Más que Grandes Piedras: Consideraciones en torno al Megalitismo peninsular (II)

Con mi anterior contribución inicié una serie de artículos relacionados con el Megalitismo peninsular, en ella traté aspectos generales sobre dicho fenómeno. En esta nueva aportación vamos a aproximarnos a las teorías e interpretaciones sobre ¿cuáles fueron las motivaciones que llevaron a las sociedades tribales a construir este tipo de monumentos? y ¿quiénes fueron esos constructores?

A finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, desde los postulados del Historicismo-Cultural, con su visión “aséptica” de la Historia, se concebía el Megalitismo como la manifestación cultual de una civilización, la cual sepultaba a sus difuntos en enterramientos colectivos conformados con grandes piedras. El debate en esa época se centraba en el foco originario de los megalitos.

Por un lado, existía un grupo de investigadores que planteaban un origen autóctono para las construcciones megalíticas portuguesas. Autores como E. Cartailhac o Pere Bosch Gimpera pensaban que las comunidades neolíticas del oeste peninsular habían evolucionado a partir de los grupos mesolíticos, extendiéndose el ritual por el resto de la península.

La otra postura era la de un origen exterior, concretamente en Oriente. En la Península Ibérica desde finales del siglo XIX, con los trabajos de Luis Siret, se consideraba el origen de los sepulcros de falsa cúpula del sudeste peninsular el Oriente, aceptándose esta propuesta de manera generalizada. En esta línea, H. Obermaier, aunque influido también por Gimpera, plantea una hipótesis que situaba la génesis en Oriente, pero otorgándole una gran importancia a las relaciones de los constructores con las poblaciones autóctonas.

Los planteamientos difusionistas de V.G. Childe serán los más aceptados en la primera mitad del siglo XX.  Para este investigador la sociedad megalítica procedía del Egeo, eran colonizadores en busca de metales que llegaron al occidente europeo trayendo consigo sus costumbres funerarias y la “religión megalítica”. Se basó en la semejanza entre la arquitectura funeraria micénica, los tholois como el Tesoro de Atreo, y las construcciones megalíticas de falsa cúpula como El Romeral o el Newgrange. Los modelos del Egeo serían el patrón a seguir, considerando los monumentos megalíticos como malas copias.

Tholos de El Romeral (Antequera) y Tesoro de Atreo (Micenas) Fuente:http://www.uned.es/geo-1-historia-antigua-universal/GOLONDRINA_IMAGENES.htm

Tholos de El Romeral (Antequera) y Tesoro de Atreo (Micenas) Fuente

El difusionismo concebía que las innovaciones se dieran en un momento y espacio concreto, difundiéndose desde estos focos originarios a los demás territorios. Además, existía una identificación entre “cultura material” con “pueblo-etnia”, buscándose los orígenes en los centros civilizadores de Oriente Próximo (Ex Oriente Lux), contemplando en los movimientos de las poblaciones y las influencias de la “alta cultura”. Estas ideas difusionistas siguen estando vigente en los nuevos planteamientos, diluyendo su rango de acción y transformando en “olas de avance” la difusión de los elementos culturales, tal y como siguen explicando desde posturas funcionalistas y postprocesuales. La hipótesis de las “colonias” se reforzó en la P. Ibérica con la excavación de poblados como Zambujal, Vila nova de Sao Pedro y Los Millares, ya que se  concebían estos enclaves coloniales los puntos de dinamización de las culturas indígenas locales. Las investigaciones en el sudeste y en el estuario del Tajo muestran grandes paralelismos formales entre los asentamientos calcolítico de ambas regiones. Estos parecían mostrar la presencia de “pequeños grupos de prospectores de metal”, la cual quedaría documentada arqueológicamente a través de las innovadoras construcciones domésticas y defensivas, como son las murallas, bastiones y torres, las cuales reflejarían el enfrentamiento entre los colonizadores y los indígenas, anclados todavía en un estado cultural neolítico, por la implantación de los primeros que defendían sus riquezas metalíferas. También se vinculaban a estos “colonizadores” la edificación de sepulcros de falsa cúpula. La presencia de este elemento foráneo habría promovido profundas modificaciones en la estructura social de las sociedades autóctonas. Una postura intermedia fue la del matrimonio Leisner, B. Blance, o E. Sangmeister. Proponían un origen autóctono para los sepulcros configurados con ortostatos, y para los de falsa cúpula o “tholois” un origen externo, tal y como lo planteaba G.V. Childe. Los Leisner desarrollaron una magna labor de documentación de monumentos megalíticos por toda la península, ahondando en el conocimiento de los sistemas constructivos y en los ajuares, estableciendo diferencias cronológicas y culturales.

La aparición en los años cincuenta del siglo pasado de la datación por Carbono 14, descubierta por W.F. Libby en la Universidad de Chicago, desmontó esta visión difusionista del origen del Megalitismo. Las cronologías que el C14 daba para las construcciones megalíticas eran dos milenios más antiguas cuanto menos que las tumbas micénicas. Esto provocó que investigadores como C. Renfrew y G. Daniel a mediados de los años 70 del s. XX, tras una revisión de las cronologías, planteara un origen multifocal y occidental del megalitismo. Es una teoría de marcado carácter autoctonista y funcionalista. Las tesis de ambos autores defienden que la génesis de construcciones megalíticas se produjo en diferentes lugares de forma autónoma, planteando una serie de focos originarios: sur Península Escandinava y Jutlandia, suroeste de Gran Bretaña e Irlanda, zona de Bretaña, y por último, el sur de Portugal y el occidente de la Península Ibérica. Por tanto, se retoman los estudios sobre enterramientos mesolíticos como base del Megalitismo, tal y como ya había indicado Bosch Gimpera entre otros. Los estudios de C. Renfrew, que impulsaron las investigaciones sobre el Megalitismo, lo asociaban al neolítico, relacionándolo con modelos parentales en los que  los megalitos serían un mecanismo de delimitación territorial en el interior de las sociedades segmentarias, a través de los cuales se reafirmaba la cohesión interna del grupo.

Fuente:http://1.bp.blogspot.com/-z_0OkS-o7UQ/U20mnXiYx_I/AAAAAAAAAbc/NuhxXNNRoSM/s1600/Fenomeno+Megalitico+en+Andalucia.png

Mapa de expansión del fenómeno megalítico en Europa. Fuente

Para los funcionalistas, el Megalitismo es la práctica funeraria de los campesinos de la Europa occidental. La competencia por las tierras de cultivo lleva a que los grupos reivindiquen la posesión del territorio mediante el levantamiento de grandes monumentos a los antepasados, legitimando el control de la tierra mediante los ancestros. La complejidad de las construcciones estaría ligada a la propia complejidad de la sociedad que las construye, evidenciándose en los ajuares la aparición de una desigualdad social. El Funcionalismo aporta un interés por  conocer la estructura social y económica de los constructores, considerando que las prácticas funerarias de las sociedades guardan relación con la complejidad social de la misma.

Dentro de la corriente funcionalista, donde la cultura se presenta como un mecanismo de adaptación,  R. Chapman planteaba que los megalitos son una necesidad de expresión externa en un contexto de presión por ocupar las mejores tierras. Estudiando a partir de Los Millares y el sudeste, un proceso de incremento de la complejidad social, tal y como se hace patente en los ajuares a través de los objetos de prestigio.

Desde el materialismo histórico se ha valorado las construcciones funerarias como inversión de trabajo, incidiendo en los elementos que evidencian valores de prestigio social como los ajuares y el esfuerzo colectivo empleado en la construcción. En función del estudio de estos ajuares parece constatarse como se produce un proceso de jerarquización social conforme se consolidan las actividades agropecuarias.

Autores de corte neomarxista como Tilley plantean que el Megalitismo y el ritual de inhumación colectiva pretenden enmascarar la desigualdad y legitimar el poder de una élite en un contexto de desigualdad social. Tilley, en su estudio sobre los megalitos suecos relacionaba estas construcciones con el ejercicio del poder en el seno de las pequeñas comunidades neolíticas por parte de individuos que enmascaraban este poder mediante rituales asociados a los megalitos.

En este sentido, en relación con el enmascaramiento de las diferencias de clase a partir del ritual de inhumación colectiva, desde los años noventa del siglo XX en el sudeste de la Península Ibérica viene trabajando J.A. Cámara. Sus investigaciones enmarcadas en el materialismo histórico ponen de manifiesto que los monumentos megalíticos suponen un mensaje de poder evidente por su apariencia, su perdurabilidad y su capacidad de exhibir claramente el poder más allá de las ceremonias, aunque el significado se transforme con el tiempo. Suponiendo una justificación de la apropiación del espacio y de las fronteras establecidas. El ritual funerario es el mecanismo utilizado para neutralizar las contradicciones existentes en la sociedad. Es por tanto concebido como un mecanismo de control social por la ideología dominante, que tiende a justificar el esfuerzo empleado en movilizar recursos para el difunto, reflejo de su papel en el seno del grupo.

Ajuar tumba 40 de Los Millares. Fuente: https://lh5.googleusercontent.com/-EzoQylxLOQk/T7qUJXBl1fI/AAAAAAAAP1Y/ZQ05YQmV8g0/s1600/Los%2520Millares%252C%2520Almer%25C3%25ADa.%2520Ajuar%2520tumba%2520n%25C2%25BA%252015%2520y%252040..jpg

Ajuar tumba 40 de Los Millares. Fuente

Por su parte, la arqueología postprocesual insiste en lo “simbólico”, donde la cultura material es concebida como una escritura que es desentrañada e interpretada por los arqueólogos. Esta visión neoidealista reivindica el papel de lo individual. Desde estos postulados postmodernos, I. Hooder y Richard Bradley plantean como origen del Megalitismo una evolución desde las casas largas (long house) de la Linearbandkeramik (LBK) a los Long Mound (túmulos alargados con enterramientos interiores y sin acceso desde el exterior). El parecido entre la morfología de las “casas largas”, de la sociedad neolítica que ocupó el territorio del Danubio y su cuenca entre finales del VIº y el Vº milenio a.n.e., y los primeros Long Mound es lo que llevó a generar esta hipótesis. Se relacionaba con una vinculación entre el mundo de los vivos con el de los muertos; ya tras la muerte de alguien importante dentro de la tribu en la LBK, los familiares abandonaban la casa con el difunto en el interior, dejando que esta construcción con el paso del tiempo diese lugar a un montículo o túmulo de escombros. Para Bradley, la semejanza entre esas casas derruidas y los Long Mound, así como la construcción de zanjas delimitadoras, son la evidencia de que el Megalitismo surgió en la zona de contacto de la sociedad de la LBK y los mesolíticos del norte de Europa. A la par que se difunde las innovaciones neolíticas, se genera y expande el Megalitismo. Tanto para Bradley como para autores peninsulares, como Delibes o Rojo, la complejidad del rito guarda una relación directa con la complejidad arquitectónica.

La Arqueología del Paisaje, de corte postmodernista, contempla el Megalitismo como un paisaje construido socialmente por grupos neolíticos de amplia movilidad y economía muy diversificada. Los monumentos megalíticos actúan como elementos definitorios de dicha movilidad, delimitan un paisaje. Durante agregaciones poblacionales de carácter puntual ligadas a los ciclos de la movilidad territorial se levantan dichas estructuras funerarias. Felipe Criado considera a los megalitos como una creación material de carácter monumental que representa una forma de configurar el tiempo y el espacio social. Formaría parte de un concepto de monumentalización social del espacio por parte de las nuevas comunidades neolíticas, dando lugar a un paisaje monumental. Hay una necesidad de garantizar la explotación de los recursos a las generaciones futuras, actuando los megalitos como elementos de identificación ancestral de los derechos de la comunidad sobre la tierra. Esta perspectiva espacial es de marcado carácter idealista y reduccionista, primando la superestructura ideológica.

Mámoa de Casa da Moura. Fuente: http://diariodeunmedicodeguardia.blogspot.com.es/2012/06/de-medicos-e-arbores-senlleiros-nas.html

Mámoa de Casa da Moura. Fuente

Para José Enrique Márquez, el Megalitismo no es un todo, sino que hay que diferenciar entre sistemas constructivos y rituales de enterramiento. Mientras que los enterramientos colectivos responderían a las sociedades neolíticas clánicas, y a la necesidad de delimitar territorialmente el acceso grupal a la tierra o los recursos. Por su parte, el Megalitismo como técnica constructiva parte de un concepto de perdurabilidad, adquiriendo una vinculación con los antepasados, relacionando la vida y la muerte.

Desde la Arqueología Social planteamos una relación directa entre el mundo de los muertos y el mundo de los vivos. Por ello creemos que es imprescindible la asociación del fenómeno megalítico con los análisis basados en aspectos socieoeconómicos, acercándonos de primera mano a una comprensión de los modos de producción y de vida de las sociedades que los construyeron. Los registros funerarios nos reportan información de las condiciones de vida de los vivos, por tanto tenemos que incidir en la valoración del costo de trabajo invertido en la construcción de las estructuras y en la obtención de objetos singulares. El Megalitismo hay que vincularlo al tránsito de las sociedades tribales a las sociedades clasistas iniciales, que derivaran desde lo colectivo de finales del neolítico hasta lo individual en el bronce.

En definitiva, desde la Arqueología Social lo que nos interesa es la organización social de las formaciones socioeconómicas, entendiendo el Megalitismo en el seno de la consolidación del modo de producción agropecuario y el surgimiento de la especialización, vinculándolo con las contradicciones sociales que se generaran derivado de estos procesos.

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Redactor: Serafín Becerra Martín

Arqueólogo profesional y doctorando de la Universidad de Cádiz. He desempeñado trabajos en el campo de la gestión y difusión del patrimonio arqueológico. Mis áreas de interés son la Prehistoria Reciente y la teoría arqueológica.

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