Mujer y espacio público: La prensa del XIX

Aunque la visión generalizada de la España decimonónica sitúe a la mujer en un segundo plano, y en efecto esta lo tuviera, lo cierto es que las ya no tan nuevas tendencias historiográficas han permitido ampliar su traducción a una imagen no tan monolítica. De esta forma, la escritura se desvelaba como una vía de escape, una plataforma de acción que hacía visible en el espacio público al «sexo débil». La prensa femenina sería no el único vehículo para las escritoras y sus escritos, pero sí el más significativo.

A pesar del breve período liberal que España vivió a comienzos del siglo XIX, la prensa femenina no podría ser considerada una fuerza cultural hasta los años cuarenta. Si antes del gobierno fernandino la prensa masculina había experimentado un breve período de afloramiento, solo tenemos constancia de la publicación de un periódico femenino que se remonte al siglo XVIII: La Pensadora Gaditana, publicada entre 1763 y 1768 y firmada por Beatriz Cienfuegos. Se trata de una publicación periódica de corte  «feminista» que reivindicaba una posición diferente para la mujer española, motivo más que suficiente para que se convirtiera en centro de numerosas críticas. Aunque el nombre de su autora sea femenino no se han encontrado referencias en las partidas de nacimiento o testamento de la época que confirmen su existencia. Si bien el uso de un seudónimo no sería algo extraño dado el momento, el hecho de que no se hayan encontrado indicios claros ha propiciado que se dude de su sexo femenino.

Portada de la revista femenina, El Correo de la Moda. Fuente.

Portada de la revista femenina El Correo de la Moda. Fuente.

En lugar de experimentar un crecimiento progresivo, la prensa femenina viviría una regresión. Con el comienzo de la década ominosa y  como respuesta a la derogación de las leyes liberales vigentes en el período anterior, la censura se extendió a todos los ámbitos de la comunicación y la cultura. Con la regencia de María Cristina los liberales exiliados regresaron, la legislación se relajó y la tolerancia permitió la reapertura de universidades y periódicos. Salvo esta referencia y alguna que otra lámina sobre moda no podemos hablar del desarrollo de la prensa femenina, sería poco después con el reinado de Isabel II cuando la misma viviría su apogeo. La eclosión de la prensa femenina durante los cuarenta va acompañada de una incorporación progresiva de la mujer al ámbito de la escritura. Es cuestión de tiempo que las mismas alcancen puestos de responsabilidad hasta llegar a ser editoras o propietarias de los periódicos en los que participaban; tal es el caso de Angela Grassi, directora de El Correo de la Moda desde 1867 a 1874.

El salto de la mujer a la esfera pública, a través de la prensa como trampolín de visibilidad, lo explicamos gracias a la hegemonía del pensamiento liberal romántico. El nuevo Estado liberal que proponía y perseguía la construcción de dos destinos sociales excluyentes en función de la diferenciación sexual, otorgaba a la mujer autoridad sentimental, pues configuraba el amor y la ternura como campos estrictamente femeninos. Tal y como dice Susan Kirpatrick:

«Si el sentimiento era la especialidad femenina, si el carácter amoroso y confortante del hogar se identificaba con la psique femenina, las mujeres tenían algo que decir en la forja de un lenguaje que hubiera de representar todo el ámbito de la experiencia subjetiva. La autoridad que el sistema de la diferenciación sexual confería a la mujer burguesa era limitada y estaba cuidadosamente circunscrita, pero era real.» 

Esto se unía a la potenciación de la subjetividad —del yo— propia del romanticismo, que otorgaba a las mujeres una vía justificada para expresarse como sujetos con la citada autoridad sentimental, aunque no sin cierta contradicción.

El liberalismo español se esforzó para definir a la mujer como individuo no político a través de discursos normativos y normalizadores. Para ello se la convirtió en incapacitada intelectualmente hablando, algo que de alguna manera trascendió al romanticismo. El pensamiento romántico no concebía el genio de forma asexual, sino que éste se presentaba en clave masculina. Esto provocaba conflictos en la autoidentidad de algunas autoras, en parte debido a «la auto-/ab-negación que se suponía propia del sujeto femenino». El hecho de que el genio romántico únicamente fuera pensado en términos de masculinidad tuvo otras consecuencias. Se generalizó la idea de que originalidad e inteligencia eran incompatibles con la feminidad, de modo que si una mujer escribía existían dos opciones: la primera, que su escritura no fuera subrayable, con lo que reafirmaba su feminidad en tanto capacidad creativa limitada y reducida a temas superfluos; la segunda, que hicieran gala de un gran dominio de la palabra, y en ese caso, al reconocer su inteligencia negaran su feminidad, recordando aquí el «es mucho hombre esta mujer» que despertaba la Avellaneda en Bretón de los Herreros. La imposibilidad de aunar feminidad e inteligencia fue una constante durante todo el siglo; de hecho, es detectable un esfuerzo de las autoras porque se reconozcan en ellas los signos inequívocos de feminidad.

Caricatura hecha a Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Caricatura hecha a Gertrudis Gómez de Avellaneda. Fuente.

Los discursos científicos unidos a la concepción masculina del genio romántico contribuyeron a la configuración superflua e intrascendente de la feminidad y de todos los temas sobre los que la mujer pudiera tener alguna autoridad. El amor y la ternura se coinvertían en contenidos sobre los que la mujer podía hablar, pero al mismo tiempo se definían como cuestiones sin importancia. Se perfilaban dos caminos para la escritora: o bien se mantenía dentro de los parámetros adscritos a su representación cultural, es decir, se limitaba al movimiento dentro de los márgenes acotados como femeninos; o escapaba a los mismos y superaba el concepto de mujer alcanzando la consiguiente masculinización. La combinación de los discursos científicos sobre la inferioridad intelectual de la mujer con la presunción del genio masculino, y la imposibilidad, por tanto, de aunar feminidad e inteligencia alcanzó también a la idea de belleza. No es extraño que si la belleza total se pensaba como producto de la belleza física y moral, el exterior de la mujer no pudiera ser considerado bello si ejercía una actividad propia de un hombre, y no se mantenía dentro del ámbito circunscrito como femenino. La belleza, símbolo inequívoco de feminidad, se esfumaba de la imaginación si la palabra literata se asociaba al nombre de la autora en cuestión. Se trata de un motivo más que suficiente para que aquellas autoras, como la ya citada Gertrudis Gómez de Avellaneda, hicieran alusión a su belleza pasada o gala de la misma ante sus coetáneos, con el fin de afirmar además de su inteligencia, su ya aludida feminidad.

Este proceso traspasará el ámbito de la literatura, todos los comportamientos y prácticas sociales estarán atravesados por un sesgo de género que modelaba las identidades individuales y colectivas hasta hacerlas identificables con lo masculino o lo femenino. Las prácticas de resistencia que pretendieran o contribuyeran inconscientemente a diluir las diferencias construidas culturalmente entre los sexos fueron combatidas mediante discursos de ridiculización —como es el caso del dandy—, o de desprecio —objetivo que por ejemplo tiene el uso del término literata o la caricaturización de aquellas mujeres que ejercían prácticas atribuidas a los hombres.

Las mal llamadas literatas tuvieron un papel más que relevante en cuanto a la cristalización de la figura del ángel del hogar concebida con unas ciertas nociones de cultura y conocimiento, incluyendo la escritura, pues contribuyeron a la normalización de la figura de la autora en el entramado social decimonónico. Existe un proceso en el que la lectura que se hace de la mujer escritora experimenta una reconversión hasta tornarse tolerable: el que la mujer que utilizara la pluma en la década de los cuarenta resultara hilarante está estrechamente relacionado con que décadas más tarde se reconozca el trabajo de algunas autoras que, como Pilar Sinués de Marco, contribuyeron a la socialización del modelo femenino hegemónico. En definitiva, la primera generación de románticas de los cuarenta constituye un peldaño ineludible a la hora de explicar la transformación de determinados contenidos masculinos en femeninos, contribuyendo con ello a su visibilidad en los espacios públicos.

En adelante las mujeres se encontrarían con un espacio más amplio a la hora de expresarse. Así, aunque la política no dejara de ser un asunto consolidado como masculino, se posibilitaba el hecho de que las mujeres expresaran públicamente opiniones sobre aquellos temas considerados femeninos (desde la moda a la maternidad), o de cuestiones como la educación, ya fuera en calidad de enseñantes y educadoras, o en exigencia de la misma.

La prensa se convierte en plataforma y altavoz para los discursos en clave de mujer, del mismo modo, sirvió en más de una ocasión como paso previo a la redacción de una novela, tanto en la experiencia vital individual como en la colectiva. Al mismo tiempo, es necesario recalcar el valor de la prensa a la hora de difundir los discursos científicos sobre la mujer, pues es lógico que estas no tuvieran acceso directo a las obras médicas, lo que no impedía que compartieran la creencia en su «exquisita sensibilidad» o su «sistema nervioso dominante», motivo concreto por el que debía ser firmemente controlada ya que, como aparece en La Gaceta de las Mugeres:

 «La sensibilidad de la muger, fuente de sus placeres y sus penas, puede lo mismo conducirla por el tortuoso camino del vicio, que por el camino recto de la virtud: bien dirigida, puede hacer de la muger una heroína; mal dirigida puede llevarla á la prostitución.» 

La prensa funciona entonces como espacio discursivo con un papel importante en la apertura progresiva del horizonte femenino decimonónico que era la norma. Es necesario, sin embargo matizar el alcance social que pudo tener la prensa en el total de las mujeres españolas, pues en 1870 sólo el 9.6% de las mujeres sabían leer y escribir, y pese a que no podemos cometer el error de limitar a ellas el alcance de los discursos de la prensa, tampoco podemos suponer que llegaba a todas por igual.

Retrato de Lydia Cassatt leyendo un periódico. Fuente.

Retrato de Lydia Cassatt leyendo un periódico. Fuente.

Bibliografía|

Biblioteca Nacional Española: http://www.bne.es/es/Actividades/Ciclos/PiezaDelMes/Historico/Piezas2011/confepiezmarz2011.html

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KIRKPATRICK, S., “Las románticas: escritoras y subjetividad en España, 1835-1850, Madrid: Cátedra, 1991.

GABINO, J.P., “In principio erat verbum: El léxico caracterizados de la letraherida o la mujer anda en lenguas”, en  FERNÁNDEZ, PURA y ORTEGA, MARIE-LINDA (Ed. y dir.), La mujer de letras o la letraherida…2008, pp. 17-32.

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MESA GANCESO, D., “La singularidad del diario de Soledad Acosta”, Revista Iberoamericana, Vol. LXXVI, No 232-233, julio-diciembre 2010, pp. 913-937.

PERINAT, A., MARRADES, MªI., “Mujer, prensa y sociedad en España. 1800-1939“, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 1980.

SÁEZ MARTÍNEZ, B., “Críticos, críticas y criticadas: El discursos crítico ante la mujer de letras”, en  FERNÁNDEZ, PURA y ORTEGA, MARIE-LINDA (Ed. y dir.), La mujer de letras o la letraherida. Discursos y representaciones de la mujer escritora en el siglo XIX, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, pp. 33-52.

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Redactor: Blanca Entrena

Licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla. Máster de Estudios Históricos Avanzados en Contemporánea. Especialmente interesada en estudios culturales y de género. Podéis comunicaros conmigo utilizando Twitter (@wollyblanki).

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