Oriente y Occidente: el imperio español en el Sureste Asiático

Uno de los grandes problemas de la ciencia histórica occidental es que, pese a sus ínfulas de universalidad, se centra única y exclusivamente en la historia de Europa y las Américas desde el momento en que éstas son colonizadas por europeos, e incluso cuando aborda investigaciones sobre Asia o África lo hace desde el punto de vista político, social y cultural de los occidentales. Las universidades europeas en general, y las españolas en particular, tienen serias carencias a la hora de instruir a sus alumnos en la historia de Asia y África, como si la Historia Universal pudiese entenderse de manera compartimentada y excluyente. Esto aboca a una comprensión parcial y sesgada de los hechos mundiales, que se hace aun más flagrante en una etapa como la de la Edad Moderna, verdadero inicio de los procesos de mundialización que han conducido hasta nuestro mundo globalizado actual. En el presente artículo, intentaremos abordar el choque cultural y político que se dio entre el imperio español, tras su conquista de Filipinas, y las poderosas China y Japón.

Mapamundi Ortelius ajustado

Mapamundi Ortelius. Fuente

Estamos en el siglo XVI, desde la llegada de Colón a las Américas, el imaginario europeo se ha disparado a la misma velocidad con la que sus naves rompen las olas y amplían unos mapas que hasta hacía bien poco terminaban en un vacío con la palabra Terra Incognita, escrita sobre terribles leviatanes que custodiaban ese fin del mundo conocido. Esta expansión de fronteras, impulsada fundamentalmente por castellanos y portugueses, supuso una ampliación territorial de estas coronas, pero también una revolución cultural. La imaginación europea se disparó, las corrientes milenaristas que llevaban quinientos años anunciando el final inminente del mundo recobraron fuerza, y no fueron pocos los que vieron en el descubrimiento de aquel “Nuevo Continente” el Jardín del Edén descrito en la Biblia. Pero en muy poco tiempo, esa tierra en la que si clavabas una estaca en el suelo le brotaban ramas que daban los más increíbles frutos, se convirtió en una serie de territorios más donde se inició una lucha encarnizada entre conquistadores, monarcas y religiosos por el control de sus habitantes y la explotación de su amplia geografía. Llegados a este punto, no se tardó nada en continuar el viaje; si aquello no eran las indias asiáticas –lo que de verdad buscaba Colón– si que era muy posible que se encontrasen no muy lejos de allí. ¿Pero a qué distancia? Así, la expedición de Magallanes y Elcano se lanzó a buscar un paso que permitiese a los navíos rodear el continente americano y llegar hasta Asia. En Octubre de 1520 encuentran lo que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes y acceden al Océano Pacífico, llegando por fin a las Islas Filipinas. Tras varios conflictos con los indígenas, en los que muere el propio Magallanes, este conjunto de islas se convirtió en una importante base de operaciones para Felipe II desde la que su ambición y necesidades comenzaron a proyectarse sobre Asia. Sin embargo, frente a él se alzaba un gigante que dominaba una parte inmensa del territorio continental; mientras las monarquías más poderosas de Europa luchaban por construir una administración centralizada eficiente, el Imperio Chino contaba con una burocracia complejísima y perfectamente organizada con un control territorial y fiscal efectivo. En este momento, la dinastía Ming (1368-1644) apuntala los cimientos culturales de una vuelta a la identidad tradicional china, considerándose el punto de mayor esplendor político y económico del imperio. Pese a la centralización de la administración, cada provincia tenía un carácter económico, político y cultural muy definido, por lo que los intereses las élites imperiales y regionales entraron en contradicción cuando tuvieron que decidir cómo interactuar con los marinos que llegaban de Castilla y Portugal. Por otra parte, la realidad marítima de China era la de una antigua potencia naval que había dejado de serlo por la simple razón de que ya no le interesaba, la imponente flota de juncos que había ejercido un férreo control sobre el Pacífico ahora había dejado paso a unas aguas infestadas de piratas por las que los europeos debían navegar para comerciar con los súbditos del emperador asiático. Hay cálculos que estiman que, en temporada comercial, los piratas podían hacerse con más de 1.200 barcos de distinto tonelaje entre las costas de China y Japón.

En este contexto es en el que comienza la lucha de los castellanos por el control de esa encrucijada de rutas y pueblos que son las Islas Filipinas, un conjunto de unas siete mil masas de tierra de distintos tamaños en las que cientos de piratas se hacían fuertes. Con la llegada de Miguel López Legazpi en 1565 se inicia el primer plan para convertir la región en una base de operaciones segura y estable, se construye el fuerte de Santiago en Manila y se inicia una auténtica guerra contra la piratería. Por su parte, estos piratas chinos y japoneses se vieron atraídos por la actividad comercial y militar que se estaba desarrollando en las islas; además, si portugueses y castellanos conseguían afianzarse militarmente sería mucho más difícil asaltar barcos comerciales y proteger sus propios puertos francos. En 1574 el pirata chino Limahon (Li Ma Hong) inició una serie de invasiones masivas al norte de las Filipinas para atacar Manila y crear un reino propio, este fue el primer encuentro a gran escala de muchos otros que se habrían de suceder. Tras el fracaso de estas ofensivas, fueron los piratas japoneses (que habían sido equipados con armas de fuego por los portugeses) los que intentaron formar una nación pirata, también al norte de las Islas Filipinas, pero fueron detenidos en la Batalla de Cagayán (1582), donde un grupo de soldados castellanos liderados por un envejecido Juan Pablo de Carrión resistieron el asalto de casi un millar de piratas al mando de Tayzufú (Tay Fusa). El fracaso de estos intentos de invasión y la posterior cacería a la que se vieron sometidos no acabó con los piratas en la zona, pero si permitió la llegada de cierta estabilidad que ayudó a la consolidación de Manila como base de operaciones castellana en el Pacífico.

Cagayán ajustado

Viñeta de “Espadas del fin del mundo” sobre la Batalla de Cagayán. Fuente

Estos son los últimos compases del viaje hacia la mundialización, a partir de este momento comienza un intenso proceso de acercamiento entre todas las culturas del orbe que, no pocas veces, termina en choque. Episodios como el de las ejecuciones de cristianos en Nagasaki (1597) o los encontronazos con los navíos del sultán de Borneo, nos indican hasta qué punto hablamos de una realidad política y cultural que de repente se encuentra globalizada. Por otra parte, también asistimos a episodios de fascinación como el que nos relatan algunos testimonios ante la llegada a Nueva España de una delegación diplomática de Japón. El mundo abría sus horizontes y la imaginación se desbordaba, abundaban los mitos de seres fabulosos al tiempo que vemos como las ciencias naturales expanden sus conocimientos. Estamos ante un siglo de contradicciones, en el que cosas que antes parecían muy ciertas se tambalean. El mundo cristiano penetra con cierta incredulidad en sociedades y culturas que no conocen a Cristo y son incluso más poderosas que la ibérica; pero al mismo tiempo China y Japón tienen que hacer frente a una religión monoteísta terriblemente invasiva como es el catolicismo, un reto al que no se enfrentaban desde la expansión del islam y que ya puso al gigante asiático en graves problemas tiempo atrás. En el Sureste Asiático, esos mundos se daban la mano en las Islas Filipinas, donde la cultura europea y la china se mezclaron con la indígena hasta dar una sociedad nueva y variopinta en la que las élites eran castellanas pero la mayor parte de la población estaba compuesta por chinos que se habían visto atraídos por el floreciente comercio de Manila.

En este contexto, hay episodios históricos verdaderamente reseñables. Hechos tan relevantes como desconocidos por el público en general, pero debido a que aquí nos es imposible relatarlos todos nos centraremos en uno que por lo desproporcionado e inverosímil se convierte en un reflejo clarísimo de hasta dónde llegaba la ambición planetaria de Felipe II. Puede que la Monarquía Hispánica controlase una gran cantidad de territorios alrededor del orbe, pero eran dominios –en la mayoría de los casos– precarios, mal articulados administrativamente y dominados militarmente con mayor o menor éxito. Frente a él se alzaba un antiguo imperio que, si bien no abarcaba tanta extensión como la que reclamaba la corona ibérica (sobre todo tras la anexión de Portugal) era también gigantesco y perfectamente organizado, con una gran reserva de población y un ejército que podía ejercer un control efectivo y real sobre su territorio y los mares del Sureste Asiático. Pese a todo esto, es un hecho relativamente desconocido que el rey español quiso invadir China y, de hecho, estuvo a punto de intentarlo. Esta idea empieza a gestarse en la mente de algunos marinos cuando comprenden que la realidad de las Filipinas no es la misma que la de las Américas, allí no encontrarán abundantes ríos de oro, pero que pueden ser una buena base desde la que saltar a otras regiones más ricas. Será el misionero agustino Martín de Rada el primero en plantear directamente el proyecto de invasión al monarca, en una carta con fecha de 1569. De ese documento se extraen dos ideas fundamentales: la primera que, al contrario que con Japón, se ve a China como un imperio organizado pero pacífico; la segunda, que los españoles se sentían invencibles en aquel momento de la historia y que veían, incluso en la poderosísima China, una presa relativamente fácil de conquistar “con no mucha gente”. Pasaron los años y la idea apareció formulada más veces en misivas a Madrid, hasta que en el año 1588 se discute seriamente en una Junta de la Corte. Fue el teólogo, historiador y naturalista José de Acosta quién, al conocer el proyecto, se postuló en su contra y lo deslegitimó desde el punto de vista jurídico y teológico. La discusión entre los defensores y los detractores de la empresa fue acalorada, el rey escuchó ambas partes pero otros asuntos más urgentes requerían su atención: la invasión de Inglaterra con la Grande y Felicísima Armada. El desastre de esta flota coincidió con el fin de la Junta que trataba la invasión de China, el clima que se vivió en la Corte durante esos días enfrió los ánimos de los que buscaban la expansión asiática, ya que veían que no era el momento de negociar con el monarca nuevas aventuras militares. A cambio, la expedición Filipina volvió de Madrid con el apoyo del rey para implementar una administración eficiente de las islas y el establecimiento de una línea comercial sólida con Europa, gracias a la concesión de una serie de privilegios políticos y económicos. Poco a poco, se iría estableciendo el monopolio mercantil filipino con China y de ahí se pasaría al conocido Galeón de Manila, que conectaba las costas asiáticas con el mercado americano y europeo, en una de las rutas comerciales más importantes de la época.

Vemos pues un escenario mundializado, donde hechos políticos ocurridos en Europa pulverizaban proyectos en el Pacífico, o donde un cambio en la política otomana repercutía en el comercio americano con las rutas asiáticas. Para entender esta época es necesario ver más allá del prisma occidental, aunque a veces sea inevitable a la hora de hacer divulgación, intentando dar a entender que el mundo es una esfera sin centro e interconectada.

Bibliografía |

FONT, C. A., “Los piratas orientales como amenaza a la colonización hispana de filipinas”en: MONTOYA RAMÍREZ, M.I.; SORROCHE CUERVA, M.A. (eds.). “Espacios de tránsito: procesos culturales entre el Atlántico y el Pacífíco”, Granada: Universidad de Granada. 2014. pp. 147-156.

GRUZINSKI, S., “Las cuatro partes del mundo: Historia de una mundialización”, México: Fondo de Cultura Económica, 2011.

OLLÉ, M., “La empresa de China. De la Armada Invencible al Galeón de Manila”, Barcelona: Ed. El Acantilado, 2002.

Redactor: Ximo Soler Navarro

Historiador, escritor de novela, creador de contenido y fundador de Historia Idiota. Llego a este proyecto con muchísima ilusión y ganas de acercar el pasado al gran público, intentando conseguir un equilibro entre la rigurosidad y un lenguaje ameno y accesible. Especializado en Historia Moderna y gestión de patrimonio marítimo.

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1 Comentario

  1. Interesante y bien documentado artìculo que da cuenta de manera suscinta y cronològica de una època considerada como la de mayor esplendor y apogeo del imperio español, fue la era dorada de la penìnsula ibèrica.

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