Matthew Paris y la crónica universal

Hay momentos en que la Historia nos sorprende, nos esconde pequeñas maravillas en el enorme mapa del tiempo para que las encontremos y disfrutemos. Quizás en el mundo anglosajón sea conocido, pero para nosotros la figura de Matthew Paris (c.1200-1259) es uno de esos pequeños misterios.

Al norte de Londres, en la región de Hertfordshire, se encuentra el pueblo de St Albans, un apacible lugar en que nos encontramos, casi de improviso, con una gran catedral —de hecho, con la nave más larga de Inglaterra— que hace que nos planteemos una simple pregunta: ¿por qué?

St Albans fue, a lo largo de la Edad Media, una de las sedes religiosas más importantes de Inglaterra, sólo inferior a Westminster en cuanto a poder y riqueza. Fue propietaria de una gran cantidad de terrenos, pueblos, y la propia ciudad de St Albans, la cual el abad gobernaba directamente. Era uno de los pocos monasterios benedictinos totalmente exentos del pago de impuestos y sujetos exclusivamente a la autoridad de Roma. Esto, en la práctica, significaba que tenía una gran autonomía y también que más de una vez tuvo problemas con los obispos de alrededor.

Fue en este monasterio donde, a principios del siglo XIII, un joven comenzó su andadura como monje: Matthew Paris. Nacido aproximadamente en 1200, entró a formar parte del monasterio con diecisiete años. Nada se sabe de su procedencia: pese a su apellido, no es de origen francés (se trata, curiosamente, de un apellido relativamente común en Inglaterra en este periodo); se le podría relacionar con la Universidad de París, pero también esto es pura especulación. Lo cierto es que es muy poco lo que sabemos sobre sus orígenes y sus primeros años en St Albans.

Autorretrato de Matthew Paris. Fuente.

Autorretrato de Matthew Paris. Fuente.

Antes de la llegada de Paris a Hertfordshire hubo un importante historiador en St Albans, Roger de Wendover, que recopiló en su obra Flores historiarum (Flores de la Historia) una recopilación de la historia del mundo desde su creación. Matthew,  en principio, continuó el trabajo de su predecesor, pero pronto empezó a dejar su propia huella y eso le llevó a embarcarse en un ambicioso e innovador proyecto: escribir la historia del mundo hasta sus propios días. A esta monumental obra la llamó Chronica majora (Crónica Mayor), y fue su obra más importante, aunque no la única. También escribió vidas de santos —como la Vitae Sancti Albani—, versiones abreviadas de la Chronica —como la Abbreviatio chronicorum, historia de Inglaterra Historia Anglorum y una crónica de los abades de St Albans (Gesta Abbatum).

Quizá lo sorprendente no es que dedicara su vida a escribir sobre hechos pasados y presentes, sino que fue el absoluto autor de sus manuscritos: los creó, escribió y adornó personalmente, por lo que podemos observar directamente la creación de Paris tal y como él la concibió. La Chronica majora está organizada por años, con una compleja notación que remite al lector a otro libro —el Liber additamentorum donde se encuentran copiados documentos de todo tipo que utiliza como fuente. Además, acompaña el texto de mapas —incluyendo uno de los primeros mapas que se conservan de Inglaterra— y dibujos que revelan sus excepcionales cualidades como artista. Se podría decir, en conjunto, que escribió Historia siendo lo más fiel posible a los hechos y acompañando su relato de copias de documentos, algo que sin duda da un matiz de modernidad a su trabajo.

Mapa de Inglaterra de M. Paris. Fuente.

Mapa de Inglaterra de M. Paris. Fuente.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que seguimos en el siglo XIII. Su visión de la Historia y de su función está imbuida de la cultura medieval que respiraba. Por ello, es fundamental para él que sus obras sean fuente de moralidad y que los hechos narrados sean ubicados en un todo como es la creación divina. De hecho, en el prólogo de la Chronica majora indica que su objetivo es contar un conjunto de hechos para el beneficio y educación de aquellos que vinieran tras él, para que se beneficien de su relato. Por tanto, la Historia es una instrucción moral, una ciencia práctica de la que los seres humanos nos podemos beneficiar para acercarnos a Dios. Es por esto que hay ocasiones en las que el relato de los hechos es alterado o los documentos copiados son modificados: todo sirve a un propósito moral superior que pasa por encima incluso de la veracidad de los hechos mismos. Así y todo, Matthew Paris nunca se planteó que faltara a la verdad, y considera que:

‹‹La suerte de los historiadores es sin duda compleja, pues si dicen la verdad, irritan a los hombres, y si escriben falsedades, ofenden a Dios››

Dicho esto, es sumamente interesante la forma en que Paris expresa su opinión personal en sus escritos o, mejor dicho, su ira hacia ciertos personajes de su tiempo como el rey o el papa. No se reprimió a la hora de expresar sus sentimientos hacia estos importantes personajes que, en su opinión, no eran dignos de su cargo. En el caso del rey, Enrique III (1216-1272), una de sus directas críticas a su gestión se halla en la descripción de un parlamento en Londres en 1248:

‹‹Se culpó al rey, no sin razón, de tomar por la fuerza todo lo que necesitaba como víveres, bebida – especialmente vino -, e incluso vestimenta, contra los deseos de los vendedores y propietarios de esas cosas. […] Por esto el señor rey es maldecido por todos y cada uno, por el peligro y desgracia que supone a sí mismo y al reino››

En cuanto al papa, la inquina de Paris se dirigió en concreto hacia la institución del papado y de los cardenales y, por extensión, de la curia romana, en la que veía un avaricioso instrumento de extorsión y robo indiscriminado. Encontramos en sus escritos ejemplos como ‹‹La corte papal apesta hasta el Cielo›› o ‹‹Estos y otros detestables procedimientos —para nuestra vergüenza y tristeza— surgieron en este momento de la fuente sulfurosa de la iglesia de Roma››.

Lo más sorprendente de sus acaloradas opiniones es que con Enrique III tuvo una estrecha relación personal. De hecho, en las varias veces que el monarca pernoctó en St Albans, Paris se reunió con él para discutir diversos temas. Es quizás por esta razón que hacia el final de su vida censuró los ataques más directos hacia el rey que había escrito en años anteriores.

Además de con el rey, tuvo ocasión de conversar con la reina y con diferentes cargos de importancia en la administración real y episcopal, consiguiendo acceso a libros y a registros documentales. De hecho, al extenderse la noticia de que estaba realizando una crónica de gran envergadura, muchos personajes de diversa procedencia quisieron reunirse con Paris para, así, ser mencionados en su libro. Esto enriqueció su texto con anécdotas, detalladas descripciones de lugares en los que el monje nunca había estado, y de eventos en los que no participó; y también exageraciones incluidas por los informantes para darse mayor importancia de cara a la posteridad.

Y aunque permaneció la mayor parte de su vida en Inglaterra, Matthew vivió en 1248 una importante aventura que le llevó nada menos que a Noruega. Allí, el monasterio de S. Benet Holm (Nidarholm) estaba en una delicada situación económica que llevó a su abad a huir llevándose consigo el sello oficial. El rey de Noruega Haakon IV (1217-1263) intervino a favor de los monjes y envió una delegación a Inglaterra en la que pedía la intervención personal de Matthew Paris para que reformara el descarriado monasterio. Las razones por las que solicitó la ayuda específicamente de Paris son un misterio, pero lo cierto es que éste embarcó hacia Bergen y trabajó en el monasterio durante unos meses. No hay documentación alguna conservada sobre este hecho, lo cual crea dudas sobre su autenticidad. Sin embargo, el detalle de la descripción del viaje —incluido un incendio que ocurrió en Bergen a su llegada— hacen pensar que sí que tuvo lugar. Él mismo relata que la delegación noruega explicó por carta al papa:

‹‹[...] Por lo tanto requerimos a cierto monje de ese monasterio [St Albans] llamado Matthew, de cuya prudencia y lealtad tenemos prueba, como nuestro reformador e instructor […]››

Al final del año 1250 de la Chronica majora, Paris quiso terminar su proyecto, y lo hizo con un poema. Se arrepentiría de ello y continuaría con su crónica unos años más, pero no deja de conmover la bella simplicidad de sus palabras:

Matthew Paris en su lecho de muerte. Fuente.

Matthew Paris en su lecho de muerte. Fuente.

La crónica de Matthew termina aquí,

y el año jubileo envía

reposo desde los cielos:

Que el descanso le sea dado,

Aquí en la tierra, y arriba en el Cielo,

Cuando allí ascienda.

 

Matthew Paris murió en 1259 no sin antes haber terminado el anal de ese año y haberse representado a sí mismo en su lecho de muerte. ‹‹Aquí muere Matthew Paris››, se puede leer sobre su cabeza.  Junto a su cama, un ejemplar de su crónica, la obra a la que dedicó su vida y que, tal como era su deseo, le salvó a él y a su historia del olvido.

Bibliografía|

BRYANT, W. N., “Matthew Paris, chronicler of St Albans”, History Today (19:11, pp. 772-782), London: Patterson, 1969.

VAUGHAN, Richard, “Matthew Paris”, Cambridge: Cambridge University Press, 1958.

VAUGHAN, Richard, “Chronicles of Matthew Paris: monastic life in the thirteenth century”, Nueva York: St Martin’s Press, 1984.

WEILER, BJÖRN, “Matthew Paris on the writing of History”, Journal of Medieval History (nº 35, pp. 254-278), Southampton: Elsevier, 2009.

WEILER, BJÖRN, “Matthew Paris in Norway”, Revue Bénédictine (vol. 122:1), Bélgica: Abbeye de Maredsous, 2012.

Redactor: Manuel Muñoz García

Licenciado en Historia y máster en 'Documentos y libros, archivos y bibliotecas' por la Universidad de Sevilla, y actualmente cursando estudios de doctorado en Paleografía en King's College London. Apasionado de la Edad Media y la escritura.

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