Martín Lutero: 500 años de la reforma que cambió Europa.

El 31 de octubre de 1517 el monje agustino Martín Lutero colgaba sus 95 tesis, que resumían su pensamiento sobre la necesidad de reformar la Iglesia católica, en la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg. Quinientos años más tarde queremos recordar esta importante fecha en Témpora Magazine con un artículo de colaboración que pretende reconstruir no solo el clima de tensión política, social y religiosa de la Europa del momento, sino también la potencia y consecuencias de un movimiento reformista sin precedentes -al menos sin precedentes en lo que a su magnitud se refiere-. Como siempre, esperamos que sea de vuestro agrado y que sirva para recordar un acontecimiento que cambió la Europa -y el mundo- de su momento, e incluso de siglos posteriores.

Lutero y el camino a la Reforma, por Francisco José García Pérez.

Eran muy pocos los que cuestionaban las bases mismas de la Iglesia a comienzos del siglo XVI. En toda Europa, el imperio de la fe no tenía parangón y su sede madre, Roma, era el único faro guía. Allí residía el representante de Dios en la tierra, el papa, que desde la silla de San Pedro sujetaba las riendas de la Iglesia católica. Sus deseos eran incuestionables, su voluntad respetada y su ira temida por todos. La pena de excomunión revoloteaba como una sombra sobre todos los que cuestionaran los designios papales. Incluso reyes y emperadores habían sufrido las consecuencias por desafiar al papa de Roma. Y por supuesto todos aquellos que intentaron plantear reformas terminaron, muchas veces, ardiendo en las llamas. Quizás por eso, León X no esperaba la noticia que estaban a punto de darle aquel año de 1517. En una pequeña ciudad alemana, un fraile entre muchos había colocado un papel en la puerta de la iglesia parroquial. Se trataba de 95 tesis que iban a provocar un escándalo inimaginable, haciendo tambalearse todo lo construido durante siglos. Martín Lutero atacaba en aquel escrito las mismas bases de la Iglesia católica, denunciando abusos demasiado aceptados y construyendo, quizás sin proponérselo, una nueva Iglesia. Pero ¿qué denunciaba este hombre que se había atrevido a cuestionar la voluntad del mismo papa? ¿Por qué en aquel momento?

Mucho se hablaba de Roma en toda Europa. La corte papal era famosa, y no precisamente por su virtuosismo. Un papa tras otro, estos grandes señores quisieron jugar también su papel en la alta política, olvidando muchas veces que en sus manos descansaba el destino de miles de personas. Manteniendo a sus rameras ocultas, criando a sus hijos en secreto y apartándose de los pasos de Cristo, los papas de Roma habían llegado muy lejos para asegurar todo su poder. De hecho, mientras Lutero sufría una profunda crisis y se preguntaba por qué las cosas eran como eran, León X tenía un gran sueño: construir una nueva basílica, símbolo del poder de la Cristiandad y la esencia misma de que era allí y en ningún otro sitio donde descansaba la autoridad de la Iglesia. La basílica de San Pedro era una gran ambición, toda una belleza inimaginable, pero también una fuente constante de gastos. Las arcas del papado no podían costear el sueño de León X. Por eso, este ingenioso papa puso sus ojos en las indulgencias.

Basílica de San Pedro en la actualidad. Fuente.

Basílica de San Pedro en la actualidad. Fuente.

Desde siempre, la población cristiana había estado obsesionada con la salvación. Todo acto, por pequeño que fuera, estaba vigilado por un Dios justo, que decidía el destino de cada persona. A unos les esperaba el paraíso, un lugar mucho mejor que el que conocían, pero otros se verían condenados a vivir eternamente en los reinos infernales. Y eso Roma lo sabía. Las indulgencias permitían a cualquier persona purgar sus pecados para sí misma o para un familiar o amigo. Durante la Edad Media, la venta de indulgencias estaba fuertemente controlada y solo ciertos pecados podían perdonarse con dinero. Pero eso era precisamente lo que más necesitaba el papa León, así que el pago del perdón se extendió como nunca antes. Los enviados papales se ocuparon de atemorizar al pueblo para llenar sus arcas, que iban a ir directamente al gran proyecto de León X. Entre ellos, uno de los más famosos era el dominico Johann Tetzel, que recorría Alemania asustando a aquellas gentes humildes. Incluso organizaba pequeñas representaciones teatrales para enseñar a esos pobres pecadores lo que les esperaba en el infierno. Solo tenían que pagar indulgencias y sus almas serían perdonadas.

Pero Martín Lutero no comprendía aquella situación. La salvación le obsesionaba, le consumía. ¿Cómo podía comprarse la salvación? ¿Cómo permitía Dios aquello? ¿O es que ese asunto de las indulgencias no era obra de Dios, sino un error fatal de los papas? Fue así como se abrieron las puertas hacia un nuevo mundo totalmente distinto, repleto de violencia e importantes cambios. Colgando aquellas 95 tesis, Lutero criticaba abiertamente la venta de indulgencias, declaraba la guerra misma al papa y se adentraba en un juego muy peligroso. Por supuesto, no ignoraba que otros muchos habían muerto por reclamar el regreso a la Iglesia primitiva, a los días de Cristo, a una fe que parecía haberse olvidado. Pero Lutero era un hombre enérgico, obsesivo y estaba seguro de que hacía lo correcto.

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Ilustración de Martín Lutero. Andrés Arteaga Parejo (cc).

La respuesta de León X no pudo ser más contundente. El fraile alemán debía retractarse de inmediato o sería considerado hereje, el peor de los castigos para un cristiano, previo paso a la excomunión y su expulsión de la Iglesia. Pero cuanto más le presionaba el papa, más sabía Lutero que ese era el camino a seguir. Además, tenía un arma muy poderosa: la imprenta. Al igual que hoy en día internet es el canal más efectivo para el intercambio de información, la imprenta lo fue para el siglo XVI. Las 95 tesis empezaron a expandirse imparables, como si de una mecha se tratara. Aquellos que las leían empezaban a preguntarse cosas, a dudar, a cuestionar la misma autoridad del papa. Finalmente llegó la excomunión. León X, ávido cazador en su tiempo libre, comparó a Lutero con un jabalí desbocado, al que había que cazar. Una vez condenado, solo quedaba una cosa por hacer: atrapar al hereje y juzgarlo.

Pero Lutero no se retractó. Todo lo contrario, dio un paso más allá y escribió ahora a la nobleza alemana. Sus escritos recorrieron imparables los territorios del Sacro Imperio. La imprenta se ocupaba de ello. Aquel rebelde describió a los grandes señores de Alemania cómo era la Roma que ellos tanto defendían. Ya que Lutero había visitado la Santa Sede en su juventud, ofreció una imagen muy clara: comparando Roma con la ciudad de Babilonia, hablaba del papa como un soberano déspota y avaricioso, siempre rodeado de innumerables secretarios. Era precisamente a aquella ciudad en decadencia, que ahora simbolizaba la nueva basílica en construcción, donde iba a parar el dinero de los poderosos señores alemanes.

Lutero pronto se ganó partidarios. Federico de Sajonia, que precisamente era señor de la Universidad donde Lutero enseñaba, había caído fascinado por sus mensajes incendiarios, hasta el punto de que se ofreció a protegerle de las autoridades papales. Pero también aparecieron temibles adversarios. Porque los escritos de Lutero no se detuvieron solo en los grandes príncipes, sino que llegaron a las manos del mismísimo emperador del Sacro Imperio. En 1520, Carlos V, un joven de diecinueve años y recién coronado, se consideraba un paladín y protector de la fe católica. Por eso, el asunto de Lutero le preocupaba sinceramente. Su primera idea fue apresarlo y entregarlo a las autoridades papales, pero el hábil Federico de Sajonia se reunió con él y le dio otra idea: ¿por qué no se sentaba con Lutero y le escuchaba en la próxima Dieta que iba a organizarse en la ciudad de Worms? ¿Por qué no dejarle que explicase sus motivos ante el más poderoso de los señores de Europa? Carlos finalmente transigió.

En los meses de espera hasta la llegada de la Dieta, Lutero continuó ganando fama. Y para entonces supo que su pena de excomunión estaba recorriendo todo el Imperio. A continuación, escribió su obra más crítica y su auténtica bandera de batalla contra el Papado… La llave hacia una nueva Iglesia. En La cautividad babilónica de la Iglesia, Lutero describía al papa en los peores términos, acusándolo de ser un déspota ambicioso y rodeado de poder, riqueza y excesos. Pero su mayor contribución estaba en el tema de los sacramentos. Desde su nacimiento, cualquier persona que quisiera alcanzar la salvación eterna debía pasar por los siete sacramentos de la Iglesia: desde el bautismo a la extremaunción. Estos solo podían ser administrados por el ejército de sacerdotes del papa. Pero por más que leyera y releyera la Biblia, Lutero solo encontró dos sacramentos: el bautismo y la comunión. El primero marcaba la entrada de una persona en el rebaño de la Iglesia; el segundo confirmaba su entrega y fe. Pero llegando más lejos, Lutero llegó a afirmar que el resto de sacramentos eran todos una invención de la Iglesia. De pronto, un solo hombre destruía siglos y siglos de rituales incuestionados, pues, sin sacramentos, los sacerdotes ya no eran necesarios. Lo que sencillamente estaba haciendo Lutero era crear una relación directa entre Dios y las personas, sin intermediarios. De hecho, este revolucionario tenía sus ojos bien puestos en la gente común. El poder de la Iglesia no estaba en papas, obispos y sacerdotes. Las riendas estaban en manos de todos. Cualquiera tenía derecho a leer las Sagradas Escrituras, lo que suponía un peligro enorme que los papas habían intentado evitar durante siglos. La Biblia solo tenía una interpretación: la que mandaba Roma. Pero si cualquier persona podía leerla, también cualquiera podía interpretarla a su manera. Una vez escrita su gran obra, lo último que hizo Lutero antes de partir a Worms fue quemar la bula de excomunión en el mismo fuego. Ya no había vuelta atrás.

El emperador se aseguró de que Lutero estuviese protegido en su viaje. Por supuesto, sus amigos intentaron impedirle que fuera a la Dieta, sabiendo que seguramente no volverían a verle nunca más. Pero el reformador se subió a un carro y se dirigió a la que sin duda iba a ser su mayor prueba. Fue en el transcurso de aquellas semanas cuando Lutero se hizo consciente de toda su popularidad. Campesinos corrían hacia él para poder tocar sus manos, regalarle víveres o simplemente contemplarle. Y una vez llegó a la ciudad de Worms, las masas se agolparon para poder ver a aquel desafiante fraile, que había dicho cosas tan terribles contra el papa de Roma.

La Dieta de Worms. 1521.  Fuente.

La Dieta de Worms. 1521. Fuente.

Lutero tenía motivos para estar aterrado. Frente a él estaban los hombres más poderosos del Sacro Imperio. Sentados en aquella sala, Carlos V, sus príncipes -incluido Federico de Sajonia- y el mismísimo nuncio papal estaban dispuestos a todo para conseguir que Lutero se retractase. Fueron horas muy duras, y cargadas de una enorme tensión. Cuanto más le presionaban, más convencido estaba él de que aquello era lo que debía hacer. El nuncio le mostró los libros que había escrito y le ordenó que abjurase de aquellas abominaciones. Pero Lutero confirmó su autoría y se negó a retractarse de nada de lo que hubiese dicho. Entonces, y según cuenta la leyenda, Lutero se abrió de manos y simplemente dijo: “¡Aquí estoy! No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén”. Había nacido la Reforma protestante y una nueva Iglesia. A continuación, Carlos V, junto con el nuncio papal, decretó el Edicto de Worms: Lutero era declarado un hereje y un criminal, y absolutamente nadie podía leer sus escritos. Además, el emperador rompió el acuerdo de inmunidad que le había permitido llegar hasta la ciudad. Ahora cualquiera podía asesinar a Lutero y no sufrir las consecuencias. Pero su querido príncipe Federico simuló un secuestro y lo puso a salvo en el palacio de Wartburg. Fue precisamente allí donde Lutero se dedicó a traducir la Biblia al alemán.

Hasta el día de su muerte, en 1546, Martín Lutero continuó construyendo aquello por lo que tanto había luchado. Su creencia en que estaba haciendo lo correcto jamás le abandonó, aunque vivió momentos de tremendas dudas. A fin de cuentas, durante las siguientes décadas el Sacro Imperio se sumergió en un universo de violencia como quizás no se recordaba. El emperador Carlos V se enzarzó en guerras con sus rebeldes príncipes, quienes, aprovechándose de la reforma luterana, se proponían desafiar el poder del hombre más poderoso de Europa. Y, al mismo tiempo, las radicales ideas de Lutero hicieron creer a muchos que todo era posible, desatándose el terror en los campos, naciendo sectas radicalizadas y, quizás lo más importante, inspirando nuevas Iglesias decididas a romper también con Roma.

95 ideas y sus interpretaciones, por Rafael Duro Garrido.

Todo movimiento histórico, ya sea cultural, político o incluso religioso tiene sus casusas, sus factores que lo detonan, pero también sus consecuencias. Si el movimiento iniciado obtiene el impulso suficiente, puede pasar de no ser más que una pequeña gota de agua al principio a derramarse por toda un área, inundándola. La reforma protestante iniciada por el monje Martín Lutero es sin duda uno de los ejemplos históricos más claros de cómo esto puede llegar a suceder.

Las consecuencias de la llamada reforma protestante han dado para páginas y páginas. Las repercusiones de este movimiento fueron de todo tipo: políticas, sociales, culturales, etc. Por ello quizás lo primero que debemos aclarar cuando hablamos de la Reforma es que sus consecuencias nunca se limitaron al ámbito religioso o doctrinal –como en un principio pensó el propio Lutero-, sino que abarcaron todos los ámbitos de la vida de los europeos de su época. Es más, podríamos incluso afirmar sin miedo a equivocarnos que el aspecto religioso fue el menos relevante en todo este proceso, quedando relegado a un plano totalmente secundario, al menos en lo que supuso para la vida cotidiana de la mayoría de los europeos y europeas de la época, poco dispuestos a teorizar sobre teología y más centrados en subsistir. Los efectos de este movimiento fueron pues enormes y afectaron a diferentes ámbitos. Empecemos por el mundo de la política.

Sin duda Lutero supo enunciar sus tesis en un momento adecuado. En 1517, Europa era un caldo de cultivo para que triunfaran ideas reformistas respecto a épocas anteriores. En Alemania, los príncipes de las diferentes regiones del Imperio se encontraban deseosos de obtener mayores cotas de poder y escapar así de la tutela del todopoderoso emperador, que en 1517 era Maximiliano I, abuelo del futuro Carlos V.  Por otro lado, la Iglesia de Roma no se encontraba en su mejor momento: trascendían todo tipo de desmanes y de desórdenes tanto en la vida privada de los sacerdotes –concubinato, falta de ejemplaridad para con los fieles- como en la propia estructura de la Iglesia –recordemos el caso de las indulgencias, que eran pagos que los fieles realizaban a los clérigos para que se les perdonasen sus pecados-.

La fe y la espada.

En este convulso clima, Lutero expuso sus tesis, y muchos no tardaron en ver los beneficios que supondría defender propuestas que rompían tanto con el Imperio como con Roma. Federico III (1463-1525), príncipe elector de Sajonia, acogió a Lutero y sus ideas, consciente del gran potencial que éstas albergaban en la lucha contra la autoridad imperial y la papal, antiguos poderes medievales que los príncipes alemanes deseaban erosionar para obtener una mayor autonomía.

Los conflictos no se hicieron esperar, y como hemos visto, el emperador Carlos V llamó a Lutero en la llamada Dieta de Worms (1521) para hacerle retractarse de sus ideas en público, y así apagar la chispa de la rebelión que dichas ideas podrían suscitar en el seno de los dominios imperiales. La negativa del monje a abjurar de sus tesis fue interpretada por el emperador como un desafío a su autoridad, pero aumentó la popularidad de Lutero entre muchos príncipes alemanes. La sangre acabó llegando al río, y tras una serie de cruentas batallas entre los poderes imperiales y los príncipes –entre la que destaca la de Müllberg de 1547-, en 1555 se firmó la Paz de Augsburgo, que estipuló que cada príncipe podría elegir su credo libremente entre el luteranismo y el catolicismo.

Fuera de Alemania, la Reforma se expandió a una velocidad considerable, llegando a Inglaterra. En este país, el rey Enrique VIII, que deseaba divorciarse de su esposa Catalina –prima de Carlos V-, solicitó al papa la dispensa para poder disolver su matrimonio anterior. Cuando éste se la negó, el monarca, colérico, declaró su separación de la Iglesia de Roma y creó la Iglesia Anglicana, vinculada a la Reforma. En este país un asunto puramente privado hizo que todo un reino se adhiriese a la fe protestante, que a pesar de intentos por restablecer el catolicismo, permanece hasta nuestros días en tierras británicas.

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Retrato de Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547). Fuente.

En el siglo XVII los problemas no fueron menores. La Paz de Augsburgo no fue suficiente para resolver las ambiciones de los príncipes alemanes ni la de los emperadores por controlar el territorio. En 1618 estalló la llamada Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la que de nuevo se escenificaron los conflictos entre ambas partes, con la región como pretexto. En este caso toda Europa se vio involucrada en el conflicto, en el que además de las fuerzas imperiales y protestantes participaron países como España, Francia, Suecia o Dinamarca, entre otros. La devastación sobre todo en territorio germano no conoció límites y la contienda acabó con la firma de la Paz de Westfalia de 1648, firmada por protestantes y católicos –aunque por separado, tales eran los odios-. Westfalia reconoció como vencedoras de la guerra a las potencias protestantes, y vino a reeditar las ideas de Augsburgo, es decir, que cada príncipe podía seguir las ideas del catolicismo o el protestantismo según le placiese. Desde entonces, y hasta hoy, ningún conflicto armado asolaría el Viejo Continente bajo el estandarte de la religión, aunque, desafortunadamente, sí habría contiendas de todo tipo bajo otras banderas en los siglos venideros.

Una nueva esperanza: consecuencias de la Reforma en la sociedad.

La Reforma, a pesar sus evidentes efectos políticos, fue ante todo un movimiento religioso, cultural e incluso social, que tuvo repercusiones en la forma de ver el mundo en todos sus ámbitos.

Indudablemente, los postulados de Lutero dieron lugar a una nueva visión de la religión, a una nueva forma de entender la vinculación entre Dios y los seres humanos. La idea del sacerdocio universal, que defendía la necesidad de la interpretación personal de los textos sagrados, dio lugar a una concepción más íntima de la religión y al convencimiento de que no era necesaria una institución intermediaria –la Iglesia de Roma- entre los hombres y su creador. También en el mundo de la clerecía hubo cambios sustanciales, pues la posibilidad de que los sacerdotes contrajesen matrimonio supuso un verdadero “shock” para la época.

Las enseñanzas de Lutero se expandieron por toda Europa a una velocidad asombrosa. A mediados del siglo  XVI sus ideas ya se habían extendido por países como Francia, Inglaterra, Suiza o Alemania, entre otros. Aunque no toda la población de estas zonas se adhirió a la Reforma, es indudable que ésta se instaló en amplios sectores. Claro que todo esto no hubiera sido posible sin personajes como John Knox, que expandió la Reforma por Escocia, Juan Calvino, que hizo lo propio en Francia, o Zuinglio, encargado de predicar en Suiza. Todos estos reformadores vinieron a implantar las ideas protestantes, si bien es cierto que cada uno le dio un toque personal y particular a las enseñanzas de Lutero. Ello fue lo que hizo que en última instancia la Reforma se instaurara en diversos países, pero con sutiles diferencias en el cuerpo doctrinal según la zona.

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Retrato de John Knox (1514-1572). Fuente.

Pero las ideas de este monje alemán no solo calaron entre los clérigos de la época, sino que llegaron a los más humildes. En otoño de 1524 se inició en el sudoeste de Alemania la llamada Guerra de los Campesinos, en la que numerosos siervos se levantaron contra sus señores influidos por ideas luteranas de libertad individual y crítica a los gobernantes. El levantamiento adquirió proporciones muy considerables, siendo calificado por la historiadora australiana Lyndal Roper como “la mayor revuelta social en tierras alemanas hasta el período de la Revolución francesa”. A pesar del empuje del campesinado, convencido de que el propio Lutero apoyaría su causa contra los señores, el monje sorprendió a todos tomando parte en el conflicto a favor  de los terratenientes. Quizás ese fue el mayor golpe a la rebelión, que acabó siendo aplastada en 1525. Aunque reformista en lo religioso, Lutero no estaba dispuesto a ir contra el modelo social del Antiguo Régimen. No obstante, y como hemos visto, su contundente reacción ante la rebelión no le hizo perder seguidores.

A modo de conclusión: las ideas en la historia.

Para concluir nuestra aportación sobre las consecuencias de la Reforma en la Europa de su tiempo, nos referiremos a las ideas y a su influencia en pasado en lo que advertimos es una reflexión histórica, más que una verdad incontestable. La Reforma fue un cuestionamiento del orden imperante, un desafío a lo que Lutero, y muchos otros antes que él, consideraba un sistema injusto, corrupto. Frente a ello defendió su propio modelo religioso, pero también humano y espiritual. Pero como siempre ha ocurrido, los seres humanos tenemos una gran facilidad para convertir aquello en lo que creemos en armas arrojadizas, y en cuanto algunas destacadas personalidades captaron el potencial de estas ideas no dudaron en utilizarlas a su favor. Cinco siglos después, y cuando la Europa actual poco tiene que ver con aquella, constatamos que las ideas son grandes motores de cambio, pero quizás armas arrojadizas si se actúa con la única guía de los intereses particulares y sin más compañera que la ambición.

Bibliografía|

ELTON, G., “La Europa de la Reforma: 1517-1559”, Madrid: Siglo XXI, 2016.

OBERMAN, H., “Lutero: un hombre entre Dios y el diablo”, Madrid: Alianza, 1992.

ROPER, L., “Martín Lutero: renegado y profeta”, Madrid: Taurus, 2017.

TENENTI, A., “La edad moderna. Siglos XVI-XVIII”, Barcelona: Crítica, 2012.

Redactor: Témpora Mágazine

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