“Pan y circo”: un día en las carreras en la antigua Roma

maria muñoz

Ilustración original de Ángela Alcalá para Témpora Magazine. (CC)

 
Mª Engracia Muñoz Santos es arqueóloga e historiadora.  Graduada en Geografía e Historia y Máster en Mediterráneo antiguo.  Docente en el Centro de Estudios Del Próximo Oriente y la Antigüedad Tardía y el Centro de Estudios Artísticos Elba.  Desde hace más de cinco años trabaja como divulgadora de temas sobre arqueología, historia, arte y mitología desde el blog Arqueología en mi Jardín.  Ha excavado en varios lugares a lo largo de la geografía española.  Ha escrito numerosos artículos en revistas científicas y colaboro en divulgación histórica con revistas online y en papel.  Sus temas de interés son la iconografía, la historia, la arqueología del Mediterráneo y el arte egipcio.  Actualmente compagina la elaboración de su tesis doctoral con la labor divulgativa y docente.  Sus líneas de investigación son: los espectáculos de masas en el mundo romano y la pervivencia de la cultura egipcia en esta provincia romana.

Recientemente se ha estrenado en los cines la nueva versión de la famosa novela Ben-Hur, escrita por Lewis Wallace en 1880 y que ha sido adaptada a la pantalla ya en varias ocasiones: en 1907 dirigida por Sidney Olcott, Frank Oakes Rose, H. Temple; en 1925 por Fred Niblo, Charles Brabin, y la más famosa de todas, la versión de 1959 de William Wyler con un sublime Charlton Heston y que todos recordamos.  Curiosamente, además, hay una versión animada del año 2003.ben hur

ben hur 3Por este motivo hemos creído interesante hacer un repaso rápido al más trepidante y gran espectáculo de la antigua Roma: las carreras de carros en el circo.  Ciertamente, como bien dejan reflejados las novelas y las películas, en estas competiciones los deportistas desafiaban a la muerte para poder conseguir la Gloria.  Veamos en qué consistía una jornada para un auriga.

Ya en la antigua Grecia se celebraban careras de carros tirados por caballos, pero estas nunca llegaron a gozar de la gran popularidad que tenían en Roma.  Sabemos que fue Tarquinio el Viejo (s. VI a.C.) el primero en introducir estas competiciones en la urbs, aunque el mito le otorga a Rómulo su primera celebración, cuando quiso reunir, allá por el siglo VIII a.C., a sus vecinos, con la excusa de celebrar unos juegos en honor del dios Consu.  La celebración constaba de unas carreras de carros.  Las familias sabinas al completo, padres e hijos, acudieron a la invitación.  Famoso es este mito que nos dejaron por escrito los historiadores romanos y que cuenta que en un momento determinado de la celebración, a una señal, comenzó el plan de Rómulo: secuestrar a las jóvenes sabinas para emparejar con ellas a sus colegas, los primeros romanos, ya que tenían una importante falta de personal femenino en su aún pequeña población.

Si los romanos utilizaron las carreras de carros como excusa para este gran paso en la construcción de su sociedad, basada en la importancia de la familia sobre todo, podemos imaginar el valor simbólico que tenía para ellos esta competición.

Las carreras se celebraban en el Circo Máximo, construido en el valle de Murcia, donde se realizó esa primera ancestral y mítica carrera.  El edificio era el de mayores dimensiones de la ciudad, en él podían caber cerca de 200.000 espectadores.  En su arena no solo se celebraban carreras de carros, también había carreras de caballos, venationes o caza de animales y luchas de gladiadores.

circo roma

Circo Máximo de Roma. Reconstrucción. Fuente.

Pero la diversión más famosa, y que más espectadores atraía, era la de las carreras de carros conducidas por aurigas que por lo general eran esclavos, aunque también participaron, en ocasiones excepcionales, notables personalidades.

Cada facción aportaba su vehículo.   Al principio solo participaban dos equipos: rojos (factio russata) y blancos (factio albata), con Augusto se añadieron los azules (factio veneta) y los verdes (factio prasina) aparecieron ya en época de Calígula.  Nos cuenta Plinio el Joven sobre la pasión que levantaban los colores:

Se celebraban unos juegos de circo, un género de espectáculos que no me gustan lo más mínimo.  Nada nuevo, nada diferente, nada que no sea suficiente haber visto una vez.  Por todo ello, me resulta sorprendente que tantos miles de adultos deseen ver una y otra vez con una pasión tan infantil caballos corriendo y aurigas de pie sobre los carros.  Si fuesen atraídos al espectáculo por la velocidad de los caballos o por la habilidad de los aurigas, habría al menos una cierta razón; pero es un color lo que ellos aplauden, es un color lo que ellos aman, y si en plena carrera y en medio de la competición se intercambiasen los colores, este para allí y aquel para aquí, el favor y el entusiasmo de la gente cambiaria igualmente, y abandonarían repentinamente a aquellos famosos aurigas, a aquellos famosos caballos, a los que reconocen a lo lejos, y cuyos nombres aclaman” (Cartas IX, 6).

4 facciones

Las 4 facciones. Mosaico. S.II-III d.C. Museo Nazionale Romano.Fuente.

Cada facción estaba formada por una familia quadrigonia, en ella se incluía parte los agitatores o aurigas, los conditores o guardianes, los sellarii y los margaritarii, que se ocupaban de poner bonitos a los caballos incluso con joyas como perlas, los medici o veterinarios, los magistri o instructores y los villici, que se ocupaban de la comida de los animales.

La jornada comenzaba con la preparación en los establos.  Cada equipo proveía a su carro con los mejores caballos de todo el imperio.  Las fuentes nos hablan de lo apreciados que eran los que llegaban de Hispania.  Los conditores (encargados del establo) junto con el auriga dejaban listos los caballos según los colores de cada facción participante.

La posición de los caballos que tiraban del carro era muy importante.  El del extremo izquierdo era el más fuerte y veloz, era el que corría del lado de la spina, (muro que recorría la arena del circo de lado a lado quedando en el centro y en torno al cual giraban a grandes velocidades los carreristas).  El carro más pegado a ella tenía muchas ventajas puesto que recorría menos metros en sus giros y tenía más posibilidades de ganar si no se estrellaba contra la spina o con cualquier otro carro que quisiera invadir su espacio o adelantarle.

partes del circo

Solo los caballos del interior iban sujetos al mástil del carro, los situados en el exterior se sujetaban simplemente con el correaje.  El auriga dirigía los caballos con sus caderas donde tenía atadas las riendas, de esta forma podía tener libres las manos para azuzar a los animales con el látigo.

Por supuesto, había tramposos y las apuestas tenían mucha culpa de esto.  El sabotaje e incluso la magia eran algo recurrente en las carreras debido a la gran rivalidad entre las facciones y los seguidores de las mismas.  Se escribían peticiones de maldiciones a los dioses para traer la desgracia a los conductores de los carros de la facción opuesta como:

“ADIVRO TE, DEMON QVI- CVNQVE ES, ET DEMANDO TI- BI, EX (h)ANC DI- E, EX (h)ANC (h)ORA EX (h)ANC DI- E , EX (h)OC MOMENTO, VT EQVOS PRASINI ET ALBI CRVCIES, OCCIDAS, ET AGITATORE(m) CLA- RVM ET FELICE(m) ET PRIMV- LVM ET ROMANVM OCCIDAS, COLLIDA(s) NEQVE SPIRITVM ILLIS LERINQVAS” (ILS 8753).

A veces los caballos eran envenenados o incluso los aurigas. El espectáculo comenzaba, en su parte pública, con el desfile de apertura o pompa que recorría las calles de Roma.  Partía del Capitolio, cruzaba el foro por la vía Sagrada y giraba hacia el foro Boario, cercano a la entrada principal del Circo Máximo, a donde se accedía por la puerta principal. Se trataba de una gran procesión en la que participaba el representante del Estado ya que, a diferencia de otros espectáculos, cuyos editores podían ser privados, en este caso corrían los gastos a cargo de las arcas públicas, los aurigas, músicos, coros, vecinos de la ciudad y las estatuas de los dioses, entre ellos la de Marte y la de Júpiter.  El desfile era ruidoso y vistoso y en él las facciones se exhibían con sus coloridos emblemas.

Ya en el circo se posicionaba cada corredor en su lugar. Antes se había realizado un sorteo para determinar desde que puesto de la carcer saldrían.  Este se realizaba mediante unas bolas, en la misma cantidad que carros, que eran introducidas en un bombo y que se hacía girar mezclándolas.  De él se iban extrayendo de una en una.  La primera bola, dependiendo del color, determinaba qué equipo iba a decidir primero en qué lugar iba a situarse para la salida.  De esta forma, los aurigas iban comunicando, según el orden de extracción de las bolas, desde qué lugar de la carcer saldrían. Por lo tanto, la primera bola era la más codiciada por los equipos ya que el auriga ocuparía el mejor sitio y esto podía determinar la victoria final.

Cuando el editor daba la signum mittere, o la señal, comenzaba la carrera.  El patrocinador dejaba caer una tela blanca (mappa) al suelo.  Puede que además hubiese algún tipo de sonido como una trompeta, puesto que no todos los aurigas y espectadores podrían ver esta señal.  El sistema de cierre de las carceres que contenía a los nerviosos caballos se abría y los carros salían a la carrera.

Cada competición consistía en dar siete vueltas en torno a la espina del circo.  Ganar dependía tanto de la velocidad como de la estrategia y la astucia de los carreristas.  Cada vuelta era de unos 560 m, lo que en total hacía 4000 m de recorrido.  Con César y Augusto el número de carreras al día era de doce, con los Flavios llegó a ser de cien.

Para contar las vueltas se utilizaba un sistema de “huevos” (ouarium) o de delfines (delphinium). Se situaban sobre la spina y disponían de siete elementos móviles que accionaba un operario a medida que se iban corriendo las vueltas y se pisaba una línea marcada de blanco.

Los choques de los carros o naufragia no eran extraños y ciertamente serían muy espectaculares.  El conductor del carro llevaba sobre la cabeza un yelmo de metal, una túnica corta muy ajustada del color que representaba y ceñida con correas una faja. Entre estas tiras portaba un puñal que utilizaba en caso de que, por un accidente, tuviese que cortar el correaje para evitar ser arrastrado por el suelo por los caballos y pisoteado por los animales de los otros carreristas.

Por lo general, la competición era de cuadrigas, es decir, de carros tirados por cuatro caballos, aunque se conocen otras carreras con carros de otros tamaños como los biga (dos caballos), los triga (de tres) o el carro más raro, el que era tirado por 10 caballos.

El auriga vencedor era el que primero pisaba la línea de meta.  Se le premiaba con una palma, una corona de laurel y recibía un premio en dinero que repartía en la familia quadrigonia.  Sobre a cuánto ascendía el premio por las victorias, sabemos que el auriga Aurelio ganó 34 millones de sestercios.

Entonces daba una última vuelta por el circo, alrededor de la spina, para recibir los aplausos del público y seguidores.  Algunos aurigas eran tratados como héroes en la ciudad y llegaban a ganar tanto dinero que compraban su libertad convirtiéndose en personajes muy ricos.  Conocemos el ejemplo de un auriga español del que se afirmaba que había conseguido 1.462 victorias y que participó en 4.257 carreras, en la mayoría conduciendo una cuadriga, su nombre era Cayo Apuleyo Diocles.  Fue el más famoso corredor de la historia de Roma, nació en Emerita Augusta y vivió hacia el 104 d.C., corrió durante 24 años, se retiró a los 42 y murió 4 años después.

La popularidad alcanzaba a los aurigas pero también a sus caballos.  Conocemos el nombre de algunos de ellos: Polidosso, Tusco, Vittore que fueron inmortalizados en mosaicos y que han llegado hasta nosotros, o la inscripción siguiente:

“VICIT SCORPVS EQVIS HIS PEGASVS ELATES ANDRAEMO COTYNVS” (ILS 5289)

Una carrera podía ser un espectáculo muy duro, donde la muerte era algo común, tanto de animales como de esclavos, ahora sólo hace falta que comprueben si la carrera de la nueva versión de Ben-Hur se parece a la realidad.

Bibliografia|

Auguet, R. (1972) Cruelty and Civilization: The Roman Games. London: Allen and Unwin.

Futrell, A. (2006) The Roman Games. Historical Sources in Translation. Oxford: Blackwell Publishing.

Humphrey, J. H. (1986) Roman Circuses: Arenas for Chariot Racing. Berkeley: University of California Press.

Mahoney, A. (2001) Roman Sports and Spectacles: A Sourcebook.  Newburyport: Focus Publishing/R Pullins & Co.

Redactor: Témpora Mágazine

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