‹‹Neutralidades que matan››. España en la Primera Guerra Mundial.

España antes de la guerra

España, 1914-1918. Para comprender la situación del país ante el estallido de la Primera Guerra Mundial es necesario ver, brevemente, en qué situación quedó tras su derrota en la guerra hispano-norteamericana de 1898. Aquella derrota dio paso a la denominada crisis del 98, que extendió un ambiente de decadencia entre la intelectualidad y buena parte de la clase política española sobre el futuro del país. España perdió sus últimas colonias en ultramar y pasó a ser considerada, por todas las potencias europeas, como un país de segundo rango. La realidad por entonces era que España debía olvidar el seguir aspirando a tener  un imperio colonial como sus homólogos europeos, puesto que había perdido todo el crédito político y militar en el juego de las relaciones internacionales. Ante este panorama las únicas salidas que la política exterior que la corona podía plantear pasaba por dos ejes muy concretos: buscar una alianza firme con alguna potencia colonial y evitar que la cada vez más difícil situación en el Marruecos español dificultase la política interna de un país que por entonces clamaba por emprender un proceso regenerador del sistema.

Caricatura representando a la nueva potencia emergente (EEUU) arracando las últimas colonias a la vieja potencia  (España). Fuente.

Caricatura representando a la nueva potencia emergente (EEUU) arracando las últimas colonias a la vieja potencia (España). Fuente.

La solución que la diplomacia española adoptó para tratar de tener voz en las relaciones internacionales fue mantener su papel de país tutelado por las directrices de Gran Bretaña y Francia. Esta dependencia de la diplomacia se hizo constatar de manera clara en 1910, año del estallido de la revolución portuguesa que derrocó la monarquía de los Bragança. El rey Alfonso XIII y los sectores más conservadores de la sociedad española adoptaron una postura beligerante con lo que estaba aconteciendo en el país vecino y exigían intervenir militarmente en apoyo de la depuesta monarquía lusa. Sin embargo, la oposición de los sectores liberales españoles, sobre todo la determinación del presidente del gobierno Canalejas y fundamentalmente la oposición británica a cualquier intervención española en Portugal, evitaron que España interviniera militarmente para combatir la revolución. Esto dejaba claro que España no podía dar un paso fuera de sus fronteras sin previamente consultar a sus ‹‹aliados›› y por supuesto era evidente que no contaba mucho en un tablero internacional que cada vez iba crispándose más ante las aspiraciones imperialistas y nacionalistas de las potencias europeas.

La neutralidad

Ante este panorama no resulta extraño comprender que en 1914, una vez estalló la Gran Guerra, España adoptara una posición neutral ante el conflicto. Esta posición responde a dos factores principales: el casi único interés por Marruecos y Gibraltar y la debilidad de la posición española en todos los aspectos de la política externa e interna. A esto debemos añadir que España no tuvo otra opción, ya que si bien Alfonso XIII viajó a Francia, Austria y Alemania para tantear algunas contrapartidas, pronto reparó en que estas eran muy pobres. Una de ellas fue la posibilidad de conformar una alianza monárquica europea que Alfonso XIII rechazó argumentando que:

‹‹[Ese principio] había pasado ya a la Historia, como lo demuestra nuestra guerra de Cuba, en que nadie salió en defensa de España››.

Por otro lado, las potencias democráticas directamente querían que España adoptase una neutralidad benevolente con sus países. Era normal que muchos personajes de la política española evidenciaran la debilidad del país en algunos escritos que comenzaron a propagarse rápidamente. Uno de los que mejor retrataron la posición en la que se encontraba el país ante el conflicto mundial fue el presidente español Eduardo Dato en una carta dirigida al rey:

‹‹Si la guerra de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿Cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?››

También era muy revelador el título de un artículo de apariencia intervencionista e ideológicamente postulado hacia un acercamiento español con Francia y Gran Bretaña, que el Conde de Romanones tituló Neutralidades que matan. Así como la frase acuñada por el político catalanista Francesc Cambó: ‹‹Somos neutrales porque no podemos ser otra cosa››.

La realidad de esta expresión no podía ser mayor, puesto que además de la narrada debilidad de la diplomacia española, lo cierto es que la mitad del ejército español se encontraba en Marruecos tratando de controlar su hegemonía siempre dificultosa en el protectorado norteafricano, y el 80% del presupuesto militar se empleaba en pagar salarios. Por lo tanto podemos afirmar que España, efectivamente, no pudo ocupar otro lugar que el de una neutralidad que como ahora comprobaremos sólo fue desde el punto de vista militar, puesto que la Gran Guerra sí tuvo consecuencias directas en la realidad de la sociedad española y en su economía.

Presidente Eduardo Dato despachando con el monarca Alfonso XIII. Fuente.

Presidente Eduardo Dato despachando con el monarca Alfonso XIII. Fuente.

Confrontación ideológica

A pesar de la neutralidad del país en el conflicto armado, la sociedad española no vivió al margen de lo que acontecía cerca de sus fronteras. De hecho, los españoles vivieron aquella Gran Guerra como si de una ‹‹guerra civil›› se tratase, según lo describió el propio Pío Baroja. La pregunta que podemos formularnos a priori resulta obvia: si España era neutral, ¿por qué buena parte de la sociedad estaba enfrentada entre sí? Una de las principales causas de dicha circunstancia se debió a la labor propagandística que los gobiernos beligerantes realizaron en los medios españoles, sin olvidar que entre 1914-1918 la masa social que consumía periódicos de masas era cada vez mayor. La influencia de la propaganda francesa fue mayor cuando estalló el conflicto; sin embargo, el imperio alemán realizó un importante esfuerzo con grandes inversiones económicas por lanzar propaganda pro germánica en España. La propaganda favoreció a la confrontación social de muchos españoles por lo que sucedía en los campos de batallas europeos, pero no lo fue todo.

La raíz del denominado enfrentamiento entre ‹‹aliadófilos›› y ‹‹germanófilos›› respondía a cuestiones ideológicas. Para la derecha socio-política Alemania representaba el orden y la autoridad que tanto valoraban para la política española. El portavoz de la tendencia ‹‹germanófila›› en el país fue el tradicionalista Vázquez de Mella, hombre que además de defender por convicciones la postura de Alemania en la guerra, era financiado por este país para que expandiera sus valores en España. Los seguidores más visibles de Alemania fueron la prensa conservadora y la mayor parte del ejército y del Episcopado. Todos pedían que España se sumara al conflicto del lado de Alemania. Para la izquierda sociopolítica española, apoyar a Francia y a Gran Bretaña era estar a favor de la causa ‹‹del derecho, la libertad, la razón y el progreso››, como diría el republicano Lerroux. Todos reclamaban intervenir a favor de uno u otro bando en la guerra, pero realmente la base del enfrentamiento socio-político respondía a unas cuestiones prácticamente nacionales, ya que conforme transcurría el conflicto daba la impresión que los adversarios de unos y de otros no eran tanto los alemanes o los franceses como los españoles que los defendían. Muchos intelectuales como Unamuno o Manuel Azaña integraron una liga antigermanófila que pretendía contribuir a eliminar en palabras del propio Unamuno: ‹‹La beocia troglodítica atudescada››.

Del lado germánico, Maeztu valoraba de Alemania su espíritu de nación católica. En todo este tenso ambiente algunos trabajaron para relajar la situación: figuras como el presidente Eduardo Dato y organizaciones obreras. El primero no dudó en recurrir a la censura o a la suspensión de las sesiones parlamentarias para tratar de rebajar la tensión que se vivieron en aquellos años de guerra mundial; las segundas, centraron su discurso en la neutralidad como actitud de rebeldía ante lo que consideraban una guerra de imperialismos y burguesía ajena a los intereses de los trabajadores.

Economía y consecuencias sociales

Pero si en el plano sociopolítico los efectos de la guerra mundial fueron negativos para España, no podemos decir lo mismo del plano económico. Sin lugar a dudas la neutralidad favoreció una importante expansión económica, ya que la guerra redujo la capacidad productiva de los países beligerantes y España se convirtió en suministradora de productos industriales y agrarios de todos ellos. El incremento de la demanda exterior estimuló el crecimiento de la producción, pero también trajo consigo un aumento de los precios (inflación). Los precios de los productos de primera necesidad se duplicaron durante los años de la contienda mundial y un ejemplo de ello fue el aumento del precio del trigo (cereal básico en la alimentación española) de un 72%. La demanda exterior, por lo tanto, benefició más a la siderurgia vasca, la minería asturiana y a la industria textil catalana (grandes empresarios e industriales) que a las clases más humildes del país; o lo que es lo mismo, la Primera Guerra Mundial propició el auge de la economía nacional que mejoró considerablemente los beneficios de un porcentaje minoritario de la población y, sin embargo, perjudicó al gran grueso de la población (campesinos, jornaleros, mineros, obreros, etc.). Aunque no es menos cierto que gracias a la presión sindical los trabajadores de las industrias pujantes vieron aumentar sus salarios, sin que esta circunstancia mejorara su calidad de vida sustancialmente.

Caricatura satírica de la época sobre la situación socioeconómica.

Caricatura satírica de la época sobre la situación socioeconómica. Fuente.

Conclusión

Si algo podemos sacar en claro, es que a pesar de que España fue oficialmente neutral durante la Primera Guerra Mundial, las consecuencias que dejó dicha contienda en el país parecen advertir justo lo contrario: incremento de las desigualdades sociales, mejora de la la balanza de pagos nacional, impulso de los sectores industriales; también dejó a la altura de 1917 una grave crisis política motivada fundamentalmente por el recurrente acto de represión y censura aplicado por el presidente Eduardo Dato ante la efervescencia de protesta social que desencadenaron las organizaciones obreras que por entonces comenzaban a crecer e influenciar más en la política española (1).

Caricatura satírica sobre el Presidente del gobierno Eduardo Dato. Fuente.

Caricatura satírica sobre el Presidente del gobierno Eduardo Dato. Fuente.

En este sentido no hay que olvidar que el triunfo a finales de 1917 de la revolución bolchevique en Rusia, por parte de una organización obrera, fue un gran referente para el incremento de la protesta antigubernamental de carácter obrero que tuvo su punto álgido en agosto de 1917 con la convocatoria de una huelga general que, en teoría, debía tumbar al gobierno y conformar un gobierno provisional. La huelga no logró tales propósitos.

Otro elemento que cobrará mucha fuerza a finales de la contienda mundial fue el auge de las protestas de carácter territorial, como en Cataluña, donde la Lliga Regionalista (2) y otras formaciones republicanas y socialistas conformaron en Barcelona la Asamblea de Parlamentarios catalanes el 5 de julio de 1917. Esta exigió la formación de un gobierno provisional que convocase cortes constituyentes capaces de reestructurar el Estado sobre la base de la descentralización. La Asamblea tampoco logró desarrollar sus objetivos planteados y fue también reprimida por el Estado.

A todo esto debemos sumarle el descontento creciente que existía en buena parte de la oficialidad del ejército español, que realizó un manifiesto en junio de 1917, en el que culpaba al gobierno de los males del ejército y del país y hacía un llamamiento a la renovación política, utilizando para ello un cierto lenguaje ‹‹regeneracionista››. Esto, sin lugar a dudas, sería un precedente de lo que acontecería años más tarde: el golpe de Estado del general Primo de Rivera, que vendría a ser considerado como el cirujano de hierro que autores como Joaquín Costa reivindicaron para solucionar los males de una España que desde 1898 no había levantado cabeza. La España de caciques y del bipartidismo alfonsino entró en una crisis profunda que no tuvo marcha atrás.

 (1) CNT: Confederación Nacional de Trabajadores, sindicato anarquista.

       PSOE: Partido Socialista Obrero Español, partido socialista-marxista.

       UGT: Unión General de Trabajadores, sindicato socialista vinculado al PSOE.

(2) Lliga Regionalista: partido catalanista y conservador de la burguesía industrial catalana.

Bibliografía|

TUSELL, JAVIER, “Historia de España en el siglo XX”, Madrid: Taurus, 1999.

JULIÁ, SANTOS, “Un siglo de España. Política y sociedad”, Madrid: Síntesis, 1999.

Redactor: Salvador Martín Expósito

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y actualmente cursando Máster en Historia Contemporánea. He sido Alumno Interno en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Mi perfil académico se inclina en el estudio de los fascismos europeos y español. Fundador y Director de Témpora Magazine.

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