dependiendo de los alimentos que ingiriese la madre y los brebajes que sus comadronas les proporcionasen, ignorando por completo que el esperma masculino era el encargado de decidir tan importante acontecimiento. De otro lado, el desarrollo del parto es uno de los aspectos que aglutina a su alrededor un mayor número de soluciones no medicinales o, por lo menos, oficialmente reconocidas por la Iglesia Católica; de ello deja constancia Trótula de Salerno (siglo XI), una de las primeras mujeres en dejar por escrito sus saberes sobre ginecología y obstetricia y que recomienda para llevar de manera más tolerable los dolores del parte, administrar a las parturientas opio, ejercicio proscrito por la Iglesia. Trótula también recomendaba los baños, masajes y paseos como métodos para facilitar y acelerar el parto. Más curiosos si cabe son los remedios “caseros” que circulaban en torno al control voluntario de la natalidad o el aborto; plantas como el enebro o la ruda y frutas como la granada – que peculiarmente constituye uno de los símbolos de la Virgen María – estuvieron destinadas a prevenir el embarazo o a intentar acabar con el mismo. Igualmente, algunos escritos medievales hacen hincapié en ciertas posturas sexuales que evitarían la fecundación y soluciones tan extrañas como que la mujer saltase sobre un urinario después del coito o colgase de su cuello un papel con una plegaria. No es de extrañar, por tanto, que las matronas, parteras o comadronas medievales fueran en multitud de ocasiones consideradas brujas y llegasen a ser procesadas por el Tribunal de la Inquisición, a pesar de que la mayor parte de ellas incluían el cristianismo en sus rituales, como la costumbre de recitar importantes nacimientos recogidos en la biblia cuando un parto se tornaba peligroso.

Comadrona aplicando métodos para provocar el aborto.  The Sloane collections of manuscripts. Fuente

Comadrona aplicando métodos para provocar el aborto. The Sloane collections of manuscripts. Fuente

Son muy poco los documentos iluminados que han llegado hasta nuestros días y que recogen el saber y la práctica de la obstetricia y la ginecología en la Edad Media, bien porque fueron redactados por mujeres, bien porque no demasiados hombres mostraron interés en este campo, máxime teniendo en cuenta que no se les permitía involucrarse en el mismo. Es por ello que, dentro de la oficialidad, la imagen que se daba de la maternidad y el parto era aquella en la que la madre descansaba plácidamente en el lecho, sin muestras de esfuerzo ni sufrimiento en el rostro – evocando la ausencia de dolor en el rostro de la Virgen tras el nacimiento de Jesús – mientras las comadronas le ofrecían una sopa, la arropaban y lavaban al recién nacido en un barreño; incluso en algunas escenas, una de estas mujeres sale al exterior para informar al esposo que espera preocupado el relato de los acontecimientos. Pero esto, como ya he apuntado, se trataba del arte oficial; aquel que reflejaba a las clases medias y bajas de la sociedad no eran tan considerado a la hora de representar el momento del nacimiento de un hijo, rozando en algunos casos hasta la vulgaridad, como ocurre con la escena del nacimiento de Esaú y Jacob, una miniatura realizada por el Maestro François a mediados del siglo XV.

Brujas, hechiceras, parteras, matronas o comadronas, el papel que estas mujeres desarrollaron a lo largo de los siglos y, de manera especial dada la negativa masculina, durante la Edad Media en la asistencia durante el embarazo y el parto, fue esencial para que muchas mujeres pudieran sobrevivir al momento y sobrellevasen mejor el proceso. Y aunque la iconografía ha hecho su labor al dejar constancia de su presencia y función, con el final de la Edad Media también llegaron los textos, curiosamente ya redactados por hombres, que acercaron a la sociedad el importantísimo rol desempeñado por las comadronas y que, como hizo el mallorquín Damián Carbó a principios del siglo XVI, las ensalzaban con virtudes y les atribuían agraciados dones. En definitiva, y citando a Carbó, la comadrona medieval ”no sea fantastiga, no sea riñosa, sea alegre, gozosa porque con sus palabras alegre a la que pare. Sea honrada, sea casta para dar buenos consejos y exemplos, mire que tiene honesttisima arte”.

[1] También conocidos como Tratados Hipocráticos, son un conjunto de entre cincuenta y setenta escritos sobre medicina atribuidos tradicionalmente a Hipócrates.

Bibliografía|

CABALLERO NAVAS, CARMEN, “El libro de buen amor de mujeres o Libro del régimen de las mujeres. Un compendio de saberes femeninos escrito en hebreo”, Biblid. No. 48: 1999.

GARCÍA HERRERO, MARÍA DEL CARMEN, “Administrar del parto y recibir la criatura: aportación al estudio de Obstetricia bajomedieval”, Aragón en la Edad Media. No. 8: 1898.

GÓMEZ GÓMEZ, AGUSTÍN, “La iconografía del parto en el arte románico hispánico”, Príncipe de Viana. No. 213: 1998.

LAPRATT, DELORES, “Childbirth Prayers in Medieval and Early Modern England: “For drede of perle that may be-falle”, Faculty of Religious Studies. McGill University: 2010.

MONTES MUÑOZ, MARÍA JESÚS, Las culturas del nacimiento. Representaciones y prácticas de las mujeres gestantes, comadronas y médicos. Tesis Doctoral. Tarragona: 2007.

Redactor: Alejandra Hernández Plaza

Graduada en Historia del Arte, Medievalista y con Máster en Formación del Profesorado (Geografía e Historia) por la Universidad de Murcia. Actualmente, preparando oposiciones al Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria y Bachillerato por la especialidad de Geografía e Historia; presidenta de la Asociación de Historiadores del Arte de la Región de Murcia y miembro de la Plataforma en defensa del Patrimonio de Murcia.

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2 Comments

  1. ARTICULO DE LAS PARTERAS

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  2. Excelente articulo. Muy interesante. Gracias

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